Lío en Hollywood (Enemies to lovers) La portada
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La portada

Ethan

Es hora de anunciar la fusión. ¿El problema? Debby ha desaparecido. Es como Cenicienta. Se esfuma a medianoche.

—Yo que tú la buscaba en rincones oscuros —me dice Sydney cuando se lo pregunto. Está hablando con Mitch Richman, nuestra estrella, y por algún motivo está ruborizada hasta las orejas—. Suele esconderse. Es como un gato. No se siente cómoda en sitios que no conoce.

Se me cuela una sonrisa en el rostro.

—Entendido.

—Vamos. Te ayudo a buscarla.

Mitch me hace un gesto discreto para que rechace la oferta.

—¿Sabes qué? No, no te preocupes. Creo que ya sé dónde encontrarla.

Me despido de ellos y enfilo el pasillo hasta la parte de la casa en la que las visitas no tienen acceso.

Como era de esperar, Debby está en mi sala de cine, con lágrimas en las mejillas.

Me siento a su lado y le ofrezco mi pañuelo. Siempre llevo uno encima. Supongo que tiene razón. Soy un cabrón pretencioso.

—No me esperaba esto de ti, Hastings.

—¿El pañuelo? Yo creo que me pega bastante.

—Me refiero a Bergman, en sueco, con subtítulos.

—Secretos de un matrimonio es mi película favorita.

—¿La tienes para tirarte el rollo y parecer más listo de lo que eres?

Qué poca fe tiene en mí.

Me giro hacia ella con tal seriedad que la sonrisa burlona se le desvanece poco a poco.

El momento es lento. Sus ojos se quedan enganchados a los míos como si intentaran descifrar algo nuevo e inesperado.

—Te quiero a mi manera egoísta. Y creo que tú me amas a tu manera quisquillosa y molesta[1]. Me gusta, Debby. Aunque la encuentre dolorosa.

Algo titubea en su expresión.

—¿Qué parte te parece dolorosa?

Le aguanto la mirada con calma. Ella, muy quieta, me enfoca la boca con una intensidad que hace arder el espacio entre nosotros.

—Descubrir cuánto caos puede aguantar una pareja antes de admitir que se están destruyendo —murmuro al final.

Se inclina hacia mí hasta que nuestros labios casi se tocan. Puedo sentir su cálido aliento en la boca y que todo está cambiando muy deprisa. Como si el mundo reajustara sus contornos y todo se volviera moldeable.

Lo imposible deja de parecerme tan inalcanzable.

Nos quedamos así, suspendidos, respirándonos el uno al otro. Siento que me ahogo con las partículas de electricidad estática que vibran entre nosotros.

—¿Vas a besarme? —murmuro mientras mi mirada oscila entre sus ojos y su boca.

—Me has citado a Bergman. Podría besarte. Pero no eres para nada mi tipo. Estás demasiado bronceado.

Se echa hacia atrás con un suspiro y yo asiento, fastidiado.

Tenía que enamorarme de una lesbiana.

¿Será posible? No estoy enamorado de Debby. Ella es… un capricho, más bien. Mi musa intangible. Algo que no puedo poseer.

Para un sociópata con buenos abdominales, no poder conseguir algo resulta difícil de encajar.

Me parece que necesito una copa y aclararme las ideas.

—Tenemos que anunciar la fusión —me obligo a decirle.

—¿Puedo acabarme esta escena?

—Solo si me dejas acompañarte. Es mi parte favorita.

—Si no hay más remedio…

Sonrío en la oscuridad y ella vuelve a soltar otro suspiro trágico.

La observo de reojo. Está absorta en la película. Me gusta porque me permite contemplarla sin tener que disimular que no lo hago.

—¿Qué? —gruñe, irritada.

—Perdona.

Mierda.

*****

—Así que, a partir de hoy, Nouvelle Vague se incorporará a la familia de Afterlight. Brindemos por una larga y productiva colaboración.

Como mi acompañante está más tiesa que un cadáver, me inclino hacia ella y le susurro:

—Sonríe, Deb Deb. Es un momento histórico.

—¿Sonrió el mariscal Pétain cuando entregó Francia a los nazis? —me susurra de vuelta.

No pierdo la sonrisa. Las cámaras nos apuntan.

—Esto no es el Tercer Reich.

—Mira toda esta opulencia.

—Efectos secundarios del éxito. Lo sabrás cuando te toque.

Me saca el dedo, y esa es la portada que invade los quioscos a la mañana siguiente.

—Me gusta esta chica —sentencia Ruby al plantarme ocho periódicos y un montón revistas delante. También me ha traído un café. Solo. Sin azúcar. No admito otra cosa—. Tiene personalidad.

Me abstengo de decir que a mí también me gusta. Debo de ser masoquista.