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Y me encantaban.
Había televisión por cable gratis, comprábamos la cena en las máquinas expendedoras y también tenían una piscina tan pequeña que casi podía tocar ambos extremos si abría mucho los brazos, pero era una piscina, al fin y al cabo.
Mantengo ese recuerdo vívido cuando Adrian me lleva a un hotel boutique al lado de la playa.
No es muy ostentoso o extravagante como he visto que son los hoteles de lujo en las películas, pero con tan solo ver los muebles antiguos y el suelo de madera sé que es un hotel en el que se hospedan clientes de alto prestigio.
Veo una serie de guitarras eléctricas colgadas en las paredes e intento no abrir la boca de sorpresa al ver que una de ellas está firmada por Jimi Hendrix.
—Si en algún momento necesita algo, señor Ellis, cualquier cosa, no dude en llamarme —reitera el jefe del hotel por quinta vez. Parece tan desesperado que estoy segura de que no dudaría en donarle un riñón o medio hígado si Adrian se lo pidiera.
—Apreciamos su hospitalidad —asiente Adrian con educación—. Al igual que su total discreción. —Su tono afilado indica que la discreción es una orden, no una mera petición.
—Por supuesto. —El señor sonríe y el tupido bigote que le ocupa la mayor parte de la mitad inferior de su rostro parece sonreír con él—.
Dispondrá de total privacidad en nuestro hotel junto a su…
—Sus ojos se posan durante un segundo demasiado largo sobre mí mientras intenta discernir cuál es nuestra relación.
—… amiga —termina Adrian—. Gracias.
Nada de novia.
Amiga.
Un término muy amplio que podría indicar cualquier cosa desde «¡Sí! Somos amigos, nos conocemos desde la infancia» a «Sí. Somos amigos. La acabo de rescatar de la calle hace cinco minutos».
Y si me tengo que basar en la breve y falsa sonrisa que me dedica este señor, sé perfectamente cuál de las dos cree que soy.
Por eso sigo dándole vueltas a la palabra que ha usado Adrian para referirse a mí incluso cuando nos montamos en el ascensor, las puertas de metal se cierran delante de nosotros y Adrian teclea el código que nos da acceso a la última planta.
—Has dicho que soy tu amiga —le digo de repente, sintiéndome muy idiota en cuanto se me escapa esa frase por la boca.
Y me siento aún peor cuando se gira para mirarme y las esquinas de sus labios empiezan a curvarse en una sonrisa de satisfacción.
—¿Ocurre algo? ¿Acaso eso te ha molestado, cariño?
Pongo los ojos en blanco.
—Pues claro que no. Eras tú el que necesitaba tanto hacer uso de etiquetas. Tan solo tenía curiosidad.
Por la forma en la que su sonrisa se amplía, no parece que se haya tragado esa explicación.
—Hay que ir con pies de plomo con este tipo de cosas.
Nunca hay que dar las cosas por sentado —me dice—.
Tan solo hace falta una sola foto o una noticia de última hora en una revista para recibir una llamada furiosa de parte de mis padres.
—Al contarme esa última parte, veo cómo se le tuercen los labios en una mueca de asco.
Claro.
Los padres.
Los que se preocupan tanto por el tema de la «logística».
Me entran ganas de decirle que ha sido él el que no ha sido tan discreto al haber cogido un avión que le ha llevado a la otra punta del país para venir a conocer a mis padres, pero, sin embargo, termino preguntándole:
—¿Y no te preocupa la discreción en Lionswood?
Adrian se encoge de hombros.
—En Lionswood es diferente. La gente sabe que no hay que hablar con la prensa y mis padres no suelen hacerle mucho caso a los rumores que oyen sobre novias o tatuajes en las fiestas que organizan. —Noto cómo arruga la nariz.
—Podrías hacerte un tatuaje. No me parece que sea para tanto.
Él suelta un bufido.
—Jamás me haría un tatuaje.
El resto de la conversación decae en cuanto se abren las puertas del ascensor revelando la entrada privada a nuestra suite .
Joder.
Adrian entra como si nada.
—Espero que me disculpes por el tipo de habitación. Las opciones en Alabama son bastante… —Coloca nuestras maletas en un sillón de color burdeos—… limitadas.
No le respondo. Estoy demasiado ocupada observando mis alrededores, que me parecen de todo menos limitados.
La suite casi parece igual de grande que un almacén o una fábrica. Tiene techos altos, paredes de ladrillo y unos ventanales de cristal enormes que dejan pasar una luz natural que equilibra el resto de los muebles de color carbón.
Hay otra guitarra eléctrica colocada en la pared.
Firmada por Eric Clapton.
Siento una sensación extraña en el estómago.
Podría pintar en este lugar.
Las vistas de la bahía de Mobile son muy bonitas, aunque, si entrecierro los ojos, puedo ver unos cuantos rascacielos que se difuman en el horizonte.
Me doy cuenta de que no es Mobile lo que se puede apreciar en la distancia, sino otra ciudad. Nueva York, Los Ángeles o Chicago. Algún lugar repleto de gente y una lista interminable de cosas para hacer.
Podría pertenecer a algún lugar como ese.
