Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Deb Deb
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Deb Deb

Ethan

—Los actores follan en los primeros cinco minutos.

No necesito girarme —por supuesto, lo hago—. Solo hay una persona en la meca del cine capaz de soltar algo tan honesto delante de las cámaras.

Debby Nair.

Luces, maestro.

He aquí a la gran promesa del cine independiente.

Una vez hizo un documental sobre el silencio. Y me encantó, aunque jamás lo admitiría en voz alta. Que siga pensando que soy un superficial.

Debby es todo lo contrario.

Le gusta leer a Cioran y deprimirse por razones filosóficas.

Mi última novia se deprimió porque Hermès dejó de fabricar no sé qué pañuelo de seda.

Conozco a Debby desde los cinco años. Nuestras trayectorias no han dejado de cruzarse. Somos dos polos opuestos que se atraen sin piedad.

La primera vez que la vi fue en el pasillo de la guardería de mi hermana. Mi padre discutía con la directora sobre algo relacionado con el dinero.

Yo estaba aburrido y jugaba con mi Porsche en el suelo.

Mi padre me había comprado uno en miniatura. Era igualito al suyo, un descapotable rojo. Yo hacía brrr brrr brrr para que sonara como el de papá.

Y entonces pasó ella de la mano de su madre.

Parecía la princesa Jasmín. Yo no sabía por aquel entonces qué era un sari, ni había oído hablar de la India.

Tampoco sabía muy bien por qué se me aceleraba el corazón de esa forma.

Me miré el polo de rayas con cierta preocupación, pero ahí no vi nada extraño. Lo que sea que ocurriera no estaba a la vista.

—Vamos, Ethan. Tenemos que irnos —me dijo papá, pero yo estaba congelado, siguiéndola con la mirada—. Ethan, ¿es que estás sordo, hijo?

—Papá, ¡mira! ¡Es la princesa Jasmín!

Me debió de oír porque se giró desde la puerta y… me sacó el dedo. A los cinco años. Mi padre y yo nos quedamos boquiabiertos ante esa pequeña uña de color azul marino.

—Con esa no juegues nunca, Ethan. No hay que mezclarse con gente así.

Fruncí el ceño.

—Y no se te ocurra hacer ese gesto jamás.

Mis cejas se fruncieron todavía más.

No sabía qué significaba lo del dedo. Yo era un niño dulce e inocente.

La segunda vez que la vi, se las arregló para darme un empujón. Perdí un diente de leche.

A la tercera, ya estaba enamorado, e hice lo que hacemos los chicos cuando estamos por alguien: besar a otra en los labios junto a los columpios.

Era una declaración de amor hacia Debby, y creí que había funcionado.

Hasta que ella hizo lo mismo que yo: besó a Maggie McLellan en los labios junto a los columpios.

Mis cejas se fruncieron como nunca. Me quedé muy confundido; traumatizado por su rechazo. Lo hablé con mi padre ese mismo día (mi psicólogo infantil había dimitido).

—Papá, ¿por qué besa una chica a otra chica en los labios?

—Porque es bollera.

—¡Chris! —se escandalizó mi madre desde la piscina.

—Lesbiana. Quiero decir lesbiana, hijo.

—¿Qué significa lesbiana?

Mi padre tomó un trago de whisky e hizo lo que pudo para explicármelo. Lo entendí. Más o menos.

—¿Quieres decir que nunca me besará a mí?

—¿Qué le respondo al chico? —le preguntó a mi madre. Se le veía agotado. No había ejercido tanto de padre en toda su vida. Necesitábamos otro psicólogo infantil.

—Que no —zanjó ella.

Estuve de morros durante por lo menos una semana.

Después de eso empezó nuestro pique. Por suerte, fuimos al mismo colegio y también al mismo instituto, aunque luego le perdí la pista en la universidad.

Ella fue a la NYU. Yo, a la USC. Así de diferentes somos. Día y noche.

La eché de menos durante nuestra época universitaria. Nadie excepto Debby Nair hace que me sienta tan desnudo, intelectualmente hablando. Lee a Roland Barthes y lo entiende. Yo solo finjo entenderlo.

