Limerencia 32
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La señorita Hanson, la profesora de arte de Lionswood, siempre usa una expresión para los proyectos que le parecen demasiado e incluso irrecuperables.

Normalmente suele chasquear la lengua mientras señala en qué parte los colores se han empezado a emborronar o si las proporciones no son las correctas, y dice: «Parece que ya no hay forma de arreglar esto, Poppy».

Así me siento exactamente ahora, a excepción de que esta vez soy yo la que ya no va a poder arreglarse a sí misma. Lo que ha ocurrido esta mañana me ha llevado a un punto en el que me cuesta reconocerme a mí misma.

Me quedo mirando fijamente hacia el espejo del baño del hotel, sin estar del todo segura de quién es la que me devuelve la mirada.

No se trata de la alumna de primer año con unos ojos cargados de esperanza al querer encontrar un hogar verdadero detrás de los muros de hierro de Lionswood.

Tampoco es ya una marginada que se sienta sola durante la hora del almuerzo y escucha a escondidas los cotilleos como si fueran las respuestas de los deberes de Matemáticas.

Se trata de otra persona.

O quizá no, quizá esa persona lleve enterrada en mí durante años, hibernando, y solo resurge cuando tengo que hacer trampas, mentir o cometer un pecado del que seguramente después me vaya a arrepentir.

Mi parte más oscura y depravada.

Y ahora, después de lo ocurrido esta mañana, después de lo que he hecho y lo que he permitido que Adrian haga, solo puedo verla a ella.

Es a quien todo el mundo va a ver cuando me mire.

Escucho un sonido en la puerta del baño.

—Cariño, ¿estás bien? —La voz suave de Adrian se filtra desde el otro lado de la puerta y noto un apretón en el corazón.

Adrian también va a verla.

Ya lo ha hecho. Una tramposa. Cobarde. Asesina en potencia. Esta mañana ha tenido acceso completo y ha podido ver en primera fila cómo mis mayores pecados volvían para atormentarme.

Si no fuera por él, ahora mismo estaría sentada en otra sala de interrogatorios, tratando de mentir para que nadie descubra que he sido yo la responsable de las heridas de Ian.

O la responsable de su muerte.

Noto un escalofrío por todo el cuerpo y me doy cuenta de que todavía no le he respondido.

—Estoy bien.

La única respuesta es el silencio. Me sorprende que se lo haya tragado.

Hasta que se abre la puerta.

Alzo una ceja en dirección al espejo.

—Qué desconfiado.

Puedo ver que, mientras que yo me he quedado aquí encerrada dándole vueltas a la cabeza, él se ha cambiado por un par de pantalones azul marino y un jersey color crema que le acentúa la complexión ancha de los hombros.

E incluso en el estado en el que me encuentro, un desastre que no para de sentirse culpable, no puedo evitar posar la mirada sobre él.

Adrian se apoya contra el marco de la puerta y se encoge de hombros.

—Podrías haber echado el pestillo.

—¿Eso te habría impedido entrar?

—La verdad es que no. —Alza las comisuras de los labios justo antes evaluarme rápidamente—. Estás muy callada desde que hemos salido de ese cobertizo que parecía más bien la escena del crimen de una película policíaca de bajo presupuesto.

Ni siquiera consigue hacerme reír con eso.

—Lo sé. Necesitaba un momento a solas. Eso es todo.

—Parece como si fueras a caer enferma de un momento a otro —me dice—. Estás muy pálida. ¿Tienes fiebre?

No se equivoca. Se me ha decolorado la piel tanto como mi cabello y así se me pronuncian mucho más las bolsas oscuras que tengo debajo de los ojos.

—Estoy bien. Tan solo…

—¿A tu estómago no le sienta bien el intento de asesinato y el chantaje? —Su tono es juguetón, pero sus ojos oscuros resplandecen de curiosidad.

Le miro a través del espejo.

—Le has dado muchísimo dinero. Casi un millón de dólares. Le has escrito un cheque como… si no fuera nada.

—Porque no ha sido nada.

—Era casi un millón de dólares.

Vuelve a encogerse de hombros.

—Cuando echas un centavo en un tarro de los deseos, ¿lo echas de menos?

Suelto un bufido.

—Creo que tus padres sí lo echarán de menos.

Y entonces otro pensamiento horroroso me atraviesa: que Adrian me haya salvado de esta situación tan complicada quizá vaya a traerle problemas con su familia.

El estómago empieza a darme vueltas, pero Adrian parece mucho menos preocupado de lo que estoy yo.

—¿Estás preocupada por mí, cariño? —Una sonrisa divertida le curva los labios.

—Claro que sí —le espeto, girándome para mirarle de frente—. Te ha tocado arreglar algo que yo he causado. Y si llega a haber repercusiones…

—No las habrá —me asegura—. Si mis padres llegan a decirme algo, y dudo mucho de que lo hagan, les diré que he perdido una apuesta con uno de los chicos del equipo de natación y que he tenido que pagarle un nuevo yate.

—Alza una ceja—. Todo esto no es por el dinero.

Dime qué se te está pasando realmente por esa cabecita tuya.

Trago saliva.

—No quiero.

