Lío en Hollywood (Enemies to lovers) El burgués erótico
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El burgués erótico

Debby

Al otro lado de la ventana, sucia por las tres gotas de lluvia que han caído en el último mes y se han mezclado con el polvo en suspensión, Los Ángeles vibra con ese resplandor dorado que me hace sentir como la protagonista de una película que nadie piensa ver.

Los premios de la estantería tiemblan cada vez que pasa un camión por Sunset Boulevard. Franjas de luz solar caen oblicuas sobre la madera envejecida del suelo.

Estoy atrapada en el momento cinematográfico anterior al desastre.

—Ocurrirá algo muy terrible —vaticino mientras camino de una pared a la otra—. Algo terrible está a punto de suceder.

Syd tamborilea los dedos una vez más sobre el vestido rojo que cubre su rodilla, suspira y recoge las piernas con elegancia. Está sentada en el sofá que conseguimos gratis cuando cerraron uno de mis estudios favoritos, en 2019.

(Gratis porque lo habían tirado a la basura).

Dice que estoy loca, pero a mí no me cabe duda de que el sofá está embrujado por los espíritus de los antiguos guionistas. Sentarme ahí me inspira. Suelo hacerlo, cuando no doy vueltas de un lado al otro con un café helado aguado en la mano.

—Debby.

—Chisss. Necesito procesarlo. Es peor que aquella vez que me enamoré de un director artístico que quería convertirme en su cenicero emocional.

Otro camión cruza ruidoso por Sunset Boulevard.

Syd junta las manos sobre el regazo y abre la boca como si fuera a decir algo sensato. Al final lo deja estar, coge el móvil y comprueba la pantalla.

Silencio. Silencio profundo.

Y ¡acción!

—Sundance, Venecia, Gothan Awards… —empiezo, deteniéndome delante de nuestros galardones—. ¿Sabes qué es lo único que tiene Ethan Hastings? Campañas gigantescas de marketing. Hace películas superficiales sobre gente hermosa que folla en casas de cristal.

—Tú tienes una que va de lo mismo.

—¡Pero es sexo triste! Hay silencios largos y gente emocionalmente hundida. Yo no cuento historias. Abro heridas. Además, es en blanco y negro.

—Eso es cierto.

—No me puedo creer que hayas cedido tan deprisa, Sydney. Por Dios. Has aguantado menos que Francia en la Segunda Guerra Mundial.

—No exageres. Hubo cierta resistance. Pero necesitamos el dinero. Llevamos años haciendo películas que ven exactamente cincuenta personas. Y la mitad son novios tuyos intentando averiguar si te has inspirado en ellos.

—¿Sabes qué es lo que más me cabrea?

—¿Que es rico?

—No.

—¿Que es guapo?

—Sydney —la reprendo, irritada—. Me molesta que le hayamos vendido nuestra empresa, a nuestro bebé, a un millonario vacío y que tú estés ahí sentada, como si nada. ¿Por qué sigue brillando el sol? ¿Por qué no colapsa el universo?

—Deja de ponerte dramática. No la hemos vendido. Nos hemos fusionado.

—Sydney, lamento ser yo quien te lo diga, pero cuando un tiburón se come a un pez pequeño nadie lo llama fusión.

—Escúchame, Debby. Hastings tiene dinero real. Equipos reales. ¿Sabes lo que significa eso?

—Que haremos películas vacías en 4K y con mejor iluminación.

Suelta una risa. ¡¿Por qué se está riendo?!

—Creo que en el fondo te gusta y eso te irrita.

—¿Quién? ¿Ese burgués erótico? Por favor. No le aguanto. Tiene cero sensibilidad artística. Es un sociópata sexual con un buen director de fotografía. ¿Te das cuenta? Es el fin del arte.

—Que te hayas fijado en la fotografía quiere decir que te han interesado algunas de sus películas.

—Sí. Como le interesa a la gente las serpientes venenosas y los accidentes de tráfico. De acuerdo, admito que su última película tiene un plano secuencia de unos cinco minutos que no está tan mal. Supongo que se puede hacer cine vacío y tener algún momento aislado de genialidad. No es incompatible.

—Noto cierta admiración profesional.

—Ignórala. Me deja en mal lugar.

A Syd se le dibuja una curva sutil en las comisuras.

—El sábado dará una fiesta en su casa de la playa para anunciar la fusión.

—No pienso ir.

—No puedes faltar. Hablo en serio, Debster. Habrá prensa.

—Bien. Pero llegaré tarde para conservar poder psicológico.

*****

La casa de Hastings es un hibrido modernista mitad cemento pulido, mitad cristal. El resto es océano y vegetación podada por un artista.

—Menudo monumento fálico. Freud estaría encantado de analizar a este sujeto. Mira la piscina. Parece iluminada por un equipo de cinematografía completo.

—No empieces —me gruñe Syd mientras nos abrimos paso entre los invitados.

