Limerencia 31
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Está respirando. Estoy segura de que sigue respirando.

Me he acuclillado a su lado y llevo comprobando la forma en la que le sube y le baja el torso a Ian durante una eternidad y, cada vez que la cavidad de su pecho se infla de aire, me recuerdo que no soy una asesina.

Todavía.

Compruebo mi móvil y la ansiedad se me filtra por las venas.

Solo han pasado veinte minutos, pero para mí han pasado unas veinte horas.

No estoy del todo segura de si el mundo sigue existiendo fuera de este garaje; al menos, no un mundo que me sea familiar.

Si por mí fuera, el sol podría haber quemado el resto del planeta mientras yo he estado aquí atrapada con Ian.

Si no fuera por la sangre que le sale de la cabeza y que está manchando el suelo de Rick de color carmesí, juraría que está dormido. Ya no presenta líneas de expresión por el enfado en la frente, no suelta la furia por la boca y ya no tiene ninguna navaja en las manos.

La pateé al otro lado del garaje en cuanto se desmayó.

Vuelvo a comprobar el móvil.

Veintiún minutos.

No puede ser una buena señal que lleve tanto tiempo inconsciente, ¿verdad?

Sigo mirándole fijamente el pecho y me pregunto si será producto de mi creciente paranoia o si su respiración ha empezado a volverse cada vez más débil.

Quizá debería llamar a la policía.

Quizá pueda inventarme algo como que llegué después y me lo encontré ya inconsciente.

Me muerdo el labio.

Veintidós minutos.

Debería llamar a una ambulancia y lidiar con las consecuencias después.

Pero cuando paso el dedo por el número de emergencias escucho un fuerte golpe en la puerta del garaje.

Siento que me va el corazón a mil por hora y me pongo de pie en un segundo, preparada para lo que sea.

Ay, madre.

Esto ha sido un error.

Debería haberme arriesgado con la policía.

Miro hacia abajo, hacia el cuerpo inconsciente de Ian.

Ahora ya es demasiado tarde.

—Adelante —digo con la voz ronca.

La puerta se abre.

—Se te da muy bien crear suspense, cariño.

Me has dicho que venga solo, que traiga un kit de emergencias, que llame a la puerta tres veces.

Tengo bastante… —La amplia figura de Adrian aparece por la puerta.

En cuanto da un paso, con un kit de primeros auxilios en la mano, se detiene y abre mucho los ojos—… curiosidad.

No digo nada mientras él sopesa la escena con el mismo ojo crítico con el que me corrigió el ensayo de Historia y me revisó los deberes de Matemáticas.

Su mirada recae sobre el cuerpo inconsciente de Ian, después pasa por la llave inglesa impregnada en sangre que descansa a su lado para terminar volviendo a mirarme a mí.

Veo un destello de sorpresa en sus ojos, un simple destello, justo antes de que su expresión cambie.

—¿Estás herida?

Antes de que pueda decirle que no, él ya ha cruzado el espacio que nos separa y empieza a examinarme por su propia cuenta.

—¿Estás sangrando por algún lado? —Me pasa las manos por el pelo, por la nuca e incluso por la camiseta, sin duda buscando alguna mancha de sangre—. ¿Te duele algo?

—El kit de emergencias no es para mí. —Hago un gesto hacia Ian—. Es a él a quien deberías atender.

Su respuesta no esconde ni un atisbo de duda.

—No hasta que me asegure de que tú estás bien de verdad. Quizá ni siquiera te hayas dado cuenta. Puede que tu cuerpo haya entrado en estado de shock , podrías…

—¡Adrian! —Pronuncio su nombre a modo de orden y de súplica—. Por favor. No tengo ni un solo rasguño. Comprueba que él esté bien. Por favor.

Su expresión parece suavizarse y decide obedecerme, ya que su atención recae de nuevo en Ian.

Veo cómo se arrodilla, saca un par de guantes desechables del kit y le examina la herida.

—¿Cuánto tiempo lleva inconsciente?

Yo me aparto lo máximo que puedo, preocupada de poder contagiarle mi nerviosismo a Adrian si me acerco demasiado.

—Desde que te he llamado.

Para mi sorpresa, mi respuesta no parece incitar el mismo pánico en él que en mí. De hecho, Adrian está más calmado que nunca mientras me hace preguntas sobre Ian.

—¿Y lleva sangrando todo este tiempo?

—Eso creo —respondo—. Quería detener el sangrado, pero no he podido encontrar nada lo suficientemente limpio aquí que pudiera usar para hacerlo.

Y estaba demasiado asustada de que de pronto recobrara la consciencia y desapareciera si iba a buscar algo al remolque.

—Es mejor que no lo hayas hecho —murmura. Adrian abre una gasa estéril del kit y la coloca con cuidado sobre la herida de Ian.

La sangre se filtra a través del tejido blanco de inmediato.

—No me he dado cuenta de que le había dado tan fuerte. —Cambio el peso de un pie al otro—. Solo le he dado una vez y ha caído…

Redondo.

Como un árbol cuando lo arrancas de raíz.

—Seguramente tenga, por lo menos, daños cerebrales moderados —dice Adrian.

Un atisbo de esperanza me crece por dentro.

—¿Como una especie de conmoción cerebral?

—Seguramente peor —me explica—. Por lo que he podido leer, la mayoría de las conmociones cerebrales no suelen causar que el paciente quede inconsciente durante tanto tiempo.

