24 #2
Estoy de pie en el camino de grava que da a la humilde morada de Rick y mi madre. Llevo el regalo de despedida de Adrian sobre la espalda: una nueva mochila de cuero.
No es para tanto, necesitabas una nueva de todas formas , me dijo, pero el subtexto estaba bien claro: necesito una mochila que no me haya regalado Freddy.
Un gesto posesivo e irracional, pero fue difícil discutir contra cinco mil dólares de piel de becerro.
Espero que sobreviva a la humedad de Alabama.
Mobile sigue igual que la recordaba: una iglesia bautista con campanario en cada esquina y suficientes palmeras para recordarte en todo momento que estás en una ciudad costera.
Y humedad.
Estamos en noviembre y llevo pantalones cortos y medio bote de espray de insectos encima mientras subo por el camino que da a la entrada.
Veo la camioneta vintage de Rick ( vintage según él, no yo) al lado del remolque, pero el Saturn Ion de mi madre no está por ninguna parte, así que supongo que estará trabajando.
Genial. Justo la bienvenida que necesitaba: unas cuantas horas de cháchara interminable con Rick sin que mi madre pueda actuar de intermediaria.
Veo unas peonias recién plantadas en los parterres y una corona navideña colocada en la mosquitera de la entrada, pero también me doy cuenta de que la palmera de siempre sigue meciéndose contra la ventana de mi habitación.
Siempre que hay tormenta hace muchísimo ruido contra el revestimiento de aluminio del remolque, lo que hace que no pueda conciliar el sueño.
Parece que el garaje improvisado de Rick ha sobrevivido otro año más, aunque parezca por arte de magia.
Creo que «garaje» no se trata de la palabra más adecuada.
El cobertizo que hay instalado justo al lado de nuestra casa móvil no tiene suficiente espacio para albergar un coche, y mucho menos dos.
Por lo que tengo entendido, lo único que contiene esa estructura de madera destartalada son viejas herramientas.
Suelto un suspiro, subo las escaleras del porche y llamo a la puerta. El ruido del partido que está viendo Rick se filtra por la puerta y, cuando empiezo a preocuparme de que no me haya escuchado porque puedo oír al comentarista del partido hablar demasiado en alto, de pronto aparece ante mí.
—Has llegado —gruñe y abre la mosquitera—. Tu madre se pondrá contenta.
El aroma a tabaco me inunda las fosas nasales cuando me introduzco en el espacio reducido que supone nuestra casa.
—Mi madre me había dicho que habías dejado de fumar.
Él se encoge de hombros y se rasca la barba incipiente e irregular de varios días. Rick se parece mucho a Tony Soprano, un Tony Soprano más desaliñado, gordo y desempleado.
—Me compró unos cuantos parches de nicotina, pero no sirven para nada.
Asiento.
—Al menos los parterres están bonitos.
Rick suelta otro gruñido antes de retirarse al salón; parece que ya ha alcanzado el límite de batería social por hoy, así que yo me dirijo a mi cuarto.
Se supone que el remolque es de dos habitaciones, aunque la segunda podría ser perfectamente una caja de zapatos.
Aun así, he hecho lo que he podido con ese pequeño espacio.
Las paredes están repletas de dibujos y fotos antiguas de mi madre y de mí.
He cubierto mi colchón con unas sábanas coloridas para evitar pensar que está empezando a romperse por el paso de los años.
Dejo la mochila y la maleta sobre la mesa reacondicionada que conseguí apretar en una esquina y me lanzo sobre la cama, cuyos resortes chirrían bajo mi peso.
Tres semanas.
Volver a casa siempre me produce sentimientos encontrados, es como intentar meterte en un abrigo dos tallas más pequeñas que la tuya. Solía pensar que en cuanto entrara a Lionswood e hiciera nuevos amigos conseguiría romper mis raíces con Alabama por completo y hacer crecer unas nuevas.
Pero ahora lo único que tengo son dos lugares en los que no encajo.
—¡Poppy! —Escucho la voz de Rick—. ¡Tráeme una cerveza!
No pronuncio ni una sola palabra de la adicción de Rick a la bebida mientras le agarro una cerveza barata de la nevera.
—Toma. —Está apalancado sobre el horrible sofá marrón que consiguió mamá en un rastro hace unos años, aunque el color amarillento es nuevo, un efecto secundario de los cigarrillos que se fuma Rick sobre él y que también han descolorido las paredes blancas a un tono de cáscara de huevo.
