Limerencia 22 #2
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22 #2

—No te hagas la tonta. Necesito saber cómo lo has hecho. —Le tiembla la voz.

Siento un poco de pena por ella en el pecho.

—¿Cómo? —me vuelve a espetar cuando no le respondo al instante—. En serio, dímelo. Dime cómo has conseguido cautivar al maldito príncipe azul.

No tienes ni idea de quién estás hablando, quiero decirle. Él no es tu príncipe azul. No es el príncipe azul de nadie.

—Sophie…

—Llevo intentándolo cuatro años de mi vida.

He hecho de todo. Nada de maquillaje. Un montón de maquillaje.

Pelo castaño. Pelo rubio. —Se sujeta un mechón de pelo pelirrojo y suelta un bufido—.

Que, por cierto, me quedaba fatal. He sido pegajosa con él.

Me he hecho la difícil. He intentado ponerle celoso.

He hecho de todo y él nunca se ha dignado a prestarme la más mínima atención.

Nunca le ha prestado atención a nadie. He de decir que estaba empezando a pensar que era asexual o algo de eso.

—Sophie me apunta con una uña acrílica—.

Pero de pronto apareces tú y consigues lo que nadie ha conseguido nunca.

Así que, antes de que acabe este año y yo pase página y me case con alguien que valga la pena mi tiempo y mi esfuerzo, quiero saberlo. Dime qué tienes tú que no tenga yo.

Su mirada es feroz y apabullante y, a pesar de que no le debo nada a Sophie Adams, esa sensación de pena es demasiado persistente.

Jamás me creerá si le cuento la verdad, así que…

—¿En serio quieres saberlo?

Sophie me mira expectante.

Yo suspiro.

—Le gusto porque soy lo único que tú nunca podrás ser.

Su mirada se endurece.

—¿El qué?

Alzo las manos en señal de rendición.

—Una causa benéfica.

—Venga ya —me suelta—. Dime la verdad.

Sacudo la cabeza.

—Es la verdad. Ya le conoces. Adrian tiene complejo de salvador. Mi historia es tan triste que ha conseguido conmoverle de verdad.

—Tienes que estar de broma —me dice, impasible.

Me encojo de hombros.

—Tú puedes ser de todo, Sophie, excepto pobre.

Me mira de los pies a la cabeza como si fuera a descubrir en cualquier momento un bote de feromonas o un libro de brujería en mi bolsillo, pero suelta un bufido cuando se da cuenta de que no va a encontrar nada de eso.

Oigo que murmura algo que se parece mucho a «menuda pérdida de tiempo» antes de salir del baño sin decir nada más.

No puedo evitar la sonrisa que se me extiende por todo el rostro.

Sé que no tiene gracia, pero esa es la única explicación que Sophie podría llegar a creerse de verdad.

La causa benéfica y patética y el chico que tiene un corazón demasiado grande en el pecho como para poder resistirse a ella.

No podría estar más lejos de la realidad.

Regreso a la fiesta y me encuentro con que el decano Robins ha acorralado a Adrian al otro lado de la sala para inducirle a una conversación muy animada y que la subasta ya ha comenzado.

De eso se trata realmente el baile de San Benedicto: los estudiantes y profesores donan artículos para su posterior subasta, y todos los ingresos se destinan luego a una organización benéfica que financia la investigación sobre varios trastornos neurológicos.

La parte no oficial es que la subasta impulsa la reputación de la escuela y que es una gran excusa para que todo el mundo se deshaga del uniforme escolar por una noche y exhiba sus mejores galas.

Penelope Lawson, ataviada en un vestido rojo volcán con lentejuelas, se encuentra en el balcón del segundo piso presentando la subasta.

—Y el siguiente objeto es… —Veo cómo entrecierra los ojos hacia las cartulinas que tiene en la mano y se ríe. Supongo que se habrá bebido ya más de una copa de champán—. ¡Un viaje en el Lamborghini de Tristan Bell!

Cuando consigo alcanzar otra copa de champán la subasta ya ha ascendido a 300 dólares.

El siguiente objeto es una botella de vino añejo que termina en manos de un profesor por 1500 dólares. Algunos estudiantes de último año intentan pujar por ella, pero el resto de los profesores se lo impiden.

Se subastan joyas, firmas en camisetas de deporte oficiales, bolsos de marca e incluso sesiones de belleza con profesionales, aunque mi interés recae en un estuche plegable de viaje.

Está hecho de cuero auténtico, elaborado a mano, y posee todo tipo de compartimentos para guardar mis pinceles y lápices.

Podría llevarme eso a Pratt.

Alzo mi paleta en el aire cuando Penelope comienza la subasta, pero Monica Jensen se me adelanta.

—¡Doy 100 dólares por él! —exclama.

—¡Yo 150! —contraataca otra persona.

—¡200!

Mi sueño se desvanece.

Me siento algo decepcionada, aunque no me sorprende lo más mínimo, así que desconecto de la subasta y vuelvo a centrarme en lo único que puedo permitirme hoy: el champán gratis. Adrian sigue ocupado con el decano Robins. Su sonrisa encantadora empieza a ser un tanto tensa.

Quizá debería ir a rescatarle.

—Poppy.

Abro mucho los ojos mientras me giro y casi me ahogo con lo que me queda de champán.

—¡Freddy! —Espero que no se dé cuenta de las gotas de champán que han acabado sobre mi barbilla—. Me alegro de verte.