Limerencia 24
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La pelea inducida por el alcohol de Adrian y Freddy está en boca de todos durante al menos tres días antes de que empiecen los exámenes y los cotilleos cesen.

Si hay una época en la que se me recuerda que no pertenezco a Lionswood es durante el periodo de dos semanas de exámenes que precede a las vacaciones.

El año pasado conseguí superarlo con varios aprobados y unos pocos notables, pero solo lo conseguí después de pasarme varias noches en vela en la biblioteca.

Este año, el año previo a la universidad, sé que estoy bien jodida.

—No entiendo por qué estás tan preocupada —dice Adrian, tumbado sobre mi cama con tan solo los pantalones del uniforme y la camisa blanca a medio abotonar.

—Porque estas notas lo determinan todo —le contesto desde la silla de mi escritorio, con los codos apoyados a ambos lados de las guías de estudio y mordisqueando los bocadillos gourmet que me ha traído.

No sé cómo ha descubierto que hoy no he comido nada, pero este bocadillo de pavo y pesto es muchísimo más sabroso que la barrita de proteínas de la cafetería que pretendía zamparme.

Los apuntes de Adrian son, por supuesto, mucho más meticulosos que los míos.

—Y en Pratt son muy selectivos. Necesito un portfolio espectacular y unas notas que no apesten. Tengo un aprobado en Inglés, lo que significa que tengo que bordar este examen si quiero mantener una buena media.

Tan solo hablar de ello me eleva los niveles de cortisol por las nubes.

Tan solo son dos semanas. Puedo con ello.

—¿Cómo has podido sacar tan solo un aprobado en Literatura? —me pregunta. Se ve ridículamente enorme en la cama doble—. Hice esa clase en segundo año. Tan solo es análisis literario. Si te ciñes a relacionarlo todo con la muerte y el rol de esta en el ciclo de la vida, sacarás un sobresaliente.

Pongo los ojos en blanco.

—No todos somos genios como tú.

Veo una sonrisa burlona en sus labios.

—Si tenemos en cuenta las notas que sacaste para entrar en Lionswood, tú también eres…

La alegría desaparece.

—No vamos a hablar de eso.

—¿Por qué? —Me cierra el libro y se coloca a mi altura para prestarme toda su atención—. Nunca me has contado cómo conseguiste mentir para entrar aquí. Tengo mucha curiosidad al respecto.

—No importa cómo lo hice.

—No estoy de acuerdo.

—Pues yo tampoco.

—Quiero saberlo —me dice sentándose por completo—.

He estado dándole vueltas. Yo nunca he tenido que hacer ninguno de esos exámenes, pero he oído que están muy controlados.

Supervisores, cámaras… Me pregunto si sobornaste a alguien para que te subiera la nota, aunque supongo que eso supondría más dinero del que serías capaz de reunir por aquel entonces.

—Le brillan los ojos. Parece que está disfrutando de esto—.

Así que ¿cómo lo hiciste? ¿Te hiciste una chuleta en la etiqueta de la botella de agua?

¿Conseguiste usar el móvil en el examen?

¿Contrataste a alguien para que hiciera el examen en tu lugar?

Jugueteo con los cantos de la guía de estudio.

—No. No fue nada de eso. Como ya te he dicho, no importa cómo lo hice.

A pesar de que Adrian ya sabe mi secreto desde hace unas semanas, ahora no estoy mucho más cómoda hablando sobre ello que la noche en la que usé mi secreto a modo de intercambio para que me perdonara la vida.

La cama cruje cuando se levanta del colchón, se dirige hacia la silla y se agacha hasta que sus rizos me hacen cosquillas en la cara.

—¿No podrías satisfacer mi curiosidad? —me murmura al oído—. Has conseguido engañar a la escuela más prestigiosa del mundo. Tienes derecho a presumir de ello, cariño.

Me remuevo en el asiento y, cuando nuestras miradas se cruzan, me distraigo momentáneamente por las largas pestañas que enmarcan esos ojos oscuros.

Él mismo ha admitido que es un monstruo, pero, en algunos momentos, incluso yo puedo llegar a confundirle por un inocente.

Aparto ese pensamiento de la mente.

—No pienso decírtelo. Es mejor que no lo sepas

Porque entonces podrías darte cuenta de que estoy tan mal de la cabeza como tú, quiero añadir, pero no lo hago. No es un momento de mi vida que quiera recordar ahora. Ni nunca.

Él suspira.

—De acuerdo. —Me deja un beso casto en el cuello y se pone en pie—. Tenemos que hablar sobre qué vamos a hacer durante las vacaciones.

—Yo me iré a Mobile con mi madre —le respondo—. Ya he comprado el billete.

No suelo querer pasar las vacaciones en casa, pero este año es toda una excepción. Necesito unas vacaciones. De absolutamente todo, pero sobre todo de mi nueva relación con el chico que se está estirando ahora mismo en mi habitación.

El baile fue… intenso.

Y a pesar de que Adrian no ha vuelto a intentar asesinarme desde entonces, sé que necesito algo de espacio.

Necesito aclararme las ideas y necesito hacerlo en algún lugar en el que no esté Adrian, un lugar que no esté impregnado por su presencia.

