30 #2
—Sabía que no iba a entrar —empiezo a decir con la voz temblorosa—.
Incluso antes de hacer el examen, sabía que no iba a entrar.
—Me muerdo el labio y no estoy segura de si lo siguiente va a desencadenar otra oleada de violencia por su parte—.
Pero sabía que tú ibas a hacer el examen también.
Llevabas meses hablando sobre ello, así que pensé…
—Otra respiración temblorosa—. Pensé que si quería entrar en Lionswood, tú eras mi mejor opción.
Veo cómo la furia le cruza por los ojos verdes, pero su voz está totalmente en calma cuando me pregunta:
—¿Cómo cambiaste los exámenes?
Por muy raro que suene, la peor parte de la historia es la que mejor recuerdo.
—Tuve que planearlo con antelación —le explico—. Sabía que no iba a hacer el examen mucha gente, así que también era consciente de que el supervisor iba a estar muy atento.
—Hasta que dejó de prestar atención —sisea—. Anna. Ella también debió estar en el ajo. ¿La chantajeaste o algo?
Y aquí viene, la peor parte de la historia.
—No. —Sacudo la cabeza—. No sabía nada. Unos cuantos meses antes nos hicimos amigas y la convencí para que hiciera el examen.
Ian abre mucho los ojos, pero yo continúo.
—No sé si recuerdas lo estrictos que eran sobre las cosas que podíamos y no podíamos llevar al examen. Solo un par de lápices y una botella de agua.
Ian frunce el ceño.
—No me digas que le frotaste unas cáscaras de naranja en los lápices o algo así.
Me rasco la nuca.
—No, fue en el agua. Puse unas gotas, muy pocas, de zumo de naranja en mi botella de agua. Y durante el último descanso para ir al baño, justo antes de que el revisor recogiera los exámenes, intercambié las botellas.
—Y casi la matas —añade él con dureza.
—¡Pero no lo hice! —respondo—. Solo fueron unas gotas. Suficiente para causarle una reacción alérgica y asustar al revisor, pero no para matarla.
Me pasé todos esos meses antes del examen haciéndole todo tipo de preguntas a Anna sobre su extraña y severa alergia a las naranjas.
También sabía que siempre llevaba encima una inyección de epinefrina para cuando le daba un brote de alergia.
Por primera vez desde que ha comenzado la encerrona, Ian no me mira con odio, sino con incredulidad.
—La envenenaste.
Me enfado un poco.
—No fue casi nada.
—Entonces ¿qué? Mientras todo el mundo estaba preocupado por que Anna no se muriera ahí mismo, ¿tú intercambiaste los exámenes? ¿Borraste mi nombre y pusiste el tuyo?
—Justo antes de que el revisor nos sacara a todos de la sala —le respondo en voz baja.
Un silencio tenso y sofocante recae en el garaje mientras Ian absorbe la verdad.
No me muevo.
No respiro.
No hago nada más que quedarme allí de pie con la esperanza de que me confunda con una de las herramientas repletas de polvo de Rick y se marche sin hacerme daño.
—Tú… —Sacude la cabeza—. ¿Eres consciente de lo que me has hecho? —Se le rompe la voz, al igual que mi determinación.
—No tienes ni idea de cuánto lo siento —le ruego y doy un paso hacia él—. Ian, yo…
—¿Que lo sientes? —Y ahí está de nuevo, esa rabia que hace que vuelva a apuntarme con la navaja con muy poco cuidado—. ¡Me robaste Lionswood! ¡Me has robado mi futuro!
Me inclino de nuevo contra el banco de trabajo.
—Lo sé, yo…
—¡No lo sabes! —grita—. ¿Sabes que me tiré meses torturándome por ese examen?
Me tiré meses repasando todas las preguntas para tratar de descubrir dónde la había cagado.
Cuando recibí la nota, fui a ver a los orientadores académicos y les supliqué muchísimo para que me dejaran ver en qué preguntas había fallado.
Agacho la mirada.
—Lo siento.
—Deja de decir eso —sisea—. Tus disculpas no me sirven de nada, Poppy.
No cambian nada. Es que… —Una risa maníaca le sale de lo más profundo de la garganta—.
Joder. Podría haberme tirado cuatro años estudiando con compañeros igual de inteligentes que yo.
Podría haber recibido clases de los mejores profesores del país.
Y ahora no debería estar enviando solicitudes a universidades públicas solo para ahorrarme dinero.
Debería tener a las universidades más famosas haciendo cola en mi puerta para ofrecerme todo tipo de becas.
