29
—¿Sabes a qué me recuerda el novio de tu madre? —me pregunta Adrian cuando llegamos a la habitación del hotel. Ya se ha quitado la chaqueta, revelando un polo de Prada totalmente blanco debajo.
—¿A qué? —Me quito los Louboutin y los coloco de nuevo con cuidado en la caja marrón en los que venían.
—A una de las amigas de mi madre le gustaba tener de mascota a perezosos de dos dedos —explica—. Solían dormir la mayor parte del día, necesitaban unos cuidados muy especiales y se movían con mucha lentitud. —Hace una pausa—. También eran muy volátiles.
No me lo pienso ni dos segundos.
—Sí… Es una descripción muy adecuada para Rick.
Da un paso hacia mí y me coloca las manos alrededor de la cintura.
—¿Sabes? Me he sentido un poco culpable por lo de esta noche, cosa que es bastante inusual, ya que nunca suelo sentirme culpable por nada.
—¿Culpable? ¿Por?
—Bueno… —Se muerde el labio inferior y lucho contra el deseo repentino que me surge de querer mordérselo yo—. No exagerabas sobre tu madre. Es un caso bastante difícil y te he obligado a tener que compartir una cena con ella por motivos egoístas.
Trago saliva.
Ni siquiera sabes todo lo que ha ocurrido.
No le he contado a Adrian la pelea que hemos tenido en el baño, aunque no he parado de darle vueltas desde entonces.
Le estuve dando vueltas cuando regresé a la mesa, con las manos temblorosas, y me disculpé por el retraso.
Le estuve dando vueltas cuando el chófer nos llevó de vuelta al hotel y nos sentamos en el asiento trasero de un Lincoln alquilado.
Y también le estoy dando vueltas ahora que le estoy mirando y no puedo quitarme el peso de las palabras de mi madre de encima.
Pero eso es justo lo que son, unas palabras que me ha dicho una mujer que intenta menospreciarme siempre que puede, y si las pronuncio en voz alta, si se las digo a él…
No, no pienso darle esa satisfacción.
—No te preocupes —le digo—. Me alegro de que te haya conocido.
—Sabes que no tiene razón, ¿verdad? —Me mira con una expresión sorprendentemente seria.
A pesar de que sé que nos referimos a cosas diferentes, se me corta la respiración de todos modos.
—¿Crees que no lleva razón?
—Por supuesto —murmura—. Está resentida por todas las cosas que no ha podido conseguir y te tiene envidia por las que tú sí conseguirás.
—Ya. —Asiento—. Lo sé.
Le he dicho exactamente lo mismo en el baño.
—No necesitas su aprobación —me dice—. Ahora estás por encima de eso. —Se inclina y me deja un beso casto en la boca, a lo que yo reacciono colocándole las manos en el cuello y acercándolo más a mí.
No estoy segura de qué estoy intentando conseguir en este momento, pero necesito más.
Más de esto.
Más de Adrian.
No quiero palabras. No quiero promesas. Ahora mismo necesito algo físico que pueda dejarme una marca. Algo tangible a lo que pueda aferrarme y proclamar a los cuatro vientos: «¿Ves? Esto es real. Esto significa algo».
Adrian me responde de buena gana. Amolda sus labios a los míos y aprieta el agarre. Su roce es puro fuego sobre mis caderas y la cintura, pero…
Sigue sin ser suficiente.
Hay demasiado espacio entre nosotros, así que aprieto el pecho sobre el de él e intento eliminar todos y cada uno de los milímetros que nos separan.
Se le escapa un ruidito que indica sorpresa, a medio camino entre un gemido y un gruñido y eso solo me incita a seguir.
Más.
Me vuelan los dedos a su camisa, hacia la tela delgada que me separa actualmente de la amplitud suave de su piel, y puedo sentir la energía que hay entre nosotros. Es una energía viva, vibrante, es…
Su móvil.
Es su móvil el que está vibrando.
Nos separamos de inmediato y tan solo tengo un breve momento para saborear la forma en las que sus pupilas parecen haberse tragado por completo al iris antes de que se saque el móvil del bolsillo.
Se queda mirando a la pantalla con los labios formándole una fina línea.
—Es mi madre —dice en voz baja, y el momento se desvanece al instante.
—¿Quizá deberíamos invitarla a cenar a ella también? —Le digo a modo de broma, pero veo cómo Adrian alza la comisura del labio.
