Limerencia 26
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—Cielo, tan solo estamos preocupados por ti. —Mi madre está sentada en la mesa de la cocina con las manos recogidas sobre el regazo y con una mirada que implora que se lo confiese todo—. Rick está muy preocupado por ti.

—Claro —ladro—. Está tan preocupado que no puede salir del garaje ni un solo segundo para hablar sobre ello.

—Para tratarse de una persona que se toma las teorías conspirativas al pie de la letra, Rick es sorprendentemente bueno manipulando a mi madre.

Siempre planta las semillas correctas con las que a mí me toca lidiar luego.

Mi madre sacude la cabeza.

—Lo digo en serio, Poppy. No sé a qué se dedicarán esos niños ricos de tu escuela, pero yo no pienso lidiar con una hija drogadicta. Solo porque tengas dieciocho, no significa que…

—No soy drogadicta. —Ya es la quinta vez que he repetido lo mismo y noto cómo se me está empezando a agotar la paciencia.

—Rick me ha dicho que te ha visto muy paranoica y rebelde desde que has llegado. O te encierras en tu habitación o te pasas el día fuera de casa haciendo Dios sabe qué.

—Rick no tiene ni idea de lo que habla.

Mi madre se cruza de brazos sobre el pecho y me doy cuenta al instante de que acabo de apretar el botón de saltar en defensa de Rick.

—Sé que estás triste, Poppy, pero no tienes por qué hablar de tu padrastro así. Confío en él…

—¿Más que en mí?

Hace una pausa.

—No me refiero a eso.

—O crees a Rick o me crees a mí. —Odio tener que ponerla entre la espada y la pared con Rick, sobre todo cuando no estoy del todo segura de si me va a terminar escogiendo a mí, pero a veces me toca tener que hacerlo.

Mi madre suspira y se frota el puente de la nariz. Cada vez se le notan más las sombras que tiene debajo de los ojos.

—Poppy…

—Sé que Rick está preocupado. —Esa frase suena muy extraña dicha por mí—. Pero no soy ninguna drogadicta. Me encierro en mi habitación para dibujar. Voy a la biblioteca del barrio para terminar las solicitudes de la universidad para que así Rick no me moleste.

Mi madre vuelve a suspirar. Creo que he conseguido convencerla.

—No solo es él el que está preocupado.

Alzo una ceja.

—¿A qué te refieres?

Extiende una mano sobre la mesa para colocarla sobre la mía.

—No sé si debería decirte algo, pero… te noto distinta, cielo. No sé qué es exactamente, pero, cuando te miro, sé que estoy en lo cierto. No eres la misma chica del año pasado. Pareces… —Me mira con los mismos ojos marrones que tengo yo— atormentada.

Durante un instante noto cómo me flaquean las fuerzas y me preocupa que su instinto maternal pueda haberlo descubierto: el hecho de que mentí para entrar en Lionswood, los secretos que guardo sobre la muerte de Mickey, mi relación tóxica con Adrian…

Y, entonces, la puerta de la entrada se abre de repente.

—¿Dónde están mis cigarrillos? —Rick aparece en la cocina con la cara roja y el ceño fruncido, y la conversación que estaba teniendo con mi madre se queda colgando en el aire.

—¿Cielo? —le pregunta mi madre.

Rick se detiene cerca de la mesa.

—Mi tabaco. Ha desaparecido. Quiero saber dónde está. —Su mirada pasa de la una a la otra sin duda tratando de descubrir a la culpable: la mujer que no para de repetirle que deje de fumar o la adolescente de la que está más que harto.

La preocupación de mi madre sobre mi problema con las drogas desaparece al instante.

—¿A eso es a lo que te dedicas? ¿A fumar?

Rick suelta un bufido.

—Han desaparecido. Sabes que los guardo en el garaje.

—Yo no tengo ni idea de qué puede haber pasado.

Rick me mira.

—Tú. Niña. ¿Los has cogido tú?

—¿Cómo iba a saber que los guardas ahí? —Pongo los ojos en blanco—. Soy una drogadicta, ¿recuerdas?

Me señala con el dedo.

—No te hagas la listilla con…

—Ya basta —intercede mi madre—. Rick, ya es suficiente. De todas formas, estabas intentando dejar de fumar, ¿no? Pues ahora es un buen momento. No tenemos dinero para comprar más.

Rick hace el amago de abrir la boca para discutir, pero se escucha cómo alguien llama a la puerta con fuerza.

Mi madre frunce el ceño y sale de la cocina.

—Espero que no sea otra vez Debbie para pedirte algo prestado.

Oigo cómo resuenan los pasos de mi madre sobre el parqué falso y me regodeo en la sensación de satisfacción que me proporciona saber que no soy yo la que tiene que dejar de fumar a pesar de que llevo una hora y media tratando de explicarle a mi madre que no me suministro ningún tipo de droga.

Así que, cuando pillo a Rick mirándome, no puedo evitar guiñarle un ojo.

Que te diviertas mucho con esos parches de nicotina.

Veo cómo abre mucho los ojos.

—Tú…

—Cariño.

Mi actitud altanera se desvanece en cuanto me giro y el mundo comienza a dar vueltas a mi alrededor cuando me encuentro a Adrian Ellis siguiendo a mi madre hacia la cocina.

—Poppy —dice mi madre en un tono que me indica que me va a volver a regañar en privado más tarde—. No me habías dicho que iba a venir tu novio de visita.

No deja de darme vueltas la cabeza ni durante cinco minutos.

