Limerencia 26 #2
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26 #2

—Había una marca de lápices de colores que me gustaba mucho de pequeña. Solo pude comprarme el paquete de los lápices verdes.

Después de inspeccionar mi armario, posa su atención sobre mi cama.

—Ahora entiendo por qué no te has quejado ni una sola vez del cuchitril de cama que tienes en tu dormitorio del campus. —Presiona una mano sobre el colchón y, cuando los muelles protestan bajo su peso, se gira para mirarme con una ceja alzada—. Por favor, dime que no duermes aquí todas las noches.

Ese comentario en particular me recuerda que no soy yo la que debería estar respondiendo preguntas ahora mismo.

—A mi cama no le pasa nada —le espeto—. ¿Quieres que te siga haciendo un recorrido por el resto de mi infancia o podemos tener una conversación de verdad?

—La verdad es que no me importaría que me hicieras un recorrido. —Adrian se pone de pie y casi roza con la cabeza el techo de mi habitación.

—Creo que ya has tenido suficiente. ¿Qué haces aquí? —Termina siendo más un susurro que un grito por culpa de las paredes de papel del remolque.

Adrian tan solo tarda un milisegundo en acortar la distancia entre nosotros, colocarme las manos alrededor de la cintura y hundir la cabeza en el hueco de mi cuello.

—¿Acaso no tengo permitido echarte de menos?

Me cuesta mucho tener que admitir que, después de haberme pasado una semana alejada de él, su roce me calienta más que el propio sol de Alabama.

Suelto un suspiro.

—Adrian…

Me posa los labios sobre la piel.

—Creo que me gusta mucho cuando pronuncias mi nombre de esa forma.

Sin poder evitarlo, veo una imagen muy clara en la cabeza: el cuerpo de Adrian presionado contra el mío, mis muñecas atadas al colchón y yo gritando su nombre.

No, no, eso ahora no.

No pienses en eso ahora.

Se supone que debes tener una conversación con él.

Sin embargo, me dejo llevar durante tres segundos por el placer que siento al notar los besos que me da con la boca abierta por todo el cuello antes de apartarlo de mí.

Y necesito hacer acopio de todo mi autocontrol para lograrlo.

—Sé lo que estás haciendo —le digo, aunque me tiembla mucho más la voz que antes—. Y no me gusta.

Adrian sigue con las manos bien plantadas en mi cintura cuando me pregunta:

—¿Y qué es lo que estoy haciendo?

—Intentas distraerme —le digo—. Y no está funcionando.

Mentirosa , susurra una vocecita en el fondo de mi cabeza.

Doy otro paso atrás, y me alegro de que no me lo impida, antes de tomar una bocanada de aire.

—¿Por qué has venido aquí, Adrian?

Él parpadea en mi dirección con esas pestañas tan largas y oscuras.

—Ya te lo he dicho. Te echaba de menos.

—¿Me echabas tanto de menos que ni te has molestado en llamarme o mandarme un mensaje ni una sola vez?

—Tú tampoco lo has hecho.

—Porque necesitaba espacio.

—Te he dado toda una semana de espacio.

—Deberían de haber sido tres.

—Pero yo…

—Querías fastidiarme —le corto—. ¿Por qué darme espacio de verdad cuando puedes fingir que me lo ofreces y después aparecer en mi casa e invadirla?

—Creo que «invadir» es una palabra bastante fuerte, ¿no crees? —Veo la diversión en las comisuras de sus labios, lo que me indica cómo de en serio se está tomando esta conversación.

Sacudo la cabeza.

¿Así van a ser las cosas?

De acuerdo.

Esbozo una sonrisa.

—¿Sabes qué? No tenemos por qué discutir sobre esto.

—Me alegro de que estemos de acuerdo en eso, cariño.

—Bien. —Mi voz se vuelve asquerosamente dulce—. Porque si no te marchas ahora mismo, pienso salir de esta habitación y empezar a llorarle a mi madre mientras le cuento que me has puesto los cuernos. Entonces será ella la que te eche de aquí.

Ver cómo la diversión desaparece de su rostro es mucho más gratificante de lo que debería ser.

—Ah, ¿sí?

—Sí —asiento—. Y, créeme, no habrá suficientes girasoles en el mundo que puedas traerle para que vuelvas a caerle bien. Odia a todos los hombres que ponen los cuernos. —Hay todo un arsenal de exnovios de mierda a los que agradecérselo.

Adrian hace una pausa como si estuviera sopesando lo que acabo de decirle.

—Entonces supongo que tendré que echarle la culpa a las hormonas por el embarazo.

Me quedo de piedra.

—¿Qué?

Ladea la cabeza y sus ojos color obsidiana destellean.

—¿No crees que se decepcionará mucho cuando sepa que vas a ser una madre adolescente?

Sé que el pánico que siento en el pecho es justo la reacción que espera obtener, pero no consigo ocultarlo.

—Jamás se te ocurriría hacer eso.

—Cariño, yo también podría montar una misma escenita, al igual que tú —responde—. Supongo que todo dependerá de a quién crea primero Mae.

Me gustaría poder decir que sería a mí.

Debería poder confirmar, dado que soy su hija, que mi madre me creería a mí antes que al chico encantador que acaba de meterse en su casa hace unos veinte minutos.

Pero no puedo.

Porque si hay algo que sé sobre Mae Anne Davis, aparte de lo mucho que odia a los tíos que ponen los cuernos, es que creería a un extraño muy encantador antes que a su hija en cualquier momento.

Joder, Rick consiguió hacerle creer que soy una drogadicta y he tardado al menos una hora y media en conseguir convencerla de lo contrario.

Darme cuenta de eso me deja completamente derrotada.

—¿Sabes? —le digo finalmente—. Cuando me confesaste tus sentimientos, bromeé sobre el tema de que nuestra relación estaba basada en secretos y chantajes, pero ahora ya no estoy tan segura de si eso sigue siendo broma o no.

—No todo se basa en chantajes —me dice—. Quizá solo el cincuenta por ciento.

—¿Y si quiero un cero por ciento? ¿Y si no quiero quedarme sentada a esperar con qué saldrás la próxima vez?

—Sacudo la cabeza. Noto cómo la frustración emana de mí como una vasija rota—.

Todo es siempre un tira y afloja contigo.

Es como si no camináramos sobre terreno firme.

Y en cuanto consigo tocar algo de suelo firme, tengo que aferrarme con uñas y dientes a él porque nunca estás dispuesto a ceder ni un poco.

Tres semanas. Solo quería eso. Unas cuantas semanas para aclararme los pensamientos y tener algo de espacio, y no has sido capaz de ofrecerme ni siquiera eso.

—Claro —responde Adrian, su tono termina siendo tan afilado como un cuchillo—. ¿Y crees que tres semanas serán suficientes para asegurarte de que lo nuestro no es real?

—Eso no es…

Alza una ceja a modo de reto.

—A eso te referías con espacio, ¿no crees, cariño? Pasar tiempo a solas. Aclararte las ideas. Convencerte de que tus sentimientos hacia mí no son genuinos.

Se me pone la boca seca.