Nos topamos con un camarero que bien podría ser estrella del cine —probablemente lo esté intentando en audiciones infructuosas— y Sydney coge de la bandeja dos copas de champán y me da una para que me calle.

Tomo un sorbo, y luego empiezo a despotricar otra vez.

—Odio este lugar. Es puro Los Ángeles. Lujo minimalista para personas con buenos psicoterapeutas.

—Claro que lo odias. Tiene la estética que te excita intelectualmente.

—No existe la excitación intelectual.

—Deb, ¿recuerdas que en primero besaste a un tío con dientes de conejo solo porque te citó a Roland Barthes correctamente?

—¿Tienes idea de lo difícil que es encontrar a un tío que entienda a Barthes?

—¿Y por qué no te casaste con él? —me propone, divertida de ver lo indignada que estoy.

—Pues porque… Evidentemente, porque…

—¿Mm-hm?

—Está bien. Lo había memorizado para impresionarme. Así es, Sydney. Los hombres hacen cosas locas por mí. Lástima que lo notara después de darle el morreo de su vida. Me abrí el labio inferior contra sus dientes de conejo.

Syd se troncha de risa a mi lado.

Nos detenemos junto a la piscina —hay una escultura iluminada dentro— y yo observo a la gente hermosa que parece sacada de una sesión de fotos sobre la decadencia del deseo.

Hay actrices con vestidos imposibles y productores de dientes demasiado blancos que las observan como si les estuvieran haciendo una audición para el papel de novia.

Y, en medio, nosotras. Yo, de riguroso negro. Ella, de luminoso blanco. ¿Hace falta decir que, mientras que yo estoy enfurruñada, Sydney no deja de esparcir sonrisas a diestro y siniestro?

Coincidimos solo en el pintalabios rojo, y porque se empecinó en pintarme en el Uber de camino a la fiesta.

Está empeñada en que vaya de guapa. Yo tengo muy claro que haré el papel de lista esta noche. Podría ser ambas cosas a la vez, pero me niego a tomarme tantas molestias para impresionar a Hastings. Me quitaré el pintalabios en cuanto pueda. Que lo impresione Sydney. Ella es más su tipo.

—¿Dónde está él? —digo después de acabar el recorrido visual.

—¿Lo ves? Acabamos de llegar y ya estás preguntando por él.

—Voy a darte una patada en las espinillas como sigas sonriendo así.

Me dedica un pestañeo coqueto.

—Vayamos dentro. Estará por ahí.

La sigo. Qué remedio. Me están obligando a ser civilizada. Pienso rebelarme tan pronto como me sea posible.

Dentro de la casa, nos detenemos delante de una pared llena de pósteres de sus películas.

—Sí. Soy narcisista, pero uno elegante —me burlo, imitando su voz—. Los he impreso en blanco y negro.

—Debster —me amenaza Sydney—. Prometiste comportarte.

—Nunca prometí tal cosa.

—Pues más vale que lo hagas.

Le doy un sorbo al champán y camino tras ella por la casa intentando parecer indiferente.

Vale, sí, tiene algún que otro libro interesante.

Y esa pintura geométrica no está nada mal. Me gusta la geometría.

A lo mejor me he precipitado. No es un millonario vacío. Es un artista pretencioso que colecciona vinilos. Seguro que tiene una segunda residencia en el Valle de Napa.

O todo esto se debe a que le gusta tirarse el rollo delante de la gente y parecer más interesante de lo que es.

—Oh, Dios mío.

Sydney se detiene tan de golpe que choco contra su vestido blanco de lentejuelas.

—Oye. ¿Qué haces?

Se gira hacia mí. Está ruborizada. Lo cual la favorece.

El rubor encuadra muy bien sus ojos azules y los mechones rubios ondulados que se le han soltado del recogido.

Podríamos empezar una película con este plano suyo.

La llamaríamos Juventud. Sería devastadora, una oda a todo lo que perdemos a lo largo de la vida.

—Está aquí.

Frunzo el ceño.

—¿Quién?

Mueve la cabeza de una forma muy rara.

—Sydney. ¿Te está dando un ictus?

Me fulmina con la mirada y vuelve a hacer el mismo gesto.

Compruebo con recelo lo que sea que haya a su derecha.

Mi ceño se frunce un poco más al reconocer a Mitch Richman, la estrella de Afterligh. Hombre más sexy del mundo, mito erótico del séptimo arte, bla bla bla.

—¿Por qué pareces un pez que se está quedando sin aire? Ay, mi madre. ¡¿Te gusta ese tío?! ¿Por eso me has arrastrado a Babilonia?

—¡No! —se indigna con aire ofendido—. Necesitamos la publicidad y lo sabes.

—Te gusta ese tío. Claro, ahora entiendo por qué no sales con nadie. Eres súper guapa y muy inteligente. Pretendientes no te faltan. Pero estás enamorada. Mira por dónde. Por fin comprendo la motivación de tu personaje.

—No estoy enamorada. Solo me gusta. Me gusta mucho. ¿Qué tal estoy?