El chico en cuestión canturrea.

—Me has hablado sobre tu padre, pero nunca me has contado gran cosa sobre tu madre.

Hago una pausa. Mi madre. Uno de los temas de conversación que menos me gustan del mundo.

—Es… —Me rasco la nuca—. Nació y creció en Mobile. Sigue viviendo allí con su novio. Llevan juntos cinco años o algo así. Eso es todo.

Mejor dejaré el tema de la cantidad de problemas que tengo con ella para otra ocasión.

—Entiendo —dice, pensativo, antes de empujarme de la silla y colocarse al borde de la cama para que me quede de pie entre sus piernas mientras él me sostiene por las caderas.

En esta posición estamos a la misma altura, así no tengo que echar el cuello hacia atrás—.

La verdad es que jamás pensé que viajaría motu proprio a Alabama de entre todos los lugares que hay en el mundo.

—Veo cómo arruga la nariz con disgusto—.

Pero supongo que siempre hay una primera vez para todo.

Le miro, anonadada.

—¿Qué?

Él se encoge de hombros.

—Debería conocer a tu familia, ¿no? Creo que es una buena oportunidad para hacerlo. Así tendré una buena excusa para evitar visitar a la mía durante las vacaciones.

Noto cómo me late el corazón. Espero a que me diga que está de broma, pero su mirada expectante solo acrecienta el nudo que se me ha formado en el estómago. No me esperaba para nada esto.

—Me estás diciendo que quieres venir a Mobile. Conmigo. Y conocer a mi madre. —Repetirlo no ayuda a aliviar el nudo que siento en el estómago.

—¿Acaso eso no es lo que se hace en las relaciones?

—Sí, pero… —Trago saliva. Se me ocurren millones de razones por las que querría poner muchísima distancia entre Adrian y Mobile, pero ninguna que pueda ofrecerle sin que suene a excusa—.

Creo que no hace falta ir tan rápido. Además, no podremos evitar al novio de mi madre, Rick, durante las vacaciones.

Estoy segura de que te pillará por banda para contarte sus teorías conspirativas sobre el gobierno.

No quiero que tengas que pasar por eso. —Intento esbozar una sonrisa para tratar de que se lo crea.

Él entorna la mirada, pero su tono es más bien duro cuando me pregunta:

—¿Te avergüenzas de mí, cariño?

Abro mucho los ojos.

—¿Qué? No. Claro que no. Jamás podría avergonzarme de ti. Tan solo intento salvarte de unas vacaciones muy aburridas e incómodas.

Vuelve a soltar un bufido y no estoy del todo segura de si me está creyendo o no, pero me niego a darle más motivos para que sospeche de mí.

—¿Qué hay de tus padres? —le pregunto de repente.

Noto cómo se tensa al instante.

—Mis padres son muy complicados, como bien sabes ya.

—Si lo que sientes es vergüenza…

—No me avergüenzo de ti —me dice y no noto ni un solo atisbo de vacilación en su voz—. Pero hay mucha logística implicada en el hecho de que conozcas a mis padres.

Tan solo le he hecho esa pregunta para desviar el tema, pero sí tengo cierta curiosidad en conocer a la familia de Adrian, más de la que debería.

No sé qué versión de Mary y Edward Ellis debería darme más miedo: la versión intocable y glamurosa que aparece en las portadas de todas las revistas o la versión monstruosa y abusiva que aparece retratada en el diario de Adrian.

Me da miedo que ambas versiones sean capaces de comerme viva.

—Ahora ya no pueden controlarme como solían hacer…

—Su expresión se endurece—. Mis padres intentan aferrarse a cualquier tipo de poder que puedan tener sobre mí.

Dentro de diez años tendré total acceso a la herencia de la familia y entonces dejarán de serme útiles.

De todos los modos. Así que conocer a la chica con la que estoy saliendo…

—Su agarre sobre mis caderas se endurece—.

Tan solo serías un daño colateral con el que podrán hacerme daño.

No les importaría explotarte si con eso consiguen controlarme.

Trago saliva. Me imaginaba que la «logística» implicaba más bien temas relacionados con los modales como qué tenedor se debe usar a la hora de cenar y cómo cruzarme de piernas como lo haría la hija de un jefe y no de una camarera de Alabama.

No me había llegado a imaginar que pudiera significar peligro.

Pero claro que significa eso. Adrian es peligroso… ¿cómo no iba a serlo también el resto de su familia?

—No tienes de qué preocuparte, cariño. —Me pasa el pulgar por el ceño que tengo fruncido—.

Jamás permitiría que mi familia te tocara.

Tan solo debes preocuparte de un solo Ellis.

—Termina la frase con un beso largo y apasionado en el que termino casi a horcajadas sobre su regazo y las manos enredadas en su pelo.

A pesar de que se trata de un beso mucho más cariñoso que el que me dio la noche del baile, besar a Adrian es igual de extenuante como recordaba.

Como es un controlador, es él el que marca el ritmo y, cuando él decide que ya se ha saciado lo suficiente, se echa hacia atrás, con los ojos entrecerrados de deseo.

En ese momento, vuelvo a quedarme estupefacta por su belleza.

Espacio , me digo a mí misma. Algo de espacio me vendrá muy bien.