28 #4
Esta risa es cortante y afilada y parece albergar treinta y seis años de amargura. Puedo sentir cada uno de esos años haciendo eco en las paredes de este baño.
Casi no puedo reprimir una mueca.
—Ay, Poppy —me suelta—. Pobrecita. —Se detiene cerca de mí y me acuna el rostro entre las manos para que podamos mirarnos a los ojos—. Eres una pobre ingenua. No lo entiendes, ¿no?
Me trago las preguntas que se me atascan en la garganta. No pienso darle la satisfacción de mostrarme curiosa.
Debería salir ahora mismo de este baño.
No necesito escuchar sea cual sea la opinión que tiene sobre nosotros después de una sola cena con Adrian.
Sin embargo, me quedo.
—Estoy segura de que crees que lo tuyo con ese chico es muy especial —me dice en voz baja—.
Pero, cielo, tienes que escucharme. Tienes que ser realista.
Lo tuyo con ese chico no es más que una aventura.
O te lo metes en la cabeza ahora o ya te darás cuenta dentro de tres meses cuando su atención se vaya a otro lado.
Suelto un bufido.
—Eso no puedes saberlo a ciencia cierta.
—Sí lo sé —me dice firmemente—. Da igual lo que te cuente, cielo.
Da igual las cosas que te compre. A los hombres les atraen los juguetes nuevos y brillantes.
Y dentro de unos meses tú ya no serás ni nueva ni brillante, así que seguramente se aburrirá y empezará a buscar algo nuevo.
Es mejor que te vayas preparando para cuando…
—Para. —Aparto el rostro de entre sus manos—. La última persona que debería darme consejos sobre hombres eres tú.
Ella suelta una risita.
—¿En serio?
Me doy cuenta de que estoy adentrándome en un terreno peligroso. Estoy muy cerca de crear un gran daño que no estoy del todo segura de si conseguiré deshacer.
Lo que debería hacer es mantener la boca cerrada y dejar que diga lo que quiera, justo como he hecho durante toda la noche.
Como he hecho durante toda mi vida.
¿Por qué siempre es ella la única que puede hacer daño?
¿Por qué tengo que ser yo siempre el adulto de nuestra relación?
Tiene los brazos cruzados y la barbilla alzada a modo de desafío y sé que se ha metido totalmente en ese rol. Puede decir lo que le dé la gana porque sabe que yo me quedaré callada sopesándolo todo.
Tomo una respiración profunda y siento cómo todos estos años de resentimiento me queman en la garganta.
Esta vez no.
—En serio —le digo y la sorpresa se le puede ver por todo el rostro—. No pienso permitir que hables de Adrian como si fuera otro perdedor que se pasa el día sentado en el sofá durante tres meses. Él no es Ed. No es Steve. No es Jeremy. Y te puedo asegurar que tampoco es Rick.
Como sospechaba, es justo ese último nombre el que desencadena una reacción por parte de mi madre.
—No te atrevas a decir nada de Rick. Él es…
—¿Qué? —le espeto—. ¿Un aprovechado? ¿Un alcohólico? ¿Un lastre para tu economía? En serio, mamá, miras a Rick como si fuera a bajarte las estrellas del cielo y nunca le he visto colgar ni un maldito cuadro en la pared.
Mi madre se aclara la garganta.
—Creo que deberías tener un poco más de respeto por él, teniendo en cuenta cómo…
—¿Se preocupa por mí? —me río—. Claro. Rick, el padrastro del año.
Me lleva a pescar. Me llama a diario solo para hablar de cómo me ha ido el día.
Se asegura de que siempre estoy en casa por Navidad.
Me ofrece consejos de padre. —Me doy unos golpecitos en la barbilla como si estuviera pensando—.
Anda, espera. No hace ninguna de esas cosas.
Ella abre la boca.
Y después vuelve a cerrarla.
—Sé que mis estándares de padre son bastante bajos teniendo en cuenta que nunca he tenido uno, pero no cuenta que no pueda ni siquiera tolerar mi presencia —continúo—. No le importo a Rick y nunca le importaré. Da igual lo que intentes decirme ni de lo que intentes autoconvencerte.
No debería sentirme catárticamente bien al ver cómo mi madre hace una mueca ante mis palabras, pero eso es justo lo que sucede.
Por primera vez, me siento bien de haberle hecho daño al igual que ella siempre me lo hace a mí.
—Eso no es… —Sacude la cabeza con vehemencia. Le empieza a temblar el labio inferior—. Solo estás diciendo esas cosas para ponerme triste. No quieres que sea feliz. Nunca has querido. A mí nunca se me permite ser feliz.
—¡Siempre se trata todo sobre tu felicidad!
—grito, y después hago una pausa al darme cuenta de lo muy en alto que estoy hablando, así que bajo la voz—.
Y siempre has dejado muy claro que yo soy la razón por la que no lo eres.
Me echas la culpa por no haber ido a la universidad.
Por haberte quedado atascada en Mobile. Por no haber encontrado a un chico guapo que haya querido ponerte un anillo en el dedo.
