Lío en Hollywood (Enemies to lovers) Flashes
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Lío en Hollywood (Enemies to lovers)

Lío en Hollywood (Enemies to lovers)

Por Isabella Marin

© inepub.com

Flashes

Debby

(Por si a alguien le surgía dudas, sí, yo soy un tejedor).

Bajo del taxi —nada de limusinas como mi némesis, el famoso director de cine bla bla bla—, paso por delante de los fotógrafos aglutinados en la entrada del teatro, y nadie grita: ¡aquí, Debby! ¡Gírate, Debby!

Nop.

Silencio sepulcral. Ni un murmullo. Más oscuridad que en un eclipse total de luna.

Los flashes siguen a Ethan, que abraza a su novia que no va a curar el cáncer.

Oh, jo-der.

Me estoy metiendo con una mujer a cuento de nada. No es nada feminista por mi parte.

Es que estoy de malhumor. Me molesta que nadie tome en cuenta mi trabajo.

A ver, ¿qué sería una película sin un buen guion que te atrape?

El público solo vería las escenas de sexo con las que Ethan se empeña en abrir plano. Estoy hasta las narices de la mierda hipersexualizada que produce. ¿Y qué si revienta las taquillas? Comercial no es sinónimo de bueno. Comercial solo es sinónimo de pagar las facturas.

Algo que mi pequeño estudio indie casi nunca consigue hacer.

Las deudas llevan meses acumulándose. Igual que el polvo encima de nuestros prestigiosos premios. Estamos a un paso de la quiebra.

La situación es tan desesperada que me he visto obligada a salir de mi guarida esta noche para conseguir una portada. Me debo a nuestros cincuenta fans.

Por desgracia, Hollywood me está haciendo el vacío como a otros tantos. Nadie quiere fotografiarme. Voy lo más despacio que puedo. Sonrío tanto que me preocupa que se me acabe desencajando la mandíbula. ¿Resultado? Ni un puñetero flash.

¡Parad ya! ¡Vais a dejar ciego a Ethan! Miradme a mí.

Nada. ¿Serán cretinos?

Me agarro los bajos de mi vestido verde menta ecofriendly y camino decidida hacia mi némesis del instituto.

Conseguiré mi portada, aunque sea colándome en la suya. Soy como una mangosta. Plantaré cara al todopoderoso león.

—¿Cuál fue el mayor reto durante el rodaje? —oigo que le preguntan a alguien a mi derecha. No sé a quién.

Estoy centrando toda mi atención en Hastings y su sonrisa a medio esbozar que parece decir soy mejor que todos vosotros, aunque no puedo permitir que se me note.

Su novia —o lo que sea— está ahí, en la lejanía, víctima de los flashes.

Él, de esmoquin, con el cabello castaño despeinado y las gafas de sol todavía puestas porque es así de chulito, enloquece a las fans que, al borde de un colapso emocional, amenazan con tirar abajo las vallas metálicas que las retienen.

Más que un director de cine, parece la estrella absoluta de la noche. Hay gritos histéricos y mujeres que lloran por verlo en carne y hueso o por haber conseguido un garabato suyo en una camiseta de superhéroes.

Una incluso se aferra con los dos brazos a sus anchos hombros y se niega a dejarlo avanzar a no ser que se case con ella.

Los guardaespaldas tienen que arrastrarla hacia atrás para que suelte a su presa.

Rico, célebre y, según dicen, bastante apuesto —que no es que yo me haya fijado en esta última cualidad suya, aunque sería imposible pasarla por alto—, Ethan Hastings siempre es el rey de los preestrenos.

Eclipsa a todo el mundo en las alfombras rojas, incluso a los propios actores. Lleva años ostentando el título de director más sexy de Hollywood.

Así que mi plan es válido. Paso por detrás suya con elegancia y me cuelo en la portada. Quizá alguien se pregunte: oye, ¿quién es esa chica tan mona que mira a la cámara?

Y tal vez ese alguien escriba una breve nota de prensa sobre mí.

Vale, es un plan estúpido y bastante desesperado.

Será mejor que afronte la derrota, me arrastre a mi sitio y me quede quietecita. Lo he intentado, al menos. Sydney nunca podrá decir que no lo he intentado. Ella lleva tres meses peleándose con los becarios de todas las revistas de Hollywood y tampoco ha conseguido nada.

—¿Por qué crees que tu última película está tenido este éxito tan brutal? —le está preguntando un periodista a Ethan cuando le alcanzo.

—Tendrás que verla, Sammy. Es trepidante. Los giros argumentales son tan inesperados que no vas a poder contener la emoción y…

—Los actores follan en los primeros cinco minutos.

Las cámaras me enfocan con una rapidez sobrenatural.

Mierda, ¿lo he dicho en voz alta?

Ethan se gira, ceñudo, se baja las gafas por la nariz lentamente, y entonces, al cruzarse nuestras miradas, su mueca cede y aparecen esos malditos hoyuelos de los que habla todo el mundo.

—Ah, Debby Nair. La voz satírica de Hollywood. —Me guiña el ojo con una complicidad que me hace fruncir las cejas más de lo que ya las estaba frunciendo—. Justo la persona que necesitaba ver esta noche. Es la única capaz de hacerme una crítica constructiva, ¿sabéis?

¿Eh?

De repente, todos me están fotografiando.

Necesito unos segundos para comprender por qué. Ethan me ha abrazado a su costado. Su mano está ahora en la parte baja de mi espalda. Piel contra piel. Dedos cálidos provocando una reacción química que mi cuerpo no reconoce y enseguida tacha de peligrosa. ¿Qué demonios…?

Mi sangre burbujea como el champán añejo.

Un momento. ¿Qué está ocurriendo aquí?

