Limerencia 23 #3
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23 #3

—Sabes que habría seguido pegándole si no hubiera habido nadie a nuestro alrededor para separarnos, ¿verdad?

Quizá incluso hasta habría llegado a matarlo.

O quizá lo habría dejado moribundo. Y lo habría hecho por ti.

—Me aprieta la manos sobre la mandíbula con tanta fuerza que casi me hace daño.

Veo cómo le resplandecen los ojos—. Solo por ti.

De solo pensar que podría llegar a tener alguna oportunidad contigo.

No me digas que ese tipo de devoción no te parece interesante.

No consigo explicar el calor repentino que siento que me inunda la parte baja del abdomen.

Es demasiado. Esto es demasiado. No me gusta. No puede gustarme. ¿Qué tipo de persona puede llegar a excitarse con lo que ha ocurrido esta noche?

—Estás mal de la cabeza —es lo único que consigo decir. Cada palabra me sale a trompicones, justo como me siento.

—¿Lo estoy? —Me introduce la otra mano por debajo del vestido, sobre la piel suave de mis muslos.

La introduce dentro de mi ropa interior.

Se me corta la respiración.

¿Acaso va a…?

Pasea dos dedos por los pliegues de mi entrada, pero, para mi sorpresa, no se aventura más allá. Saca la mano tan rápido como la ha metido, pero, esta vez, veo que la tiene impregnada en mí.

Me sonrojo. No esperaba que fuera a buscar pruebas, pero eso es justo lo que ha hecho: comprobar que una parte de mí, quizá mi subconsciente o quizá alguna reacción física, sí se siente atraída por esta toxicidad oscura y retorcida.

Adrian se introduce los dedos en la boca con una sonrisa descarada.

—Claro. Solo estoy proyectando cosas equivocadas.

Odio que incluso esa última frase me provoque cosas.

Estoy muy jodida.

—No tienes de qué avergonzarte, cariño —murmura—. Esta parte de ti… tan solo confirma lo que te dije a principios de semana.

Que juntos somos perfectos , contesta mi cerebro. No necesito que me recuerde la conversación que tuvimos después de que me invitara al baile.

Pero esto parece justo lo contrario a la perfección, y lo peor de todo es que cuanto más tiempo pasamos aquí hablando, más intenta convertirme en algo que no soy. O quizá solo esté sacando a la luz las partes más oscuras de mi ser que llevaban ocultas muchos años.

—Quizá tardes un tiempo en asimilarlo —continúa con la voz más dura que antes—, pero, a partir de hoy, quiero que te mantengas muy lejos de Freddy Rook.

No sé si es mi rabia, el latido de mi corazón, o una combinación de ambos lo que me martillea los oídos.

—¿Perdona?

—No vas a volver a hablar con él. No te vas a disculpar. No vas a hacer otra cosa que no sea ignorarlo —me dice como si nada.

Ese pequeño hilo de cordura que ha logrado que mantenga la compostura desde la pelea finalmente se rompe.

—Estás loco. Realmente estás… —Sacudo la cabeza sin poder llegar a creérmelo—. Hace un mes ni habrías pestañeado si hubiera acabado muerta y ahora estás intentando coaccionarme para que salga contigo. Eres el mayor controlador que he conocido en mi vida.

Le vuelven a destellear los ojos y sé que he dado en el clavo.

—Tienes razón, cariño. Soy muy controlador.

Soy un Ellis, seguramente lo lleve en el ADN.

Soy muy terco y nunca nadie me ha enseñado a compartir.

—Me coloca un dedo bajo la barbilla—. Lo que es mío, es mío.

Si crees que voy a permitir que alguien llegue a pensar que tiene alguna oportunidad contigo, entonces creo que no has prestado demasiada atención a los acontecimientos de esta noche.

Y ahí está de nuevo, ese destello de calor en mi entrepierna, algo oscuro y depravado que parece cobrar vida cada vez que me recuerda hasta dónde está dispuesto a llegar para que sea suya.

Ahora que Adrian lo ha confesado en voz alta, soy más consciente de que tiene razón.

Pero eso no significa que no pueda solucionarlo.

Enderezo los hombros.

—No pienso dejar que decidas por mí.

—Mi intención no es esa —me responde, su tono de voz vuelve a ser grave y dulce—. Puedes escoger seguir viendo a Freddy. Incluso puedes escoger intentar tener una relación con él, si así lo deseas. Tan solo no creo que te vaya a gustar cuál será el resultado de esas elecciones.

Siento todo el cuerpo frío.

—No serías capaz.

Adrian alza una ceja a modo de respuesta: sí, sería muy capaz de eso y de más.

—¿Ves? Ambos somos libres de elegir lo que queramos, cariño. Tú puedes elegir dejar que Freddy tenga un último año tranquilo desde la distancia o… —Curva la boca en una sonrisa feroz que me deja descolocada.

O puede que Freddy también se tropiece y caiga por la ventana de su habitación. O por las escaleras. O que se ahogue en la piscina. O que tenga cualquier otro accidente en el que termine apareciendo en la página conmemorativa del anuario y que dicho accidente nunca acabe relacionado con Adrian.

—Eres un monstruo —susurro.

Él tan solo parpadea en mi dirección, impasible.

—Pero eso ya lo sabías —dice en voz baja mientras me acaricia el chupetón que me ha dejado en el cuello—. Pero soy un monstruo que ha terminado enamorado de ti.