Limerencia 25
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La casa ya no me parece segura, no con la posibilidad de que Ian Creasey merodee a sus anchas por aquí, por eso no salgo en ningún momento de mi habitación hasta que escucho la puerta de la entrada crujir y el sonido de unas zapatillas desgastadas caminar por el suelo de la cocina.

Mamá.

— Poppy. —Me acoge entre sus brazos e incluso ocho horas de aceite de freír y grasa de beicon pueden cubrir por completo el aroma del perfume de vainilla que siempre se echa porque sabe que a Rick le encanta—. Has llegado.

—Sana y salva.

Se aparta y me quita el pelo que me cubre el rostro mientras suelta una risita.

—¡Vaya! Te están saliendo arrugas.

—¿Arrugas?

Me da un golpecito en la frente.

—Si sigues frunciendo el ceño así, tan solo lo empeorarás.

—Tengo dieciocho años, mamá. No creo que tenga ni una sola arruga —reitero, pero me entran ganas de ir al baño para comprobar si es cierto o no.

Acaba de llegar y ya ha encontrado algo con lo que criticarme.

Mi madre se encoge de hombros a modo de respuesta y curva los labios en una sonrisa divertida, la que suele esbozar cuando sabe que ha conseguido ponerme de los nervios.

—No es culpa mía, cielo. La culpa es de tu padre. Has sacado su tipo de piel.

Me doy cuenta de que la conversación se está dirigiendo a un terreno muy peligroso, así que cambio de tema al instante.

—Mamá, pareces cansada —le digo—. ¿Estás durmiendo bien últimamente? —No pretendo preguntárselo a modo de ataque, pero sus ojos marrones están apagados y tiene la piel de un tono amarillento, aunque el mayor indicador de todos son las raíces oscuras que ya le han crecido bastante en el pelo.

Dado que todo el mundo siempre me ha elogiado por el tono tan bonito que tiene mi pelo, mi madre lleva tiñéndoselo desde que tengo uso de razón. Lo ha sacado de mí, le decía a todo el mundo. Somos como gemelas.

Lo haya sacado de ella realmente o no, nunca se ha amedrentado a la hora de llevarse el mérito por mis mejores cualidades físicas, mientras que las peores siempre las achacaba a los genes de mi padre.

—Últimamente he estado trabajando horas extras en el restaurante. Una de las camareras se marchó hace unos meses, así que nos falta personal —suspira—. Y cada vez me dejan menos propina. Nadie parece querer dar su brazo a torcer cuando le hacen esperar más de treinta minutos.

—Lo siento mucho, mamá. Quizá pueda ayudarte un poco estas…

—No, no, no. —Hace un gesto para restarle importancia—.

Ya me las apañaré. Además, después de las vacaciones tienes que regresar a esa escuela tan grande y pija, ¿no?

Tú preocúpate de los masajes gratis y de hacerte la manicura y la pedicura, cielo.

Yo me ocupo del resto. —Me estremezco cuando se da la vuelta.

Siempre tiene que tener la última palabra.

Mi madre se quita el delantal decorativo en el que pone «¡Las mejores hamburguesas de Mobile!» en una de las sillas de la cocina justo cuando aparece Rick.

—¡Cielo! —Mi madre parece alegrarse de verle y se acerca a él para darle un beso en la mejilla—. ¿Qué tal te ha ido el día? La casa está bastante limpia. Muchas gracias por haberte encargado tú esta vez.

Rick gruñe a modo de acuerdo y, después de todo lo que ha pasado hoy, me parece sorprendente cómo de fácil ignoro el fastidio que siento cuando casi siempre se lleva todo el mérito por algo que he hecho yo.

—¿Qué hay para cenar? —pregunta Rick.

—A ver… —Mi madre se gira hacia mí—. ¿A ti qué te apetece, cielo? Es tu primera noche en casa, así que eliges tú.

Me encojo de hombros.

—Cualquier cosa me va bien. ¿Qué tal queso fundido? Hace meses que no como pan que no sea sin gluten.

Su sonrisa se ensancha.

—Estás de suerte. Todavía nos queda suficiente queso en la nevera.

Ya lo sabía de antemano. Le he echado un vistazo a los armarios mientras fregaba los platos y me he dado cuenta de la poca comida que hay en casa.

Mi madre le echa una mirada a Rick.

—¿Te parece bien, cielo?

—Sabes que no me gusta meterme esa mierda al cuerpo —dice de mala gana, como si su barriga cervecera no estuviera igual de hinchada que una pelota de baloncesto—. Esta mañana dijiste que ibas a hacer hamburguesas de pollo.

Mi madre frunce el ceño.

—No nos queda pollo, ni tampoco pan de hamburguesa…

Rick se abre otra lata de cerveza.

—Aunque supongo que podría ir al supermercado —continúa—. A ver si tienen algo en oferta. —Vuelve a mirarme a mí—. ¿Te importa que cenemos hamburguesas en vez de queso fundido, Poppy?

Sé que un cambio tan nimio no debería de ponerme triste.

Es una tontería a la que puedo ceder sin ningún problema. Aunque el verdadero problema aquí es que siempre es a mí a la que le toca ceder con todo.

Y no solo con Rick. Aunque me encantaría llegar a creer que está expulsando unas feromonas impregnadas en nicotina para mantener a mi madre enamorada, ella siempre ha hecho lo mismo con todos los chicos con los que ha salido.

Con Ed. Con Steven. Con James. El primer puesto en la vida de mi madre nunca ha sido para mí.

