Limerencia 34
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El día de la graduación siempre es un día muy ocupado.

El decano Robins demuestra un comportamiento ejemplar, con muchas ganas de impresionar a los padres ausentes (aunque muy importantes) que han decidido coger un vuelo para asistir a la ceremonia y, sobre todo, con muchas ganas de impresionar a los que no lo han hecho.

Este año es incluso más especial y ha sacado la artillería pesada: hordas de fotógrafos profesionales que se agrupan alrededor del patio para obtener los mejores ángulos, entradas para un programa en directo tanto en la cadena de noticias local como en la nacional y discursos conmemorativos de alumnos muy selectos como la princesa de España y un medallista de oro olímpico.

Cruzo el patio unas horas antes de que empiece la ceremonia y de que el horizonte empiece a ponerse de un color rosado.

Para ese entonces ya está repleto de reporteros, fotógrafos, guardias de seguridad y unos cuantos alumnos con unos vestidos impecables que están practicando cómo van a saludar a la cámara cuando se dirijan al escenario.

—Voy a matar a alguien.

Ese chillido en particular le pertenece a Sophie Adams, que está haciéndole señas a todo un grupo de fotógrafos desde el podio.

—¿Qué clase de ángulo es ese? —Le indica a un cámara a su izquierda. Ya está peinada y maquillada, lleva el pelo castaño rojizo en unas ondas perfectas—. ¿Crees que me apetece que todo internet piense que tengo papada? ¿Sabes que mi prima es una duquesa? Deberías tratarme de ese modo.

Es divertido.

En cualquier otro momento, ver a Sophie sería sinónimo de tener un mal día, pero hoy, la nostalgia parece pintarlo todo de un tono más claro, incluso su mal humor.

Todavía recuerdo el optimismo con el que entré por primera vez en esta escuela. No tenía más de catorce y creía haber encontrado el lugar al que pertenecía de verdad.

Cuatro años después, podría decir que este sitio solo ha logrado desinflar ese optimismo tan desenfrenado. Lionswood nunca ha sido el hogar que creía que sería, pero sí me ha dado algo que nadie jamás podría reemplazar.

Una persona.

Otra oleada de arrepentimiento me inunda y aprieto las piernas como si estas pudieran luchar por sí solas contra mi cerebro y comenzar a andar de vuelta a la ceremonia si me despisto durante un segundo.

Este tipo de arrepentimiento no es nuevo para mí. Llevo luchando contra él varias semanas.

Y hoy tampoco voy a ceder ante él.

He llegado demasiado lejos y no importa lo mucho que mi cuerpo me grite lo contrario.

Así que, suelto un suspiro y le echo una última ojeada a las puertas de hierro que me han dado tantas cosas como las ha quitado.

Y las cruzo por última vez.

Me empiezan a llegar los primeros mensajes después de subirme al Uber y casi puedo sentir cómo se me cae el corazón al suelo.

¿Tan pronto?

Pienso si borrar el mensaje de inmediato porque en el fondo sé que mi fuerza de voluntad se está viniendo abajo e incluso un mensaje inocente podría conseguir que lo tire todo por la borda.

Sin embargo, la curiosidad puede conmigo, así que desbloqueo el móvil en cuanto llego a la cola para pasar el control de seguridad.

¿Dónde estás? Me he despertado esta mañana en una cama fría y vacía, y recuerdo que así no fue como me fui a dormir anoche.

Me tiemblan los dedos. Ya debe de haberse despertado, lo que significa que…

—Señorita. —El agente que tengo delante se aclara la garganta—. Necesito que me muestre su carné de identidad y el billete.

En cuanto llego a la puerta de embarque, me vuelve a llegar otro mensaje.

Casi me obligan a hacerle un recorrido de la escuela a la princesa de España. ¿Por qué no estás aquí para rescatarme?

Me río un poco al leer ese último mensaje, pero me deprimo al instante al darme cuenta de que esta va a ser la última vez que me haga reír.

—Dentro de poco vamos a iniciar el embarque para el vuelo 422 a Nueva York. —Escucho la voz de uno de los miembros de la aerolínea por el interfono—. Empezaremos por los miembros VIP de la aerolínea…

Trago saliva y me guardo el móvil.

Ya está.

