Nouvelle Vague
Debby
Sydney y yo nos hicimos amigas en un debate sobre por qué Søren Kierkegaar arruinó las relaciones modernas. Las dos contestamos la misma cosa al mismo tiempo. El inicio de una amistad peligrosa.
Como ella es rubia y yo digo cosas amables del tipo: cuando acabe contigo, desearás volver al útero de tu madre, los capullos de la residencia tardaron tres días en ponernos un mote.
Nos llamaron Marilyn y Morticia.
La originalidad les perseguía, pero ellos eran más rápidos.
Sydney y yo respondimos con una peineta. Ya éramos inseparables para entonces.
Que empezáramos a fantasear con tener nuestro propio estudio de cine fue lo natural.
Nouvelle Vague nació en Brooklyn. En cafés abiertos hasta las 2 de la madrugada. En servilletas de bar. En debates acalorados sobre Godard, Bergman y Fellini.
Syd y yo estábamos de acuerdo en casi todo, menos en dónde plantar la bandera. A mí me costaba imaginarnos fuera de Nueva York. A no ser que escogiéramos París.
Sufrí una bajada brusca de azúcar la primera vez que ella propuso ir hacia el oeste. Sus padres querían a su niña cerca. Para ser exactos en Los Ángeles, la ciudad que más aborrezco de todo el país. O puede que del mundo entero.
Y voilà.
Mentiría si dijera que cedí por generosidad. No tuve opción. Los Price soltaban el dinero, y eso te da derecho a imponer tus condiciones.
Mis padres son brillantes, pero su idea de financiar una película consiste en prestarme veinte dólares para las palomitas.
Sydney nació en Hollywood Hills. Conoce a todo el mundo. Al final me vi obligada a admitir que el oeste era la opción más inteligente.
Inteligente no quiere decir aceptable.
Sigue sin gustarme Hollywood. Todo el mundo parece demasiado feliz. Es sospechoso. Yo me deprimo todas las semanas por principios éticos.
Con todo, nuestros primeros años fueron buenos. Tuvimos unos cuantos éxitos de taquilla. A ver, éxitos para el mundo indie, que tampoco es para tirar cohetes.
Entonces, empezó la pandemia. Cerraron las salas de cine. Syd y yo no pudimos mantenernos a flote.
Y un día su padre se hartó de invertir. Dijo que Nouvelle Vague era un lastre.
Capullo. En París hubiésemos triunfado. Nos llamarían les enfants terribles del cine.
En L.A. nos llaman ¿Nouvelle qué?
Sé que necesitamos con urgencia una inyección de capital.
Sé que la reunión que Sydney ha convocado para esta mañana va probablemente de eso.
Y detesto llegar tarde.
Me he pasado toda la noche dando vueltas sobre cómo mejorar nuestra situación. Estaba decidida a solucionarlo. Peeeero…
Tomé demasiado vino.
Fumé demasiados cigarrillos.
Miré fotos de la boda de mi ex novio (una amiga común me las mandó por WhatsApp, por algún motivo).
Quería concentrarme, de verdad que sí. Lo habría hecho si mis neuronas no hubieran entrado en huelga como los guionistas.
El asunto pintaba tan mal que probé primero la meditación y luego la reanimación intelectual de emergencia, que consiste en:
Leer un ensayo sobre la ansiedad como estructura narrativa.
Escuchar jazz.
Mirar por la ventana lluviosa del salón (solo que no llovía porque esto es California).
Tomar té verde sin azúcar.
Acariciar al gato, que me arañó.
Rezarle a Saraswati, mi diosa hindú favorita, que me hizo menos caso que la gente en las taquillas.
Y ahora llego tarde. Syd me ha escrito por tercera vez ya.
¡¿Dónde demonios estás?!
Y, como si no tuviera bastante lío encima, para colmo me encuentro a Hastings apoyado en mi coche. Cruzado de brazos. Polo a rayas abrazando la anchura de sus hombros, mocasines de pijo, pantalones de un verde oscuro parecido al de sus ojos...
Sí, sí. Muy mono. Y a mí, ¿qué?
—No me fastidies.
—Deb Deb.
Hago una mueca. Me entran ganas de probar mi gancho de derecha cada vez que me llama así, pero me contengo porque la violencia nunca es la solución.
—Cabronazo.
Hay una especie de reconocimiento silencioso. Un asentimiento apenas perceptible. Párpados encogidos y cara de póker, como si yo estuviera en la taberna del pueblo con mis muchachos y él me acabara de retar a un duelo. El Colt gira en nuestro dedo.
Y… ¡acción!
—¿Puedes dejar de manosear a Greta? —le suelto, irritada.
—¿Por qué llamas Greta a un viejo Ford?
—Porque soy feminista. Y ronronea como Greta Garbo.
Le pesco una sonrisa indolente bajo las gafas de sol.
—¿Podemos hablar?
—¿No lo estamos haciendo ya?
—Va en serio, Debby. Tomemos un café. Tengo que contarte algo. No va a gustarte.
—Si es una ETS, deberías saber que nunca nos hemos acostado.
—¿Qué?
—Entiendo tu confusión. Te tiras a tantas mujeres que sería imposible acordarse de todas.
—Debby.
—¿Pero tú y yo? Estate tranquilo. Es más probable una era glacial en el infierno.
—Dime una cosa. ¿Por qué crees que todo lo que quiero contarte tiene que ver siempre con mi polla?
—Porque todo lo que te ocurre en la vida tiene que ver con tu polla. Mira, lamento no poder gestionar tus complejos fálicos ahora mismo, pero tengo prisa. Llego tarde a una reunión.
Subo al coche, arranco y casi le pillo un mocasín.
—¡Debby! ¡Oye!
Me despido con la mano.
No sé qué querrá y, a decir verdad, prefiero no saberlo. Puede que tenga que ir a pedir trabajo a los estudios de Netflix antes de que acabe el día de hoy.
Y, siendo honesta, preferiría ahorcarme con los cordones de mi metafórico corsé.
Estoy en la autopista, acelerando a fondo, cuando Greta empieza a toser como una vieja fumadora. Se niega a obedecer al pie que se clava implacable en el acelerador, y la aguja del velocímetro se mueve hacia el lado erróneo.
—No, no, no.
Me adelantan los camiones.
Los abuelos.
Un coyote cojo que me mira indignado.
Y un tío en bici que no debería estar en la autopista porque es peligroso. Mira el coyote. Va en tres patas.
Abro la boca cuando se enciende un piloto que no sé qué significa.
—¿Qué estás haciendo?
Greta me responde con sacudidas furiosas.
—No. Ni se te ocurra.
Pero Greta tiene sus propios planes de jubilación.
Me cago en…
Ahora sí que voy a llegar tarde.
Y en taxi.