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Tres meses después
—¿Sabes quién me ha llamado esta mañana? —El buen humor de Adrian es casi contagioso cuando se topa conmigo en mitad del pasillo a segunda hora y entrelaza la mano con la mía.
Yo alzo una ceja.
Él me ofrece una sonrisa pícara.
—El presidente de Harvard.
Se me hunde el estómago.
—¿Sí?
—Me ha dicho que se quedó muy impresionado con la entrevista telefónica que tuvo contigo la semana pasada —me explica—. Cree que serás una alumna muy valiosa para el estudiantado de Harvard este otoño.
Yo suelto un bufido.
—Querrás decir que cree que tú eres un alumno muy valioso para el estudiantado de Harvard. Yo solo soy un mero accesorio.
Adrian se encoge de hombros.
—Vas a tener mucho tiempo para demostrarle lo contrario.
Siendo sincera, la entrevista telefónica con el presidente de Harvard que tuve la semana pasada fue bastante bien.
Lo cierto es que no duró más de diez minutos y que se pasó la mitad de estos comentando la buena relación que tenía con la familia Ellis y la otra mitad tratando de descifrar qué clase de relación tenía yo con ellos, pero…
Parecía entusiasmado.
No por mí, pero sí con la idea de ganar unos cuantos puntos con el heredero de los Ellis.
—Supongo que dentro de poco te llegará la carta de aceptación —me dice Adrian y yo abro mucho los ojos.
—¿Así de fácil?
Su sonrisa se vuelve socarrona.
—Así de fácil.
Yo parpadeo.
—No puede ser tan sencillo.
—Te prometí que lo iba a conseguir, ¿no? —Alza nuestras manos entrelazadas y me deja un beso suave sobre el dorso de la mía. Yo me derrito, aunque sea un poquito—. Vas a ir a Harvard, cariño.
Me pongo de puntillas y le doy un beso en los labios.
—Tengo muchas ganas.
Las promesas no significan nada, cielo , escucho una voz que se parece mucho a la de mi madre susurrarme en la mente.
Desde que nos fuimos de Mobile no he parado de oírla cada vez más, como si fuera una especie de demonio en el hombro que intenta robarme todos los momentos felices que paso con Adrian.
Cállate, le contesto. Harvard es una muy buena opción. No pienso permitir que me lo fastidies.
Adrian me acompaña a clase y espero a que la emoción por saber que me han aceptado en la institución más prestigiosa y antigua de América me llegue en cualquier momento.
Pero esta nunca llega.
Durante la semana siguiente toda la clase de último año de Lionswood recibe cartas de aceptación y de rechazo. El lunes, Penelope compra suficientes magdalenas de chocolate para alimentar a toda la escuela, y en cada una de ellas se pude leer «Futura estudiante de la Universidad de Brown».
El martes, el decano Robins llama a los bomberos cuando Roddy Locke se sube al campanario del ala oeste. Roddy le aseguró a todo el mundo que no pretendía saltar, que simplemente quería romper la carta de rechazo a Oxford y ver cómo los pedacitos salían volando desde las alturas.
El miércoles, Sophie Adams publica su nueva rutina de maquillaje con una sudadera de Dartmouth y enseguida se vuelve tan viral por haber recibido la aceptación de la universidad como por su rutina de tres pasos para las cejas.
El jueves, Maddie Mason tiene un ataque epiléptico en mitad de la clase de Historia tras darse cuenta de que no ha conseguido entrar ni en su primera opción, ni en la segunda, ni en la tercera.
Yo soy una de las afortunadas.
No tengo que conformarme con mi segunda, tercera o cuarta opción. No estoy pegada al móvil entre clases, ni actualizando el correo cada dos segundos.
La parte del último año que se suponía que iba a ser la más difícil ha resultado ser la más sencilla de todas.
El correo de aceptación de Harvard aparece en mi bandeja de entrada el martes y, junto a este, también aparece otro en el que pone que me conceden una beca completa para todo el curso escolar.
Adrian está extasiado, como ya me imaginaba.
Comienza a hacer planes para que vayamos a visitar el campus dentro de unas semanas y contesta todas las llamadas de un agente inmobiliario que es amigo de su familia.
Me pregunta si prefiero una casa de dos plantas o de una, si me gusta el estilo victoriano o uno más moderno.
Me esfuerzo por contestar a todas y cada una de sus preguntas mientras intento aparentar que no me siento como si estuviera montada en un tren que va a entrar en la estación a toda velocidad.
Deseo tanto poder tener un futuro con Adrian que me duelen hasta los dedos de cavar y cavar para poder llegar hasta él, pero también necesito algo de espacio para respirar.
El viernes, me dirijo a los dormitorios de las chicas en el ala oeste por primera vez en varias semanas, imaginándome la cantidad de polvo que debe haberse acumulado en mi habitación tras mi ausencia.
No me dejé ninguna taza de té a medias en el escritorio, ¿verdad?
Espero que no. De ser así, debe de estar creciendo en ella un ecosistema propio a estas alturas.
Intento acordarme conforme voy subiendo las escaleras, pero hago una pausa al oír el inconfundible sonido de unas risas que provienen de la sala común de las chicas.
Tienes que estar de broma.