—Gracias —murmura Rick con la mirada pegada al partido de béisbol que está viendo en la pequeña pantalla—. Hay unos cuantos platos en el fregadero. Estoy seguro de que a tu madre le encantaría encontrarse la casa limpia. —Abre la lata y le da un largo trago.
Me cruzo de brazos sobre el pecho, siento la frustración bullirme como casi siempre que pongo un pie en esta casa.
No le respondas.
Acabas de llegar.
No le…
—No los he ensuciado yo.
—Tampoco es tu casa. —Comienzan los anuncios y Rick me apunta con un dedo carnoso—.
Deberías sentirte afortunada, niña. Si hubieras nacido en mi familia, mis padres te habrían obligado a pagar el alquiler o te habrían echado a la calle en cuanto cumpliste los dieciocho.
Tu madre es demasiado blanda contigo. —Le cuesta levantarse del sofá—. Me voy al garaje.
Tengo que morderme la lengua para evitar contestarle, pero, en cuanto Rick sale por la puerta, termino soltándolo en voz baja: tú tampoco pagas alquiler, gilipollas.
Sin embargo, termino centrando mi frustración hacia Rick con la pila de platos que hay en el fregadero porque sí que tiene razón en algo: a mi madre le encantaría llegar y encontrarse la casa limpia.
Cuando termino de fregar los platos, me pongo a pasar la aspiradora.
Y, después, paso la mopa.
Cuando me pongo con la colada, escucho otra orden de Rick a través de la música que me resuena en los oídos.
—¡Poppy! —grita Rick desde el garaje—. ¡Necesito dos cervezas más!
Suspiro, le pego un portazo a la puerta de la nevera y me dirijo al cobertizo.
—Ni siquiera es la hora de comer.
Rick me sonríe cernido sobre una vieja moto sucia y repleta de roña en ese espacio tan pequeño y repleto de trastos.
—No me digas lo que tengo que hacer. —Extiende la mano hacia mí—. Dámelas.
Le entrego ambas latas y él se gira hacia la salida trasera del cobertizo.
—¡Ian! ¡Ven a tomarte una conmigo!
Unos segundos después, un chico con el pelo rubio, sucio y despeinado aparece por la entrada y siento cómo se me cae el alma a los pies.
¿Qué demonios?
Ian Creasey ha crecido unos cuantos centímetros desde la última vez que lo vi, pero sigue tenido las mismas mejillas rechonchas que ahora están manchadas de grasa.
Doy un paso atrás por instinto, pero Ian ni siquiera me mira mientras le arrebata la lata a Rick y desaparece por la puerta trasera. Escucho el motor de otra moto igual de sucia justo después.
Joder.
Joder.
Joder.
—¿A ti qué te pasa? —me gruñe Rick tras darle un trago particularmente largo a su cerveza.
Trago saliva y termino encontrando la voz suficiente para preguntarle:
—¿Qué hace Ian Creasey en nuestro garaje?
—Mi garaje —recalca—. Me está ayudando con la moto. —Hace un gesto hacia la moto repleta de suciedad que se encuentra en el centro del garaje antes de girarse y reorganizar las herramientas en la mesa.
Me quedo mirando a la camiseta sin mangas manchada de sudor de Rick.
—¿Desde hace cuánto?
—Unos cuantos meses.
—¿Cuántas veces suele venir?
—Un par de veces a la semana.
—¿Y por qué él?
Cuando le hago esa pregunta, Rick hace una pausa para mirarme y entorna la mirada con sospecha.
—¿Por qué me estás haciendo tantas preguntas?
Inhalo con dificultad. No suelo necesitar nunca nada de Rick, lo cual es mucho más frustrante.
—¿Te ha preguntado sobre mí? ¿Habéis hablado algo sobre mí? Dime.
Rick parece notar el pánico que se cuela por mi voz porque veo cómo alza una ceja acusatoria.
—¿Por qué demonios íbamos a hablar sobre ti, niña?
Me quedo mirando a Rick durante unos segundos muy largos e intento descubrir algún tipo de treta por su parte o si me está mintiendo, pero tan solo parece fastidiado por mi marabunta de preguntas.
Sacudo la cabeza.
—No importa. Ya se lo preguntaré a mi madre.
Antes de que Rick pueda empezar a hacerme preguntas, me meto en casa y me encierro en mi habitación.
Joder.
Jo. Der.
Tardo al menos dos minutos en tratar de calmarme e, incluso en ese momento, sé que estoy bien jodida.
Porque jamás pensé que el primero en darme la bienvenida a casa durante las vacaciones sería el mismo chico al que le he arruinado la vida.