Limerencia 22
58%

22

—¿Te he dicho ya lo guapa que te ves esta noche? —Adrian me ayuda a caminar por el salón de baile. No parece que le importe demasiado la fiesta que ya se encuentra en pleno apogeo.

Está demasiado ocupado mirándome a mí.

—Por lo menos tres veces ya —le respondo como si no estuviera encantada de recibir su atención.

Porque, a pesar de que tengo el estómago hecho un revoltijo, no tengo ni una sola queja de que Adrian no haya podido apartar los ojos de mí en el momento en el que bajé por las escaleras de los dormitorios y enganchó su brazo con el mío.

Al principio, ser consciente de que me estaba prestando toda su atención era inquietante, pero ahora está empezando a parecerme emocionante.

—No puedo evitarlo —me dice encogiéndose de hombros sin un ápice de vergüenza—. Me gusta vestirte así. —Adrian detiene a un camarero que se mece entre la marea de vestidos rojos y trajes negros para agarrar dos copas de la bandeja.

—¿Así cómo? ¿Como una muñeca? —Inspecciono la copa que contiene un líquido de color cobre cuando me la tiende.

—Exacto. —Toma un sorbo de lo que supongo que será una sidra espumosa y veo cómo le brillan los ojos—. Una muñeca preciosa que solo yo puedo exhibir y solo yo puedo… tocar. —Sus palabras están repletas de codicia y posesión, y siento una oleada de calor por todo el cuerpo.

No debería de gustarme esto.

Tomo un sorbo de la bebida para tratar de ocultar el rubor de mi rostro y arrugo la nariz al notar el sabor amargo.

—Esto no es sidra de manzana.

Él se encoge de hombros.

—Claro que no. Alguien siempre consigue sobornar a los camareros para que cambien el zumo sin alcohol por champán.

—¿Y el decano Robins todavía no se ha dado cuenta? —El decano en cuestión está revisando la lista de canciones con el cuarteto de cuerda que se ha instalado en uno de los rincones más alejados.

—Claro que lo sabe, pero nunca dice ni una sola palabra porque sabe que el lunes por la mañana encontrará un buen vino añejo en su oficina.

Doy un par de sorbos más a la bebida. Noto cómo me quema cuando me baja por la garganta, pero después siento un regustillo muy agradable en el estómago que compensa la acidez inicial.

Sin duda es mucho mejor que la cerveza barata que tiene Rick siempre en la nevera.

—Tú también te ves muy bien esta noche —le digo de pronto—. No sé si te lo había dicho ya.

Él arquea una ceja.

—Me refiero a que no estás horrible. —Le echo la culpa al alcohol—. No te ves… horrible.

Más bien todo lo contrario a horrible.

Tiene los rizos oscuros lejos de la frente, peinados con cariño, y el traje negro se le ajusta a la perfección. Como parte de la tradición, lleva una flor roja en el ojal de la chaqueta al igual que el resto de los chicos del baile, pero él ha cambiado la rosa por otra flor.

Una amapola.

Veo cómo esboza una sonrisa divertida.

—Me alegro de que pienses eso.

Noto las mejillas tintadas de rosa y decido apartar la mirada hacia el baile antes de terminar diciéndole algo más inapropiado por culpa del alcohol que me corre por las venas.

Está muy claro que no ha habido limitaciones de presupuesto para el baile de esta noche. Había estado en el salón Grimaldi (sí, donado por los mismísimos Grimaldi) solo una vez, durante la visita guiada que nos hicieron el primer año.

Incluso aquel día, a pesar de que estaba totalmente vacío, el sol se colaba por los grandes ventanales y parecía como si me hubiera introducido por accidente en el cuento de hadas de otra persona.

Pero, esta noche, parece que se trata de mi propio cuento de hadas.

El salón es casi tan grande como el gimnasio, aunque en vez de estar hecho de madera solo veo mármol y, en vez de gradas, hay una gran escalera de caracol.

Hay varias lámparas de araña de cristal que bañan el espacio con una luz cálida, y la puesta de sol se cuela por los ventanales en forma de arco.

Las rosas rojas cubren las barandillas, las cortinas y los centros de mesa, pero el verdadero centro de atención esta noche somos nosotros.

Todo el mundo lleva posando la mirada sobre nosotros desde que aparecimos por la puerta.

He temido este momento y la oleada de timidez que podría sentir ante sus miradas inquisitivas, pero esta no aparece en ningún momento.

Al contrario, es como si me hubiera bebido una poción que me ha suministrado el coraje necesario en el momento en el que vi a Adrian esperándome al final de la escalera. Quiero que todos me miren.

Le doy otro sorbo al champán y mi mirada se posa en un rostro en particular e inconfundible al otro lado del salón. Mi nueva confianza adquirida se debilita un poco.

Sophie se encuentra al lado de su cita y se ve increíblemente guapa. Su vestido color carmesí con cuello halter quizá no destacaría la forma de cualquier otra chica, pero la tela de satén que se acumula a sus pies acentúa lo delgada que es su figura.

Lleva el cabello atado en un recogido elegante que enfatiza sus rasgos delicados, sobre todo sus ojos verdes, que ahora mismo están ardiendo de celos.

Conozco esa expresión demasiado bien.