Ella es mi antagonista.

A veces me la quedo mirando más de la cuenta, y no porque quiera competir con ella en una guerra de miradas.

Intelectualmente desnudo es quedarse corto.

Y aquí estamos ahora. Treintañeros, viejos rivales del instituto, una alfombra roja de por medio, y ella todavía me saca de quicio.

Deb Deb.

Me gusta llamarla así. Sobra decir que lo detesta. Llevamos toda la vida sin ponernos de acuerdo en nada.

Pero yo siempre busco su compañía.

—Es la única capaz de hacerme una crítica constructiva, ¿sabéis? —me justifico delante los periodistas. Y de mí mismo.

Y no bromeo. Debby va directa a la yugular. Me gusta eso. Me pone.

Apoyo la mano en su espalda desnuda, la giro y sonrío ante las cámaras.

Sé que el sexo queda descartado entre nosotros.

A ver, besó a Maggie McLellan en los labios junto a los columpios cuando teníamos cinco años…

Si me gusta estar cerca de ella es porque una vez me llamó narcisista con buena iluminación y fue la crítica más honesta que recibí en años.

Vale, sí, puede que aún suspire por ella. Un poco. Siempre deseo las cosas que no puedo tener.

Me sorprende verla aquí esta noche. No le gusta nada Hollywood.

Lo cual no es de extrañar. Es el único lugar donde alguien puede arruinarte la vida y media hora después invitarte a pasar un fin de semana en su casa de la playa.

Voy a averiguar qué la trae a mi mundo.

Pero primero voy a hociquearla un poco. Me gusta como huele. Es… no lo sé. Diferente. A todo. Lástima que sea lesbiana.

Al final me aparto de ella —noto que empieza a encresparse y no quiero tensar la cuerda— y me alejo por la sala.

—¡Ruby! —digo al distinguir una melena rubia entre la gente.

Ruby es mi ayudante, la única mujer aparte de Debby que me dice las cosas a la cara. Tiene un coeficiente intelectual por encima de la media y una puntuación inquietantemente alta en la escala de psicopatía de Robert Hare. Nunca sé si bromea cuando amenaza con cargarse a alguien.

En fin, solo sacó dos puntos menos que Charles Manson.

—Jefe.

Por algún motivo psicológico que debería inquietarme, Ruby no puede mezclar los colores, y se pone uno de arriba abajo: uñas, zapatos, ropa, pintalabios, complementos. Hoy toca el rojo. Cuando le da por el morado oscuro, la gente sale pitando. Suele mostrarse agresiva.

El rojo es un color seguro. Estamos a salvo hoy.

—Averigua por qué está aquí Debby Nair. Y sé discreta.

—No necesito serlo. Es un secreto a voces. Su estudio se va a pique.

—¿En serio?

—Y tanto. Van a tener que echar el cierre en breve. Nadie quiere ver pelis sobre un perro que intenta perder la virginidad.

—Pues a mí me gustó. Era una crítica hacia los humanos que impiden la reproducción de sus mascotas sin castrar.

Ruby sonríe con deleite, como si supiera algo que yo no.

Me giro y pesco a Deb Deb mirándome.

Se escurre en la butaca al entrelazarse nuestros ojos. Me trago la sonrisa.

—Ruby.

—¿Jefe?

—Haz una oferta. Sé generosa.

—¿Qué? Ni de coña.

—Hazlo.

—¿Te has vuelto majara?

—No que yo sepa.

—Pues lo parece.

Le sonrío y me quedo quieto mientras ella me arregla la pajarita.

—¿Estás seguro de que quieres meterte en este fregado, Ethan?

Arqueo una ceja.

Ella hace una mueca de hartazgo y niega para sí.

—¿Es porque te la quieres tirar?

—No. A ver. Es evidente que la idea no me disgusta. Pero sé que no soy su tipo.

—¿De qué va esto entonces?

—Es buena en lo que hace. Tiene una forma diferente de entender el mundo. La quiero en mi equipo. A veces hago cosas por amor al arte, joder.

—Te arrepentirás.

—Ya me estoy arrepintiendo.