A estas horas, toda la clase de último año de Lionswood debe estar ya despierta, al igual que el resto de la escuela. Estoy segura de que deben de estar sirviendo un desayuno gourmet en la cafetería cortesía de algún padre.

Me ruge el estómago al recordar los cruasanes de almendras hojaldrados y los sándwiches de jamón y queso cheddar ahumado que sirvieron el año pasado, pero habría sido demasiado arriesgado si me hubiera quedado para probar bocado este año.

Me suena el teléfono cuando la azafata de tierra empieza el embarque para mi grupo, pero yo lo ignoro, me levanto de la silla rasposa del aeropuerto y agarro mi equipaje.

Adrian vuelve a llamarme mientras me escanean el billete y la azafata me mira mal.

—Lo siento —murmuro, pero noto un nudo en el estómago.

Ya debe de haber encontrado la nota.

En las primeras horas del amanecer de un jueves, el vuelo va prácticamente vacío y muchos escogen los asientos más cercanos a la salida del avión para poder irse lo antes posible para hacer escala.

Pero yo no voy a hacer escala en Nueva York.

Adrian vuelve a llamarme mientras me coloco el cinturón de seguridad.

Esta vez, intento tragarme el daño emocional y respondo a la llamada.

No me sorprende que las primeras palabras que le salen por la boca sean:

—¿Dónde demonios estás?

Inhalo con profundidad.

No llores.

No dejes que te afecten sus palabras.

Sé mejor que nadie que si le llego a ofrecer un dedo a Adrian, él intentará llevarse el brazo entero.

—No estoy en la escuela —le digo.

Escucho un bufido ahogado al otro lado de la línea.

—Eso ya lo sé, cariño. Tu habitación está vacía y he encontrado tu nota.

—Por el tono de su voz, me doy cuenta de la poca gracia que le ha hecho ese gesto—.

«Querido Adrian. Te quiero, pero no puedo ofrecerle mi futuro a alguien que no siente lo mismo que yo.

Con amor, Poppy» —ladra y puedo oír cómo arruga el papel.

¿Lo está rompiendo?

—Lo siento. No pretendía que tuviera que terminar de esta forma. —Me trago el nudo del tamaño de una roca que tengo instalado en la garganta—. Pero no me arrepiento de lo que te he dicho.

— En caso de emergencia caerán unas mascarillas de oxígeno por la parte superior. Para que comience a salir el flujo de oxígeno, recojan la mascarilla y tiren de ella hacia ustedes. Coloquen la mascarilla sobre la nariz y la boca y la banda elástica sobre la cabeza…

Adrian se ríe. Sé que ha oído el anuncio alto y claro.

—Entonces, vamos a ver si lo he entendido bien, cariño. Estás en un avión. Te diriges a… —Hace una pausa—. A casa no. No, no vas a ir a Mobile. No tienes pasaporte, así que no vas a salir del país.

—No sabes si tengo pasaporte o no —reitero.

—Sí que lo sé, cariño. —La confianza que desprende su tono acalla cualquier comentario que pueda seguir haciendo sobre el tema—.

Y dudo mucho que hayas escogido una ubicación de forma aleatoria.

Estoy segura de que no vas muy bien de dinero, lo que significa que has tenido que escoger tu destino con cabeza.

Déjame adivinar… —Escucho cómo chasquea la lengua—.

Nueva York. —Otra pausa—. Vas a ir a Pratt.

Noto un escalofrío por toda la espalda, pero intento mantenerme firme.

—No puedes saberlo.

—No lo sabía —me dice y juraría que puedo escuchar cómo sonríe—.

Pero acabas de confirmármelo. —Y, tras eso, añade con un deje más borde—: Entonces ¿qué?

¿Ahora que te han aceptado en Pratt ya no me necesitas?

¿Te apetecía follar por última vez antes de marcharte a otro estado como si no fuéramos más que desconocidos?

¿Debería haberte dado dinero para el taxi antes de que te marcharas?

Me estremezco.

Claro que está enfadado, tiene todo el derecho a estarlo.

—No es así —le digo—. Nunca ha sido así y lo sabes. Yo quería un futuro a tu lado. Iba a darte el mío. Tan solo necesitaba una cosa por tu parte.

Una azafata rubia comienza a caminar por el pasillo para cerrar los compartimentos destinados al equipaje.

