30
El mundo parece detenerse durante unos instantes.
Lleva una navaja.
Lleva una navaja.
Lleva una navaja en la mano.
El metal brilla bajo la luz, la hoja es igual de ancha que un lápiz, pero, aun así, logra congelarme la sangre.
—Ian —vuelvo a suspirar—. ¿Qué haces aquí?
Sigue hablando con él.
Solo tienes que seguir hablando.
Ya has estado antes en esta situación.
Aunque la verdad es que no. No de esta forma.
He temido por mi vida antes. He temido por mi vida con Adrian. He tenido la espalda presionada contra la pared. He tenido su mano alrededor de mi cuello y me he llegado a preguntar si esa sería la última sensación que iba a experimentar.
Pero yo solo era un daño colateral para Adrian.
Una amenaza constante de que podía hablar con la policía sobre lo que le ocurrió a Mickey. Una prueba andante de que sabía varios de sus secretos más oscuros. Un factor externo que podía razonar con él.
Pero esto… Lo que sea que está a punto de ocurrir…
Esto es personal.
Y eso me asusta más de lo que Adrian haya podido hacerme nunca.
—Ian —intento de nuevo—. ¿Qué ocurre?
Las sombras que le cruzan el rostro bajo la luz tintineante son irregulares y afiladas. No se parece en nada al chico con rostro de bebé que conocí la semana pasada.
Ian tuerce los labios en un gesto de enfado tan afilado como el arma que sostiene en la mano.
—Ya sabes por qué estoy aquí, Poppy —me dice en voz baja, pero su silencio sirve para inundar de rabia toda la sala.
Necesito hacer acopio de todo mi coraje para mirarle a los ojos.
—No lo sé, Ian. Tan solo he venido a recoger una cosa y…
—No te hagas la tonta —me espeta mientras da otro paso amenazante en mi dirección.
—¡No me estoy haciendo la tonta! —Me inclino hacia atrás sobre el banco de trabajo tanto como puedo y el borde se me clava en la espalda—. Escucha, Rick…
—Está en Birmingham. Ayudando a un amigo suyo —dice Ian—. Se ha ido hace una hora. Casi se olvida el móvil y todo.
Una oleada de terror me invade.
Dios mío.
No me ha llegado ninguna carta de la escuela.
Nunca ha habido ninguna carta.
—Eres tú el que me ha enviado el mensaje —le digo, cayendo en la cuenta—. Desde el teléfono de Rick. Has sido tú el que me ha engañado para que venga aquí. —Me inclino más contra el banco de trabajo. Mis piernas ahora mismo parecen de gelatina—. ¿Acaso Rick…?
Ian se ríe, una risa fría y agria.
—Claro que no. He borrado los mensajes.
Lo que explica el mensaje con las interrogaciones que me ha enviado antes. No tenía ni idea sobre qué le estaba hablando.
—Has llegado más rápido de lo que me esperaba —dice Ian, sorprendido—. Ni siquiera estaba seguro de que fueras a entrar en el garaje, pero…
El pánico me congela.
Debería haberlo dejado estar.
Debería haber obviado el mensaje de Rick.
Debería haber pasado el día con Adrian y haber hecho cualquier otra cosa.
Pero ahora…
Ian no es particularmente alto o ancho, pero está armado, lo que significa que se ha preparado para hacerme daño. Quizá incluso para matarme y, a no ser que consiga quitarle la navaja de las manos (cosa que dudo mucho), si esto termina en un altercado físico, no voy a salir bien parada.
Así que, aquí estoy de nuevo, en la casilla de salida.
Sigue hablando con él.
—Parece que te has tomado muchas molestias para traerme hasta aquí. —Me tiembla la voz, al igual que el resto del cuerpo, pero me las apaño para encontrar las palabras adecuadas—. Así que al menos podrías decirme por qué.
Sé que he empezado con mal pie cuando su rostro se oscurece visiblemente y parece burlarse de mí.
—Ya te lo he dicho. No te hagas la tonta. Sabes por qué estás aquí. —Al menos ya no está intentando acercarse más—. Quiero que lo reconozcas en voz alta, Poppy. —Noto la desesperación en su voz—. Quiero que lo admitas.
Trago saliva.
—Ian…
—¡Dilo! —Su voz rebota por las paredes del garaje.
Otra oleada de pánico me recorre mientras alzo las manos a modo de derrota.
—De acuerdo. Lo siento. Tienes razón. Sé por qué estoy aquí. —Vuelvo a tragar saliva—. Es por Lionswood. Sabes lo de Lionswood.
Noto un nudo en el estómago.
Quiere que lo reconozca en voz alta.
—Yo… —Noto cómo se me cierra la garganta por la confesión que no quiero admitir. Esto es cien veces peor que cualquier pesadilla que haya podido tener nunca—. Hice trampas para entrar en Lionswood.
Sus ojos verdes se oscurecen.
—Me engañaste para entrar en Lionswood.
Mi afirmación es silenciosa.
—Sí.
—No. —Sacude la cabeza con vehemencia antes de apuntar con la navaja en mi dirección—. Me engañaste a mí. Dilo.
Fijo la vista en el cuchillo. No nos separan ni un par de metros. Tan solo tendría que lanzarse hacia delante y…
—Te engañé. Te engañé a ti —digo de pronto.
