Limerencia 27 #2
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27 #2

—Lo sé. Soy consciente de todo eso. Pero también sé que dan becas.

Ayuda financiera. Me buscaré un trabajo.

Dos trabajos si es necesario. Y si no consigo entrar en Pratt…

—Casi se me corta la respiración. Esa posibilidad me sabe a tierra en la boca—.

Entonces será en Rhode Island. O California. O Chicago. O…

—Harvard —me corta.

Hago una pausa.

—¿Harvard?

Él asiente, aunque no continúa elaborando.

Sacudo la cabeza.

—La verdad es que ni me había planteado la posibilidad de asistir a Harvard.

—Como cabe esperar, tiene una muy buena facultad de Arte —me dice—. Además, el próximo curso van a contratar a nuevos profesores en esa materia. Un artista con mucho renombre. Creo que se llama Rory. Tendría que comprobar el panfleto de…

Se me para el corazón.

—Te refieres a Rory Huber. Hizo una serie de cuadros increíbles sobre Hércules que se exhibieron en Atenas.

Se hizo muy viral en el mundo del arte y…

—Dejo de hablar de repente cuando la última pieza del puzle hace clic en mi cabeza al ver la sonrisa de satisfacción que comienza a formársele en los labios—.

Espera. Espera un momento. Tú vas a ir a Harvard.

—Intento alejarme en el sillón, pero su agarre se vuelve de hierro—.

Y por eso estás intentando venderme esa universidad a mí también.

Durante un instante, me siento una idiota por haber tardado tanto en darme cuenta cuando debería haberlo sabido en el momento en el que ha empezado a hacerme dudar sobre Pratt.

O quizá en el mismo momento en el que ha abierto la boca porque solo Dios sabe si Adrian realmente dice algo sin tener siempre segundas intenciones.

E, incluso a pesar de que le he pillado, Adrian sigue intentando mostrarse inocente.

—No estoy intentando venderte nada. —Me toma de las dos manos para acercarme más a él—. Tan solo creo que deberías de considerar todas tus opciones.

—Ni siquiera sabía que Harvard fuera una de ellas.

—¿Por qué no?

¿Que por qué no?

Parece como si estuviéramos hablando de si voy a escoger una marca de lujo china o italiana, como si Harvard fuera una opción igual de accesible para mí como el resto.

No puedo evitar echarme a reír.

—Estoy casi segura de que el índice de aceptación es menos del cinco por ciento.

Y, como ya has señalado antes, haber estudiado en Lionswood no va a conseguir enmascarar mis malas notas o la falta de actividades extraescolares.

Terminaría antes guardándome los ochenta dólares que cuesta la tasa de solicitud y metiéndolos en un tarro de los deseos.

—En otras circunstancias estaría totalmente de acuerdo contigo… —No me gusta el brillo que hace que le resplandezcan los ojos oscuros. No me gusta nada—. Pero esa es otra de las ventajas de salir con un Ellis.

Se me seca la boca como si se acabara de convertir en el mismísimo Sáhara.

—¿Qué intentas decir?

—Mi familia tiene una relación muy cercana con el presidente de Harvard —me explica—.

Mi madre siempre le invita a las cenas que organiza de vez en cuando, las que celebra en la costa oeste.

Tengo su número de teléfono personal desde hace años.

Dudo mucho que necesitara mucho más que una llamada telefónica para que tomen en cuenta tu solicitud y cualquier tipo de ayuda financiera que puedas necesitar.

Parpadeo en su dirección.

—Una llamada telefónica. ¿Eso es todo?

Adrian me ofrece una sonrisa retorcida.

—Eso y la promesa implícita de una donación generosa a la universidad en cuanto pase a formar parte del alumnado. Estoy seguro de que aceptará de buena gana.

Vuelvo a tener una sensación familiar, como si mi mundo entero acabara de virar cuarenta grados a la derecha y mi cerebro fuera el último en darse cuenta de ello.

Tomo una respiración profunda.

Y después otra.

Y otra más.

—Me estás ofreciendo Harvard. —Me pesa tanto la lengua que se me queda clavada al fondo de la boca—. En bandeja de plata.

Él se ríe, divertido por la metáfora.

—Si lo que quieres es una bandeja de plata, estoy seguro de que puedo llamar al servicio de habitaciones para que te traigan una.

—Eso es… —Sacudo la cabeza—. Las cosas no funcionan así.

Él alza una ceja.

—¿Por qué no?

Intento encontrar las palabras correctas.

—Porque…

Porque esto no es un bolso de diseñador, un par de zapatos o un vestido bonito envuelto en una caja de regalo sobre la cama de mi habitación.

Estamos hablando de los próximos cuatro años de mi vida.

Cuatro años que ya tengo muy bien organizados.

—Ya tengo un plan —le digo—. No puedo simplemente olvidarme de él y ya está.

—No tienes por qué olvidarte de él —contraataca—. Tan solo tienes que reajustarlo.

Se me escapa un bufido de indignación.

—Lo que me estás proponiendo no es un simple reajuste. Es un giro de ciento ochenta grados.

—Digamos que tan solo de noventa —me dice—. Ambos sabemos que lograrás ser una gran artista en cualquier parte y Pratt no es la única universidad con profesores de renombre en el campo del arte.

