23 #2
Nunca le he tocado de esta forma. Siempre ha sido él el que me ha tocado a mí. Su piel es suave y firme. La siento por toda la amplitud de su mandíbula y nuez.
Pero quiero más. Quiero tocarle por todas partes.
Me peleo con los botones de su camisa de diseñador mientras él me coloca los labios en el cuello y suelto sin querer un gemido en alto que me deja en evidencia.
Hago una pausa. Jamás había creído que pudiera llegar a sonar así, al menos, no sin llegar a intentarlo conscientemente, pero no tengo tiempo de mortificarme mientras Adrian me sigue besando el cuello.
En el momento en el que consigo desabrocharle tres botones, él encuentra el punto más dulce escondido en mi cuello y logra que se me escape otro gemido ilícito.
Noto una oleada de electricidad dirigida justo a mi entrepierna.
Y, cuando empieza a succionar, casi caigo rendida a sus brazos y abandono por completo mi tarea de quitarle la camisa.
No tenía ni idea de que esto podía llegar a sentirse tan bien.
Estoy a punto de protestar cuando se aparta repentinamente de mí.
Jamás se me ocurriría describir a Adrian Ellis con la palabra «desaliñado», pero al ver cómo tiene el cabello apuntando en todas direcciones, cómo le brillan las pupilas de deseo y cómo tiene las mejillas sonrosadas, no se me ocurre otro término más adecuado.
Y he sido yo la que le ha puesto así.
Ese pensamiento me proporciona más satisfacción de la que debería.
No estoy segura de cuánto tiempo permanecemos de esa forma, jadeando tras las secuelas de nuestro beso, pero es el tiempo suficiente para que se me olvide mi enfado.
El deseo ha ahogado todo lo demás.
Tras eso, me giro y me miro en el espejo del baño y me doy cuenta de que mis rizos delicados están despeinados, que tengo todo el pintalabios corrido y un chupetón enorme en el cuello.
Ahora recuerdo por qué estaba enfadada.
—¿Qué demonios? ¡Me has hecho marca! —Ni con todo el corrector del mundo voy a ser capaz de tapar esto el lunes por la mañana.
Adrian me atrapa con sus brazos contra el lavabo y me pega el pecho a la espalda.
—Me alegro —murmura.
Toda la furia que sentía antes de entrar a este baño regresa por triplicado.
—¿Que te alegras? —Intento colocarme el pelo para que me cubra el chupetón—. Yo no me alegro.
Él vuelve a apartarme el pelo para dejarlo al descubierto.
—¿Por qué no? Eres mía. Puedo marcarte como yo quiera. —Veo la oscuridad en todo su rostro—. Parece que algunas personas necesitan un recordatorio visual.
Y ahí está de nuevo. El quid de la cuestión, cuya sangre sigue impregnada en los nudillos de Adrian.
Me giro para mirarle a la cara.
—Lo que has hecho esta noche ha sido horrible.
Él estrecha la mirada.
—Ah, ¿sí? Porque yo tan solo me he despistado diez minutos y, cuando he vuelto, me he visto con que Freddy Rook estaba intentando ligar contigo.
Comprándote gilipolleces como si tuviera derecho a comprarte algo.
—Noto que su tono indica peligro, como si estuviéramos caminando por la cuerda floja, pero estoy demasiado molesta como para que eso me importe ahora.
—No estaba ligando conmigo —replico—. Tan solo tuvo un gesto dulce conmigo y, para que lo sepas, me ha dicho que entendía perfectamente lo que sucedió en clase.
Y sobre lo que dijo mientras nos íbamos…
—Tomo una larga respiración—. Bueno, vale, quizá eso sí fue para cabrearte un poco, pero me reitero en lo anterior.
Adrian esboza una sonrisa con las comisuras de los labios.
—Parece que eres muy dulce e ingenua.
—No soy ingenua.
—Cariño —ronronea—, ¿en serio crees que te ha comprado ese regalo para tener un gesto dulce y amable contigo?
La presencia de Adrian me intimida, pero me niego a acobardarme ante ella.
—Quizá sí.
Pone los ojos en blanco.
—Claro, seguro que no tenía ninguna esperanza de que después accedieras a bailar con él, o que algún día tuvierais una cita, o conseguir meterte en algún momento la mano debajo de la falda.
Cierro la boca de repente. Freddy sí me pidió bailar conmigo justo antes de que Adrian nos interrumpiera, pero…
—Para. —Intento apartarle de mí, pero él no se mueve ni un ápice—. Sé lo que estás tratando de hacer.
Ladea la cabeza hacia un lado.
—¿Y qué es?
—Estás intentando manipularme —le espeto—. Intentas que crea que todo el mundo tiene malas intenciones conmigo para que parezca que tú no las tienes. Pero conmigo eso no funciona. Fueran cuales fueran las intenciones de Freddy, eso no borra lo que le has hecho esta noche.
Se me cae el alma a los pies cuando su sonrisa se vuelve depredadora.
—En ningún momento he dicho que no sea un chico malo. —Me acaricia la mejilla con dulzura—. Pero, ahora mismo, soy tu chico malo.
—¿Y si te dijera que no quiero uno? —Se me encoge la garganta al preguntárselo.
Su sonrisa no desaparece.
—Entonces te diría que me estás mintiendo.
Sacudo la cabeza.
—Yo no…
—Podrías haber dicho algo —me corta—. Estás muy enfadada y, según tú, con motivo, así que podrías haber dicho algo, pero no lo hiciste.
—¿Qué?
—Cuando todo el mundo estaba atento a lo que había sucedido —comienza a explicar—. El decano me estaba haciendo varias preguntas y tú podrías haberle dicho algo. Podrías haber saltado y haberle dicho que estaba mintiendo, pero no lo hiciste. No dijiste ni una sola palabra. ¿Por qué?
Abro la boca.
Y después la cierro.
Porque tiene razón. Podría haber dicho algo. Podría haber salido en defensa de Freddy o, al menos, haber desmentido la historia de Adrian sobre el alcohol.
—No sabía qué hacer. Acababa de ver cómo le rompías la nariz a Freddy —casi tartamudeo—. Además, seguramente habrías tergiversado mis palabras.
Su dentadura blanca y perfecta resplandece bajo la luz.
—Puede ser. Pero ni siquiera lo intentaste.
Ni siquiera lo intenté.
¿Por qué no lo intenté?
Yo no era la que estaba en el suelo con la mandíbula casi rota.
—¿Sabes lo que creo?
Trago saliva.
—¿Qué?
Se acerca a mí y me roza la oreja con los labios.
—Creo que lo disfrutaste.
No tengo escapatoria, pero intento apartarme de él de todas formas.
—¿Qué? Podrías haberlo matado. ¿Cómo voy a disfrutar de eso?
No parece convencido con mi respuesta.
—¿En serio?
—Sí. En serio —le espeto—. Puede que a ti te ponga la violencia sin sentido, pero a mí no.
Sus ojos oscuros me miran con intensidad.
—Quizá no se trate de la violencia en sí…, pero creo que te gusta ver hasta dónde estoy dispuesto a llegar. —Me aparta un mechón de pelo del rostro—. Cuánto estoy dispuesto a mancharme las manos. Por ti.
De pronto noto el martilleo del pulso en los oídos.
—No, eso no es… —Sacudo la cabeza—. Estás intentando proyectar algo en mí que no es cierto.
Su mirada es suave, pero su tono de voz es tan duro como el acero.