—Dímelo. —Sus ojos color ónix se encuentran con los míos a través del espejo y no veo ni una pizca de diversión en ellos—. O tendré que sacártelo a la fuerza.

Se me corta la respiración, y no es un escalofrío de miedo lo que siento por la espalda, sino de anticipación.

Como si no fuera suficientemente consciente de lo depravada que soy.

Agacho la mirada al suelo y veo los mismos mocasines italianos que casi le aplastan la tráquea a Ian esta mañana.

—Algo no está bien conmigo —le digo—. Quizá se me haya cruzado un cable demasiado pronto. O quizá la brújula de la moral se me haya roto en algún punto del camino, no lo sé. Lo único que sé es que siento… —intento encontrar la palabra adecuada—… oscuridad dentro de mí. Egoísmo. Siento… hambre.

Me apoyo contra el lavabo con tanta fuerza que sé que se me tienen que haber puesto los nudillos blancos.

—Quizá sea porque me he pasado toda la vida recogiendo las sobras de los demás.

Sobras que conseguían mantenerme el estómago lleno, pero que nunca me satisfacían por completo —continúo—.

Y muchas personas, la gran mayoría, suelen acostumbrarse a las sobras.

Aprenden a crear una comida completa con ellas.

Pero yo siempre he querido más y he hecho cosas terribles para conseguirlo.

Y antes pensaba que Lionswood lograría satisfacer esa hambre.

Pensaba que era la clave para conseguir un futuro brillante lejos de Mobile y de mi madre, y que lo único que necesitaba para conseguirlo era arruinar una sola vida.

—Sacudo la cabeza—. Y, sí, me siento muy culpable, pero mi instinto de supervivencia siempre ha sido más fuerte que mi conciencia.

Y tú lo sabes. Podría haber querido hacer justicia por la muerte de Mickey, pero no lo hice.

Mantuve la boca cerrada porque no quería morir y, en el momento en el que descubrí por qué lo mataste, mantuve la boca cerrada por otros motivos.

Una parte de mí se muere por saber si esta confesión le está causando tanta vergüenza como me está causando a mí, pero me niego a alzar la mirada. Porque si lo hago, no creo que sea capaz de terminar. No estoy segura de si conseguiré verbalizar estos sentimientos nunca más.

—La primera vez que nos vimos… que nos vimos de verdad, me dijiste que te gustaba mi sinceridad, lo cual es gracioso porque soy una mentirosa.

Le he mentido al decano Robins, a mi madre, a todo el mundo excepto a ti.

—Tomo una bocanada de aire—. Y, sin embargo, me siento aterrada de que si permito que veas todas las partes oscuras y retorcidas de mí, termines desapareciendo de mi vida.

—Comienza a temblarme el labio—. Quizá después de lo que ha ocurrido esta mañana sea justo eso lo que quieras hacer.

El silencio que se extiende a continuación es sofocante.

Creo que me sentiría mucho menos vulnerable si me quitara toda la ropa y saliera a la calle desnuda.

—¿Recuerdas la conversación que tuvimos en los jardines?

Alzo la cabeza y clavo la mirada en la suya. Su expresión es neutra, plana e indescriptible. Es muy frustrante.

—Por supuesto.

Se cruza de brazos.

—En ese momento te dije que no me daban miedo tus partes más feas. ¿Crees que mi respuesta ha cambiado desde entonces?

Vuelvo a agachar la mirada.

—No podría culparte si así fuera.

En el momento en el que suelto esas palabras, él ya se encuentra delante de mí.

—Pues no ha sido así. —Me alza tanto la barbilla que me obliga a sostenerle la mirada, sin importar la intensidad de esta—. De hecho… —Su voz se vuelve un murmullo melódico que se me mete por debajo de la piel—. Me gusta bastante tu oscuridad.

Se me corta la respiración mientras me pasa el pulgar por el labio superior.

—Hablas de ella como si fuera una debilidad o algún tipo de defecto —me dice—.

Pero tu oscuridad te vuelve fuerte. Te ha llevado hasta Lionswood.

Hasta mí. —Le resplandecen los ojos con intensidad—.

¿Crees que nos atraeríamos tanto si no hubiera algo roto dentro de ti, cariño?

No sabes esconderte tan bien como crees que haces.

Nunca he sabido al cien por cien qué era lo que estaba roto, pero siempre he sabido que estaba ahí.

Sabía que había oscuridad dentro de ti. Y más que eso…

—Su agarre en mi rostro se endurece, no hasta el punto de hacerme daño, sino para que me centre solo en él—.

Me atrae. Soy una polilla a la que le atrae tu luz.

Y esta mañana he podido saborearla. —Su mirada pasa por mis labios—.

Y ahora, la quiero por completo. Quiero satisfacer tu hambre.

Y justo después de decir eso, me está besando.

Me recorre la electricidad por todo el cuerpo, es como si cada nervio se hubiera despertado y quisiera gritar: «Sí. Sí. Esto es justo lo que quiero».

Le coloco la mano alrededor del cuello e intento acercarlo a mí, aunque me sale el tiro por la culata cuando Adrian me coloca las manos en la curva del trasero y me alza para que me siente sobre el lavabo sin esfuerzo alguno, todo eso sin romper el beso.