Limerencia 22 #3
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22 #3

Veo cómo le ofrece una sonrisa tímida a sus zapatos de vestir impecables.

—Yo también.

—Te veo muy bien —le digo, pero añado al instante—, con Millie. Ambos os veis genial esta noche.

Freddy se ajusta la corbata de color melocotón.

—Gracias. Su cita la dejó plantada en el último momento, pero fue muy rápida y escogió algo para que pudiéramos ir conjuntados, aunque no sé si este color me favorece.

Sacudo la cabeza.

—No, te ves…

No digas genial, ni guapo.

—… bien. Te resalta los ojos.

Él me ofrece una sonrisa.

—Gracias.

Se instala un silencio incómodo entre los dos y yo jugueteo con la copa de champán vacía que tengo entre las manos.

—Bueno, eh… Sobre lo de tu rosa…

Él sacude la cabeza con fuerza.

—No hace falta que me lo expliques. No he venido por eso y, si te soy sincero, vi en persona lo que ocurrió en clase. La invitación de Adrian fue mil millones de veces mejor que la mía. No hay más que hablar.

No sé por qué, pero oír esas palabras de parte de Freddy hace que me sienta incluso peor.

Me trago el nudo que comienza a formárseme en la garganta.

—Tu invitación fue genial. Tan solo…

Dejaste de tener cualquier oportunidad en cuanto Adrian decidió que le interesaba.

Él hace un gesto con la mano para restarle importancia.

—Adrian y tú tenéis algo. Lo entiendo. Como ya te he dicho, no hace falta que me des ninguna explicación.

Yo tampoco estoy segura de si tengo algún tipo de oportunidad.

—En fin… —Freddy rebusca algo en el bolsillo trasero de sus pantalones—. He venido a darte esto. —Me ofrece el estuche plegable de viaje.

Se me corta la respiración.

—¿Has ganado tú?

Él se encoge de hombros.

—Sí. Ni siquiera iba a pujar por él, pero he visto cómo lo mirabas.

—No hacía falta que lo hicieras por mí —le digo—. Sé que ha sido muy caro. —Me siento culpable por no recordar cuánto le ha terminado costando.

—Qué va. Mis padres me han dado bastante dinero para la subasta y no me ha llamado nada más la atención. He pensado en pujar por la botella de vino, pero el profesor Ayala parecía preparado para repartir suspensos si alguien decidía entrometerse en su camino.

Asiento.

—Has hecho bien.

Freddy extiende el estuche en mi dirección.

—Toma. Es tuyo.

—¿En serio? —Noto un cosquilleo en los dedos, ya que estoy deseando aceptarlo, pero resisto el impulso.

Él asiente.

—En serio. Creo que a mí no me pega mucho.

Acepto el estuche de sus manos y me sonrojo, aunque esta rojez no tiene nada que ver con el alcohol que he ingerido hasta el momento.

—Gracias, Freddy. Ha sido un gesto muy dulce por tu parte.

Veo cómo se le ilumina el rostro y un pensamiento repentino me invade: si alguien debe llevarse el crédito esta noche por ser un príncipe azul, ese es Freddy. Es atractivo. Considerado. Seguramente pueda ser el protagonista de la relación romántica de cualquier otra chica.

Freddy se rasca la nuca un tanto avergonzado.

—Si de verdad quieres darme las gracias quizá podrías bailar un rato conmigo.

Abro mucho los ojos y también la boca para contestarle, pero alguien se me adelanta.

—Vaya, qué escenita tan dulce.

La voz de Adrian parece un jarro de agua fría recorriéndome la espalda o quizá esa sensación provenga de la mano helada que me coloca sobre la cintura. Con la otra mano acaricia el cuero del estuche.

—Deberías haber acudido a mí, cariño. Te habría conseguido todo lo que hubieras querido.

—La subasta ya ha terminado —responde Freddy con una ceja alzada—. Y no estabas aquí.

—Supongo que no. —Adrian parece calmado y controlado. Tan solo la mano tensa que tiene colocada sobre mi cintura me indica lo contrario.

Freddy está sonriendo, Adrian está sonriendo y yo también estoy sonriendo, pero me siento como si me hubieran rociado con chuches para perros y me hubieran lanzado a un ring con un golden retriever y un lobo muy cabreado.

Uno de los tres no es consciente del peligro que se respira aquí, y no soy yo.

Adrian posa la mirada sobre mí.

—Discúlpame. Te prometo que he intentado escaparme varias veces, pero el decano Robins estaba empeñado en darme la tabarra sobre la increíble contribución de la familia Ellis a la recaudación de fondos de este año.

Frunzo el ceño.

—¿Tu familia ha hecho otra contribución aparte de la subasta?

Cuando la mirada de Adrian recae sobre Freddy me doy cuenta de que esa explicación no iba dirigida a mí.

—Claro. He conseguido convencer a mi padre para que este año sea de dos millones.

La confianza de Freddy decae un poco.

No va a poder ganar este tira y afloja.

—Adrian —le digo con entusiasmo. Con demasiado entusiasmo—. Parece que pronto van a volver a poner la música. ¿Quieres bailar? —Le coloco una mano sobre la suya, la misma mano con la que está tocando mi estuche.

Su mirada oscura recae sobre mí de nuevo.

—Claro, cariño.

Se me escapa un suspiro de alivio mientras nos aventuramos de nuevo hacia la pista de baile.

Parece que he evitado una crisis.

—¡Poppy! —vuelve a llamarme Freddy—. Se me ha olvidado decírtelo. ¡Estás guapísima esta noche!

No me da tiempo ni a abrir la boca antes de que Adrian se gire y su puño impacte contra el rostro de Freddy con un crujido enfermizo.