32 #3
Después de todo, creo que ha quedado bastante claro que Adrian no es el típico chico de dieciocho años. Si simplemente se encoge de hombros al ver la copa D de las tetas de Millie Roger, ¿quién dice que las mías vayan a provocarle el más mínimo interés?
Escucho una inhalación brusca y abro un ojo.
Adrian se ha quedado totalmente en silencio y tiene la vista clavada en mi pecho.
Trago saliva, preparada para sentir la decepción.
—No pasa nada si no te gustan —le digo rápidamente—. Esto es totalmente nuevo para ti también, así que…
—Creo que eres lo más bonito que he visto en mi vida —murmura y puedo oírlo en su voz, el tono maravillado. Como alguien que acaba de descubrir la electricidad, la Coca-Cola Light, la tarta de chocolate o algo por el estilo, algo que te cambia la vida.
Y, entonces, empieza a tocarme.
Al principio va con cuidado, lo toca todo a modo de experimento, pero en cuanto me pasa el pulgar por el pezón y noto una sensación de placer inesperada, no puedo evitar gemir.
Adrian hace una pausa.
Sonríe.
Y después hace lo mismo con el otro.
Casi me parece injusto lo rápido que aprende. No parece pensárselo mucho, no titubea, y, en unos instantes, ha conseguido descubrir cómo se llega a la fina línea que separa la hipersensibilidad placentera de la incomodidad.
Me retuerce los pezones entre los dedos y se ríe ligeramente cuando sus movimientos me vuelven a hacer gemir.
—Haces los sonidos más dulces que jamás había oído, cariño —me dice con la voz grave—. Quiero oír qué otros sonidos sabes hacer.
No estoy preparada para que vuelva a usar su boca.
Me deja un reguero de besos por el cuello, pasa el esternón y…
Vaya.
Esto se siente genial.
No sé a qué sensación debería prestarle más atención: a sus labios sobre un pezón, a sus dedos en el otro o…
Espera.
¿Qué está haciendo con la otra mano?
Estaba demasiado distraída concentrándome en lo que me está haciendo por encima de la cintura que no me he dado cuenta de lo que pretende hacerme por debajo.
Me está desabrochando los pantalones.
Siento el nerviosismo por las venas y la anticipación de lo que pretende hacer.
—Adrian —le digo, aunque no estoy segura de qué quiero decirle.
¿Por favor, no pares?
¿Por favor, no me destroces?
Sea lo que sea, en ningún momento me sale por los labios.
Él se aparta y sus ojos están más oscuros de lo que jamás se los había visto.
—Sube —me ordena y yo le obedezco, alzando las caderas para que pueda quitarme los vaqueros y dejar expuestas las braguitas de algodón azul claro que llevo debajo.
Por supuesto, hoy, de entre todos los días del año, he decido ponerme estas.
No las negras con encaje que me compré para darme un capricho hace un año. No las rojas y transparentes que me compró mi madre de broma cuando tenía quince y que escondía en el fondo del armario para olvidarme de su existencia.
Sino estas, totalmente de algodón y para nada sexis.
Cuando esto acabe quizá debería enmarcarlas.
Estas bragas han visto muchas cosas hoy.
Primero casi ven un asesinato y ahora la pérdida de mi virginidad.
Por suerte, Adrian parece demasiado concentrado en todo lo que rodea a las bragas como para darles demasiada importancia.
Me va dejando un reguero de besos por todo el esternón y las caderas, justo antes de tumbarse bocabajo y abrirme las piernas.
Me agarra las caderas con las manos.
Y enseguida lo entiendo.
Ay, madre.
Va a…
—¿Sabes en qué no he podido parar de pensar desde la noche del baile? —Suelta una risita baja y profunda, y puedo sentir su aliento sobre la piel sensible que tengo entre los muslos.
Noto un escalofrío.
—¿En qué?
—En tu sabor. —Me da un beso en un muslo—.
No he podido sacármelo de la cabeza. —Me da un beso en el otro muslo—.
¿Sabes cuántas veces he pensado en meterte en un aula vacía, subirte la falda y conseguir saciarme al fin?
O incluso aquí, en esta habitación, mientras dibujabas en el sillón o bebías café en la cama…
—Me toquetea el borde de las bragas y muy lentamente, casi de una forma tortuosa, comienza a quitármelas.
Siento la necesidad por todo el cuerpo.
—¿Y por qué no lo hiciste? —No pretendo que suene tan desesperado, pero así es justo como suena. De solo pensar que podría haber tenido su cabeza entre mis piernas un par de horas antes…
—Porque… —Casi me ha quitado las bragas por completo—. Me daba cuenta de que intentabas huir de mí.
—Yo no… —Me proporciona un azote repentino en el culo y yo jadeo.
—Lo hacías. —Noto cómo su voz se ha vuelto más dura. Es una advertencia—. Tenías miedo. Puedo llegar a entenderlo, pero… —Me termina de bajar las bragas al completo—. Ya no vas a poder volver a esconderte de mí nunca más.
Tiene la boca demasiado cerca de mi entrepierna.
Está tan cerca que siento totalmente su aliento sobre mi…
—¿Lo entiendes? —Me clava las uñas en los muslos. Otra advertencia.
—Sí —le digo con la voz rasposa—. Lo entiendo.
Él me responde, pero no con su boca, sino con su lengua.
