26 #3
Por supuesto que sabía o, al menos, sospechaba, que Adrian conseguiría descubrir cuál era el mayor motivo por el que quería pasar las vacaciones lejos de él, pero es una verdad demasiado cruda como para soltarla en voz alta.
—No quería convencerme de nada —le rebato—. Tan solo quería pensar y quería hacerlo en un lugar en el que no estuvieras tú.
Sus labios se convierten en una final línea.
Yo cuadro los hombros.
Él exhala por la nariz.
Yo me cruzo de brazos.
Parece que ninguno de los dos quiere dar su brazo a torcer, pero, tras unos instantes de silencio, Adrian parece hacerlo. Veo cómo suspira.
—No sé cómo gestionarlo.
—¿El qué?
Ahora es él el que está mirando a otra parte con los labios apretados como si le acabara de obligar a que se tragara una chuche rancia.
—El no tener yo el control.
Es una respuesta sorprendentemente sincera.
—La gente es muy fácil de leer. Enseguida sé qué es lo que quieren: alabanzas, admiración, dinero, prestigio… Y puedo ir dándoselo lentamente para que nunca se den cuenta de que van a terminar comiendo de mi mano. Pero tú…
Cuando vuelve a mirarme de nuevo, puedo ver tanta intensidad en sus ojos que me quedo totalmente plantada en el suelo.
—No puedo hacer eso contigo. No puedo crear una imagen de mí que funcione contigo porque ya sabes exactamente quién soy.
Por eso me siento tan atraído hacia ti. Y ahora no sé qué puedo hacer con todos estos…
—sacude la cabeza— sentimientos. Dices que soy yo el que camina por suelo firme, pero creo que has sido tú la que me lo ha robado desde el principio.
Me tienes atrapado de una forma que nadie más puede hacerlo.
Estas tres semanas… No podía soportarlo.
No puedo pensar en nada que no seas tú. No puedo dejar de pensar en que si dejo que te me escurras de entre los dedos, incluso aunque solo sea unos instantes, terminarás decidiendo que ya te has hartado de mí y que no podré lograr convencerte de lo contrario.
Y es terrorífico. Por primera vez en mucho tiempo, me siento aterrorizado.
Y justo en este momento, en sus ojos, juraría haber capturado a un Adrian mucho más joven y vulnerable, uno que todavía no ha sido roto por su familia o convertido en un manipulador.
Me devuelve a la vida con la fuerza de un desfibrilador y, antes de haber tomado una decisión consciente, ya estoy acortando la distancia entre nosotros y atrayéndolo a mis brazos.
O al menos eso es lo que intento hacer. Es tan alto que soy yo la que termina entre sus brazos, con la barbilla apoyada en su clavícula y el suave lino de su camisa rozándome la mejilla. Él me responde al abrazo sin pensarlo, abriendo los brazos hacia mí y descansando la barbilla sobre mi cabeza.
—Yo también estoy aterrorizada —murmuro, sin saber muy bien a qué versión de Adrian intento reconfortar.
Él se ríe sobre mi pelo.
—Después de todo lo que te acabo de decir, ¿sigues teniendo miedo de que vaya a matarte?
Sacudo la cabeza.
—No tengo miedo de eso. Ya no. Tan solo estoy…
Aterrorizada de que vayas a consumirme hasta que no quede nada de mí.
Aterrorizada de que un día hagas lo mismo que te preocupa que vaya a hacer yo: despertarte y decidir que ya no quieres tener nada que ver conmigo.
—… asustada —es lo único que puedo decir—. Estoy asustada. Eso es todo.
Sorprendentemente, no me obliga a seguir desarrollando mi respuesta.
Quizá le basta con saber que ambos nos sentimos igual.
Adrian se aclara la garganta.
—Aunque quizá ir en contra de tu voluntad e invadir tus vacaciones no haya sido la mejor forma de expresar mis miedos. Entendería perfectamente si quieres que me vaya.
No puede ver mi expresión ni la forma en la que mis cejas han salido disparadas hacia mi cabello. Esperaba un alto al fuego, pero esto ha sido una retirada en toda regla.
Abro la boca.
Y la cierro.
La vuelvo a abrir.
Tiene razón. Tengo todo el derecho a pedirle que se vaya, pero…
No sé si estoy del todo segura de querer hacerlo.
Ahora que ambos hemos confesado cómo nos sentimos y nos hemos abrazado para consolarnos, literalmente, mi enfado parece haber desaparecido casi por completo. E incluso más que eso, creo que una parte pequeña y minúscula de mí está emocionada en secreto de que esté aquí.
Definitivamente, algo está pasando conmigo.
Suspiro.
—Bueno, aprecio tus disculpas y todo eso…
—Aparto el rostro de su pecho y, como si estuviera anticipando mi rechazo, noto cómo aprieta el agarre, pero yo tan solo echo la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos—.
Supongo que no puedo echarte después de que te hayas hecho un largo viaje para dormir en nuestro colchón inflable.
Creo que sigue enterrado en alguna parte del armario.
Noto una oleada de alivio antes de que Adrian suelte una risita y toda la tensión restante desaparezca.
—Un colchón inflable —repite—. ¿Esperas que duerma en un colchón inflable?
No se trata de una oferta seria, pero me divierto mucho al ver cómo hace una mueca de asco de solo pensarlo.
—O en el sofá —le digo para meterme con él.
Él alza una ceja.
—Por muy generosa que suene esa oferta, ya he gestionado dónde voy a dormir esta noche. —Veo cómo le brillan los ojos—. Dónde vamos a dormir.