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Pero veo cómo sonríe con el mismo brillo de satisfacción que tendría un depredador después de haber capturado y consumido a su presa, y, por si esa imagen no fuera lo suficientemente erótica, veo cómo se lame los dedos para limpiárselos.
Vuelvo a sentir el calor en el vientre bajo.
—Creo que podría pasarme el día entero entre tus piernas, cariño —me dice.
Deberías , susurra una parte de mí, pero sigo sin respiración y no puedo hacer otra cosa que no sea soltar un gemido.
Me mira a los ojos y a la forma en la que no paro de jadear con la respiración agitada, a pesar de que no he hecho otra cosa aparte de tumbarme aquí y permitir que me lleve a un orgasmo detrás de otro. Veo cómo su sonrisa se amplía.
—Quizá lo haga —murmura—. Mañana. Porque esta noche…
Noto un tirón de anticipación por toda la espalda.
Se coloca de rodillas para llevarse la mano a la cremallera de los pantalones y puedo notar cómo el deseo vuelve a mí.
—Espera —le digo—. Déjame a mí.
Noto cómo me tiemblan hasta los pulmones, pero consigo sentarme y colocar las piernas a cada lado de él. No estoy exactamente sobre su regazo, pero estoy lo suficientemente cerca como para acercarme y bajarle la cremallera.
Sin decir ni una sola palabra, se baja los pantalones y…
Oh.
Oh.
No estaba del todo segura de qué esperarme, pero, sin duda, no era nada comparado con esto.
Por muy alto que sea Adrian, el miembro que cobra libertad es proporcionalmente mucho más grande, largo y fino, aunque no demasiado.
Es bonito.
Tiene un miembro muy bonito, lo cual es una lástima, ya que no creo que vaya a poder metérmelo. No estoy segura de que mi cuerpo tenga ni un solo agujero en el que pueda caber eso.
Un escalofrío me empaña un poco el deseo.
—Eh… No sé si…
—Puedes con ella. —De nuevo, su tono de voz decae a uno bajo y suave. Es como si fuera una sirena que intenta conducirme poco a poco hacia la muerte.
Me quedo mirándole con los ojos bien abiertos.
—Ya he sentido bastante dolor con dos dedos y esto…
Es mucho más que dos dedos.
—Va a entrar perfectamente —me asegura—. ¿Sabes cómo lo sé, cariño? —Me coloca una de sus grandes manos sobre la mejilla.
Sacudo la cabeza.
—Porque eres mía. —Se le suaviza todo el rostro y sus ojos terminan siendo como el carbón ardiente—.
La mayoría jamás podría sobrellevar el peso de mi oscuridad.
Los consumiría antes de que tuvieran la oportunidad de salir corriendo.
Pero tú… —Se inclina hacia mí y descansa la frente contra la mía—.
Tú puedes con todo lo que te doy. Puedes con todo y nunca te rompes.
Ni siquiera pareces vacilar. Lo resistes todo de una forma que nadie más podría hacer.
Por eso sé que eres mía. Estamos hechos el uno para el otro.
Empiezo a temblar.
—Y si estás hecha para mí… —Comienza a dejarme besos por toda la mandíbula—.
Entonces también vas a poder con esta parte de mí.
—Me coloca una mano en el hombro y me coloca de nuevo sobre las sábanas—.
No voy a romperte. De esta forma no. Y si lo llego a hacer…
—Me deja un último beso justo en la comisura del labio—.
Pienso pasarme toda la vida recogiendo todos tus pedacitos para volver a colocarlos en su sitio.
Siento una gran emoción, pero no es miedo.
Todo el miedo que parecía tener se evapora al verle de esta forma, sobre mí y con cada centímetro de su cuerpo poderoso al descubierto.
Para mí.
Nunca nadie le ha visto de esta forma.
—Lo quiero —murmuro, más para mí que para él—. Te quiero a ti. Todo de ti.
Él parece contento con mi respuesta.
Me preparo para el dolor inevitable que se avecina, pero comienza poco a poco. La punta de su miembro me roza de forma tentadora los pliegues que están ya empapados.
Le coloco la mano en la nuca y me quedo mirando fijamente cómo se le flexiona el bíceps de la fuerza que está haciendo sobre mí.