Se le escapa un largo suspiro y me doy cuenta de que no soy la única que está temblando. Él también está temblando para tratar de reprimir algo… enfado o nerviosismo, no estoy del todo segura.
Utilizo el silencio momentáneo a mi favor.
—¿Cómo lo has descubierto?
Sus ojos verdes me dejan clavada en el sitio.
—No podía dejar de darle vueltas —me dice, suena más calmado que hace diez segundos—. A la conversación que tuvimos.
Claro.
La conversación a la que yo no le he dado demasiadas vueltas.
Me puse muy nerviosa después de la conversación que tuvimos en este mismo garaje, pero entonces apareció Adrian en casa y todo lo relacionado con Ian Creasey se quedó relegado a un segundo plano en mi mente.
Estúpida.
Maldita estúpida.
—Al principio me quedé muy impresionado.
—Él se ríe, pero su risa no contiene más que veneno—.
Habías conseguido entrar en Lionswood. En el maldito Lionswood.
Me había llegado a convencer de que esa beca era un sueño inalcanzable porque nadie consigue entrar nunca en Lionswood.
Nadie de ninguna parte y mucho menos de aquí.
—Hace un gesto con la mano con la que sostiene la navaja hacia el aire—.
Pero tú lo conseguiste. Tú entraste. Y también me di cuenta de que no querías hablar de ello.
Como si no importara. Como si te sintieras avergonzada.
Lo que me parecía una locura. A nadie le da vergüenza entrar ahí, sobre todo alguien que ha conseguido una beca completa.
Es muy vergonzoso lo rápido que ha conseguido darse cuenta.
Cuando me topé con Ian el otro día no tuve tiempo de prepararme ni de idear una estrategia. Simplemente esperé que todo saliera bien.
«Pero me equivocaba».
—Así que seguí dándole vueltas —continúa diciendo—.
A tu beca. A lo inteligente que deberías de ser para haber conseguido entrar.
Más inteligente que nadie. Más inteligente que yo.
—Se me corta la respiración mientras mueve la navaja con la mano—.
Tengo un coeficiente intelectual de 140, ¿lo sabías?
Sacudo la cabeza.
—Me hicieron la prueba cuando tenía ocho años —proclama—.
Ahí fue cuando comencé a recibir ayuda de los orientadores escolares.
Ya sabes que en las escuelas públicas hay demasiados niños y muy pocos recursos.
Hicieron lo que pudieron. Me subieron de curso.
Empezaron a ofrecerme cursos de secundaria y universitarios y, con el tiempo, Lionswood.
Incluso ahora puedo escuchar claramente el deseo en su voz. El tiempo no ha ayudado a curar su dolor.
—No podía creérmelo —dice Ian—. Al menos no al principio. Creo que sabes que la matrícula cuesta más de lo que una persona puede llegar a ganar en toda su vida.
Me ofrece una mirada expectante y yo asiento con desgana.
—Después de eso descubrí el programa de becas.
Ya sabes de cuál hablo. Admiten a dos estudiantes cada cuatro años, el que mejores notas saque de todo el país.
—Recalca el requisito que me sé como la palma de la mano, pero al menos he conseguido que siga hablando.
Ahora mismo no me está amenazando—. Todos los orientadores con los que hablaba estaban seguros de que lo iba a conseguir.
Estudié durante meses. Matemáticas avanzadas, comprensión lectora, vocabulario…
—Me mira de repente con una furia renovada—. ¿Tú estudiaste algo, Poppy?
—Yo… —Mi lengua parece haberse convertido en plomo—. Lo intenté.
Me ofrece una sonrisa cruel.
—¿Lo intentaste?
Cierro la boca de repente.
¿Cuánto tiempo llevamos aquí?
¿Si gritara, vendría alguien a rescatarme?
En este barrio todo sería cuestión de suerte, y estoy segura de que Ian puede llegar a hacerme mucho daño con esa navaja antes de que acuda alguien en mi rescate.
—Todavía no me has dicho cómo lo has descubierto —le digo en voz baja, con ganas de seguir centrando la conversación en él y no en mí.
Durante un segundo, entorna la mirada como si hubiera pillado mis intenciones, pero, aun así, me responde.
—Me mentiste —me dice—. Y no me acordaba, al menos no al principio, pero después… algo me hizo clic. Ese día, en el centro en el que hicimos la prueba de acceso, estabas allí. Unas cuantas filas atrás. —Alza la mirada hacia la parte superior de mi cabeza—. Me acuerdo de tu pelo.
Asiento. Eso pensaba.
—Ian…
—¡Cállate! —gruñe y blande la navaja en mi dirección—.
No eres tú la que va a hacer las preguntas hoy.
Yo ya he terminado de hablar. Así que te toca a ti.
—Me late rápidamente el corazón cuando da otro paso hacia mí y alza la navaja a tan solo unos centímetros de mi rostro—. Y vas a contármelo todo.
Suelto una respiración temblorosa y la gravedad de la situación recae sobre mí: si me niego a hablar, me va a apuñalar. Y, si se lo explico, le van a entrar ganas de apuñalarme.
Al menos la última opción me hará ganar algo de tiempo.
Le miro a los ojos.
—Si te lo cuento, ¿dejarás que me vaya de aquí?
Veo cómo esboza una sonrisa.
—Eso ya lo veremos cuando termines de contármelo todo.
Esa respuesta no me ayuda mucho, pero no sé si tengo otra opción.