Como no podía ser de otra forma…
Noto un pequeño nudo en el estómago, pero, llegados a este punto y teniendo en cuenta que me he enfrentado a cosas mucho más aterradoras este año…
—Poppy, ¿eres tú? —Sophie Adams se encuentra sentada en el sillón más próximo a la chimenea y parece emocionada de verme.
Profiero una inhalación profunda y doy un último paso para entrar en la sala común, que parece de todo menos el espacio acogedor y cálido que se supone que debería ser.
—Hola, Sophie.
Como me esperaba, Ava y Penelope se encuentran en el sofá de dos plazas más cercano a Sophie con unas alumnas de primer año que no conozco.
Sophie me lanza una sonrisa depredadora.
—Me alegro mucho de verte, Poppy. Ya casi nunca te veo por aquí.
Lleva razón. Creo que no he vuelto a hablar con Sophie desde la noche del baile, cuando me acorraló en el baño y parecía desesperada por saber qué clase de hechizo había hecho para atraer a Adrian.
No estoy muy segura de qué ha podido mantenerla lejos de mí o de Adrian desde entonces.
Quizá fuera la vergüenza de tener que degradarse frente a una estudiante con beca y sin blanca.
Quizá fuera ver con sus propios ojos cómo Adrian se peleaba con otro chico por mí.
Quizá fuera el darse cuenta de que, a pesar de que soy una estudiante con beca y sin blanca, Adrian va más en serio conmigo de lo que ha podido ir con nadie nunca.
Y por eso mismo no pienso dejar que se salga con la suya ahora mismo.
Cuadro los hombros como si me estuviera preparando para recibir el impacto de una bala.
—Sí, hace tiempo que no nos vemos, Sophie.
—Eres Poppy —dice una de las alumnas de primer año que se encuentra en un lado de la sala. Parece que se ha pasado un poco con la rutina de cejas de tres pasos de Sophie, además de que su pelo rubio platinado es casi igual que el mío—. Eres la chica que está saliendo con Adrian Ellis.
Me enderezo sin poder ocultar el destello de orgullo que me invade, porque sí, estoy saliendo con Adrian Ellis.
—Esa palabra es demasiado fuerte, ¿no? —sisea Sophie—. Tan solo se llevan conociendo un par de meses. Yo llevo estas extensiones desde mucho antes. —Juguetea con un mechón de su pelo castaño rojizo que lleva estilizado de la misma forma de siempre.
Su comentario desencadena unas cuantas risitas por la sala, pero a mí realmente no me importa. Estoy segura de que el cerebro de Sophie acabaría frito y roto en mil pedazos si supiera la mitad de las cosas que sé yo sobre Adrian.
Plasmo sobre el rostro mi sonrisa más amigable.
—Enhorabuena por haber entrado en Dartmouth, Sophie. —Poso la mirada sobre el sofá de dos plazas—. Y tú en Stanford, Ava. —Mi siguiente frase va cargada de sinceridad—. Las magdalenas estaban deliciosas, Penelope.
La verdad es que solo le di tres mordiscos a una, pero pude apreciar cómo Adrian cerraba los ojos con una expresión de placer momentánea mientras se zampaba al menos dos.
Las dos me ofrecen sonrisas genuinas a modo de respuesta.
Parece que al estar a punto de acabar el último año todo el mundo se está mostrando más receptivo y amable con los demás.
—¿Y a dónde vas a ir tú, Poppy?
Todo el mundo menos una persona.
Ignoro la mirada intensa de Sophie.
—Yo voy a ir a Harvard.
Unos murmullos de sorpresa inundan la sala porque, a pesar de lo que todo el mundo pueda decir, Harvard siempre será la universidad más prestigiosa de todo el país.
—Harvard… —Sophie aprieta los labios como si acabara de tragarse algo amargo.
—Adrian también va a ir a esa universidad, ¿no? —pregunta una alumna de primer año.
Asiento.
—¡Qué guay! —dice emocionada—. ¡Parece que lo vuestro va en serio!
Yo me encojo de hombros.
—Supongo que…
—Adrian llevaba queriendo ir a Harvard desde siempre —me interrumpe Sophie—. Su abuelo y su padre asistieron a esa universidad. —Alza una ceja perfectamente depilada en mi dirección—. Supongo que no podrá evitar que el resto le siga.
Ya no puedo soportarlo más.
Me erizo como si fuera un gato doméstico frente a un caniche molesto y que no para de ladrar.
—No le estoy siguiendo —reitero y me arrepiento de inmediato ante lo muy a la defensiva que sueno cuando veo cómo la sonrisa de Sophie se amplía—. Yo también quiero ir a Harvard.
Y también quiero tener un futuro con Adrian.
Lo único que ocurre es que va a ser en Harvard.
—Por supuesto. —Sophie se inclina hacia delante como si yo no fuera más que un pez que ha caído en su red de arrastre—. No me refería a nada con lo que he dicho. De hecho…
Allá vamos.
—Creo que es muy admirable lo que ambos estáis haciendo —continúa—. Quiero decir, yo jamás podría ir a la universidad con mi… —Tuerce los labios en una mueca— novio del instituto. Todo el mundo sabe que eso solo puede acabar mal.
Entorno la mirada.
—No va a acabar mal.
—Bueno… —Su risita va dirigida directamente hacia Ava y Penelope—. Para Adrian no, eso está claro.
¿Sabes qué?
Hasta aquí hemos llegado.