28
—Sabes que no tienes por qué cenar con mi madre, ¿no? Te libero de cualquier carga que puedas sentir con respecto a mi familia —le digo a Adrian y parpadeo para enfocar la mirada a través del sol del atardecer que cae sobre nosotros.
Mobile tiene que ser uno de los pocos lugares en este país en el que se necesiten un par de gafas de sol incluso en pleno invierno.
Aun así, agradezco que siga habiendo algo de sol que ayude a sobrellevar el frío que mece los arbustos. El jardín botánico de Mobile no suele alcanzar su mayor belleza hasta principios de primavera, pero los jardines de invierno siempre me han parecido espectaculares.
El balancín en el que nos hemos sentado es muy acogedor. Está envuelto por unas camelias de un color rosa pálido y unos cerezos de Taiwán.
—¿Sabes si le gusta más la cocina francesa o la marroquí? —Adrian ni siquiera me mira mientras sigue bajando por una lista interminable de restaurantes que tiene abierta en el móvil.
—Creo que nunca ha probado ninguna de las dos.
—Hay un bistró francés muy pintoresco en el centro, aunque el restaurante marroquí parece más privado —me explica—. También parece que hay unos cuantos asadores, pero no creo que ninguno valga la pena en esta ciudad. —Se gira finalmente para mirarme—. ¿A tu madre le da miedo volar?
Parpadeo en su dirección.
—Por favor, dime que no está a punto de proponerme tener que ir a coger un avión solo para llevarnos a comer a un restaurante a mi madre y a mí.
Adrian me hace un puchero. De verdad.
—¿Por qué no? Hay un restaurante increíble en Maine y la mejor barbacoa que he comido jamás en Tennessee. Ambos están muy cerca de aquí en avión. Puedo llamar a un jet privado para que nos lleve y…
Parpadeo de nuevo.
—¿Quieres reservar un jet privado? ¿Para cenar?
—Sé que no es lo ideal —me responde—. Preferiría usar uno de los jets privados de mi familia, pero si hago eso, entonces tendré que darles explicaciones de por qué estoy usando uno de nuestros jets privados…
—Tu familia tiene jets privados. No en singular, sino en plural —repito—. ¿Estás seguro de que se puede utilizar esa palabra en plural?
—Tenemos cuatro —me explica como si me estuviera hablando de cojines decorativos—. Antes teníamos cinco, pero mis padres le regalaron el Gulfstream a unos amigos.
Después de todo lo que he aprendido sobre Adrian, la cantidad de jets privados que tiene su familia no debería de ser un concepto demasiado difícil de digerir, pero, en estos momentos, justo después de nuestra conversación sobre Harvard, me doy cuenta de lo fuera de mi alcance que está.
Una sonrisa reservada le crece en el rostro antes de añadir:
—No sé si lo sabes… Pero tendré acceso completo al Bombardier en cuanto vaya a Harvard. Eso significa que podré llevarte a cualquier parte del mundo.
Alzo una ceja e ignoro la chispa de emoción que me cobra vida en el pecho.
—Estás intentando volver a venderme Harvard.
—No —corrige—. Tan solo te estoy diciendo que podríamos pasar los fines de semana en Santorini. O en Dubái. O en Japón. Podrías hacer girar el globo terráqueo, señalar un lugar aleatorio e iríamos allí, sea donde sea.
Esa posibilidad me emociona, por eso necesito reunir toda mi fuerza de control para intentar fingir que no es así.
—Claro. Fines de semana en Santorini. Suena terrible. Horripilante.
Se le ensancha la sonrisa.
—Pero esta noche no —continúo, desesperada por cambiar de tema—.
No hace falta que haya ningún jet privado ni ninguna cena elegante en otro estado.
De hecho, tampoco hace falta que cenemos con mi madre para que te conozca.
—Me imagino a Rick pidiendo una de sus cervezas baratas y quejándose del tamaño de los platos en un bistró francés.
Siento vergüenza ajena de solo pensarlo.
Alza de nuevo los labios.
—Entonces, ¿prefieres que vayamos a un asador de la ciudad?
Procedo a seguir debatiendo con él, pero la brisa le remueve el pelo y me quedo sin palabras al darme cuenta de lo hermoso que es, incluso cuando no intenta serlo.
Para mí el sol sureño siempre ha sido un adversario muy despiadado que quema más que otra cosa, pero me doy cuenta de que con Adrian ha conseguido suavizarle los rasgos.
Le ha vuelto más cálidos los ojos negros, que han pasado a ser de un marrón almibarado, y le ha resaltado los tonos cobrizos del cabello.
Estoy segura de que hasta la Madre Naturaleza debe estar encantada con él.
Suspiro.
—Mira, aprecio el gesto, pero no es necesario.
Por si todavía no te has dado cuenta, mi relación con mi madre es…
—intento estrujarme los sesos para encontrar la palabra indicada—…
complicada. Está a una sola acusación de que tomo drogas, alcohol o que me dedico a robar de convertir mi habitación en la guarida de Rick o algo así.
Adrian alza una ceja.
—Más razón aún para darle una buena impresión.
Se me escapa una risita amarga.
—Estoy segura de que ya lo has hecho. Todo el mundo es capaz de hacerlo excepto su propia hija.
