32 #2
Sus labios son suaves y se amoldan perfectamente a los míos. Asumo que me está dejando llevar el control, hasta que me doy cuenta un segundo después de que eso no es cierto.
En el momento en el que intento usar la lengua, él parece despertar y aprovecha que tengo los labios entreabiertos para reclamarme la boca y adentrarse en cada centímetro.
Es un asalto despiadado, no se deja ni un solo recoveco sin explorar y, cuando termina, me doy cuenta de que soy yo la que ha terminado totalmente amoldada a él.
Qué astuto.
Termino jadeando y apoyo la cabeza contra el frío espejo antes de que Adrian se cierna sobre mí y me coloque las manos sobre el lavabo.
Y quizá se trate de la cantidad de subidones y bajones emocionales que he tenido el día de hoy, pero no puedo evitar reírme, a pesar de que el sonido sale más bien como un jadeo entrecortado.
—¿Acaso esto va a ser lo nuestro a partir de ahora? —le pregunto—. ¿Liarnos en los lavabos de mármol de los baños?
Se me queda mirando con las pupilas totalmente dilatadas por el deseo.
—Podría ser… aunque hay una cama muy bonita a tan solo a un par de pasos. Sugiero que podríamos usarla.
Abro mucho los ojos y el corazón se me sube a la boca.
¿Acaso se refiere a…?
Y como si pudiera leer los pensamientos que se me pasan por la cabeza, me responde con un beso en la mandíbula.
—Ya te lo he dicho. Lo quiero todo.
Noto cómo me recorre un escalofrío.
—Adelante.
Noto cómo sonríe contra mi piel antes de pasarme los brazos por la espalda y por debajo de las rodillas para alzarme del lavabo.
Me lleva hacia la habitación como si fuera una novia y vuelvo a tener el mismo pensamiento fugaz de antes, como si estuviera a punto de aventurarme a algún lugar del que no voy a ser capaz de volver.
Me coloca con delicadeza en el borde de la cama y me hace una pregunta que no me esperaba para nada, aunque sí debería haberlo hecho:
—¿Has hecho esto antes?
Contengo la respiración.
—No. Pero tomo anticonceptivos desde que empecé a estudiar en Lionswood. ¿Y tú?
Noto cómo se me aprieta el corazón al anticipar su afirmación.
Pues claro que lo ha hecho.
Seguramente no con alguien de la escuela, o, al menos, eso espero, pero sí con otra persona. Quizá alguna supermodelo en una playa de arena blanca, mientras ella le pedía que le echara crema solar por la espalda y se iba quitando la parte de arriba del bikini.
O con la hija de alguna famosa extranjera que le dijo que se estaba aburriendo mucho en una fiesta y ambos se escabulleron a la habitación de Adrian. O quizá con una futura condesa o duquesa o…
—No —me dice—. Nunca lo he hecho antes.
Casi no consigo que se me desencaje la mandíbula del rostro.
—¿No lo has hecho?
La sombra de una sonrisa divertida le cruza el rostro.
—No me esperaba que fuera a sorprenderte tanto.
—Había asumido que… —Noto calor en las mejillas—. Que habrías sentido curiosidad y esas cosas.
Él sacude la cabeza.
—Nunca he sentido curiosidad. Al menos no hasta ahora.
—Pero estamos hablando de sexo. A todo el mundo le da curiosidad —le digo, antes de corregirme al instante—. En cierto modo.
Él sopesa mi respuesta.
—Tan solo de forma académica. He utilizado mi atractivo para manipular a otras personas, pero… —Sus ojos se clavan en los míos con mucha intensidad—. Eres la primera persona que me ha hecho querer participar en el acto.
Una satisfacción cruda y primaria se abre paso por mí, y me cuesta mucho mantener una expresión neutral.
—Así que, antes de mí, nunca habías…
—Nada —finaliza—. Nunca he sentido ningún deseo de hacerlo.
La ironía del momento me golpea al instante: acabamos de acordar que ambos queremos tener sexo con el otro; sin embargo, la conversación ahora gira en torno a si Adrian ha tenido sexo previamente con otras personas.
Pero lo cierto es que tengo mucha curiosidad.
—Entonces ¿nunca le has mirado el culo a Millie Roger? ¿Ni siquiera una vez? —Alzo una ceja—. O las tetas. En ese vestido blanco que se pone siempre. El que tiene bastante escote.
Él sonríe de lado.
—Tan solo es un culo. Y unas tetas.
—¿Y acaso yo soy diferente? ¿No soy solo un culo y un par de tetas?
Su diversión desaparece y en su lugar aparece una emoción que no sabría describir.
—¿Recuerdas la noche del baile? ¿Cuando te besé por primera vez?
Asiento.
—Nunca había sentido tanta urgencia de querer intimar físicamente con alguien antes.
Nunca había sentido atracción sexual —me explica—.
Para mí, el sexo siempre ha sido una serie de reacciones químicas.
La liberación de dopamina, endorfinas y oxitocina.
Todas ellas se pueden conseguir de formas mucho más simples y sin necesitar a nadie más.
Pero la noche del baile me di cuenta por primera vez de que podía ser diferente a lo que pensaba.
Contigo… —Veo cómo aprieta la mandíbula y reconozco la emoción en su rostro.
Es hambre.
