Limerencia 33 #2
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33 #2

Estoy a punto de iniciar la guerra cuando abro la boca, pero, para mi sorpresa, Penelope intenta primero un alto al fuego.

—No todas parejas acaban mal —añade—. Mi hermana mayor se casó con su novio del instituto.

Cuando Sophie le echa una mala mirada, Penelope intenta esconderse detrás de los cojines del sofá.

—¿Acaso tu hermana no se enrolló con el jardinero?

Penelope asiente en silencio.

—Pues ya está. —Sophie se gira hacia mí y sus ojos resplandecen de victoria—. A eso me refiero.

Inhalo con profundidad y me recuerdo a mí misma que Sophie no sabe absolutamente nada sobre Adrian.

—Gracias por tu opinión. Estoy segura de que nos va a ir muy bien.

Vete ya, Poppy.

—Por supuesto —ronronea—. Hay que poner a prueba las relaciones de vez en cuando, ¿no?

Vete de una vez.

—Se supone que en la universidad conoces a gente nueva e interesante… —continúa diciendo—. Sobre todo en Harvard. Tan solo seleccionan a los mejores. Estoy segura de que allí encontrarás a tu propio grupo mientras que Adrian se relacionará con gente más afín a su pedigrí.

Los chicos como él nunca acaban con chicas como nosotras , los susurros malvados de mi madre vuelven a atacarme.

Les gusta tener sexo con nosotras. Les gusta tener citas con nosotras.

Les gusta comprarnos cosas bonitas. Incluso lleguen a pensar que están enamorados de nosotros, pero, en cuanto se les presente la oportunidad, se casarán con una mujer de su mismo pedigrí.

Genial.

El fantasma del pasado de mi madre ha decidido atacarme en el peor momento de todos.

Lo último que quiero es que Sophie se dé cuenta de que ha conseguido mermar mi autoestima, así que intento resistir el impulso de juguetear con el borde de mi falda y le sonrío.

Es una sonrisa tan falsa como las extensiones de su pelo, e incluso le muestro los dientes, pero es una sonrisa al fin y al cabo.

—Tengo que irme, pero aprecio mucho tus consejos, Sophie. —Me dirijo hacia las escaleras que suben hacia los dormitorios.

—No hay de qué, Poppy. —Puedo sentir su complejo de superioridad pisándome los talones en todo momento.

Agarro la barandilla, pongo un pie en el primer escalón y me giro de nuevo hacia el grupo.

—Ah, y ¿Sophie?

Sus cejas me indican que me está escuchando.

—No estoy muy segura de que a Adrian le interese el pedigrí —le digo—. Al menos eso no es lo que parecía cuando estábamos follando anoche.

La sala se queda en silencio y veo cómo Sophie se queda boquiabierta, pero yo decido marcharme finalmente.

Sin embargo, sí que me regocijo en la euforia que siento mientras me dirijo a mi habitación. Quizá Sophie sepa cómo ponerme de los nervios, pero yo tengo algo que ella nunca ha conseguido obtener.

El deseo de Adrian.

Abro la puerta de mi habitación y hago una pausa cuando veo que el buzón está completamente lleno.

Pues claro que sí.

Llevo sin venir aquí varias semanas.

Me lanzo sobre la cama y comienzo a pasar una carta detrás de otra. Correo basura, una recaudación de fondos en la que no puedo participar porque no tengo dinero, más correo basura y…

¿Qué es esto?

En medio de una oferta para obtener una tarjeta de crédito y otra para participar en un premio en el que puedo ganar miles de dólares veo un sobre amarillo.

Me quedo de piedra.

No puede ser.

En el milisegundo que tardo en abrir el sobre cerrado estoy segura de que quizá me haya hecho algún corte con el papel, pero no me importa.

Noto el pulso en los oídos.

Leo la carta al menos cinco veces para asegurarme de que no estoy alucinado.

Pero no lo estoy.

Veo el sello con membrete. La tinta negra. Veo la firma del decano.

He recibido una carta de aceptación del Instituto Pratt.

Tras la vuelta de las vacaciones que pasé en Mobile, lo cierto era que no planeaba mandar la solicitud para Pratt.

Adrian insistió en que Harvard era la mejor opción.

No necesitaba segundas opciones, pero casi tenía terminada la solicitud y creo que mi parte más masoquista simplemente quería saber si me iban a seleccionar o no.

Así que envié la solicitud y esperé pacientemente para recibir la carta de rechazo en la bandeja de entrada.

Pero esto…

He recibido una beca completa, exactamente lo mismo que me ha ofrecido Harvard.

Y agazapada en la oscuridad de mi dormitorio, me repito una y otra vez que esto no cambia nada. No puede cambiarlo.

Pratt no es mi futuro, Adrian lo es, y me tiene que dar igual estudiar arte en Harvard o en Pratt.

Empieza a dolerme el pecho con un dolor muy incómodo.

Porque quiero a Adrian.

Ese hecho llevaba enterrado en el último cajón de mi cerebro desde que apareció en Mobile y he intentado hacer de todo para no pensar demasiado en ello.

Puede que Adrian conozca mis secretos más oscuros y yo los de él. Quizá hayamos conectado en el nivel más básico y físico, pero…

El amor es el mayor poder que se puede tener sobre un ser humano.

Y, en ciertas manos, puede ser también un arma.

Ay, Poppy. ¿Todavía no te ha dicho que te quiere? Escucho la voz de mi madre en la cabeza.

