23
Tres segundos. Eso es todo el tiempo que necesita.
Adrian está junto a mí y al instante siguiente no lo está, sino que ha lanzado a Freddy contra el suelo de mármol.
—¡Mierda! —grito.
Alguien chilla.
Alguien grita.
Alguien del equipo de natación aparece, aunque no parece muy seguro de si debería ayudar o detener a su capitán.
Tres o cuatro jugadores de lacrosse agarran a Adrian y tardan dos intentos y tener que hacer uso de toda su fuerza bruta combinada para apartarlo de Freddy.
Adrian cae hacia atrás con una mirada feroz y oigo al decano Robins gritar:
—¿Qué está pasando aquí? ¿Quién se está peleando?
El segundo que tarda el decano Robins en abrirse paso entre la multitud es el mismo que necesita Adrian para recomponerse y para volver a colocarse esa máscara humana sobre el rostro.
—Ha sido culpa mía, decano —dice Adrian alzando los brazos a modo de derrota, como si no tuviera los nudillos repletos de sangre.
De la sangre de Freddy.
Le echo un vistazo al jugador de lacrosse y frunzo el rostro por el asco. Le sale sangre por la nariz y tiene los ojos cerrados. El daño que ha conseguido hacerle Adrian en tres segundos es impresionante.
Si hubieran estado a solas… Si Adrian hubiera tenido diez segundos más sin que nadie lo molestara…
Se me retuerce el estómago.
Los compañeros del equipo de Freddy se arrodillan a su lado. Sé que no debería acercarme a ellos. De hecho, lo único que quiero hacer ahora mismo es desaparecer entre las paredes mientras Adrian está distraído con el decano Robins y Freddy recibe atención médica.
—Adrian. —El decano Robins pronuncia su nombre con más decepción que nunca—. ¿Podrías explicarme qué ha ocurrido?
Es Freddy el que le responde con un gruñido. El decano Robins se gira hacia él.
—Que alguien llame al doctor Peterson. Ahora mismo.
—Está de vacaciones —dice alguien.
—¡Pues llamad a la enfermera de guardia! —ladra el decano—. Estos chicos necesitan… —Su mirada pasa de Adrian, que está totalmente intacto, a un Freddy totalmente magullado y herido—. Este chico necesita un médico inmediatamente.
Unos cuantos chicos salen corriendo a buscar a la enfermera.
Adrian agacha la cabeza.
—Como ya le he dicho, decano, ha sido culpa mía.
Freddy y yo estábamos de broma, y esa sidra espumosa…
—Se frota la frente—. Me llevo sintiendo bastante extraño toda la noche.
Ni siquiera recuerdo por qué me he enfadado tanto antes.
Tan solo que lo estaba. Lo siento muchísimo.
—Le tiembla la voz y sus ojos inyectados en sangre reflejan arrepentimiento.
Es toda una actuación digna de un Óscar.
El decano Robins para a un camarero y toma un sorbo del champán que está sirviendo, antes de volver a escupirlo en la copa.
—Esto no es sidra espumosa —sisea—. Esto es alcohol.
Alguien ha cambiado la sidra sin alcohol por champán para que os emborrachéis esta noche.
—El decano gira sobre sus pasos y observa la cantidad de copas medio vacías que hay esparcidas por todo el salón—.
Si todos habéis estado bebiendo de las copas que os han servido, os pido encarecidamente que dejéis de hacerlo.
De inmediato. El que siga bebiendo a partir de ahora será considerado cómplice de consumo ilegal de alcohol en menores de edad.
Oigo las copas tintineando mientras todos los estudiantes se deshacen del champán. Incluso yo misma compruebo que no estoy sosteniendo ninguna copa.
Adrian se pasa una mano ensangrentada por los rizos y observa a Freddy horrorizado.
—No pretendía hacer eso. Le juro que no tenía intención alguna de hacerle daño. No sé qué es lo que me ha pasado.
A pesar de que me encuentro a unos cuantos metros de distancia, puedo ver el momento exacto en el que la decepción en el rostro del decano Robins se convierte en una expresión de preocupación paternal.
—¿Cuánto champán has bebido, hijo?
Adrian sacude la cabeza.
—No estoy seguro. Tres copas por lo menos. O quizá cuatro. No tenía ni idea de que llevaba alcohol.
Entorno la mirada.
Tan solo ha bebido una sola copa, si es que ha llegado a terminársela.
Giro la cabeza para comprobar si alguien ha conseguido identificar la farsa de Adrian, pero nadie parece sospechar de él, todo el mundo parece igual de preocupado que el decano.
Por la forma en la que Adrian está actuando, no me sorprendería si llegaran a considerarle una víctima más al igual que a Freddy.
¿Acaso soy la única que se da cuenta de cuál es su verdadera cara?
La verdadera víctima de la noche deja escapar otro gruñido de dolor.
—Aguante un poco más, señor Rook. Hemos ido a buscar atención médica —le asegura el decano Robins.
Por suerte, en ese preciso momento aparece la enfermera de guardia con un kit de primeros auxilios entre las manos.
—Vale, ya estoy aquí, dejadme ver qué ha pasado.
Los jugadores de lacrosse colocan a Freddy en una posición sentada mientras la enfermera de mediana edad le comprueba el pulso y le toquetea las heridas que ya están empezando a hinchársele sobre la piel bronceada.