—Yo podría decir lo mismo de mis padres. Nunca consigo impresionarlos con nada. —Al contrario de cómo he sonado yo, no noto ningún tono de resentimiento en su voz.
Probablemente porque sus padres han hecho cosas peores que simplemente no mostrarse entusiasmados por sus logros.
Antes de que mis pensamientos puedan derivar al diario y a lo que leí ahí, le digo:
—No entiendo por qué te empeñas tanto en pasar tiempo con mi familia. Ya has conocido a mi madre. Y a Rick. Hazme caso, es mejor lidiar con ellos en dosis pequeñas y muy de vez en cuando.
Adrian se queda mirando a la rama del gran cerezo que se cierne sobre nuestro balancín y que proporciona muy poca sombra, y aprieta los labios.
—Si te soy sincero, no estoy del todo seguro.
Le miro.
—¿No estás seguro de por qué intentas obligarnos, o más bien obligarme a mí, a tener una cena familiar muy incómoda donde todos vamos a tener un cuchillo muy afilado a nuestra disposición?
—Es que… —Veo cómo frunce el ceño y siento el impulso de estirar la mano y suavizar las líneas que comienzan a aparecerle en el rostro—.
En cualquier otro contexto, no lo haría.
No me sometería a una cena incómoda con carne de mala calidad.
No me arriesgaría a una conversación incluso más incómoda con mis padres sobre por qué he decidido volar hasta aquí…
—Hace una pausa para matar una mosca que estaba a punto de posarse sobre mi hombro—.
Un lugar que parece rebosar de bichos en invierno.
Y donde he visto los peores tatuajes del mundo.
Y demasiadas banderas confederadas. No habría hecho ninguna de esas cosas de no ser por ti.
—Sacude la cabeza—. Es un… impulso. Necesito saberlo todo sobre ti.
Necesito ver dónde has crecido. Necesito ver a tu familia.
Necesito saber todas las partes de tu vida, de tu pasado y de tu presente, hasta que esté seguro de que te conozco más de lo que te conoces a ti misma. No es un deseo. Es una necesidad.
Su mirada irradia la misma intensidad que sus palabras y abro la boca para responderle.
Y la cierro.
Y la vuelvo a abrir.
Me siento igual que hace un par de noches, cuando estaba de pie en mi habitación y me acababa de confesar que siempre se sentía fuera de control cuando estaba cerca de mí.
Eso es justo lo que es esto, ¿no?
Quiere control. Entenderme. Quiere conocimiento.
Si consigue colocar todas las piezas del puzle en su sitio, también sabrá cómo descolocarlas.
Mi parte racional quiere echarle la culpa a él. Todo el mundo es un puzle que resolver, pero las piezas de este suelen otorgarse con libertad. Una a una. Y con el paso del tiempo.
No puedes tomarlas por la fuerza. No puedes volar a la otra punta del país solo para añadir unas cuantas piezas más a tu colección. No fuerzas encuentros familiares para poder tener otra perspectiva.
Pero yo tampoco es que tenga mucho derecho a hablar.
No fue hace mucho que era yo la que intentaba tener algo de control y de lograr entender lo suficiente a Adrian para conseguir resolver su puzle. Y esas piezas tampoco las conseguí de la mejor de las maneras.
—¿Y si…? —Tomo una gran bocanada de aire—. ¿Y si algunas de mis partes no han sido pensadas para que las examinen de cerca?
Su tono de voz me indica curiosidad y diversión.
—¿De qué partes estamos hablando, cariño?
—Partes feas —admito—. Tan feas que ni siquiera querrás mirarlas. Tan feas que no podrás empatizar con ellas.
No puedo nombrar la emoción que le brilla en los ojos, pero su voz se convierte en un mero susurro que me cae como agua por la espalda.
—¿Crees que me van a dar miedo tus partes más feas?
Se me corta la respiración.
—¿Acaso eso no le da miedo a todo el mundo? Aunque solo sea un poco.
—¿Acaso las mías te asustan? —Vuelvo a notar ese tono en su voz de nuevo, un tono que me hace sentir como un dibujo animado con un piano de cola sobre la cabeza y que con tan solo una palabra incorrecta pueda acabar hecha añicos.
—No lo sé. —No vacilo en mi respuesta—. Ni siquiera sé si las he visto todas.
Si yo todavía no le he mostrado todas mis cartas, dudo que Adrian haya hecho lo mismo.
Y sería muy ingenua si pensara que lo que ha sucedido con Mickey es todo de lo que es capaz.
Durante unos instantes, no dice nada, tan solo me mira como si quisiera ver a través de mí.
—Lo harás. Al igual que yo veré todas las tuyas —dice en voz baja.
Siento cómo se me forma un nudo en el estómago, pero no es porque esté preocupada de ver sus peores partes, sino de que sea él el que vea las mías.
No hace falta que usemos un jet privado para llegar al asador que ha reservado Adrian, pero sigue siendo un restaurante mucho más elegante de lo que me imaginaba.
Se trata de un edificio antiguo y majestuoso en el centro de Mobile, con unos muebles de color verde bosque, grandes ventanales y un lámpara de araña de cristal que parece una cascada.