Sobre todo en Harvard. Tan solo seleccionan a los mejores. Estoy segura de que allí encontrarás a tu propio grupo mientras que Adrian se relacionará con gente más afín a su pedigrí. Esta vez se trata de la voz de Sophie.

Suelto un suspiro entrecortado.

Ellas no conocen a Adrian tan bien como yo.

No es alguien cuya atención cambie de un día para otro. Lleva dieciocho años rodeado de personas guapísimas y con mucho poder, y, sin embargo, he sido yo la única que le ha llamado la atención. He sido la única que ha conseguido despertar unas emociones en él las cuales no creía capaz de sentir.

Estamos hechos el uno para el otro.

Su oscuridad se entrelaza con la mía.

Los chicos como él nunca acaban con chicas como nosotras , me susurra mi madre.

Me paso los dedos por el pelo.

Adrian es diferente. Es cierto que, en cierta forma, le debe todo a su familia, pero no creo que un día vaya a despertarse y decidir que le apetece compartir el resto de su vida con una chica famosa europea en lugar de con la hija de una camarera.

Aunque podría hacerlo.

Podría hacer lo que quisiera y yo tendría que quedarme en un segundo plano.

Me quedo mirando la carta de aceptación que tengo entre las manos.

Y después me lanzo a por el móvil.

—Me has comprado una magdalena. —Son las primeras palabras que pronuncia Adrian mientras camino hacia la puerta de su dormitorio—. ¿Intentas chantajearme o algo?

—Pues claro que no. —Le extiendo la magdalena de chocolate para tratar de distraerle y que no se dé cuenta de lo nerviosa que estoy.

Me quito la chaqueta de Moncler (otro regalo de parte de Adrian) y me acomodo en uno de los sillones reclinables.

—He pasado por la cafetería y he visto que tenían las magdalenas en oferta. —Me pongo a jugar con los reposabrazos.

—Pensaba que te ibas a pasar toda la noche limpiando la habitación antes de que vengan a inspeccionarlas la semana que viene —me dice—. ¿Acaso vienes a pedirme ayuda finalmente para que mande a un equipo de limpieza para que se deshaga del moho que les ha salido a tus tazas de café?

—Jamás obligaría a ningún ser humano a que se ocupe de eso. —Giro la cabeza en dirección a la chimenea. Ya estamos en mayo, pero Adrian siempre enciende la chimenea cuando está en su habitación, a pesar de la humedad que hay en primavera en Connecticut.

Tampoco le culpo, las llamas ayudan a crear un mejor ambiente que el que producen las luces del techo.

—Algo va mal.

—No va nada…

—Estás jugueteando con los dedos —me dice—. Siempre lo haces cuando estás nerviosa. —Adrian se coloca en el otro asiento reclinable y me hace un gesto.

Acepto la invitación y no tardo ni dos segundos en acurrucarme sobre su regazo como si fuera un gato doméstico mientras inhalo el aroma de su colonia que huele a cedro.

Ni siquiera debería mencionarle nada.

Deberíamos quedarnos así, para siempre.

Debería dejar que las cosas sigan su propio curso.

Es un pensamiento fugaz y muy tentador, pero estoy tan acostumbrada a hacerle caso a mi instinto de supervivencia que no consigo ignorarlo y sé que es ahora o nunca, así que le aparto la cabeza del suéter para mirarle a los ojos.

—He estado pensando sobre Harvard.

Él alza una ceja interrogante.

Intento calmarme los nervios.

—Imagínate que cortamos…

—No vamos a cortar. —Esa respuesta clara y concisa es justo lo que espero que salga por su boca.

—Pero si sucediera…

—No va a pasar.

—Pero, si por alguna razón, sucediera…

—No va a suceder por ninguna razón.

Suelto un suspiro exasperado.

—Vale, imagínate una situación hipotética en la que…

—No existe ninguna situación, ya sea hipotética o no, en la que vayamos a dejarlo. —Veo cómo aprieta la mandíbula.

Suelto un suspiro profundo.

—De acuerdo. Pues imagínate un universo alternativo, con un Adrian y una Poppy diferentes que también van a ir a Harvard. ¿Qué crees que pasaría si dejaran de salir juntos?

Estrecha la mirada como única respuesta.

—¿Nos saludaríamos por los pasillos? ¿Nos enviaríamos mensajes estando borrachos? —Inhalo con profundidad—. ¿Podrías incluso hacer que me echen de Harvard?

Su expresión se suaviza cuando parece entenderlo todo.

—¿Por eso estás tan preocupada? ¿Por si en algún momento hago que te echen de Harvard?

—Podría pasar —admito en silencio—. Tan solo me han aceptado en esa universidad por ti.

No lo niega.

En ningún momento hemos fingido que me he ganado la plaza en Harvard por mis propios méritos.

—Jamás permitiría que te echaran porque entonces no estarías cerca de mí —me responde.

No estoy muy segura de si llego a ocultar la frustración que me hierve en las venas.

—Pero si en el futuro no quisieras tenerme cerca…

—No existe ningún futuro en el que no vayamos a estar juntos —me espeta—. Pensaba que ya lo habías entendido.

—Y lo hago —debato—. Claro que lo hago. Te estoy dando mi futuro. Lo estás sosteniendo entre tus manos ahora mismo, por eso necesito saber que si llega a ocurrir algo…

—¿Y qué crees que pueda ocurrir? —Inclina la cabeza hacia un lado y la advertencia que noto en su voz es como una sirena que se acerca por el final de la calle.