25 #2
¿Qué se supone que tendría que hacer si un día se despierta y decide que no quiere tener nada que ver conmigo nunca más?
O termino muerta y enterrada bajo todos los secretos que me han traído hasta aquí o me tocará volver a empezar de nuevo.
Una chica invisible con nada más interesante que hacer aparte de enterarse de los cotilleos de refilón y hacer los deberes.
De algún modo u otro, la primera opción es menos deprimente que la segunda.
Joder, ¿qué me pasa? Estoy pensando igual que…
Igual que mi madre, lo cual me aterra lo suficiente como para que deje de pensar al instante en ese tema. No necesito a Adrian. No necesito sus regalos, su atención o convertirme en su reciente obsesión.
Como si me hubiera leído los pensamientos, me suena el móvil, aunque siento la decepción cuando me doy cuenta de que la notificación es de mi madre.
Esta mañana he hablado con Rick y me ha dicho que está preocupado de que te estés drogando o algo, debido a cómo te estás comportando últimamente. Si eso es cierto… que sepas que estoy muy decepcionada y que vamos a tener una conversación esta noche.
Genial.
Ni siquiera llevo en casa una semana y Rick ya está buscando alguna excusa para que me echen de aquí cuanto antes. Supongo que mi momento de pánico de hace unos días en el garaje le habrá servido de ayuda para intentar conseguirlo.
Llevará comiéndole el coco a mi madre todos estos días sobre que tengo algún tipo de paranoia por culpa de las drogas por mis cambios bruscos de humor y lo habrá enmascarado con la preocupación parental que ella tanto quiere despertar en él.
Y ahora a mí me va a tocar pasarme buena parte de la noche intentando convencerla para que se dé cuenta de que no soy yo la que tiene un problema con las drogas en esta casa.
Tan solo porque tenga que portarme bien durante tres semanas no significa que vaya a dejarle pasar absolutamente todo.
Siento la furia en las venas mientras considero qué opciones tengo para tomar represalias. Podría tirarle todas las latas de cerveza a la basura, pero conozco a Rick y sé que terminará consiguiendo más de algún amigo suyo o sacrificando el dinero de mi madre para comprar más si hace falta.
O sus cigarrillos.
Rick fuma bastante y sé que ha discutido mucho con mi madre por ese mismo tema. Si le desapareciera el botín que tiene en el garaje, dudo que ella quisiera financiarle uno nuevo.
Antes de poder pensarlo mejor, ya estoy en pie y dirigiéndome al garaje. Rick no está allí. He oído el motor de su camioneta arcaica hace más de una hora.
Los cigarrillos se encuentran en el lugar en el que espero encontrarlos: en el segundo cajón de la caja de herramientas, justo detrás de las llaves inglesas. Tres paquetes sin empezar.
Si vas a ir por ahí diciendo que me drogo, entonces pienso hacer uso de tu arsenal.
Agarro los cigarrillos, impulsada por el rencor, y me debato dónde y cómo puedo deshacerme de ellos hasta que una voz me detiene por completo.
—¿Acabas de descubrir su escondrijo de cigarrillos?
Mierda.
Tan solo la he escuchado unas cuantas veces en mi vida, pero reconocería el tono de voz de Ian Creasey en cualquier parte. Incluso con dieciocho años parece que todavía está cambiando la voz.
Siento un nudo en el estómago.
Qué mala suerte tengo siempre.
Rick ni siquiera está, entonces, ¿qué demonios hace él aquí?
Aun así, consigo esbozar una sonrisa temblorosa mientras me giro hacia él.
—Ian, hola. ¿Qué haces aquí?
Ian alza las cejas y se apoya contra el marco de la puerta, bañado por las sombras del cobertizo tan lúgubre.
—He salido pronto del trabajo y he pensado que podía pasarme hoy para ver si a Rick le apetece trabajar un poco más en la moto. —Su mirada se posa sobre la moto sucia que hay entre nosotros y después de nuevo en mí—. No te he visto mucho por aquí.
Siento muchísimo alivio al ver que no me reconoce en absoluto, pero también siento todos los músculos del cuerpo tensos.
—Soy la hija de Mae —le digo antes de guardarme los cigarrillos—. Y sobre esto… No le digas nada a Rick, ¿vale?
—No tienes de qué preocuparte. Sé de qué palo va Rick. —Para mi sorpresa, Ian sonríe y veo que tiene un hueco entre los dos incisivos centrales—. Supongo que, sea lo que sea que estés haciendo, se lo merece.
—Gracias. —Le ofrezco una sonrisa con la intención de pasar por su lado y marcharme.
—Poppy.
Al oír mi nombre de sus labios de pronto me siento tan pesada como una piedra y hago una pausa.
—Poppy Davis. —Chasquea los dedos—. Ahora me acuerdo. Fuimos al cole juntos, ¿no?
Me late el corazón a toda pastilla.
Mierda.
—Ah, sí… —Me rasco la nuca—. Creo que sí.
—Ha sido tu pelo —señala—. Sabía que te conocía de algo. Tienes el mismo pelo que tenías de pequeña. Es casi tan blanco como el de un fantasma.
Me encantaría ser un fantasma ahora mismo.
—Te veía desde el otro lado de la cafetería —añade—. Destacas entre la multitud.
—Eso me han dicho.
Para mi desgracia, Ian da unos cuantos pasos en mi dirección y se le iluminan los ojos con interés.
—No vas al instituto de Mobile, ¿no?
Sacudo la cabeza.
—No.
—¿A cuál vas?
Lo peor de todo es que parece tener curiosidad de verdad, lo cual es mucho peor. Ian no tiene ni idea de lo que he hecho, lo que le he robado, pero cuanto más tiempo pase con él respondiendo a sus preguntas, más pronto se dará cuenta.
O quizá simplemente le pregunte a Rick y a saber qué es lo que este le contará de mí.
Al menos ahora puedo ver la reacción de Ian en persona.
Trago saliva.
—Voy a Lionswood.
Se le cae la mandíbula al suelo.
—¿A Lionswood? ¿En Connecticut?
—Sí. —Miro hacia la puerta—. Creo que debería…
—¿Vas a… Lionswood? ¿El mismísimo Lionswood?
—Sí.