Cuando termina de escanearle minuciosamente, suelta un largo suspiro y se dirige al decano Robins.
—Tiene la nariz rota y por muy poco no tiene también la mandíbula. No es nada grave, pero recomendaría que lo viera un médico cuanto antes.
El decano Robins murmura algo inaudible que parece más bien a una maldición.
—Llama al doctor Williams y dile que venga tan rápido como pueda. —Después, vuelve a mirar a los jugadores de lacrosse que siguen alrededor de Freddy—. Mientras tanto, ¿por qué no lleváis a vuestro amigo a la enfermería?
Los chicos asienten, se pasan los brazos de Freddy sobre los hombros y salen detrás de la enfermera.
—¿Estás seguro de que no deberíamos llamar a una ambulancia? —interviene Adrian, totalmente arrepentido—. ¿O a la policía? No me importaría hablar con ellos, señor. Lo que ha ocurrido es totalmente culpa mía y me siento horrible. No me importará hacerme responsable de mis actos.
—No, no, no. —El decano sacude la cabeza—.
No tiene sentido que involucremos a la policía y que después tengamos que lidiar con las noticias que seguramente saldrán sobre lo sucedido.
—Su ceño fruncido parece indicar cuál de las dos cosas le preocupa más—.
Las heridas del señor Rook no son graves y estoy seguro de que podré descubrir por mi cuenta quién fue el responsable del intercambio de la sidra sin alcohol por champán.
—Termina la frase con una mirada glacial al resto del estudiantado—.
Si el autor del delito decide entregarse ahora, quizá consiga reconsiderar cuál será su castigo.
Nadie parece demasiado entusiasmado por hacerse responsable de lo ocurrido y también supongo que no habrá ninguna botella de vino añejo esperando al decano en su oficina el lunes, así que este vuelve a centrar toda su atención en Adrian.
—En cuanto a ti, hijo, admiro que quieras hacerte responsable de lo ocurrido, pero está claro que tus acciones esta noche han sido totalmente modificadas por la influencia del alcohol. Espero que te disculpes con Freddy cuando se encuentre mejor, pero, teniendo en cuenta las circunstancias…
—Por supuesto, señor.
Adrian alza las manos con los nudillos repletos de sangre y el decano Robins parece darse cuenta de su estado, pues frunce el ceño de nuevo.
—¿Estás seguro de que no necesitas atención médica, hijo?
—No, señor. Tan solo tengo que limpiarme un poco.
—¿Seguro?
Veo cómo aparece una sonrisa en el rostro de Adrian.
—Si empiezo a encontrarme mal, Poppy podrá acompañarme a la enfermería.
Me quedo de piedra. ¿Que yo puedo hacer qué?
El decano Robins ya está asintiendo antes de que pueda decirle nada.
—De acuerdo. Puedes utilizar el baño que hay en mi oficina, ¿vale? Tiene un kit de primeros auxilios.
—Vale. —Adrian me mira expectante. Esperando.
Yo no me muevo.
El estuche de viaje está totalmente arruinado y descansa sobre el suelo de mármol mientras la sangre de Freddy está salpicada por todo el cuero.
—¿Poppy? —me llama Adrian.
Aprieto la mandíbula.
—Ya voy.
Ninguno de los dos dice nada en el camino silencioso a la oficina del decano.
Estoy demasiado ocupada reproduciendo lo que acaba de ocurrir en la mente.
Por debajo de la calma que parezco proyectar en el exterior, soy todo un revoltijo de rabia y horror.
Estoy esperando a que estemos a solas de verdad para descargarlo todo sobre él.
En cuanto llegamos a la oficina desierta del decano, enciendo la luz del baño, cierro la puerta y yo me giro hacia Adrian.
—¿A ti qué demonios te pasa? Eso ha sido…
Los labios de Adrian se aplastan contra los míos, tragándose mis palabras, mi rabia y mi sorpresa. No hay ningún tipo de preparación ni siento ningún tipo de suavidad mientras me empuja contra el lavabo y me introduce la lengua en la boca.
Le correspondo antes de siquiera tomar la elección de forma consciente. Le paso las manos por el pelo embadurnado de gel y entrelazo la lengua con la suya. Él es implacable y parece empeñado en querer descubrir cada recoveco de mi boca.
Le estiro del pelo con fuerza y él gruñe desde lo más profundo de su garganta, un sonido que envía un pulso de calor hacia mi interior.
Jesucristo.
Sé que debería apartarlo, pero parece que mi cerebro no está tomando las riendas de la situación ahora mismo. De hecho, creo que las ha soltado por completo.
Cuando le paso la lengua por el labio inferior para pedirle permiso y volver a introducirla, él me la pellizca y yo me aparto lo suficiente para decir:
—Adrian…
—Calla —vuelve a gruñir contra mis labios, tragándose mis protestas.
Entonces me doy cuenta de qué es lo que está haciendo.
No se trata de un momento de lujuria o curiosidad.
Esto es una muestra de dominancia en toda regla.
Yo también sé jugar a este juego.
Mientras él me domina los labios, yo le desenredo las manos del pelo y se las paso por cada centímetro de piel expuesta que logro encontrar: las mejillas, la mandíbula, el cuello.