Me aparto de la ventana cuando la sensación de necesidad comienza a volverse casi dolorosa, y de pronto me pongo casi tan roja como las peonías que hay en la mesita de noche.
Adrian sigue al lado del sillón, observándome con la misma expresión pensativa en su rostro que siempre hace que me pregunte si puede leerme la mente o no.
Me pregunto qué debe pensar de mí, ya que estoy totalmente maravillada por las mismas cosas que él considera «limitadas».
Ojalá pudiera leerle yo la mente a él.
Me aclaro la garganta.
—No tienes de qué disculparte.
Me introduzco en el baño para intentar ocultar la rojez que se me extiende por las mejillas. Veo que tiene una ducha completa y una bañera antigua encima de un pedestal de color negro.
—Por nada. Nunca más —le digo sobre el hombro.
Él se ríe.
—Cariño, me encanta tu arte, pero si te soy sincero… Esto no es lo que me imaginaba que íbamos a estar haciendo en un hotel los dos solos. —La voz de Adrian me llega desde el otro lado de la habitación. Él está leyendo en la cama.
Yo tengo las piernas colgando de un lado del sillón y estoy eternamente agradecida de que no pueda ver cómo se me tiñe el rostro de rosa desde esta posición.
Suelto el lápiz, dejo a medias el dibujo del follaje otoñal de Lionswood, y suspiro.
—Lo sé, pero tengo que terminar esto. No queda mucho para que terminen las solicitudes a Pratt y todavía tengo que darles unos retoques finales a algunas de las obras de mi portfolio.
Esa era una de las ventajas de poder pasar tres semanas en Mobile: disponer de mucho tiempo para poder terminar mi solicitud para Pratt.
Hay unos segundos de silencio antes de que Adrian vuelva a hablar.
—¿Estás segura de que quieres ir a Pratt?
Alzo la cabeza por un lado del sillón ante su pregunta.
—Por supuesto. Es una de las mejores universidades de arte de todo el país. ¿Por qué lo preguntas?
Para mi sorpresa, Adrian cierra el libro de medicina, se pone de pie y viene a unirse a mí en el sillón. Hago ademán de moverme un poco para dejarle espacio, pero él simplemente me agarra por las piernas y me las coloca sobre su regazo.
—Tan solo estoy sorprendido. No pensaba que fueras la típica chica que ponía todos los huevos en la misma cesta.
—No están todos en la misma cesta —respondo—. También voy a enviar solicitudes para algunas otras. La Escuela de Diseño de Rhode Island, el Instituto de las Artes de California, el de Chicago… —Proceso a enumerarlas una a una—. Pero Pratt es el santo grial.
Comienza a masajearme con suavidad las piernas.
—¿Y si no entras en ninguna de ellas?
Me enderezo.
—Voy a enviar solicitudes a diez universidades diferentes. Estoy segura de que voy a entrar en al menos una de ellas.
Tengo que hacerlo.
—Estoy seguro de que lo harás, cariño —me dice, pero parece el típico comentario condescendiente que le diría un padre a su hija que sueña con ser una princesa o una astronauta.
—Voy a hacerlo —repito con más firmeza.
Me da unas palmaditas en la pantorrilla.
—Sí, estoy seguro de ello.
—Tengo un portfolio muy interesante y, además, he estudiado en Lionswood. Con eso deberían de aceptarme en la mitad de las solicitudes que eche, incluyendo Pratt.
Adrian me ofrece un murmullo reflexivo.
Yo exhalo todo el aire que estaba conteniendo.
—Deja de hacer eso.
—¿De hacer el qué?
—Deja de darme la razón cuando sé perfectamente que estás pensando en otra cosa. Sea lo que sea, dilo y ya está. Dime en qué estás pensando de verdad.
Él suelta un suspiro.
—Eres una artista increíble y haber estudiado en Lionswood seguramente vaya a serte de mucha ayuda, pero…
—¿Pero?
—Pero no has podido cuadrar en el horario de este año la clase de arte…
—… pero la señorita Hanson me ha hecho una carta de recomendación…
—… pero tus notas han sido, como bien sabes, bastante regulares, tirando a malas…
—… pero no han sido horribles…
—… pero no has hecho ninguna actividad extraescolar…
—Sí que he hecho extraescolares —le corto—.
Formé parte del club de carpintería durante mi segundo año…
durante tres semanas. —Hago una mueca de dolor—.
Vale, de acuerdo, quizá no haya hecho muchas extraescolares, pero en mi defensa diré que he estado muy centrada en el arte y en conseguir aprobar todas las asignaturas.
Adrian continúa masajeándome los músculos tensos que tengo en la parte inferior de las piernas.
—Lo cual es muy admirable, aunque no estoy del todo seguro de si Pratt pensará lo mismo.
Tienes que estar preparada para la posibilidad de que quizá miren tu solicitud y se den cuenta de que eres una estudiante con notas muy mediocres a pesar de haber asistido a una escuela de élite.
—Me pasa los dedos por el tendón de Aquiles—.
E incluso aunque llegaran a aceptarte, tendrías que poder asumir los gastos de la matrícula, la manutención, mudarte a Manhattan…
Trago saliva sin querer aceptar las dudas que me está plantando en el fondo del estómago.