—Esta noche no —me dice antes de suspirar—.
Me está llamando para saber cómo estoy. No estoy muy seguro de que se tragara lo de que iba a pasar las vacaciones haciendo prácticas.
—Le echa otra mirada al móvil antes de mirarme a mí y su expresión se suaviza—.
Seguiremos después. Voy fuera a ver si tengo más cobertura.
Me rasco la nuca.
—Claro.
Su beso de despedida antes de que desaparezca por la puerta es suave y mucho más casto que el anterior, pero yo sé, sin duda alguna, que no vamos a seguir con esto después.
A la mañana siguiente me despierto y contemplo un acontecimiento histórico.
Rick me ha mandado un mensaje.
Te han enviado una carta de la escuela.
No me queda muy claro qué acontecimiento debería quedar reflejado en los libros de historia, el hecho de que Rick me haya mandado un mensaje o que el mensaje en cuestión no tenga ni un solo error gramatical.
Coloco los dedos sobre la pantalla sin saber bien qué responder.
Este acontecimiento histórico y único en la vida debe haber estado orquestado por mi madre, quien seguramente no quiera hablar conmigo, pero que no es lo bastante rencorosa como para no informarme de las cosas verdaderamente importantes. Así que le escribo a Rick:
¿Qué es?
Después, me lo pienso mejor y añado:
¿Puedes enviarme una foto?
La respuesta de Rick llega al instante, pero no es la que esperaba: «Está en la mesa de la cocina».
Suspiro.
¿Por qué me he molestado siquiera en preguntárselo? Rick es incapaz de ser nunca de ayuda.
Lo último que quiero hacer es visitar el remolque después del número de anoche, pero no sé si el papel será importante o no.
Por desgracia, Lionswood suele comunicarse con sus estudiantes como si fuera Hacienda.
Suelen utilizar el correo electrónico para noticias de última hora y cambios de horario que no puedan tardar en comunicar más de dos a tres días, pero, todo lo demás, como los boletines informativos del año escolar, las notas semestrales y los informes de conducta graves, es otro tema.
La carta podría tratarse de una lista actualizada de los requisitos para el semestre que viene, la carta de recomendación que le he rogado a la señorita Hanson que me escriba o cualquier otro documento importante.
Me muerdo el labio, sin saber cuál es el mayor riesgo: si encontrarme con mi madre y Rick o no poder graduarme.
Sigo mirando al móvil cuando se abre la puerta y entra Adrian con dos cafés en la mano.
—Estás despierta. Al fin. He ido corriendo a por café.
Me doy cuenta de que lleva una camiseta empapada de sudor y de cómo le sube y le baja el pecho.
—Parece que has ido literalmente corriendo a por café.
Me pasa una taza de cartón azul con un logo que no reconozco.
—Tan solo fui corriendo hasta la cafetería —me dice—. He vuelto andando por razones obvias. —Mira al Apple Watch que lleva en la muñeca—. He bajado el rendimiento.
Le doy un sorbo al café y casi suelto un suspiro de placer cuando me doy cuenta de que se trata de un café artesanal al que no hace falta ponerle litros de leche y mucho azúcar.
—¿En serio?
—Conseguí hacer dieciséis kilómetros en un tiempo de 55:42. Pero esta vez he tardado 55:50 —murmura, un tanto distraído con las estadísticas que le salen en el reloj—. Y mi frecuencia cardíaca se ha mantenido más tiempo en la zona tres que en la dos.
—Eso… tan solo son ocho segundos. —Parpadeo en su dirección y después me doy cuenta de un hecho—. ¿Has corrido dieciséis kilómetros solo para ir a por café?
Adrian ignora esa última parte.
—Son ocho segundos por debajo de la media.
Conociéndole, seguramente esos ocho segundo sean ocho minutos para él y sé que no voy a poder hacer gran cosa para convencerle de lo contrario.
Así que intento cambiar de tema.
—Tengo que pasar hoy por mi casa. Ha llegado una carta de la escuela y tengo que asegurarme de que no sea importante.
Él sigue mirándose el reloj.
—Llamaré al chófer. Cuando me duche, podemos…
—No. —Le suelto rápidamente lo que hace que me gane una ceja alzada por su parte—. Quiero decir… no, será mejor que vaya sola. Así uno de los dos podrá salir ileso.
