Limerencia 28 #3
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28 #3

—Para que conste, tenía diez años —intervengo—. Y nunca había dibujado nada así antes.

—Pobre mujer —finaliza mi madre. Se está restregando los ojos porque casi le caen las lágrimas a causa de mi vergüenza—. Nunca dijo nada sobre el cuadro. Su expresión lo decía todo, pero no pronunció palabra. De hecho, le pagó a Poppy y todo.

Escucho una nueva ronda de risas por parte de mi madre y Rick, pero yo no les estoy observando.

Siento un nudo en el estómago cuando miro a Adrian.

Y él no se está riendo.

Sí que sonríe. Es la misma sonrisa educada que ha conseguido romper las defensas del decano Robins, del profesor Ayala y de muchas otras figuras autoritarias.

Pero la mirada que tiene clavada en mi madre está muerta.

—Qué historia tan encantadora —dice.

—¿Ves, cielo? —me dice mi madre—. A veces te tomas demasiado en serio todo este tema del arte. No pasa nada por reírse de uno mismo de vez en cuando.

—Bueno, es normal que se lo tome en serio —le dice Adrian—. Sospecho que dentro de unos meses recibirá la carta de aceptación de la Escuela de Arte de Harvard.

El silencio inunda la mesa.

Mi madre parpadea en mi dirección y la diversión desaparece de su rostro.

—¿Qué?

Qué bien.

El aroma de la grasa chisporroteante y la mantequilla derretida me asalta las fosas nasales cuando vuelve a aparecer el camarero con toda la comida que le hemos pedido.

Mi madre ni siquiera le echa un vistazo al filete miñón, ya que está demasiado ocupada mirándome boquiabierta.

Yo me termino la copa de vino.

—¿Desean otra botella, señor Ellis? —pregunta el camarero—. Estaremos más que encantados de ofrecerle otra botella de la bodega. ¿Un Burdeos del 2004, quizá?

Adrian le indica que no y, cuando el camarero desaparece, la tensión regresa a la mesa.

—Poppy, ¿es eso cierto? —Se le ha arrugado todo el rostro como si fuera una servilleta arrugada—. ¿Vas a ir a Harvard?

Le echo una mirada a Adrian.

—Todavía no hay nada claro.

—Está todo más que claro —reitera Adrian. No parece para nada arrepentido de haber lanzado una bomba atómica en la paz que estaba intentando mantener esta noche—. El próximo otoño, tu hija va a ser una estudiante de Harvard.

Le doy una patada por debajo de la mesa.

Rick suelta un gruñido.

—Oye, ¿quién me ha golpeado?

Ups.

—Harvard… —repite mi madre—. Vas a ir a Harvard. —Esta vez no hay ningún comentario que prosiga a sus palabras.

—O a Pratt —añado—. Todavía no lo he decidido.

—Y todo esto es… —Mi madre se acaba la copa de vino—. ¿Por todo el tema del arte?

—Sí.

—Jesús… —Se le escapa el acento sureño mientras procesa las nuevas noticias, pero sé que le ha dejado completamente sin habla. Si a Mae Davis se le da algo bien es coger las buenas noticias, sobre todo las mías, y hacerlas añicos.

Me preparo para el ataque.

Se dirige a Rick, su único aliado en la mesa.

—Y yo que pensaba que no hacía falta irse a Nueva York o a Harvard para aprender a hacer un par de dibujos. Sobre todo teniendo en cuenta tu talento natural, pero… —Finalmente mira en mi dirección y una sonrisa le aparece en el rostro—. Enhorabuena, cielo. Qué buena noticia. Me alegro mucho por ti.

Exhalo el aire que estaba conteniendo.

—Gracias.

—Tan solo espero que no termines siendo una de esas artistas muertas de hambre —añade, incapaz de finalizar una conversación sin tener ella la última palabra—. Se supone que la gente tiene que comprar tu arte, ¿no, cielo? Tendrás que encontrar clientes y todo eso. Quién sabe si…

—Yo los compraré. —Adrian me mira mientras suelta eso—. Los compraré absolutamente todos.

Cuando esbozo la primera sonrisa genuina de la noche, mi madre se queda en silencio y se centra en su filete.

Durante el resto de la cena se habla sobre Mobile, mi madre intenta hacerle unas cuantas preguntas a Adrian sobre su familia (que él esquiva muy educadamente) y Rick suelta un halago, cosa que se me hace muy extraña, sobre lo rico que está su filete.

Me escapo al baño mientras Adrian se queda leyendo la carta de los postres y noto los nervios a flor de piel, como si fueran la batería de un coche roto.

Tan solo falta un simple trozo de tarta para que esta maldita cena termine y tras eso podré retirarme al hotel con Adrian, hacerme un ovillo bajo las sábanas y fingir que este encuentro familiar nunca ha ocurrido.

Aunque he de decir que la noche podría haber ido mucho peor.

Todavía puedo sentir la tensión bajo la piel y los músculos agarrotados, pero, por suerte, nadie ha acabado en un mar de lágrimas. Nadie ha salido airado de la sala con un bufido. Nadie ha hecho amago de lanzar la cara cubertería hacia la cabeza de nadie.

Hemos podido evitar que se derrame sangre y Adrian, en su intento de querer examinarme bajo un microscopio, podría haber acabado siendo una víctima.

Me apoyo contra el lavabo del baño, cierro los ojos y suelto un suspiro que resuena por las paredes de color verde bosque. La iluminación apagada del baño combina a la perfección con mi temperamento.

