28 #2
Escucho muchos susurros entre los camareros cuando Adrian proporciona su nombre y, unos instantes después, nos conducen a un sofá verde en una sala privada donde nos espera una botella de vino tinto del 2002 en la mesa, «cortesía de la casa».
Ya me estoy empezando a sentir mareada.
—Menudo vestido. —Mi madre se queda boquiabierta al otro lado de la sala—. No sabía que tenías algo así en el armario.
Me rasco la nuca.
—Me lo ha regalado Adrian por Navidad. —Omito el dato de que el vestido de tipo cóctel sin mangas y negro que llevo puesto también es de una antigua colección de Dior.
La tela me abraza las caderas como si se tratara de una segunda piel y está cosida a mano, algo que puedes esperar de la ropa de diseñador, justo lo que necesito esta noche.
Este vestido es lo más parecido a una armadura que he podido ponerme hoy.
—Qué dulce por su parte —dice mi madre—.
Es muy bonito, cielo. De hecho, seguramente te lo pediría prestado si supiera que me quedaría bien.
—Suelta una risita antes de girarse hacia Adrian—.
Siempre he usado tallas muy pequeñas. La única vez que no las usé fue cuando me quedé embarazada de Poppy.
La pobre ha sacado las caderas de su padre.
No hemos podido intercambiarnos la ropa desde que cumplió los trece.
Y ahí está.
El comentario que siempre acompaña a cualquier halago.
Me alegro de que no haya visto los zapatos con la suela roja porque seguramente no tardaría ni un segundo en meterse también con la talla de mis pies.
Por suerte, unos cuantos días en un hotel de lujo y lejos de mi madre me han preparado para cualquier comentario que pueda lanzarme esta noche.
Plasmo mi mejor sonrisa sobre el rostro.
—Te ves muy guapa esta noche, mamá.
Ha elegido un vestido de color verde oliva que se le ajusta más al cuerpo que el mío. No me cabe duda de que es uno de los vestidos elegantes que suele reservar para las primeras citas y los nuevos ligues.
Rick también se ha embutido en un traje de chaqueta que debe tener al menos una década o dos, a juzgar por cómo los hombros casi se le salen de las costuras.
Su expresión amarga me ofrece más satisfacción de la que debería.
—Ambas estáis muy guapas —interviene Adrian con suavidad, con un brazo colocado por detrás de mi asiento—. Ya he podido comprobar de quién ha sacado Poppy la belleza. Para ser sincero, al principio pensaba que erais hermanas.
Mi madre echa la cabeza hacia atrás y se ríe como si fuera broma, pero puedo ver cómo está más que encantada con ese cumplido.
—Eres muy encantador —le dice—. Pero no eres el primero que lo piensa. Cuando era más joven y paseaba a Poppy en el carrito, la gente nos paraba por la calle para preguntarnos dónde estaba nuestra madre. Incluso una vez se pensaron que éramos gemelas.
Tengo que morderme la lengua para desmentir eso, ya que nunca nos han confundido por gemelas.
—E incluso cuando creció —continúa mi madre. Creo que debería de haberle advertido a Adrian que la juventud infinita de mi madre es su tema de conversación favorito—, nadie me creía cuando les decía que yo era su madre. Ni siquiera Rick cuando nos conocimos.
Me alegro mucho cuando aparece el camarero para indicarnos cuáles son las especialidades del día: un filete de wagyu de 200 gramos y un pescado blanco que han pescado esta misma mañana, porque así consigue interrumpir la cháchara incesante de mi madre.
—Tengo mucha curiosidad, Mae —dice Adrian mientras sirve un poco de vino tinto en las copas de todos. Mi madre le observa sin decir nada—. ¿Cómo os conocisteis? Según tengo entendido, lleváis juntos bastante tiempo.
Y allá vamos con el segundo tema favorito de mi madre: su increíble historia de amor con Rick.
Es muy desconcertante cómo ha conseguido entender cómo funciona el cerebro de mi madre casi al instante. Tampoco es que sea muy difícil adular a Mae Davis si tienes un cromosoma Y, pero aun así…
Una parte de mí esperaba…
Bueno, no sé qué era lo que esperaba.
Le doy un sorbo al vino que me baja con suavidad por la garganta sin el típico regusto ácido que suele tener el vino de tres dólares que suele robar mi madre del trabajo siempre que puede.
—No es nada del otro mundo —dice mientras agarra la mano de Rick entre las suyas—.
Pero fue muy romántico. Nos conocimos en California.
En Venice Beach. Hace cinco años dentro de…
la semana que viene, de hecho. Fue justo después de las vacaciones.
Yo estaba tumbada en la playa con un bikini rojo muy apretado. ¿Te acuerdas de ese bikini, Rick?
Rick gruñe algo ininteligible.
—Y entonces él se acercó a mí para pedirle prestada una cerveza a…
—Mi madre se muestra tímida al instante—.
Bueno, no estoy muy orgullosa de esto, pero estaba en la playa con otro hombre.
No era nada serio. Tan solo un chico que estaba conociendo en esa época.
Tenía una casa en la playa en la que solía pasar las vacaciones y me llevó allí de viaje.
La verdad es que no me acuerdo ni de su nombre.
—Frunce el ceño—. ¿Robbie? No. Rhett tampoco. Era…
—Ralph —intervengo yo—. Se llamaba Ralph.