—Su mirada se endurece—. ¿Pueden tus disculpas arreglar algo de eso?
Me encojo en el sitio.
—No.
—Entonces, por favor, dime qué demonios debería hacer contigo ahora mismo.
—Podrías delatarme —suelto de pronto mientras una especie de plan comienza a tomarme forma en la mente.
Él suelta un bufido.
—¿Delatarte? Como si a la policía fuera a importarle un caso de fraude académico que tuvo lugar hace cuatro años.
—A Lionswood sí le importaría —le digo—. Su reputación académica es sagrada para ellos. No creo que quieran que un escándalo de esta índole amenace con manchar su reputación.
—O quizá simplemente lo ignoren —me responde—. Ya les has robado cuatro años de beca. ¿Qué más da unos cuantos meses más?
—No si les amenazas con contárselo a la prensa —le digo—. Tendrán que hacer algo, sin que nadie se entere, claro. No dejarán que me gradúe. Seguramente se asegurarán de que no entre en ninguna universidad del mundo.
Ian permanece en silencio mientras sopesa mi oferta y trato de no soltar un suspiro de alivio cuando veo cómo baja la mano con la que sostiene la navaja.
Por favor, tan solo di que sí y déjame salir de aquí.
—¿Cómo sé que vas a ayudarme a conseguirlo?
—Su tono está repleto de escepticismo—. Estás asustada.
Estás dispuesta a decir cualquier cosa solo para salir de aquí.
Dudo que seas igual de generosa cuando vuelvas a la escuela.
Estoy seguro de que incluso intentarás convencer a todo el mundo de que yo soy el mentiroso.
Se me seca la boca.
—Bueno…
—Quiero grabar un vídeo de tu confesión —me corta—. Aquí y ahora. Te voy a grabar con el móvil mientras lo confiesas todo.
Se me cae el estómago al suelo.
Ian retrocede para que tenga suficiente espacio para respirar, se saca el móvil del bolsillo y quizá sea la distancia lo que me incrementa el coraje de nuevo, pero le pregunto:
—No sé si te das cuenta, pero parece que me estés coaccionando a confesar, ¿sabes? Un vídeo mío en medio de un garaje mugriento y totalmente asustada… Creo que será mejor que grabes un audio.
Él suelta otro bufido.
—¿Para qué? ¿Para que le digas a todo el mundo que es un audio falso?
¿Que he contratado a alguien para que imite tu voz?
¿O que he usado inteligencia artificial?
No. —Me mira desde detrás de la pantalla de su móvil—.
No vas a salirte con la tuya, Poppy. Así que más te vale que sea una confesión muy convincente.
—Suena mucho más calmado que hace cinco minutos, pero el tono peligroso que todavía tiene en la voz me hace pensarme dos veces si debería seguir soltando comentarios ingeniosos o no.
Me apunta con la cámara del teléfono y yo, a pesar de que todos mis instintos me indican que grite, intento reprimir el miedo y plasmar mi mayor cara de arrepentimiento.
Digo mi nombre y mi situación en Lionswood al igual que la de Ian, pero no confieso las partes más oscuras de la historia como, por ejemplo, que envenené a una compañera y que estoy confesando mis pecados bajo coacción.
Y no es hasta que Ian baja la cámara del móvil que la realidad no me golpea como una roca en las costillas.
Ian puede hacer, y seguramente haga, lo que quiera con ese vídeo.
Puede enviárselo al decano Robins, sí, pero también puede subirlo a internet. Puede enviárselo a todas las universidades del país.
Voy a perder mi futuro.
Adiós Pratt, adiós Harvard, y, seguramente, adiós Adrian…
Noto el pánico en el corazón.
Un delito en privado es una cosa, pero si sale a la luz…
Ni siquiera él será capaz de protegerme.
Y puede que ni siquiera quiera hacerlo.
Escucho mi propia voz por el altavoz del móvil, confesándolo absolutamente todo, mientras Ian vuelve a ver el vídeo desde el principio. Parece demasiado ocupado en esa tarea como para prestarme atención siquiera.
La adrenalina me inunda las extremidades.
Lo siento.
Fijo la mirada sobre Ian.
No te mereces nada de esto.
Me inclino hacia atrás hasta que noto con las manos una de las llaves inglesas de Rick.
Pero he trabajado muy duro para ver cómo mi futuro se desvanece por arte de magia.
Así que me muevo.
La llave inglesa impacta contra el cráneo de Ian. Veo la sorpresa en sus ojos antes de que caiga al suelo profiriendo un ruido sordo.