Limerencia 21 #2
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21 #2

—Tengo muchas preguntas que quiero hacerte, Poppy —dice Sally, dos sillas a mi lado, con los ojos cerrados y los labios fruncidos mientras la maquilladora hace su magia.

No sé cómo, pero Molly ha conseguido meter a cuatro adolescentes, una peluquera, una maquilladora y todo el equipo que estas han traído en un dormitorio no mucho más grande que el mío.

Es toda una hazaña, del todo impresionante.

—Adelante —le digo, haciendo una mueca mientras la peluquera me peina los nudos que ni siquiera sabía que tenía. Molly me ha dicho que no tenía que preocuparme por pagar ninguno de los servicios, pero sé cuál es el precio de haber aceptado su oferta: un interrogatorio completo sobre Adrian.

—Queremos saberlo. ¿Cómo empezasteis a salir Adrian y tú? —me pregunta Molly mientras se pasa un dedo por los dientes junto al tocador.

—Oh, nosotros no… —La peluquera comienza a colocarme varias horquillas—.

Bueno, las cosas son un tanto complicadas.

Estamos en la fase de exploración. Todo es muy nuevo para los dos.

—Me quedo mirando hacia la colección de cristales que tiene Molly en la pared y puedo sentir las miradas hambrientas de todas sobre mí.

—En la fase de exploración… —dice Adelita, resplandeciente en un vestido rojo que combina con su complexión oscura—. ¿Es bueno en la cama? Siempre he tenido esa duda.

Casi me ahogo con mi propia saliva mientras las chicas estallan en risitas histéricas. Espero que el rubor que se me ha extendido por todo el rostro no arruine la base de maquillaje y el corrector de trescientos dólares que llevo encima.

—Eh…

—No tienes por qué responder a eso —me corta Molly, todavía riéndose—. Adelita es muy cotilla. —Le lanza una mirada a su amiga, aunque sin intención alguna de que se calle.

Adelita tan solo se encoge de hombros.

—¿Qué? Todas tenemos curiosidad. —Me lanza una sonrisa tímida que le resalta el lunar que tiene debajo de la nariz—. Yo apuesto a que sí lo es. Es muy generoso cada vez que hace algún donativo a la escuela. Estoy segura de que eso se aplica también a la cama.

—Yo no estaría del todo segura —añade Sally con un suspiro—.

Matt podría ser la mismísima Madre Teresa de Calcuta hasta que ambos nos quitamos la ropa.

Empezamos a acostarnos hace un año y todavía sigue sin entender que tirarse veinte minutos metiéndola y sacándola no va a hacer que llegue al orgasmo por arte de magia.

Escucho una nueva ronda de risitas, pero yo trago saliva cuando una nueva imagen se cuela en mi cerebro: Adrian, desnudo y con sus músculos bien definidos mientras una de sus manos me…

No, no, no. No sigas por ahí.

Ni siquiera nos hemos besado todavía. No debería imaginármelo desnudo hasta que no hayamos superado eso primero.

—¿Os acordáis del jugador de lacrosse de Cedarville con el que salí el año pasado? Eso sí que fue horrible —comenta Molly antes de girarse hacia mí—. No tienes ni idea de la suerte que tienes, Poppy. Adrian es un buen chico. Él no finge como los demás.

Tengo que resistir el impulso de reírme porque, por desgracia, Molly no está siendo irónica. No tiene ni idea.

Ellas tan solo conocerán al Adrian brillante, ideal, generoso y amable.

Jamás le conocerán como le conozco yo.

Y ese hecho no debería hacer que sienta una punzada de dominancia sobre él, pero a una parte de mí parece gustarle eso. Que mientras el resto del mundo solo conoce la máscara que él decide mostrarles, yo sí le conozco de verdad. Conozco todos sus recovecos oscuros y retorcidos.

Les proporciono a las chicas una sonrisa tensa y me dirijo al baño.

—Voy a cambiarme.

El vestido es incluso más bonito de lo que recordaba y se me desliza por la piel como si fuera aceite.

Llevo las tiras del vestido atadas en un lazo alrededor del cuello y noto cómo me rozan la piel expuesta de la espalda cada vez que me muevo, aunque también dan la sensación de que soy un regalo listo para que alguien me desenvuelva.

El regalo de Adrian, claro.

La tela se me ajusta cuando salgo del baño y me miro en el espejo de Molly. Ante mí tengo a tres chicas con la boca abierta.

—Madre. Mía.

Noto lo rápido que me late el corazón.

La chica que hay en el espejo es una versión de mí que jamás había conocido.

Su cabello liso como una tabla ha acabado transformado en unas ondas sueltas y tenues.

El color platino se me acentúa todavía más gracias a sea cual sea el aceite capilar que la peluquera se ha tirado un buen rato masajeándome por toda la cabeza.

La chica del espejo tiene unos pómulos bien marcados y esculpidos, y unos labios carnosos y rojos como los de una sirena.

Esta chica no parece una estudiante con beca y pobre, con muchos problemas para poder mantener el mismo nivel que sus compañeros.

Esta chica parece que pertenece en este lugar.

—¿De dónde has sacado ese vestido? —me pregunta Molly, acercándose hacia mí con una sonrisa que me indica que quiere llevarse todo el mérito por mi transformación a lo Cenicienta.

—Ha sido un regalo.

Veo cómo abre mucho los ojos.

—¿De Adrian?

Asiento y escucho una serie de suspiros del resto de personas que hay en la habitación.

—En serio. No sabes la suerte que tienes —me vuelve a decir y, por primera vez, me pregunto si tendrá razón.