Limerencia 31 #2
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31 #2

Doy un paso atrás, incapaz de pensar racionalmente al estar oliendo el aroma de Adrian que siempre me ayuda a calmarme.

—Pero él… —Miro en dirección al cuerpo de Ian—. Esto no es culpa suya.

—Te ha acorralado en un garaje y te ha amenazado con una navaja —dice Adrian—. Podría matarle solo por eso.

Siento cómo se me contrae la garganta.

—Pero he sido yo la que le ha hecho esto.

Ya has visto el vídeo. Yo no soy la víctima.

Lo que ha pasado esta mañana… Yo le he impulsado a hacerlo.

—Cierro los ojos y recuerdo la furia que bailaba en los ojos de Ian y su risa maníaca—.

Le he robado el futuro. Se suponía que era él el que debía ir a Lionswood.

—Y ahora se ha convertido en una mala hierba —añade Adrian—. Quizá la hayas recortado un poco esta mañana, pero estoy seguro de que volverá a crecer. Volverá a enfadarse. Querrá venganza. Quizá dentro de un mes. O de un año. O dentro de diez. Quizá…

—¡No! —Me vuelvo a poner a temblar—. No. No puedo hacer eso. —Siento las náuseas en el estómago—. Ya soy una tramposa. Ya le he arruinado la vida. No puedo… —me ahogo de solo pensarlo— quitarle eso también.

—Cariño. —Se acerca a mí y su voz se vuelve tan suave como la mantequilla, como si yo solo fuera un animal asustado que quiere salir huyendo de él—. Está muy herido.

Parpadeo en su dirección.

—Has dicho que tiene daños moderados.

—Que probablemente se vuelvan graves si no le atiende nadie en las próximas horas.

—No. Absolutamente no. No pienso…

—Tú no tienes que hacer nada —dice en voz baja, y tardo unos segundos en comprender lo que quiere decir. Lo que me está ofreciendo.

—No —suspiro—. No, no quiero que lo hagas. Jamás podría pedirte que hicieras algo así.

Curva los labios en una sonrisa socarrona.

—Pareces tener muchos debates morales a pesar de que podrías haber llamado a la policía hace un buen rato, pero has terminado llamándome a mí.

Abro la boca para debatir, pero escuchamos un gruñido de dolor y ambos nos giramos hacia la fuente de este.

Ian deja escapar unos cuantos gruñidos más conforme va recobrando la consciencia.

Se me corta la respiración.

—Ian…

—¿Cómo te encuentras? —Adrian se acerca a Ian antes que yo y se cierne sobre él con toda su altura—. ¿Recuerdas lo que ha pasado?

Ay, madre.

Ian parpadea, confundido, como si estuviera reubicándose.

—Eh… —Su mirada recae sobre Adrian—. ¿Quién eres tú?

—No creo que debas levantarte —le dice Adrian—. Tienes una herida bastante grande en la cabeza.

Ian vuelve a parpadear.

—Tengo una… —Tras eso, su mirada recae sobre mí, y puedo verlo, el momento exacto en el que le desaparece la confusión y se acuerda de por qué estaba tan enfadado conmigo.

Adrian también se da cuenta.

—Recuerda bastante —reitera Adrian—. Así que ¿vas a querer que acabe con este cabo suelto por ti o no? —Mira a Ian con una intensidad tan fría que incluso yo me estremezco—. Creo que hasta lo disfrutaría.

—¿Qué…? —Ian está demasiado confundido como para llegar a entender a qué se refiere Adrian, pero yo sí lo sé.

Agarro a Adrian del brazo como si eso pudiera llegar a detenerle.

—No .

Adrian no intenta apartarme, pero sí me lanza una mirada un tanto decepcionada.

—Lo sabes tan bien como yo: siempre hay que arrancar a las malas hierbas de raíz.

—Ya le he quitado demasiadas cosas —le murmuro al oído a Adrian—. Por favor, no quiero vivir sabiendo que se lo he quitado absolutamente todo. —Aun así, no podría detenerle si decide matar a Ian. Si se diera la situación, no pienso hacerme la heroína.

Me apartaría a un lado y permitiría que ocurriera como la cobarde que soy.

Pero, por favor, no me hagas parecerlo más de lo que ya soy.

Veo cómo Adrian frunce levemente el ceño, veo también un destello de una expresión que no conozco y después…

Parece acceder.

—De acuerdo, cariño —me dice—. Lo haremos a tu modo.

No tengo tiempo de sentirme aliviada antes de que toda su atención se centre en Ian y toda la suavidad en su tono desaparezca.

—Esto es lo que vamos a hacer, Ian Creasey.

Ian le mira, todavía desorientado.

—Ni siquiera sé quién… —Un mocasín italiano le corta el resto de la frase cuando Adrian se lo aplasta sobre la garganta.

Abro tanto la boca que casi se me desencaja la mandíbula.

—Adrian…

—Espero que me escuches con atención, Ian, porque no pienso repetirlo.

He escuchado la voz de Adrian cientos de veces en distintos tonos, pero nunca había presenciado la calma tan letal con la que está hablando ahora mismo.