Intento apartarme, pero él tensa el brazo, nos gira a los dos y ahora estamos enseñando a los fotógrafos nuestro otro perfil, el izquierdo.

El suyo es perfecto. De lo más firme. A mí se me debe de notar un ligero inicio de papada.

Mi madre siempre me ha dicho que no enseñe mi perfil izquierdo bajo ninguna circunstancia.

Por lo visto, es un pequeño defecto de fábrica de las Nair.

—Ethan, ¿estás de acuerdo con la señorita Nair? ¿Crees que el éxito de tus películas se debe principalmente a que sueles comenzar con una escena de sexo fuerte?

—El arte y la sexualidad siempre han ido de la mano, Shannon. —Coquetea con la periodista con tanto descaro que hago una mueca de aburrimiento a su lado—. El público quiere explorar el deseo contemporáneo.

—¿Señorita Nair?

—Sí, esa mierda superficial vende un montón.

Hastings contiene una sonrisa al mirarme. ¿A qué está jugando? No es generosidad, eso seguro. Es más bien… chico guapo y popular se burla de la pringada. Un cliché de serie de Netflix. A Ethan le encantan los clichés. Incluso tiene un Porsche.

—¿Vosotros dos sois amigos?

—¿Quién no necesita una voz crítica en su vida? —les responde él. Yo estoy demasiado pasmada como para soltar algo mordaz e ingenioso—. Ahora, si nos disculpáis, tenemos que asistir a un preestreno. Gracias por vuestro tiempo.

—Ethan, ¿es cierto que tu ex novia, la modelo brasileña…?

—Ethan, se rumorea que…

—¿Podrías confirmarnos si tu musa…?

El aluvión de preguntas empieza a marearme. Llegan desde todos los ángulos posibles, como cuando sacudes un avispero y ya no sabes por dónde te van a atacar los bichos. Los periodistas hablan todos a la vez.

Me hacen los ojos chiribitas con tanto flash clavándoseme en las retinas. No estoy acostumbrada.

Ethan, en cambio, se desenvuelve con soltura. Los frena con un gesto, me coge de la mano y me lleva por la alfombra roja como si fuéramos pareja.

Los fotógrafos se vuelven todavía más locos.

Tengo mis dos minutos de fama, pero ¿qué…?

O sea: ¿QUÉ?

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —lo increpo cuando consigo recuperarme de la impresión.

Es decir, en el interior del teatro.

—¿No puedo ser amable con una vieja amiga?

—Enemiga. Y no cuando esa persona no deja de meterse con tus películas.

Una leve diversión intenta tirar de las comisuras de su boca hacia arriba, si bien él hace lo posible por contenerla.

—No has dicho nada que no sea cierto. En mis películas la gente folla.

—En los primeros cinco minutos.

—Ocho, si quieres los datos exactos.

Me detengo para ponerle mala cara. Me responde con un guiño socarrón.

Los periódicos han invertido mucha tinta en hablarnos de sus hoyuelos, y ahora comprendo por qué. Son su marca personal. ¿Estarán asegurados, como el culo de J Lo?

—Creo que es tu asiento —me indica después de unos segundos de mutuo desafío visual—. Aunque, si quieres acompañarme en primera fila, seguro que puedo conseguirte un sitio.

—Aquí estoy bien, gracias. No tengo problemas de visión.

—Siempre tan indie.

—A diferencia de ti, yo no me vendo por treinta monedas de plata.

Le asoma algo en los ojos verdes. Un brillo que no reconozco, algo cálido como… ternura.

Cuando se inclina sobre mí y sus labios se acercan a mi oído, me quedo paralizada. Ni siquiera respiro.

O puede que lo haga. Puede que lo respire a él.

Me sorprende que no huela a brea. Es más, huele bastante bien para ser una criatura infernal.

Vale, huele tan bien que quiero pegarme a su pecho y frotarme contra su camisa como un gato zalamero.

Algo está ocurriendo en mi cerebro. Las neuronas se me han debido de paralizar por culpa de los flashes. Eso es. Están un poco despistadas, como un cervatillo deslumbrado por los faros de un coche.

Me está cegando la fama y lo que sea que se haya echado en la piel.

¿Feromonas?

Le frunzo el ceño con desconfianza y entonces él se traga una sonrisa seductora y me susurra, con el aliento cálido acariciándome el lóbulo de la oreja:

—Es lo que más me gusta de ti, Deb Deb. Tienes principios.

Se va, y yo me desplomo en la butaca. Estoy agotada. ¿Ethan Hastings acaba de coquetear conmigo? ¿O me lo he inventado todo? Necesito agua.

Que sea champán.

Ojalá mi socia no estuviera atrapada en una cena familiar ahora mismo.

(¿Y qué si su abuela cumple noventa años? Ya han tenido otras ochenta y nueve ocasiones para celebrarlo).

Es Syd la que debería estar aquí esta noche, coqueteando con Hastings. A mí todo este asunto me supera.

¿Por qué me habrá olfateado así?

Y lo que es aún peor: ¿por qué lo he olfateado yo a él cual mamífero en plena época de apareamiento?

Estiro el cuello para seguirlo con la mirada por encima de las cabezas de la gente. Tardo unos segundos en localizar sus hombros anchos.

Justo entonces se gira y me pilla espiándolo. Mierda.

Me escurro en la butaca hasta que el señor que tengo al lado me arquea ambas cejas.

—Hemorroides —me justifico con lo primero que se me ocurre—. La enfermedad de los burgueses. Es mucho más duro de lo que dicen, se lo aseguro.

El señor se aparta como si lo mío fuera contagioso. Tal vez lo sea. Coquetear con el enemigo parece una patología de lo más preocupante.