No me está mirando a mí o a Adrian, sino al espacio que hay entre nosotros, justo donde mi brazo se entrelaza con el suyo.

Alzo las comisuras de los labios y aparto la mirada antes de que me pille mirándola.

De todas las miradas de envidia que probablemente voy a recibir esta noche, la de Sophie es la que más disfruto de todas.

—¿Quieres bailar? —Escucho la voz grave de Adrian al oído.

Ha comenzado a sonar una nueva canción, dulce y lenta, y yo le proporciono a Adrian mi mejor imitación de un cervatillo cegado por las luces de un coche.

—Oh, no, yo no sé…

Él comienza a empujarme hacia la masa de cuerpos antes de que pueda protestar de verdad.

—No, Adrian… —Me coloca una mano en la cintura—. No sé bailar. —Echo una mirada cargada de pánico al resto de las parejas que se encuentran en la pista de baile. Ninguna de ellas parece estar tropezándose con sus propios pies como estoy a punto de hacer yo.

Adrian parece totalmente despreocupado mientras me coloca una mano sobre su hombro. Me recoloca como la muñeca que él cree que soy.

—¿Confías en mí?

Parpadeo en su dirección.

—¿Eso es una pregunta trampa?

No me responde, sino que me gira con tanta rapidez que termino mareada. La música sigue sonando.

—Adrian…

Me lanza hacia el suelo.

Me aferro a él como si mi vida dependiera de ello, con miedo a que me suelte, porque podría hacerlo perfectamente, pero simplemente se inclina hacia mí y me sonríe con suavidad.

—¿Ves? No tienes de qué preocuparte.

Sus palabras me liberan un poco de tensión del cuerpo e intento relajarme a regañadientes.

Por suerte, consigo no quedar en evidencia a pesar de todas las veces que me lanza, me gira, y por la forma en la que hace que mueva los pies, aunque todo el trabajo lo esté haciendo él. Tiene una gracia innata y hace parecer que todos mis pasos torpes son completamente intencionales.

—¿Dónde has aprendido a bailar así? —le pregunto, esperando a que algo de conversación pueda distraerme de la cantidad de veces que le he pisado ya los mocasines italianos.

—Mi madre me apuntó a clases de baile en cuanto aprendí a andar —me responde y hace un gesto hacia el resto de las parejas que se encuentran a nuestro alrededor—. Como puedes ver… no he sido el único. A todos nos apuntaron a demasiadas actividades extraescolares durante la infancia.

Asiento.

—Parece que han servido de algo.

Me mira a los ojos. Sigue teniendo una sonrisa suave dibujada en los labios.

—Supongo que sí.

El ambiente parece ser menos pesado esta noche. Al igual que Adrian. Parece menos intimidante. Menos como el sociópata peligroso que conozco y más como un adolescente normal.

Normal.

Una palabra que no he podido usar mucho últimamente.

Pero aquí estoy. Una chica normal teniendo una noche normal en un baile escolar normal con un chico normal. Quizá el universo solo quiera echarme un cable. Quizá me está regalando una experiencia normal para compensar toda una vida siendo una mediocre.

Después de bailar durante dos canciones más me siento un tanto mareada de tantas vueltas y de la mitad de la copa de champán que todavía me está haciendo efecto en la sangre, así que me separo de Adrian para ir al baño.

Evito ir al baño en el salón Grimaldi, a sabiendas de que estará repleto de chicas haciéndose fotos o arreglándose los desastres de última hora en el pelo o con el maquillaje, y me dirijo al baño que se encuentra fuera del salón del baile.

Menos mal que está vacío.

Me apoyo contra uno de los lavabos de mármol, cierro los ojos y me dejo llevar por la paz y la quietud. Todavía siento el cosquilleo en la espalda del roce de Adrian como si siguiera ahí, moviéndome de un lado a otro de la pista de baile.

Escucho la puerta crujir y abro un ojo. Se me cae el alma a los pies cuando veo un escote halter muy familiar por el rabillo del ojo.

Genial.

Sus tacones resuenan en el suelo de mármol mientras entra al baño y se detiene cerca del lavabo en el que me encuentro apoyada.

—¿Tienes que usar el lavabo? —le pregunto con un tono un tanto cargado de sarcasmo al acordarme de la última vez que me acorraló en el baño y me pidió que dejara de «pedirle caridad a Adrian».

Me giro para enfrentarme a ella, preparada para cualquier cosa, hasta que su expresión me deja de piedra.

Es una expresión de duda, derrota y devastación, todo a la vez. Una versión muy cruda de Sophie que jamás había visto antes. Y cuando me habla, su tono de voz no posee los aires de superioridad con los que siempre habla.

—Necesito saberlo. —Es lo único que me dice.

Mantengo la espalda pegada al lavado, sin saber muy bien cómo actuar ante esta Sophie. Ya puedo decirle adiós a la racha de normalidad que estaba teniendo.

—¿Qué?

Quizá sean las luces fluorescentes jugándome una mala pasada, pero juraría que puedo ver una línea de lágrimas en sus pestañas.

—Necesito saber cómo lo has conseguido.

Simplemente parpadeo en su dirección.

Sus labios, pintados del mismo tono que su vestido, se tuercen en una mueca de desprecio.