No me apetece admitir que tiene razón.

Quizá ese es parte del problema de intentar alcanzar el santo grial. Llevo tanto tiempo convenciéndome de que Pratt lo es, creyendo que será el culmen de mi esfuerzo y trabajo duro, que no me he parado a prestarle atención al resto de las opciones que pueden ser incluso igual de buenas que Pratt.

Y Harvard es… bueno, es Harvard.

La gente se queda boquiabierta si les dices que vas a esa universidad. Incluso algunas personas enmarcan las cartas de rechazo. Se compran sudaderas con su nombre con la esperanza de que alguien llegue a creer que son alumnos.

No tengo ninguna duda de que Harvard tendrá su propio arsenal de artistas de renombre dando clase allí y seguramente las mismas oportunidades de hacer contactos que tendré en Pratt.

Además, Adrian irá a Harvard.

Trago saliva.

—No creas que no sé lo que estás haciendo. No paras de hablarme todo el rato sobre Pratt y sobre Harvard con un motivo muy específico detrás. Quieres que vaya a Harvard porque tú también vas a ir allí.

Adrian inclina la cabeza hacia un lado y su tono se suaviza al instante.

—¿Acaso es algo malo querer estar cerca de mi novia?

—Aparta una mano de la mía para enredarla en mi pelo—.

Podríamos tener un apartamento muy bonito fuera del campus.

Podríamos quedar después de clase y estudiar juntos en la biblioteca.

Los fines de semana iríamos a la ciudad, a desayunar, y después podría llevarte de compras, podría comprarte todo lo que quisieras.

—Me pasa el pulgar por la mejilla y ni siquiera necesito que me lo diga en voz alta, ya puedo imaginármelo yo sola en la cabeza.

Dicho así, suena muy sencillo.

Y el hecho de que quiera que vaya a Harvard con él, que haya pensado en nuestro futuro más allá de las puertas de Lionswood, me produce más satisfacción de la que debería.

Pero estamos hablando de Adrian.

Las cosas nunca son tan sencillas con Adrian.

—Pero lo que me estás proponiendo es un soborno —argumento—. Quieres comprar mi puesto en Harvard.

Ante dicha acusación, la sonrisa de Adrian se amplía, sus ojos oscuros brillan con alegría.

—Tu indignación es un poco hipócrita, ¿no crees?

Sacudo la cabeza.

—No, no me refiero a…

—Lo digo a modo de cumplido —me corta rápidamente—. Es una de las cosas que más admiro de ti.

—¿El qué? ¿Mi hipocresía?

—Tu tenacidad. —Baja la mirada hacia nuestras manos unidas—. Uno de los días que pasamos juntos al principio me dijiste que ibas a ser artista.

—Lo recuerdo.

También recuerdo que Adrian fue la primera persona en tomarme en serio. No se rio. No me dijo que era un plan ridículo. Él simplemente me creyó.

—No había duda en tu voz. No vacilaste. Simplemente me dijiste que ibas a hacer justo lo que querías.

—Vuelve a hacer contacto visual conmigo y el peso de su mirada me deja fija en el sitio—.

Podría decir que lo decías en serio. En ese momento, no sabía cómo de en serio lo decías.

Pero ese tipo de tenacidad… es única. La gente ansía cosas diferentes todo el tiempo.

Se pasan toda la vida queriendo dinero, un nuevo trabajo, una mejor vida, pero a la gran mayoría le falta la determinación para hacerlo.

Pero a ti no. A ti no te falta tenacidad.

Y Lionswood es la prueba de ello. —Esboza una sonrisa que le suaviza los rasgos.

»Lo que quiero decir —continúa, sacándome de mis propios pensamientos antes de que puedan comenzar a darme vueltas en la cabeza—. Es que no tienes que fingir estar por encima de las ventajas de las que dispones. Sabes igual que yo que la gente como yo no lo hacemos.

Una parte de mí odia que tenga razón.

Y después de haberme pasado cuatro años en Lionswood sé exactamente el porqué.

La riqueza real de mis compañeros de clase no se encuentra en las mochilas de diseño o en unos zapatos con la suela roja, sino en las conexiones.

Me refiero a un partido de golf del padrastro de Sophie con el comité de admisiones de Dartmouth.

En el grupo de tutores y orientadores que la madre de Ava contrató desde que aprendió a andar.

En una cena de la madre de Adrian con el presidente de Harvard.

No importa cuánto lo intente, cuánto estudie ni cuánto trabaje en mi arte, siempre estaré jugando el mismo juego con la mitad de las cartas.

Y también me quedaré atrapada en el mismo juego si voy a Pratt.

Suponiendo que me llegaran a aceptar, estaría intentando abrirme paso en un juego con jugadores que llevan dando clases privadas de arte desde que aprendieron a sostener un lápiz y toda una herencia a su disposición que se gastarán comprando apartamentos en Manhattan.

Una voz que suena igual que la de Adrian me susurra en la cabeza: ¿Acaso tú no mereces tener un poco de ventaja también?

Mira lo duro que has trabajado para conseguir entrar en Lionswood.

Eso demuestra tu tenacidad.

Tras eso, al igual que si me hubiera dado la corriente, aparece otro pensamiento: o quizá solo demuestra que no te importa tomar lo que no es tuyo.