Adrian Ellis se encuentra sentado en el sofá que compró mi madre en un rastro mientras admira su decoración de segunda mano como si se trataran de piezas de arte y no de un simple cartel en el que pone «En esta casa solo hay sonrisas y amor» en una fuente grande y cursiva.

—Tiene una casa muy bonita, señora Davis.

No sé por qué ese halago en particular se siente como un puñetazo en las costillas. Quizá porque sé que, aparte de su falsa sonrisa, no hay nada bonito en este lugar.

No importa lo limpio que esté, el remolque es demasiado pequeño y siempre da la sensación de que está desordenado. Hay demasiadas manchas de tabaco en las paredes. Es todo un milagro que mi madre y yo no tengamos ningún problema en los pulmones cada vez que logramos respirar aire fresco.

Ahora mismo, lo único bonito que hay en esta casa son los girasoles recién cortados que hay en la mesa de la cocina, los mismos que ha traído Adrian a modo de regalo.

Y por la forma en la que mi madre frunce los labios, creo que ella también parece haberse dado cuenta.

—No es gran cosa.

—Su sofá es muchísimo más cómodo que el sillón de cuero que mi madre quiso comprar en Tayikistán —le dice, apoyándose contra los cojines repletos de polvo—. El soporte lumbar es mucho mejor, por lo que veo.

Su comentario surte el efecto indicado porque mi madre destensa los hombros al instante y su sonrisa se vuelve mucho más genuina.

—Qué encantador eres —le dice—. Y muy guapo, también. No es que esperara otra cosa, ya que mi hija ha salido a mí. —Mi madre se ríe, pero veo cómo su mirada se posa sobre la mandíbula afilada de Adrian y en cómo sus hombros anchos tensan la camisa de lino blanco que lleva puesta.

Aprieto la mandíbula con fuerza y me guardo las ganas de decirle: No le mires. Es mío.

Pero no lo hago, incluso cuando mi madre le comenta lo mucho que le gustan los girasoles.

—Como ya he dicho, espero que me disculpes por el desorden. —Mi madre regaña a Rick para que recoja las latas de cerveza que hay tiradas en una mesita—. No tenía ni idea de que íbamos a recibir visita. —Me echa una mirada acusatoria.

—Por favor, no culpes a Poppy —dice Adrian—.

No tenía ni idea de que iba a venir de visita.

—Me mira a los ojos y, de pronto, es como si todo el oxígeno desapareciera de la sala y se me olvida por qué debería estar enfadada con él—.

Sé que puede parecer inapropiado, señora Davis. Si prefiere que me marche, yo…

—Oh, no, no, no —comenta riéndose—. Para nada. Tan solo estamos un poco sorprendidos, ¿verdad, Rick?

Cinco minutos y medio.

Eso es todo lo que ha tardado Adrian en convencer a mi madre de que ignore el hecho de que un extraño acaba de aparecer en su porche sin previo aviso y le ha pedido si podía entrar.

Rick parece que lo último que quiere hacer en el mundo es tener que estar de acuerdo con mi madre, pero se termina cruzando de brazos sobre su barriga cervecera y murmura un muy poco convincente:

—Sí.

—Muchas gracias por acogerme. —La sonrisa de Adrian brilla tanto como sus mocasines marrones de Hermès.

Mi madre posa la mirada sobre ellos.

—¿Cómo has dicho que te apellidabas?

—Ellis, señora.

—¿Ellis? —Se gira hacia Rick—. ¿De qué me suena ese nombre?

No será… —Abre mucho los ojos, endereza la espalda y abre la boca de golpe—.

¡Por Dios! Pero si he leído las entrevistas de tu madre en todas las revistas.

—Veo cómo se le ilumina el rostro como si acabara de traer a casa un juguete nuevo y brillante—.

No me puedo creer que estés saliendo con mi Poppy.

—Así es, señora.

Mi madre se ríe echando la cabeza hacia atrás y se acerca más a él para darle un apretón en el hombro.

—¡No hace falta que me llames así! Puedes llamarme Mae.

Siento vergüenza ajena y no sé qué es lo peor de todo: que Adrian acabe de conocer a mi madre o que mi madre acabe de conocer a Adrian.

Cuando consigo liberar a Adrian de mi madre y arrastrarlo hacia mi habitación, la sorpresa por su llegada desaparece y se ve sustituida por enfado.

—¿Qué demonios haces aquí?

Para alguien que se acaba de cruzar el país en avión, se ve totalmente fresco y para nada incómodo por la tela desgastada de los asientos de los aviones.

A Adrian no parece importarle el hecho de que estoy a punto de perder la poca paciencia que me queda, así que decido toquetear los rasguños que hay en la madera de mi armario.

—No sabía que de pequeña eras tan mona —me dice—. O que eras fan de Elizabeth Taylor.

—No lo soy. —Se me encienden las mejillas cuando le arranco una foto mía de entre los dedos, una foto en la que tenía siete años y llevaba una peluca oscura más grande que mi cabeza—. Tan solo creía que molaba.

Y que era muy elegante, al igual que yo siempre he querido ser.

Mi madre solía tener muchas de sus antiguas películas en DVD, así que me pasé toda la infancia preguntándome cómo sería vivir una vida rodeada de diamantes en vez de solo historias.

—¿Y qué hay de tu obsesión con el verde? —Señala unos dibujos antiguos que hay por las paredes, todos pintados de varios tonos de verde.

Me encojo de hombros.