—¿Sabes qué, cariño? —Suelta un bufido—. Creo que estás usando eso a modo de excusa. Estoy seguro de que querrás aferrarte a algo cuando la decisión que acabas de tomar te mantenga despierta por la noche.

Me tiemblan los dedos.

—Te equivocas.

—Sabes que no.

—Te quiero, Adrian. —Mi voz suena más clara y fuerte que nunca—. A pesar de que te estoy dejando, estoy totalmente enamorada de ti, y si consigues decirme que sientes lo mismo que yo ahora mismo, me bajaré del avión. Volveré contigo. Abandonaré Pratt. Lo abandonaré todo menos a ti.

Escucho una inhalación profunda al otro lado de la línea y después solo silencio.

—Dos palabras —continúo—. Tan solo dime que me quieres.

—Yo… —Parece quedarse sin fuerzas—. Por favor, vuelve conmigo. —Su voz suena muy bajita y empiezo a notar cómo mi fuerza de voluntad comienza a resquebrajarse—. Solo son palabras, cariño. Ya sabes lo que siento por ti.

—No son solo palabras, Adrian.

La azafata llega hasta mí y le hace un gesto al móvil que tengo en la mano.

—Señorita, estamos a punto de despegar. Hay que poner todos los dispositivos en modo avión.

Asiento en su dirección antes de continuar con la conversación.

—Tengo que irme. Estamos a punto de…

—Esto no ha terminado —me corta y cualquier atisbo de súplica ha desaparecido por completo—. Quiero que lo sepas, cariño. Puede que tú no te tomes tan en serio las promesas como yo, pero cuando te dije que nunca iba a dejarte, lo decía en serio.

Ignoro la amenaza.

—¿Y qué? ¿Vas a venir a Nueva York para arrastrarme a tu lado? Podrás mover todos los hilos que quieras, Adrian, pero dudo mucho que Harvard vaya a aceptar a una alumna que no quiere asistir a su universidad.

—Claro que no —me dice en voz baja—. Eso sería demasiado fácil y, a pesar de lo que puedas pensar, me preocupo por ti, cariño. Si deseas ir a Pratt, que así sea. No quiero que te preocupes por que vaya a aparecer un día y a arruinarte el futuro.

Siento justo lo contrario a lo que me está asegurando.

—Bien… Entonces me alegro de que estemos de acuerdo en esto.

—Estamos de acuerdo ahora mismo —me corrige y me quedo totalmente quieta—. Pero no te equivoques, pienso recuperar lo que es mío.

No distingo si el escalofrío es de preocupación o de anticipación.

—No soy tuya. Ya no.

—Sí lo eres —ronronea—. Estamos hechos el uno para el otro, cariño, y este juego que acabas de iniciar…

—No es ningún juego.

—Sí lo es. —Su risa me reverbera por todo el cuerpo como si estuviera a diez centímetros de mí y no a más de diez kilómetros—. Ya te lo he dicho. No hay vuelta atrás. Esto es para siempre. —Hace una pausa—. ¿Quién sabe? Quizá en un año, en cinco o en diez…

Se me corta la respiración, pero estoy dispuesta a aceptar el reto.

—¿Quién dice que vas a poder encontrarme dentro de un año? ¿O en cinco? ¿O en diez? Podría haber desaparecido completamente para entonces.

—Adelante —me dice—. Vete lo más lejos que puedas.

Vete a Nueva York, a California, a Europa, a África o a los confines de la tierra si eso es lo que quieres.

—Habla tan bajo que tengo que apretarme el móvil al oído para escucharle—.

Porque cuando te encuentre, cariño, y reitero el «cuando» y no el «si» te encuentro, pienso recuperar lo que es mío.

Y no estoy muy seguro de que te vaya a gustar lo que pasará cuando eso ocurra.

—Ya veremos —suspiro y trato de reunir todo el coraje que puedo—. Adiós, Adrian.

Mi último acto de rebelión es colgarle antes de que pueda responderme y bloquear su número inmediatamente.

Escucho la voz del piloto por los altavoces.

—De acuerdo. Alzaremos el vuelo en cinco minutos. El vuelo a Nueva York va a ser muy corto. Por favor, recuerden que…

Sigo temblando cuando despega el avión, pero puedo ver cómo se extiende ante mí un futuro brillante y me doy cuenta de que la promesa de Adrian no me provoca miedo o preocupación.

Tan solo emoción.