Pero decido tragarme mi rabia y plasmar una sonrisa porque todavía me quedan tres semanas en esta casa y, por mucho que me encantaría que lo fuera, ser el segundo plato no es mi mayor problema ahora mismo.

—No me importa. De hecho, ¿por qué no voy al supermercado yo? Acabas de llegar de trabajar y estás muy cansada. No hace falta que seas tú la que vaya a comprar la cena de nadie.

Incluso Rick pilla la pullita, pero no consigo discernir lo que murmura mientras sale del salón.

—Muchas gracias, cielo.

Asiento y cojo las llaves del coche, pero ella me estira de la manga antes de que me marche.

—¿Poppy?

—¿Sí?

Se acerca hacia mí y veo cómo frunce los labios.

—Sé que no siempre os lleváis muy bien, pero acabas de llegar, así que, por favor, no quiero que te lleves mal con tu padrastro.

Como si Rick pudiera llegar a tener algún tipo de instinto paternal alguna vez.

Necesito hacer mucho esfuerzo para no poner cara de asco ante ese término.

No es tu mayor problema ahora mismo, ¿recuerdas?

Así que, en lugar de tratar de convencer a mi madre para que entienda mi punto de vista, intento cambiar de tema a alguno más útil.

—¿Sabes por qué Ian Creasey está ayudando a Rick con… —me niego a llamar moto a ese cacharro de metal que hay en el garaje— sus cosas?

Ella parpadea ante el cambio de tema tan repentino.

—Ah, Ian, ¡claro! Rick lleva meses intentando arreglar su vieja moto. Te lo conté, ¿te acuerdas? Por teléfono.

Me quedo observándola con una expresión neutra. Si hubiera mencionado el nombre de Ian en algún momento, lo recordaría.

Ella vuelve a suspirar.

—Nunca me escuchas, Poppy. Es amigo de John Creasey, que le recomendó a Ian. Es un chaval muy inteligente. Al parecer se dedica a restaurar vehículos antiguos para ganarse algo de dinero extra.

—Ya veo.

—Deberías echarle un vistazo, Poppy —continúa—. Te juro que han progresado mucho. Rick siempre me dice que es todo gracias a Ian, pero creo que es demasiado modesto para…

Desconecto en el momento en el que empieza a elogiar a Rick. Soy consciente de que le elogia más a él de lo que nunca ha hecho conmigo, así que la corto en cuanto puedo.

—Sobre Ian, ¿suele venir mucho por aquí? ¿Al garaje?

Rick me dijo antes que venía un par de veces por semana, pero mi madre seguramente me pueda ofrecer un dato mucho más concreto.

—Los lunes, los miércoles y los viernes —me responde—. Según Rick, desde que está de vacaciones, tiene mucho más tiempo para ayudarle.

Asiento.

Tres días a la semana. No es para tanto.

Estoy segura de que puedo evitar ir al remolque tres veces a la semana.

—¿Por qué te interesa tanto Ian de repente? —me pregunta y veo cómo se le enciende la mirada—. ¿Acaso te gusta o algo?

Sacudo la cabeza con vehemencia.

Lo último que necesito es que mi madre intente hacer de cupido con el maldito Ian Creasey.

—No. Tan solo no me esperaba encontrar a un adolescente dando vueltas por el garaje. —Giro las llaves del coche entre los dedos y me dirijo a la puerta con intención de irme lo antes posible.

Mi madre suelta un bufido, sin creerse del todo mi explicación.

—¿Acaso no fuisteis los dos al colegio?

Me quedo helada a unos metros de la puerta.

—No a Lionswood, claro —continúa—. Cuando erais más pequeños.

Lo último que quiero es confirmarle que conozco a Ian Creasey, pero el condado de Mobile es bastante pequeño, así que no quiero sonar sospechosa si se lo niego.

—Sí. —Me rasco la nuca—. Íbamos juntos al cole. Aunque no éramos amigos ni nada por el estilo. Ni siquiera íbamos a la misma clase.

Lo cual es cierto. Mientras el resto nos rompíamos los sesos para tratar de descifrar los ejercicios de álgebra más básicos, a Ian lo llevaban al instituto más cercano para que diera clases de geometría avanzada.

Lo sé porque, a pesar de que nunca he hablado con Ian Creasey en mi vida, sé exactamente lo inteligente que es.

Me paso la mayor parte del jueves intentando dibujar en mi habitación, pero me doy cuenta de que me llama más la atención la pantalla del móvil que la página en blanco de mi cuaderno.

Han pasado ya casi cuatro días y Adrian no se ha puesto en contacto conmigo. Ni una sola llamada, ni un mensaje, ni siquiera una señal de humo en el cielo para decirme que no se ha estrellado en un accidente de avión.

No es que me moleste. Para nada.

Después de todo, era yo la que quería espacio. Para pensar. Para digerir los últimos tres meses de mi vida sin que ande merodeando a mi alrededor, comprándome vestidos y mochilas bonitas y soltándome promesas al oído.

Es bastante extraño.

En Lionswood me prometió que se iba a infiltrar en todos los aspectos de mi vida, pero parece que dicha promesa se ha desvanecido en el momento en el que hemos salido del campus.

Quizá haya cambiado de opinión.

Es un pensamiento fugaz, pero…

No del todo ridículo.

Después de todo, Adrian tardó muy poco tiempo en decidir que su interés había pasado de ser amistoso a romántico. ¿Por qué no iba a poder decidir que no merezco la pena con algo de tiempo y espacio?

Se me contrae el pecho y casi me duele.