Y así no tendré que preocuparme de que mi madre le repita las conclusiones de anoche a Adrian.
—¿Estás segura?
Asiento.
—Volveré en una hora.
Para mi sorpresa, él asiente y, a pesar de que no estoy muy emocionada de pasar una parte del día cerca de mi madre o Rick, al menos sé que no estoy obligando a Adrian a que sufra el mismo destino.
Me cuesta bastante abandonar la seguridad del coche que ha alquilado Adrian para enfrentarme a lo que sea que me espere en el remolque, pero siento un gran alivio cuando me doy cuenta de que el coche de mi madre no se encuentra por ninguna parte.
Ni tampoco la camioneta de Rick.
No me puedo creer que haya tenido tanta suerte.
Utilizo la llave extra que mi madre siempre suele guardar debajo de una maceta en el porche para entrar en casa. No escucho ningún partido en la televisión del salón o a mamá dando vueltas por la cocina, lo que significa que estoy sola de verdad.
Gracias a Dios.
Cruzo el umbral de la cocina, el suelo de vinilo cruje debajo de mis zapatos y me detengo al instante.
No hay nada encima de la mesa de la cocina.
Al menos nada para mí.
Hay unas cuantas facturas antiguas a nombre de mi madre, algo de la seguridad social para Rick, pero no hay nada a mi nombre ni nada que lleve el sello de Lionswood.
Siento la frustración en el estómago mientras busco en la barra y no encuentro nada.
La mesita de café, nada.
Mi habitación, nada.
Incluso busco en la habitación principal, a pesar de que estoy segura de que no voy a poder deshacerme de la imagen del sujetador de leopardo de mi madre que hay colgado en el cabecero de la cama.
Le mando un mensaje a Rick en el que pone que no hay nada en la mesa de la cocina. Intento canalizar mi frustración telepáticamente en su dirección todo lo que puedo.
Incluso considero la opción de llamarle por teléfono, aunque supongo que no servirá de mucha más ayuda en tiempo real.
Su respuesta llega enseguida.
***
Exhalo con brusquedad. ¿Ahora es él el que está confundido?
Por unos instantes me pregunto si esto no será una nueva táctica de guerra de mi madre: proporcionarme información falsa para que me vuelva loca buscando.
Quizá esto le parezca divertido, a sabiendas de que puedo poner el remolque patas arriba buscando una carta que no existe.
O quizá está esperando a que me arrepienta y le escriba a ella.
Pero eso no va a ocurrir.
Me dirijo al garaje como último recurso.
Dudo que se encuentre en el santuario de Rick, pero al menos podré comprobar si se ha vuelto a abastecer de tabaco y lo mismo utilizo mi propia táctica de guerra.
Tan solo me da la bienvenida la oscuridad cuando entro en el cobertizo y, a pesar de que estamos a pleno día y de que no me da miedo la oscuridad, algo me pone los pelos de punta.
Como si el aura de Rick estuviera intentando echarme de aquí.
Tan solo voy a echar un vistazo rápido.
Enciendo la única bombilla que hay en todo el cobertizo, que no ayuda mucho a iluminar todo el espacio, pero al menos revela la mesa repleta de herramientas y proyectos a medio terminar que recordaba de la última vez.
Pero sigue sin haber ninguna carta.
Quizá la haya guardado en el mismo cajón en el que guarda los cigarrillos.
Es demasiado retorcido incluso para Rick, pero ya que estoy aquí…
Rebusco entre las llaves inglesas cuando la puerta del garaje se cierra de repente.
Mierda.
Me giro, preparada para soltarle alguna excusa a Rick y de repente siento que se me sube el corazón a la boca.
—Ian —suspiro.
Se encuentra en una esquina oscura del garaje y no puedo discernir más que su silueta, aunque sé que es él. A solas. Sin Rick.
—¿Has venido a trabajar en la moto? —le pregunto—. Rick no está. No sé cuándo va a volver. Estaba buscando algo, pero no parece que esté aquí, así que lo mejor será que me marche y te deje trabajar en paz.
Ocurren tres cosas a la vez.
Me doy cuenta de que la moto ya no está en el garaje.
Ian da un paso hacia la luz y me doy cuenta de la furia fría que tiene impregnada en sus ojos verdes.
Y también veo que lleva una navaja en la mano izquierda.