—Siento esa urgencia. Siento el placer, y no solo el mío, sino el tuyo. Siempre estoy pensando en qué clase de sonidos conseguiré hacer que emita tu cuerpo. Pienso en cómo sabrás. Pienso en tu boca. Particularmente en tus labios y cómo se sentirán alrededor de ciertas partes de mi anatomía.
Se me entrecorta la respiración.
—Esos son los pensamientos más suaves que tengo —continúa—.
Pero también tengo otros. Fantasías más oscuras, menos convencionales.
Quiero usar corbatas de seda roja para atarte en todo tipo de posiciones y poder degustarte de todas las formas posibles.
Quiero comprar un collar muy caro e incrustado en diamantes para que todo el mundo se quede boquiabierto en todas las fiestas a las que vayamos…
sin que tengan ni idea de todos los chupetones oscuros y feos que se esconderán debajo de este.
Quiero hacer que me supliques. Por muchas cosas.
Noto cómo empiezo a sentir calor en la parte baja del abdomen. Las partes más depravadas de mi mente me dicen que he encontrado a mi alma gemela. Y siento la necesidad de mantenerlo a mi lado más fuerte que nunca.
Quiero eso.
Quizá no debería.
Sé que todo son fantasías oscuras y poco convencionales, pero he llegado a un punto con Adrian en el que sé que ya no hay vuelta atrás. Entonces, ¿qué es lo que me impide hundirme de cabeza a su lado?
Noto cómo me tamborilea el corazón en el pecho.
—Creo que esas cosas me gustarían —le digo con la voz seca—. Todas. Contigo.
Es todo el permiso que necesita escuchar.
Me tumba de espaldas y se coloca encima de mí mientras comienza a dejarme un reguero de besos suaves por el cuello. Le presta especial atención al hueco donde me late el pulso. Lo besa, lo lame y…
—¡Au! —jadeo—. Me has mordido.
Noto cómo sonríe contra mi piel con los dientes.
—Creo que me gustan mucho las gargantas —me dice con una risita y su aliento frío me profiere una sensación de calma contra el dolor que me ha infligido su mordisco—.
O quizá solo sea la tuya en particular. Todo tu pulso se encuentra justo aquí.
—Suelto un jadeo cuando me lame un trozo de piel justo encima de la arteria carótida—.
Es un punto tan frágil… Mira cómo se te dispara el pulso cuando estoy encima de ti. ¿Es de miedo o de emoción?
Noto cómo me late el pecho como si quisiera salírseme de las costillas.
—De emoción.
—¿No te preocupa lo que pueda hacerte? Podría decidir cortarte el flujo sanguíneo en cualquier momento. —Me succiona de nuevo como si quisiera dejar una marca en el lugar más delicado de todo mi cuerpo—. Podría incluso desgarrarte la garganta.
Inhalo con brusquedad. Podría hacerlo. Sé que podría, sin embargo…
—No lo harás.
—No. —Vuelve a besarme la piel que tengo ya magullada. Esta vez, su beso es tan delicado como una pluma—. No lo haré. —Se aparta y me mira a los ojos—. Jamás lo haría.
—¿Ni siquiera aunque yo intentara desgarrarte la tuya?
—Sé que no es la pregunta más inteligente que podría hacerle teniendo en cuenta que estoy totalmente indefensa debajo de él, pero hay algo en mí que se muere por conocer la respuesta.
¿Cuánta clemencia me proporcionaría antes de que llegara a sufrir el mismo destino que Mickey?
Yo o cualquiera que intentara ponerle a prueba.
Se me queda mirando con unos ojos del color del humo eclipsados por un nivel de pasión que nunca antes le había visto.
—Mi vida es tuya, cariño —me promete—. Al igual que la tuya es mía.
El peso de sus palabras se me instala en el pecho, justo en medio de los pulmones y del corazón. El deseo de querer tocarle se incrementa diez veces más.
Le agarro el jersey y él parece entenderlo al instante. Se lo quita y revela toda la amplitud de su piel bronceada bajo la tela de cachemira.
—Quiero dibujarte. —Son las primera palabras que me salen por los labios. Quizá no sea lo que estaba esperando que le dijera, pero no puedo evitarlo.
Es hermoso.
Demasiado hermoso.
Es el tipo de pecho desnudo que Da Vinci consideraría perfecto en su búsqueda de los mejores rasgos humanos. Plano y fuerte, perfeccionado con muchos años de entrenamiento disciplinado y una genética de élite.
Mientras recorro con avidez cada relieve esculpido de su abdomen noto cómo me escuece la mano de querer agarrar un lápiz y recrear cada recoveco en una página en blanco. Quiero dibujar las venas que le surcan los antebrazos como si fueran los ríos de un mapa.
Más tarde , me digo a mí misma.
Podría pasarme horas perdida en los huecos y valles de su torso, pero Adrian me agarra las manos y las coloca sobre su pecho y su corazón mientras me lanza una sonrisa hambrienta.
—Te toca, cariño.
Estoy casi segura de que tengo el corazón atascado en la garganta, pero asiento, o, al menos, eso intento. En el momento en el que intento quitarme la camiseta, él me detiene.
—Permíteme.
Cierro los ojos en el instante en el que me la quita por completo.
¿Y si no le gusta lo que ve?
¿Y si su curiosidad empieza y termina justo aquí?