Ambos inhalamos con profundidad cuando la punta de su miembro se aventura más allá de mis pliegues.
Y después, un poco más.
Se escucha un jadeo, esta vez por mi parte.
Es mucho más ancho que dos dedos y noto un dolor en el cuerpo que parece protestar por la forma en la que me tenso a su alrededor, pero no me duele.
Noto cómo se introduce un poco más en mí.
Se va introduciendo lentamente y parece estar muy alerta de cualquier indicio o señal que le indique que no lo estoy llevando bien.
—Lo estás haciendo genial, cariño —me halaga. Me da un beso en la frente—. Me estás recibiendo tan bien como esperaba que hicieras.
Y sigue introduciéndose un poco más.
Suelto un gemido.
El malestar comienza a desaparecer y lo reemplaza un pinchazo que casi llega a ser placentero. Como si pudiera haber leído el cambio en mi expresión, Adrian se inclina hacia delante y…
Joder.
Eso es…
—Todo —suspira Adrian, totalmente quieto dentro de mí mientras yo intento amoldarme a la nueva sensación.
No es un par de dedos ni su lengua. Esto es…
Me siento llena.
Puedo sentir que mi cuerpo ha llegado a su propio límite, pero, aun así…
—Eres perfecta. —Adrian me mira con un cóctel de emociones que jamás le había visto. Maravilla, sorpresa y placer todo a la vez—. Es lo más perfecto que jamás había sentido nunca.
Abro la boca para responderle, pero lo único que me sale de la boca son unos gemidos ahogados.
Adrian comienza a moverse muy lentamente.
Pongo los ojos en blanco porque, joder, ¿acaso es normal que se sienta así de bien? No debería de ser así, ¿no?
No creo que deba sentirme tan bien.
Le coloco las manos en los hombros y anclo nuestros cuerpos mientras él me permite un poco de tiempo para ajustarme.
—Eres mía —dice Adrian con la voz rasposa, sin poder apartar los ojos de mí—. Me perteneces. —Me coloca una mano en el pelo y me lo estira con fuerza—. Dilo. Necesito que lo digas.
Suelto un jadeo.
—Yo… —Noto el placer por todas las terminaciones nerviosas cuando Adrian comienza a moverse—. Yo…
Él gruñe.
—Dilo.
—Soy tuya. —Suelto esas palabras, aunque sea de forma ininteligible.
—Eres mía —afirma—. Ya no hay vuelta atrás. Esto es para siempre. ¿Lo entiendes, cariño? —Da una embestida y vuelve a introducir toda su longitud en mí de una sola vez.
Suelto un gemido que suena como una afirmación.
—No me importa si cambias de opinión —gruñe—.
No me importa si un día te despiertas y decides que vas a odiarme por el resto de tu vida.
Nunca pienso dejarte ir. —Va acelerando el ritmo y sus embestidas comienzan a ser más descuidadas—.
No me importa lo que tenga que hacer. A quién tenga que matar.
Te romperé en pedacitos y volveré a reconstruirte con mis propias manos si eso significa que voy a quedarme contigo. Nunca vas a dejarme, cariño.
—Nunca —digo con la voz rasposa.
—Vas a venir a Harvard conmigo.
Mi respuesta en forma de gemido no parece ser suficiente para él.
—Dilo —me suelta—. Di que vas a venir a Harvard conmigo.
—Yo… —Unos sonidos de alarma me saltan en el fondo de la mente, pero estoy tan concentrada en el placer que estoy experimentando como para prestarles demasiada atención—. Voy a ir a Harvard contigo.
—Voy a darte el mundo entero —continua—. Lo que tú quieras. Dinero, poder, joyas, coches… Voy a poner el mundo entero a tus pies.
Durante unos instantes no estoy segura de si existe otro mundo fuera de aquí, fuera de este momento. No es posible. Lo único que existe ahora mismo somos él y yo, conectados de todas las formas posibles.
Suelto un grito cuando me embiste una última vez antes de quedarse quieto.
El mundo entero parece quedarse en silencio.
Joder.
No estoy segura de cuánto tiempo permanecemos así, respirando sobre el placer del otro, pero, cuando Adrian finalmente parpadea en mi dirección, con los ojos todavía nublados por el placer, me doy cuenta al instante.
Ambos sabemos que ya no hay vuelta atrás.