Mi madre parpadea.
—Justo. Ralph. Eso es. —Se ríe—. Poppy tiene mejor memoria que yo.
—En realidad me acuerdo porque me dejaste con su prima unos cinco días —comento un poco más borde de lo que pretendía.
—¿Cinco días? —Alza las cejas—. Cielo, creo que estás exagerando. Creo que tan solo fueron un par de días o algo así.
—Fueron cinco.
Su sonrisa es tan afilada como uno de los cuchillos que hay sobre la mesa.
—Lo que tú digas, cielo. En fin, volviendo de nuevo a la historia…
Aprieto los dientes de frustración mientras mi madre repite las frasecitas que le dijo Rick en la playa.
No me puedo creer que se piense que solo fueron dos días.
Sí es cierto que tengo mucha mejor memoria que mi madre, pero tan solo es porque la mía no es selectiva.
Y recuerdo esas vacaciones mucho mejor que las demás. Me pasé toda la Nochebuena ayudando a la prima de Ralph, Reba, a preparar chupitos de gelatina para la fiesta que iba a dar esa noche y después me escabullí al sótano para ver la televisión cuando los invitados empezaron a hacer demasiado ruido.
—… una semana después vino a verme con la furgoneta a Mobile —termina de contar con los ojos saltones en dirección a Rick—. Y desde entonces ya no hemos mirado atrás, ¿no, Rick?
—Cierto —murmura Rick y, ante la mirada expectante de mi madre, añade—: Ya no hemos vuelto a mirar atrás.
Mi madre suspira.
—Y, por supuesto, ha cuidado mucho de Poppy desde el primer momento. Ha estado siempre ahí para ella mucho más de lo que se podría decir de su verdadero padre.
Y allá vamos con el tema de conversación que menos me gusta a mí: el instinto paternal inexistente de Rick.
No digas nada.
No digas nada.
Intenta sobrevivir a esta cena.
Adrian me coloca una mano en el muslo y me lo aprieta, un gesto silencioso que me indica que, a pesar de que mi madre parece no darse cuenta de la tensión que irradio, él sí.
Consigue calmarme.
Un poco.
De nuevo, el camarero aparece en el momento indicado para tomarnos nota, lo que me ofrece un descanso momentáneo de los halagos que le ofrece mi madre a Rick.
Adrian pide el pescado, mi madre y yo optamos por los filetes miñón y Rick pide un tomahawk de un kilo, lo que me hace pensar que voy a tener que quedarme sentada y ver cómo se lo come hasta seguramente no dejar ni los huesos.
—Rick es el pegamento que une a esta familia…
Y ahí va de nuevo.
—… aunque el nido pronto se quedará vacío en cuanto Poppy se mude a Nueva York para hacer sus dibujitos. —Mi madre vuelve a reírse.
Pongo los ojos en blanco.
—Son mucho más que dibujitos.
—Cielo, ya sabes que estoy de broma. —Como siempre, su tono es tan dulce como el azúcar para disfrazar el veneno que esconden sus palabras—. Tus dibujos son muy monos, lo digo en serio.
Me enfado, pero esta vez es Adrian el que salta en mi defensa.
—De hecho, Poppy es una gran artista. He visto sus obras. Tiene un talento natural para ello.
Con eso se refiere a que me arrinconó en mi habitación, se puso a revisar mi cuaderno de dibujo y después me lo robó.
Por raro que parezca, ese recuerdo no me produce enfado, tan solo me doy cuenta de que el hecho de que parece que han pasado millones de años desde que intenté meter a Adrian en problemas y desde nuestra confrontación en la piscina.
—Claro que lo es. —Mi madre le da un sorbo bastante generoso al vino y se ríe—. Bueno, a excepción de…
Se me retuerce el estómago.
—No creo que sea necesario contar esa historia.
Mi madre extiende una mano en mi dirección.
—Vamos, cielo. Fue muy gracioso. Todo el mundo lo pensó.
—Tras eso, se dirige a Adrian y sus ojos marrones resplandecen con alegría—.
Una de nuestras antiguas vecinas, una señora mayor muy amable, la señora Shelby, sabía lo mucho que le gustaba a Poppy dibujar y le pidió que le hiciera un cuadro a su marido.
Se suponía que debía recrear la foto de su boda.
Iba a ser un regalo de aniversario o algo así.
De hecho, pensaba pagarle a Poppy y todo.
Me entran ganas de ir a la cocina y pedirles que me metan a mí al horno.
—Poppy se pasó semanas trabajando en ello y, como es muy reservada con sus dibujos, no dejó que nadie lo viera hasta que estuviera acabado —explica mi madre—. Pero cuando finalmente se lo enseñó a la señora Shelby…
Noto cómo me sube la sangre a la cabeza.
Estoy a punto de presenciar un accidente.
Mi propio accidente.
—Puede que sus obras sean muy bonitas, pero esa no lo era.
—Le tiemblan los hombros porque casi no consigue retener la risa—.
En serio, deberías haber visto la cara de la señora Shelby cuando vio el cuadro.
Las proporciones estaban todas mal. La señora Shelby tenía una cabeza del tamaño de una sandía y el cuerpo de un lápiz.
La nariz del señor Shelby era enorme y a Poppy se le olvidó incluir el broche de su abuela en el cuadro, aunque sí logró dibujar todas las arrugas de la mujer.