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—Pues… —Trago saliva con incomodidad. A mí tampoco me gusta tener que pensar en este tipo de cosas, pero siempre hay que tenerlo todo en cuenta—. Podrías conocer a otra persona. Alguien que tenga tu mismo… —no pienso usar la palabra pedigrí. Me niego—… estatus social.
—Claro —dice de repente—. Porque a mí me interesa muchísimo el estatus social de las personas.
—Me agarra de la mandíbula y me obliga a hacer contacto visual con él—.
Mírame. ¿Acaso te has olvidado de la parte en la que casi no tolero a nadie en este mundo excepto a ti?
No era consciente de que era capaz de desear a alguien de verdad hasta que apareciste tú.
Eso debería de hacerme sentir mejor. Debería ser todo lo que necesito oír, pero…
—El deseo es muy volátil. —Sacudo la cabeza—. El deseo puede aparecer y desaparecer en cualquier momento por cosas muy superficiales. Estrés, un vestido ajustado, unos kilos de más, aburrimiento…
Él suelta un bufido.
—Creo que ya deberías conocerme lo bastante bien como para saber que mi deseo no es nada volátil ni superficial.
—Quizá no ahora.
—Ni nunca.
—Eso no lo sabes. No puedes saberlo al cien por cien —le respondo—.
Quizá en un año o dos te aburras de mí. Quizá te des cuenta de que te apetece presentarle a alguien a tu familia sin tener que preocuparte por la logística.
Quizá empieces a pensar que no soy especial. Quizá tu deseo cambie y yo termine…
Rota en mil pedazos.
Sin Harvard, sin Pratt, sin nada más que la sombra del futuro que podría haber tenido.
Sé que un futuro sin Adrian me rompería de todas las formas, pero si ocurriera justo después de haberle entregado mi futuro en bandeja de plata no estoy segura de si llegaría a recuperarme en algún momento.
De solo pensar en ello se me retuerce el estómago.
—Cariño. —Adrian me acaricia la mejilla—. Sea lo que sea que necesites de mí, estaré encantado de dártelo si eso alivia tus miedos de que un día voy a despertarme y no quererte a mi lado.
Le miro a los ojos.
—Te quiero.
Mi confesión se queda atascada entre nosotros y es tan frágil como el latido que siento en la garganta.
—Tan solo necesito saber que tú también me quieres —susurro—. Y sé que es muy estúpido. Sé que ya me has demostrado tu devoción, pero necesito escucharlo. Necesito saber que no estoy poniendo mi futuro en juego solo por un deseo pasajero. —Trago saliva—. Necesito oírlo. Quiero saberlo.
Solo recibo por respuesta el silencio.
Adrian me mira como si fuera un camión que se dirige a toda velocidad hacia él y nunca en la vida le había visto asustado, pero, ahora mismo, parece aterrorizado.
De mí.
Juraría que casi puedo sentir cómo el tiempo se fragmenta, siento cada segundo y cada milisegundo de silencio hasta que ya no puedo soportarlo más.
Veo cómo traga saliva.
—Yo…
Es la primera vez que lo dejo sin palabras, justo cuando necesito oírlas más que nunca.
Aparta la mirada de mí.
—Cariño, yo…
—Solo son dos palabras —le digo, como si intentara sacárselas yo misma de la garganta—. Es lo único que necesito. Si realmente estamos hechos el uno para el otro, entonces…
—Estamos hechos el uno para el otro.
—Entonces dime que me quieres al igual que yo te quiero a ti. —Le coloco una mano sobre la mejilla y él se encoge bajo mi roce.
Ay, madre.
El dolor que siento no es un dolor sordo ni un pinchazo molesto. Es todo un puñetazo en el estómago.
No me quiere.
Me desea.
Pero no me quiere.
Desentrelazo las piernas antes de haber tomado una decisión consciente, pero él me agarra por la cintura antes de que pueda bajarme de su regazo.
—Cariño, espera. —Noto la desesperación en su tono—. Esas palabras… Yo no… —Frunce el ceño, lo cual no es una buena señal, pero prefiero verle confundido a asustado—. El amor no es una emoción con la que me identifique.
Parpadeo en su dirección.
En boca de cualquier otra persona podría tratarse de una excusa muy divertida, pero estamos hablando de Adrian, que normalmente solo roza la superficie de algunas emociones y se sumerge en lo más profundo de otras.
Quizá haya sido muy estúpido por mi parte creer que ocurriría esto último con el amor.
—Puedo entender el deseo. Pero el amor… —Sacude la cabeza.
—Me has dicho que nunca has deseado a nadie antes que a mí. ¿No puede ocurrir lo mismo con el amor? ¿No podría ayudarte a entenderlo? —le pregunto casi a modo de súplica.
—No estoy seguro de poder llegar a hacer eso.
Me estremezco.
—Pero lo que siento por ti… —Sus ojos penetrantes se clavan en mí y puedo ver las llamas reflejadas en ellos—.
Es más. No es ninguna emoción volátil y superficial.
Me has consumido. Te has clavado en mi cerebro y lo has infectado por completo.
Me has convertido en un hombre obsesionado.
Lo que siento por ti… —Hace una pausa, tratando de buscar la palabra adecuada—.
No es amor, es limerencia. —Su agarre sobre mi cintura se intensifica—.
No es tolerante. No siempre es amable. No es altruista. Es tan oscuro y retorcido como yo.
Y no es amor.
—¿Lo entiendes? —Me mira desde su asiento. Con ojos suplicantes. Como si me estuviera implorando—. Dime que lo entiendes, cariño.
Noto el cuerpo insensible, a pesar de que es una sensación tranquila, casi reconfortante, y que me ayuda a aliviar el dolor del rechazo.
Le miro a los ojos.
—Lo entiendo.
Y sí, lo entiendo.
Por primera vez me doy cuenta de qué siente Adrian por mí.
Limerencia.
No amor.