—Yo nunca te he echado la culpa —gimotea—. Soy yo la que siempre te ha puesto un plato de comida en la mesa y un techo bajo el que dormir. Me he sacrificado por ti y nunca me lo has agradecido. Nada de lo que hago es suficiente para ti.
—No, nada de lo que yo hago es suficiente para ti —contraataco—.
Puedes hablar sobre sacrificio todo lo que tú quieras, pero siempre soy yo la que reside en un segundo plano.
Dejaste que pasara las Navidades con unos desconocidos para que pudieras revolcarte con Ralph en California.
Te gastaste la paga de Navidad en un regalo para Ed.
Le dijiste a Steve que éramos hermanas para que no cortara contigo.
—La larga lista de rencores acumulados hacia mi madre que no ha parado de crecer nunca al fin sale a la luz—.
Estabas extasiada de que me hubieran cogido en Lionswood, no porque te alegraras de que hubiera entrado en la mejor escuela de élite del mundo, sino porque al fin podrías vivir tu cuento de hadas sin tu hija con Rick durante nueves meses al año.
Y, esta noche, cuando al fin traigo a casa a alguien que me importa, también estás intentando menospreciar lo nuestro, pero no pienso permitir que proyectes tu mala suerte con los hombres sobre mí.
—Casi me quedo sin respiración al terminar.
Mi madre se pone a llorar, su arma más valiosa, pero esta vez no consigue hacerme sentir culpable.
Si siento algo ahora mismo es alivio.
Y también me siento mucho más ligera porque acabo de liberarme de dieciocho años de tratar de evitar discusiones con mi madre que estaban enterrados en algún lugar que nunca nadie encontraría.
Mientras sigue llorando me doy cuenta de que llevamos al menos diez minutos aquí metidas, discutiendo acaloradamente, lo que significa que he dejado a Adrian a solas con Rick.
Suspiro con pesar.
—Mira… Esta noche ha sido demasiado intensa y seguramente Adrian se esté preguntando dónde estoy, así que debería volver a la mesa. Podemos hablar sobre esto en cualquier otro momento.
Probablemente nunca.
Rozo el pomo de la puerta justo cuando escucho la voz de mi madre de fondo.
—Poppy.
Siempre tiene que tener la última palabra.
Me giro a regañadientes.
Veo cómo se le ha corrido la máscara de pestañas por las mejillas.
—Te equivocas en una cosa. —Alza la barbilla—. He tenido muy mala suerte con los hombres, eso es cierto. Pero lo que he dicho antes es verdad. Y puedes pensar que soy la peor madre del mundo, pero no quiero ver cómo te rompen el corazón.
Sacudo la cabeza.
—No pienso volver a discutir sobre lo mismo. Adrian no es una aventura amorosa. Se preocupa por mí. Yo me preocupo por él. Tenemos un futuro juntos.
Me siento extraña al hablar tan seriamente sobre nuestra relación cuando hace un mes o dos ni yo misma estaba tan segura de ella.
—Cielo. —Su sonrisa encharcada en lágrimas solo demuestra que me tiene pena—.
Los chicos como él nunca acaban con chicas como nosotras.
Les gusta tener sexo con nosotras. Les gusta tener citas con nosotras.
Les gusta comprarnos cosas bonitas. Incluso puede que lleguen a pensar que están enamorados de nosotras, pero, en cuanto se les presente la oportunidad, se casarán con una mujer de su mismo pedigrí.
Alguien a quien puedan llevar a casa y presentársela a su familia y amigos.
Me trago el nudo que se me forma en la garganta.
—Adrian no es así.
—Cielo, todos son así.
—Él no. Tenemos una historia juntos —argumento—. Quiere un futuro a mi lado. Él es el que no para de repetírmelo. Es él el que quiere que vaya a Harvard. Él quiere…
—Quiere —me interrumpe—. Pero eso no significa que vaya a hacerlo. Las promesas no significan nada, cielo. —Se suena la nariz mientras da otro paso hacia mí.
—Las promesas de Adrian sí. Se las toma muy en serio.
—¿Has conocido a su familia?
—Todavía no. Es complicado. Hay logís…
—¿Te ha dicho que te quiere?
Esa pregunta me pilla de improvisto, pero eso parece ser respuesta más que suficiente para mi madre.
—Ay, Poppy. —Incluso su tono está repleto de pena—. ¿Todavía no te ha dicho que te quiere?
Me queman las mejillas y quiero seguir discutiendo con ella, pero se me ha secado la boca.
Acorta la distancia entre nosotras y me coloca las manos sobre los hombros.
—Escúchame, cielo. —Me clava un poco las uñas sobre los hombros—.
Ahórrate el momento en el que te rompa el corazón.
Vete a Harvard, o a Nueva York, o a donde te dé la gana para seguir con tu sueño de ser artista, pero no vayas a ningún lado por él.
Ese chico puede que ahora te esté prometiendo el mundo, pero nunca te lo va a dar.
Nunca lo hacen, no con chicas como nosotras.
Me clava el peso de su mirada y me doy cuenta de que no está intentado crear ningún agujero esta vez. No está intentando sacarme de quicio.
Todo lo que dice, lo dice en serio.