—Sydney, eres un pibón. No te merece.

—¿Tú lo has visto?

Lo busco entre la gente, pero otra cosa atrae mi atención. Ethan, todo vestido de negro, está charlando con una rubia de aspecto andrógino.

Me los quedo mirando, y entonces él levanta la cabeza, me encuentra con la mirada y medio sonríe, como si supiera que llevo un buen rato observándolo. Es intolerable.

—No es tan guapo —le digo a Sydney, aunque no estoy segura de referirme a Richman.

—Es guapísimo.

La cojo por los brazos y la sacudo para arrancarla de su trance amoroso. Como no mejore de inmediato, pienso darle dos bofetones.

—Escúchame. Hastings viene hacia aquí, así que cambia esa cara de pánfila o pensará que puede torearnos.

Syd parpadea, cuadra los hombros y saca pecho como cuando era la jefa de las animadoras del instituto y quería machacar a las del equipo rival. En California la gente es muy competitiva.

—¿Mejor?

—Mucho mejor. Hay que enseñarle a ese cabronazo quién manda aquí.

—Sí. Oye. Tengo que contarte una cosa.

—¿Qué pasa?

—Creo que le gustas.

—¿Eh?

—Puede que esté enamorado de ti.

—Imposible. No soy su tipo. A él le van las barbies estereotípicas. Yo soy la barbie medio india con un doctorado. Lo haría pedazos. Intelectualmente hablando. Y él es de esa clase de tíos insufribles que siempre necesitan estar encima. No me refiero al sexo. Bueno, eso creo.

—Ha financiado tres de tus películas.

—¿QUÉ?

—Uy. ¿Me disculpas un momentito? Acabo de ver a alguien.

—Sydney. Vuelve aquí ahora mismo. No hemos terminado esta conversación.

Desaparece entre productores y gente sospechosamente feliz, y yo me quedo con mi neurosis y un champán demasiado caro, que me bebo de un solo trago un segundo antes de que Ethan me alcance.

Se ha parado tropecientas veces desde la otra punta de la casa hasta aquí. Todos quieren algo de la superestrella esta noche.

¿Por qué demonios habrá financiado mis películas?

—Deb Deb.

—Director hipersexualizado —se la devuelvo, pero mi voz ha sonado rara. Como… ronca. Muy Greta Garbo. Como si me afectara. Que no lo hace.

Carraspeo, desconcertada, y me obligo a aguantarle la mirada. Hay que enseñarle quién manda aquí.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también lo pensé. Una fantasía preciosa.

Me muestra sus hoyuelos. Debe de saber que tiene una sonrisa muy sexy, sobre todo cuando nos priva de ella, y por eso la dosifica. Solo nos regala un pequeño esbozo. Quiere dejarnos con ganas de más.

—¿No te estás divirtiendo?

—Empecé a sentirme agotada a los cuatro minutos de llegar. ¿Por qué has financiado mis películas?

Afila la mirada.

—¿Quién te lo ha contado? Ha sido Sydney, ¿verdad? Se suponía que iba a ser nuestro secreto.

—Pues ya ves. Syd no es de fiar. ¿Por qué lo has hecho?

—Me gustan algunas de tus películas. Menos esas en las que te refieres al amor como si fuera una enfermedad degenerativa que hay que erradicar.

—¿Te molesta que mis personajes tengan profundidad psicológica?

—Tus personajes necesitan terapia urgente.

—Y los tuyos ropa.

Acaba sonriendo, juraría que en contra de su voluntad.

Su mirada cálida planea sobre mi rostro y, poco a poco, nos internamos en un silencio contemplativo que necesito llenar.

—Tu casa no está tan mal —vuelvo a decir, lo cual hace que él me enfoque la boca—. Parece el hogar de un villano que produce cine de autor.

—Gracias. Seguro que tu apartamento es el típico sitio en el que un filósofo existencialista se ahorcaría.

—Guau. No sabía que se te dieran tan bien los piropos, Hastings. Me dejas impresionada.

Suelta una carcajada real que me descoloca.

—Deberíamos hacer una película juntos.

—No si yo puedo boicotearla.

—Sería una obra maestra.

—Lo dudo. Diriges como un hombre con problemas de apego y demasiado presupuesto.

Vuelve a reírse.

—A ti también se te dan bien los piropos. Por cierto, Debby. Te quiero a mi lado cuando anuncie la fusión.

Clavo la mirada en la suya. Marrón dorado contra verde profundo.

—¿Por qué?

—Tienes un rostro simétrico. Quedarías de cine en las fotos. ¿Me disculpas? Acabo de ver a Matt Damon y no quiero que se me escape.

Se larga, y yo lo sigo con la mirada por el enorme salón. Buscaré algún rincón oscuro en el que poder esconderme.

No pienso salir, a no ser que Sydney me mande tres mensajes seguidos y el último acabe con un Debster, va en serio y siete exclamaciones.