Es como si fuera la calma antes de un huracán. El silencio sepulcral en el bosque antes de que los pájaros salgan volando, de que los bichos dejen de hacer ruido y de que tu cuerpo note que hay un depredador cerca mucho antes de que puedas avistarlo.

Esto es lo que parece en este momento.

Aunque no para mí.

Ian abre tanto los ojos que casi se le salen de las cuencas. Se remueve bajo el peso del zapato de Adrian, pero todos sus esfuerzos son en vano.

—Te recomiendo que te quedes quieto —le dice Adrian—. Podrías tener una fractura en el cráneo. Daños cerebrales. Cuanto más te remuevas, peores serán.

Ian se queda de piedra debajo de su zapato.

Adrian afloja un poco el agarre, pero no aparta el pie en ningún momento. Podría aplastarle la tráquea a Ian con un mal movimiento.

—¿Qué estás…? —dice Ian en un susurro ahogado.

—Voy a ofrecerte un trato —le dice Adrian—. Es mucho más de lo que creo que te mereces, pero no lo voy a hacer por ti.

¿Un trato?

—Hace cuatro años, te engañaron y te quedaste sin poder asistir a Lionswood —explica y veo la sorpresa en los ojos de Ian—.

Te has perdido cuatro años de uniformes escolares, inviernos en Connecticut y chicas ricas que te pasearían de un lado a otro durante una semana como si fueras un bolso nuevo.

Sé que te sientes menospreciado. Enfadado. Quieres venganza.

Ian dirige la mirada hacia mí, el objeto de su desdén, pero tan solo puede mirarme durante unos instantes porque enseguida vuelve a sentir que le falta el aire.

—Aparta tus sucios ojos de ella —le espeta Adrian—. No te he dado permiso para mirarla.

Ian obedece y vuelve a clavar los ojos en Adrian, quien vuelve a aliviar un poco de la presión con el zapato.

Quiero sentirme mal por cómo se está comportando Adrian, incluso disgustada, pero eso no es lo que siento en la parte más baja del abdomen.

No, no, no.

Es imposible que eso me haya parecido sexi.

—Como iba diciendo —continúa Adrian, ajeno a lo que me está ocurriendo—. Quieres justicia. Supongo que para eso ibas a utilizar ese vídeo. Ibas a enseñárselo a todo el mundo y a asegurarte de que Poppy no llegara a graduarse para poder regocijarte en tu resentimiento durante los próximos años.

Parece que Ian quiere estrechar la mirada, pero en la situación en la que se encuentra más bien parece que le esté entrando un tic en el ojo.

—Por suerte para ti, voy a ofrecerte algo mejor que la justicia —dice Adrian—. Compensación.

Todo el color me desaparece del rostro.

¿Compensación?

—No puedo ofrecerte las oportunidades académicas que podrías haber conseguido en Lionswood —explica—. Pero sí puedo ofrecerte el valor económico de la beca a la que habrías accedido y disfrutado. Cuatro años de beca, que hacen un total de…

846 000 dólares.

Casi puedo sentir cómo deja de latirme el corazón.

—… 846 000 dólares. Más que suficiente para que accedas a la educación que desees o para que empieces una nueva vida en otra ciudad. Puedo hacerte un cheque ahora mismo.

Ian abre mucho los ojos.

—Con unas cuantas condiciones, por supuesto —añade Adrian—.

Dentro de diez minutos vas a llamar a una ambulancia, la verdad es que necesitas una, y les vas a decir que te resbalaste y te caíste trabajando en el garaje esta mañana.

Vas a borrar el nombre de Poppy y cualesquiera que sean las fechorías que sospeches de ella de tu mente.

No vas a acudir a la prensa. No vas a enviarle un correo electrónico al decano.

No vas a contarle nada a nadie. Vas a continuar con tu vida, a gastarte mi dinero y a agradecer el hecho de que quizá la culpes a ella por haberte arruinado la vida, pero también es gracias a ella que vas a lograr sobrevivir hoy.

Ian abre la boca, pero le cuesta mucho pronunciar palabras inteligibles.

—¿Cómo puedo…?

—¿Cómo puedes asegurarte de que no te estoy mintiendo con el tema del dinero?

—Adrian finaliza la frase por él—. Bueno, cuando te dé el cheque, te invito a que busques en Google el apellido de la persona que lo firma.

Estoy seguro de que eso te aclarará todas las dudas.

—Hace una pausa—. Ah, y una cosa más, dentro de cinco años, quizá dentro de diez, seguramente quieras más.

Más dinero. Más venganza. Cuando eso ocurra, y estoy seguro de que ocurrirá…

—Ian tose y se retuerce bajo el peso del zapato de Adrian mientras su voz decae a un mero murmullo—.

Te prometo que será una muy mala idea por tu parte.

Noto la piel de gallina por todo el cuerpo.

—¿Tenemos un trato? —le pregunta Adrian.

Mi expresión refleja la misma inquietud que la de Ian, pero veo cómo asiente.

La respuesta de Adrian es una sonrisa en la que le muestra todos los dientes.