Afterlight
Ethan
—No sé cómo llega tan tarde —le digo a Sydney—. Salió pitando. Casi me atropella esta mañana cuando fui a verla.
—¡Por fin! —exclama, aliviada, al abrirse la puerta—. Debster, ya te vale. Habíamos quedado hace un buen rato.
—Lo sé. Y lo siento.
Debby, con el pelo recogido de esa forma suya caótica que me encanta, se deja caer en una silla.
No se ha quitado las gafas de sol ni se ha fijado en mí, que las observo desde la pared.
No podía asistir físicamente a la reunión —tengo rodaje—, así que Sydney sugirió una videollamada. Llevo veinte minutos atrapado en una pantalla, esperando a que la otra mitad de Nouvelle nos digne con su presencia.
—Creía que te habías muerto. Lo cual me habría ahorrado el tener que asesinarte. ¿Por qué demonios no contestas a los mensajes?
—He tenido una mañana de locos. Greta va a acabar en el desguace. Es el peor día de mi vida.
Pues verás...
—Al menos yo tengo buenas noticias.
—¿En serio? Me vendría muy bien una buena noticia ahora mismo. Estoy disgustadísima. —Se enciende un cigarrillo, aspira humo para tranquilizarse y hace un gesto vago con la mano—. Adelante. Te escucho.
Sydney se lo calla unos segundos más.
—¡Tenemos un inversor!
—¿De veras? ¡Eso es fantástico!
Se abrazan y pegan saltitos como crías.
Sonrío al verla tan ilusionada. Realmente le encanta su trabajo.
Y aunque yo siempre me he metido con ella por los temas que escoge, en secreto he financiado ya tres de sus películas.
Aunque solo con un veinte por ciento. Esto es mucho más grande.
—En realidad, es más que un inversor. Va a comprar el estudio. Mi padre se lo va a vender.
—Mientras respete lo que hacemos aquí… ¿Quién es?
—Afterlight.
Creo que le acaba de cortocircuitar el cerebro.
Lo cual sería una desgracia. Es un cerebro brillante.
—¡¡No!!
—Debby…
—NOOOO.
La han debido de oír en San Francisco.
O puede que en la Luna.
—Debby —intenta calmarla Sydney.
—Son como… ¡Dios mío! —Está tan escandalizada que empieza a dar vueltas alrededor del despacho—.
Son un híbrido entre una secta sexual californiana y un anuncio de Jean Paul Gaultier.
¿Es que no has visto las películas que producen?
Van a hipersexualizar absolutamente todo lo que hagamos. Prefiero el suicidio.
—Debby, sé razonable por una vez en tu vida.
—En cuanto a Ethan Hastings, por encima de mi cadáver voy a trabajar con ese cabronazo prepotente.
Jamás dirigirá nada de lo que yo haya escrito.
No voy a permitir que un sociópata con buenos abdominales decida nuestro catálogo.
¿Sabías que en su oficina hay un piano que nadie toca?
Lo leí en una revista, y déjame decirte, Sydney, que eso ya es fascismo estético.
Intento no reírme, pero dice cada cosa… ¿Sociópata con buenos abdominales?
Puede que sea el mejor cumplido que me haya hecho nunca.
—Debby.
—Es exasperante, presuntuoso, emocionalmente derivativo y un narcisista de manual.
—Te dejas lo de que soy muy guapo.
Levanta la cabeza, se arranca las gafas de sol y me fulmina con la mirada.
—¡Tú, capullo! ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Toda la reunión.
—Sydney —gruñe, desmenuzando cada sonido.
—Te lo iba a decir. En cuanto dejaras de chillar.
—Lo de la secta sexual me ha parecido muy bueno, Deb Deb.
Me encanta como marketing. Y que te hayas fijado en mis abdominales sinceramente me halaga.
¿Fue ese día que chocamos en la playa, cuando casi me tiras al suelo?
Nunca había visto a nadie tan empeñado en atrapar un frisbee.
Me gusta que seas competitiva. Viene bien para el negocio.
Me saca el dedo.
Me río cuando la pantalla se vuelve negra de repente. Me ha colgado en las narices. Es así de pasional.
—Ethan.
Levanto la vista hacia Ruby. Me cuesta dejar de sonreír.
—Dime.
Mi ayudante va de blanco hoy. Labios sin pintar. No hay peligro alguno.
—Tu novia ha llamado por quinta vez.
—Y por quinta vez voy a repetirte que no es mi novia.
—Quiere saber si tienes pensado ir a verla esta noche.
—Negativo.
—¿Le mando una cesta de frutas?
—Es lo civilizado.
—Estoy harta de tus líos de faldas.
—Lo sé, y lo lamento. Prometo mejorar el próximo año. Ya que estás, ¿puedes mandarle otra a mi madre? Se me olvidó confirmar asistencia para su cena benéfica de este fin de semana. Dile que me es imposible asistir, que no me interesa la cienciología y que la veré en su cumpleaños.
—Quiero un aumento de sueldo.
—Hecho.
—¿En serio?
Le sonrío.
—Te lo has ganado.
—Ah. Bien. Me gusta que estemos de acuerdo.
—Lo estamos. Y, además, podrías asesinarme si te lo niego.
—Las probabilidades son muy altas. Sobre todo, si siguen llamando más novias tuyas.
Le guiño el ojo y ella regresa a su despacho.
Apenas me he servido una copa de whisky cuando la foto de Sydney aparece de nuevo en mi pantalla. Me está llamando por Teams.
—¿Diga?
—Díselo —le pide a Debby, que está de perfil, cruzada de brazos.
—Me niego.
—Debby.
Esto nos ocurría también en el colegio. Los profesores ponían la misma cara que Sydney ahora mismo.
—Joder. ¡Vale! Ethan, siento lo de antes. Me pasé de la raya. No ha estado bien decir que prefiero el suicidio a trabajar contigo.
—¿Y lo demás?
—Lo demás es cierto. Aunque se me olvidó añadir egocéntrico.
—¡Debby! —se indigna Sydney.
Se me escapa una sonrisa. Me gusta nuestra dinámica. Llevo años peleándome con ella y la verdad es que nunca me aburro de hacerlo.
—Disculpas aceptadas. Ahora, hagamos cine.
—Sigo sin verlo.
—Echa un vistazo a nuestra cuenta bancaria. Ya verás cómo te aclaras. Chicas, por divertido que sea esto, tengo que dejaros. Empieza el rodaje y no me gustaría llegar tarde. No soy como Deb Deb.
—Odio a ese cabrón pretencioso —la oigo farfullar antes de que Sydney cuelgue la llamada.
Río entre dientes.
Joder. Sí que llego tarde.