27 #3
Ian Creasey se merecía estar en Lionswood. Fue él el que se lo ganó.
Una oleada de culpa me tapona la garganta.
Tan solo necesito unos cuantos cumplidos para lograr convencerme de que soy yo la que ha sido despojada de algunas oportunidades cuando la verdadera víctima de esta historia es otra.
Debería ser Ian Creasey el que estuviera planteándose asistir a Harvard en lugar de tener que trabajar en el cobertizo mugriento de Rick por un par de cervezas baratas. Debería ser él el que estuviera planeando su futuro brillante.
Pero aquí estoy yo, tratando de hacer trampas de nuevo.
Adrian se equivoca.
No soy tenaz.
Soy una ladrona.
—¿Cariño? —Se me queda mirando expectante.
—Pareces el diablo susurrándome al oído —murmuro.
—Me encantaría ser tu diablo. —Su sonrisa se vuelve misteriosa y la comparación cobra mucho más sentido—.
No tienes que tomar una decisión ahora mismo.
Todavía tenemos dos semanas de vacaciones por delante para disfrutar.
Piénsatelo. —Su expresión de confianza me indica que ya sabe perfectamente qué voy a escoger.
Abro la boca para contestarle y casi suelto un gritito cuando me agarra y me levanta del sillón.
—Vamos a la cama —murmura. Me quedo en blanco al darme cuenta de que parece que no peso nada entre sus brazos.
Adrian nos gira a ambos y siento cómo me pesa el estómago.
Solo hay una cama.
Ya me había dado cuenta cuando entramos a la habitación, pero, mientras salivaba por las vistas y hablábamos sobre mi futuro, a mi cerebro no le ha dado tiempo a procesar lo que eso significa: que esta noche vamos a dormir en la misma cama.
Aunque se trata de una cama grande.
La que tengo en Lionswood y el colchón doble y hundido que tengo en el remolque dan pena en comparación con esto.
Esta es una cama extragrande, con un lobo ornamentado que parece estar tallado a mano en el cabecero y unas sábanas que parecen tan suaves como nubes.
Pero sigue siendo una sola cama.
Mientras Adrian me deposita sobre las sábanas oscuras y satinadas y se dirige al baño para prepararse para irse a dormir, otro pensamiento intrusivo me cruza la mente: ¿vamos a tener relaciones por primera vez esta noche?
Noto cómo me lame el pecho.
Eso es lo que hacen los adolescentes en los hoteles, ¿no?
Todo el mundo sabe que en el condado de Mobile siempre hay dos o tres embarazos después de las graduaciones.
Y, a pesar del complejo de superioridad que muchos alumnos de Lionswood parecen tener, sé que se todos se dedican a lo mismo, aunque ellos cambian las habitaciones de hoteles que se alquilan por horas por casas de vacaciones, suites de lujo y, ocasionalmente, yates familiares.
Las relaciones sexuales es lo que ocurre cuando metes a una adolescente con las hormonas alteradas en una habitación sin supervisión con un adolescente con las hormonas igual de alteradas.
Pero Adrian no tiene las hormonas alteradas.
No parece afectarle verle las bragas a Millie Roger cada vez que aparece con el equipo de animadoras en los partidos de lacrosse .
No clasifica sus fines de semana según con cuántas chicas se ha conseguido liar.
No engaña a las chicas de Cedarville para llevarlas a su habitación con la excusa de enseñarles el yate de su familia la próxima vez que se vean.
Por raro que pueda sonar, jamás ha parecido querer intimar conmigo. Sí es cierto que alguna que otra vez me ha puesto la mano en la cintura y que también nos hemos enrollado. Me ha tocado lo suficiente para dejarme con ganas de más, pero soy yo la que se pregunta si el que tiene ganas de más es él.
También está lo que ocurrió la noche del baile.
Se me encienden las mejillas y compruebo por segunda vez si se sigue oyendo caer el agua de la ducha antes de dejar que mi mente divague a la noche en la que me empujó contra el lavabo del baño, me asaltó los labios y después se chupó los dedos repletos de mis fluidos.
Noto cómo el fuego me hierve en la parte inferior del abdomen.