Esta es toda la paz y el silencio que he podido sentir en la última hora.

Y, entonces, se abre la puerta del baño.

—Cielo, ahí estás. Me preguntaba a dónde habías ido.

Tienes que estar de broma.

Abro los ojos de mala gana para enfrentarme a mi madre.

—Estaba retocándome el maquillaje. —Por suerte, la máscara de pestañas y el pintalabios rosa que llevo puestos han aguantado más que yo esta noche.

Ella hace una pausa en el lavabo que tengo a la izquierda.

—La verdad es que ese color de pintalabios no combina con el tono de tu piel, pero tendrías que habérmelo preguntado antes de la cena, cielo, no después.

Ni siquiera me mira mientras examina su reflejo en el espejo.

Mentirosa.

Este color me queda genial.

Me aclaro la garganta.

—Creo que debería volver a…

—Pareces muy tensa —me interrumpe—. ¿Va algo mal, Poppy?

Me quedo mirándola.

Si fuera cualquier otra persona pensaría que está intentando buscar alguna reacción por mi parte.

Por desgracia, conozco demasiado bien a mi madre.

Estoy segura de que en el tiempo que tardara en llegar del baño a la mesa conseguiría tergiversar toda la narrativa para acabar siempre saliéndose con la suya.

«¿Te lo puedes creer, Rick? ¡Simplemente quería expresar un poco de preocupación maternal y Poppy me ha echado una bronca tremenda!».

—Estoy bien —miento—. De verdad, no estoy tensa.

Abre el bolso de cuero que lleva en las manos para reaplicarse el pintalabios. El suyo es de color cereza.

—Apuesto a que es el vestido. Vestirse de gala no siempre va de la mano con la comodidad, sobre todo cuando es el hombre el que te escoge qué es lo que te tienes que poner.

—No le pasa nada al vestido.

—¿Sabes, cielo? Estoy muy orgullosa de ti.

¿Qué?

—¿Qué?

Si mi madre nota la sorpresa en mi voz, la ignora.

—Lo has hecho muy bien, Poppy. —Una vez que ya se ha aplicado una buena capa, se frota los labios delante del espejo—. Esta cena es la prueba de ello.

El destello de esperanza que me inunda el pecho es muy peligroso, lo sé, pero cobra vida de todas formas.

—Me alegro de que pienses eso. —Me rasco la nunca sin saber muy bien cómo tratar con esta versión de mi madre.

Un lado que, aparentemente, está orgulloso de mí.

—Como ya he dicho antes —continúo—, todavía no hay nada claro. Todavía tengo que enviar las solicitudes, así que todavía tienen que pasar meses hasta que lo sepa de verdad.

Mi madre parpadea en mi dirección.

—Ah, sí, también estoy orgullosa de eso.

—Da un paso hacia mí, me agarra de las manos y me sonríe como si estuviéramos compartiendo un secreto—.

Pero, cielo, me refería a tu aventura amorosa.

Lo has hecho muy bien. Que sea encantador, rico y, además, guapo, normalmente no son cosas que suelan ir todas juntas de la mano.

Mi mente se queda atascada en una sola palabra.

—Adrian no es una aventura amorosa. Es mi novio.

Ella se encoge de hombros.

—Novio, aventura amorosa… como quieras llamarlo.

—Es mi novio. —Primero el jefe del hotel y, ahora, mi madre. Parece que voy a tener que ponerle una etiqueta en la frente a Adrian para evitar más confusiones.

—Además —dice—, me recuerdas a mí cuando tenía tu edad. Antes de…

Mí.

—Estaba empezando a perder la esperanza de que no hubieras salido con mis encantos cada vez que llegabas a casa todos los veranos sin ningún pretendiente.

—Su tono se convierte en un susurro encantado—.

Pero ya he podido comprobar que estabas tratando de pescar un pez mucho más grande todo este tiempo.

Ha conseguido hundir ese destello de esperanza en un agua muy fría.

—No… —Sacudo la cabeza—. No es así.

Ella alza una ceja.

—No tienes de qué avergonzarte, cielo. Me alegro por ti. —Su mirada recae en mi vestido—. Has logrado que venga a pasar las vacaciones contigo, nos ha invitado a esta cena y ese vestido… Está claro que estás aprovechando todo lo posible mientras está a tu lado.

Le suelto las manos y doy un paso hacia atrás.

—Eso no es cierto. No estoy saliendo con Adrian por su dinero.

—Yo no he dicho eso —argumenta—. Estoy segura de que todo el dinero que se haya gastado ese chico en ti ha sido por voluntad propia. Seguramente no le hayas pedido nada.

—No lo he hecho. —Odio lo muy a la defensiva que sueno cuando mi madre solo hace lo que mejor se le da: tratar hacer añicos mi vida.

—Y no te juzgaría si hubiera sido así, cielo —me dice, con un tono amable. Como si fuera yo la que no está siendo razonable—. Los hombres, sobre todo los hombres como él… su atención es muy volátil. Tienes que aprovechar todo lo que puedas mientras puedas.

La frustración me invade.

—No tienes ni idea de lo que estás hablando. Lo nuestro no es una aventura amorosa y la atención de Adrian no es volátil. Es él el que está tratando de convencerme para que vaya a Harvard con él.

Ella me estudia en silencio.

Y después se ríe.

No es la risita de adolescente que le ha salido mientras relataba su relación con Rick o la que ha utilizado para reírse y menospreciar mi arte.