Quizá tenga una fractura en el cráneo. O quizá se trate de una contusión, pero lo importante es que está estable.

No tiene obstruidas las vías respiratorias.

Tiene buen pulso. Al menos, por ahora. No puedo asegurártelo, pero seguramente se ponga bien.

Suspiro y siento el pecho diez veces más ligero que hace unos instantes.

No le he matado.

No soy una asesina.

Al ver que estoy satisfecha de que Ian no vaya a morir de un momento a otro, Adrian posa todo el peso de su mirada sobre mí.

—Vas a contarme todo lo que ha pasado ahora mismo, cariño.

Vuelvo a inhalar profundamente.

Y entonces empiezo a explicárselo todo.

Me escucha con mucha atención mientras le explico la conexión que tengo con Ian, nuestras interacciones la semana pasada y cómo ha utilizado el teléfono de Rick para hacerme venir hasta aquí después de descubrir que le engañé para entrar en Lionswood.

Su expresión es indescriptible todo el rato hasta que…

—¿Te ha amenazado con una navaja? —El tono letal que esconde su voz hace que me entre un escalofrío por toda la espalda y de pronto me doy cuenta de lo cerca que se encuentra de Ian. Si quisiera, tan solo tendría que agacharse y…

—No creo que pretendiera usarla —argumento—. Bueno, no lo sé. Ni siquiera sé si él también sabía lo que hacía. Creo que solo quería asustarme. Evitar que saliera corriendo en cuanto me diera cuenta de por qué estaba aquí.

Veo cómo aprieta la mandíbula.

—Y de todas formas, ya no importa —continúo—. He sido yo la que le ha hecho daño. La que le ha hecho esto.

Siento la culpa atascada en la garganta.

Yo le he hecho todo esto.

—No tenías otra opción —dice Adrian—. Te ha engañado para… —Se queda mirando las herramientas llenas de polvo que hay alineadas en la pared—… lo que podría considerarse un claro intento de asesinato. Todo lo que ha ocurrido después ha sido a modo de defensa propia.

—Pero no ha sido así. Al menos, no la parte de la llave inglesa. Eso ha sido totalmente intencionado. —Las palabras salen de mi boca en un torrente rápido y nervioso—. Tenía el vídeo, podría haber hecho cualquier cosa con él y…

—¿Qué vídeo? —me interrumpe Adrian, entornando la mirada. Me doy cuenta de que se me ha olvidado contarle esa parte. La experiencia cercana a la muerte que he vivido esta mañana me ha dejado el cerebro totalmente frito.

Mis ojos recaen sobre el móvil desbloqueado de Ian que se encuentra a tan solo unos pasos de distancia.

Adrian lo recoge, vuelve a levantarse y puedo escuchar mi voz temblorosa a través del altavoz de nuevo. No me apetece nada volver a ver el vídeo después de haber participado en él hace tan solo unos minutos, pero sí me quedo observando la reacción de Adrian.

Cuando mi yo del vídeo ha terminado de confesar su mayor pecado, él continúa mirando a la pantalla y su rostro muestra una máscara de calma indescriptible.

—Así que esta iba a ser su prueba.

Asiento.

Veo cómo presiona unos cuantos botones antes de lanzar el móvil a los pies de Ian.

—Pues su prueba acaba de desaparecer por completo.

No me siento preparada para la oleada de alivio que me inunda como un tsunami. Noto cómo me tropiezo y termino en los brazos de Adrian. El peso de todo lo que ha ocurrido esta mañana me impacta mientras descanso la cabeza sobre su pecho.

—Gracias —murmuro, aunque no estoy segura de qué es exactamente lo que quiero agradecerle de todo lo que ha hecho.

¿Por venir a mi rescate sin hacer ni una sola pregunta?

¿Por asegurarse de que Ian viva lo suficiente como para conseguir llegar al hospital?

¿Por borrar el vídeo sin pronunciar palabra?

Me hace círculos con las manos por la espalda para tratar de tranquilizarme.

—No tienes nada que agradecerme —murmura.

Su roce es como un bálsamo que ayuda a aliviar las profundas heridas que han vuelto a abrirse esta mañana.

—Pues lo siento —le digo—. Por haberte inmiscuido en este desastre.

He llamado a Adrian más por instinto que por otra cosa. A pesar de que estaba aterrorizada, sabía que podía contar con él.

Probablemente porque no es la primera vez que él tiene que enfrentarse a las pruebas de un asesinato.

—Ahora es nuestro desastre. —Me mira desde arriba con unos ojos oscuros resplandecientes—. Y todavía tenemos que solucionarlo.

Suspiro.

Cierto.

Una herida en la cabeza que no para de sangrar.

Daños cerebrales moderados.

—Podríamos llamar a una ambulancia y decirles que lo hemos encontrado aquí —le digo—. Las pruebas han desaparecido y dudo que vaya a querer volver a intentar coaccionarme de nuevo para que confiese.

El cuerpo de Adrian se pone rígido al lado del mío y su expresión me muestra incredulidad.

—¿Pretendes dejarle con vida?

Ahora soy yo la que se tensa entre sus brazos.

—¿Acaso tú no? —Me quedo boquiabierta.

Adrian entorna la mirada y aprieta los labios con desagrado.

—Claro que no. Si le dejas vivir, entonces tendrás un cabo suelto.

Un cabo suelto.

Ese término me incita una especie de déjà vu . Así fue como llamó también a Mickey.