Noto cómo el placer me domina mientras me coloca los labios encima del clítoris y… Por supuesto que el chico que se estudia los libros de texto de medicina como si fuera una mera afición sabe exactamente dónde está el clítoris.
Siento un gruñido bajo reverberar en mi entrepierna.
—Sabes mejor de lo que recordaba —murmura—. Deliciosa, cariño. —Coloca la lengua totalmente plana sobre mi clítoris y lo lame.
Ay, Dios.
No se le debería dar tan bien.
No recuerdo haberle explicado cuáles son los puntos débiles de mi cuerpo, pero él parece saber exactamente dónde lamer, dónde besar y cuál es la presión justa que debe aplicar.
Al principio es muy suave. Hace círculos en mi clítoris y en mis labios exteriores con lametazos ligeros, como si fuera el tacto de una pluma, lo que me proporciona unas oleadas de placer muy intensas de los pies a la cabeza.
Y después, justo cuando me doy cuenta de cómo va avanzando mi propio placer, cambia de táctica. Mete la lengua, que había estado jugando con mis labios exteriores, hacia dentro.
Es un cambio inesperado. Es un territorio inexplorado. Es lo mejor que he sentido en toda la vida.
Arqueo todo el cuerpo hacia él. Necesito más, más y más, mientras noto cómo su lengua me invade.
Suelto un gemido que parece provenir más de un animal que de un humano.
—Por favor. Se siente… —El resto de la frase se me queda atascada cuando noto cómo curva la lengua al igual que el resto del cuerpo.
El calor comienza a arremolinarse en mi vientre bajo.
—Por favor —le ruego. Aunque no tengo ni idea de qué es lo que le estoy pidiendo.
Noto otra oleada de placer cuando vuelve a concentrarse en mi clítoris.
Se me tensan los músculos y el calor me tensa también por dentro.
—Por favor.
Le estiro de los rizos, a pesar de que no estoy segura de cuándo le he puesto las manos en el pelo.
Él es implacable, me mordisquea y me lame el clítoris como si quisiera devorarlo, devorarme a mí, y entonces me mira directamente a los ojos y puedo ver los suyos oscuros inundados de placer, y, si pudiera hacerle una foto, si pudiera vivir en este momento, justo aquí, al borde del precipicio, junto a él, lo haría.
Sin embargo, termino deshaciéndome.
Noto los espasmos por todo el cuerpo, me tiemblan las piernas y noto un impacto de placer tan intenso que me deja sin respiración.
Aun así, él continúa con su festín, sigue lamiéndome a pesar de que comienzo a estar cerca de la sobreestimulación.
—Adrian —digo casi sin aliento.
Él se ríe y puedo notar cómo sus rizos me hacen cosquillas en la parte interna de los muslos.
—No creerás que hemos terminado, ¿verdad, cariño? —ronronea—. Eres lo más delicioso que he probado nunca. Todavía no me he saciado de ti.
Y entonces puedo sentirlo.
Uno de sus dedos se cierne sobre mi entrada mientras con otro me sigue toqueteando el clítoris, que noto muy sensible y casi magullado. Sin poder evitarlo, muevo las caderas.
Casi pierdo el conocimiento cuando me mete un dedo y noto cómo tenso todo el cuerpo sobre él. Nunca había tenido el dedo de nadie dentro y mucho menos uno suyo, totalmente largo, ágil y perfecto para tocar la guitarra, el piano o cualquier otro instrumento.
Supongo que eso es lo que está haciendo. Tocando mi cuerpo como si fueran las cuerdas de un instrumento y logrando que los gemidos se escapen de mí como si fueran música para sus oídos.
Estoy tan distraída tratando de concentrarme en lo que están haciendo sus labios que no me doy cuenta de cuando coloca un segundo dedo sobre mi entrada, pero, cuando lo introduce junto al otro, puedo notar cierta tensión e incluso algo de dolor.
—Yo…
—No pasa nada. —Su voz es tranquilizadora—. Puedes con los dos, cariño.
Quizá sea que sus labios me producen demasiado placer o quizá se trate de que no quiero decepcionarlo, pero le hago caso.
Noto la calidez por todo el vientre bajo mientras mi cuerpo se ajusta a ese segundo dedo y comienzo a notar lo que se empieza a cocer a fuego lento dentro de mí como si fuera una olla a presión.
—Mírate —murmura—. Eres una muy buena chica y eres solo para mí.
No es la primera vez que me halaga de esta forma. Y no es la primera vez que ha utilizado esas palabras conmigo, pero mi cuerpo parece especialmente receptivo a ellas esta noche.
Continúo sintiendo calor en el vientre, cada vez más.
La sensación de sus dedos dentro de mí es increíble, al igual que sus labios. Quiero ser una buena chica para él. Quiero… Quiero… Quiero…
Erupciono de placer por segunda vez y me siento más sensible que nunca. El orgasmo es más intenso que el anterior.
Jesucristo.
En el momento en el que termino de correrme, noto como si mis piernas fueran de gelatina. Adrian se mueve, saca los dedos y la boca de mi interior, y estoy casi segura de que esa imagen me deja sin el poco aliento que me quedaba.
Es demasiado hermoso.
Por mi culpa tiene los rizos hechos un desastre, los labios magullados y la mitad inferior de su rostro resplandece de… bueno, de mí.