En ese momento me pilló con la guardia baja, pero ahora…
Me tumbo sobre la cama y me imagino cómo debe ser que me empuje sobre el colchón. Las sábanas de satén son mucho más suaves que el mármol del lavabo del baño del decano. Aquí tengo muchísimo espacio para abrir las piernas y también los brazos.
Estoy segura de que me los sujetaría con fuerza.
O quizá me los ataría al cabecero de la cama.
Al igual que las piernas.
No tendría escapatoria, estaría completamente a su…
El agua se detiene.
Me coloco de nuevo sentada sobre la cama y espero que no pueda leerme en el rostro ninguna de las fantasías que acabo de tener.
O quizá no esté interesado en nada de esto. Quizá ya está más que satisfecho desde antes de conocerme a mí.
Ese pensamiento me hiela al instante.
¿Acaso no intentaba demostrarme algo la noche del baile? Estaba enfadado. Quería que supiera que era suya y ahora que ya me lo ha dejado claro…
La puerta del baño se abre y mi monólogo interior cesa en el momento en el que veo a Adrian salir de allí con el torso completamente desnudo y con una toalla sobre la cintura.
—La presión del agua no es adecuada para mi pelo. —Son las primeras palabras que salen por su boca—. Mañana tendré que quejarme.
—A mí me parece… —se me pega la lengua completamente al cielo de la boca— bien.
Más que bien.
No es solo que los rizos húmedos se le peguen a la frente en patrones perfectos, sino que las gotas de agua le caen por el pecho, enfatizando las líneas de los músculos que tiene por todo el abdomen.
Debería estar prohibido ser tan guapo.
La última vez que le había visto sin camiseta tuve que hacer un gran esfuerzo para no quedarme mirándole.
Ahora ya no tengo el mismo problema y puedo beberme cada centímetro de su piel expuesta.
Clavo la mirada en los huesos que se le marcan a cada lado de la cintura, hacia la línea en V y hacia los impresionantes rizos oscuros que le desaparecen debajo de la toalla.
Se me seca la boca.
—¿Te gusta lo que ves?
Vuelvo a mirarle al rostro. Retuerce los labios como si estuviera luchando contra el impulso de sonreír y yo reprimo el instinto de apartar la mirada.
—Puede.
Definitivamente, sí.
—¿Puede? —Ronronea esa palabra y cuando se acerca a mí con los ojos resplandecientes como dos orbes de ónix, parece todo un depredador—. ¿Tan solo puede? —Debería ser ilegal que alguien pueda hacer que esa palabra, una palabra tan inofensiva y monótona, suene tan lasciva.
Noto otro destello de calor, o quizá sea toda una sacudida, mientras se cierne sobre mí, con las manos a cada lado de mi cuerpo para atraparme contra la cama.
Se me acelera la respiración.
¿Me gusta esto?
Creo que sí.
No es la primera vez que me ha atrapado entre sus brazos, pero ahora puedo sentir toda la tensión que late entre nosotros. Es como si pudiera extender la mano y tirar de ella.
Mis ojos se fijan en una sola gota de agua huérfana que le resbala por el cuello y, antes de que pueda tomar una decisión racional, me acerco para lamérsela.
Adrian se queda completamente quieto encima de mí, pero tan solo es durante un milisegundo. Tras eso, me aparto de él y plasmo una sonrisa en los labios.
—Tan solo puede.
Una expresión de sorpresa genuina le cruza el rostro. No parecía esperar que me uniera al juego.
Yo también tengo unas cuantas cartas bajo la manga.
Por supuesto, como ya me esperaba, Adrian se recupera rápidamente antes de que pueda regodearme por haberle dejado completamente desarmado.
—Creo que ya va siendo hora de que vayamos a dormir, ¿no crees? —Sus ojos bailan de diversión.
Intento ignorar la quemazón que me produce la decepción mientras me meto debajo de las sábanas, pego mi cuerpo al suyo y dejo que me abrace con fuerza.
Adrian posa un beso suave sobre el pelo.
—Buenas noches, cariño.
Es solo en este momento, cuando tengo la cabeza apoyada contra su pecho, que me doy cuenta de que el corazón le va a mil por hora.