Limerencia 21
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Los acontecimientos extraños comienzan a suceder en la siguiente clase.

La profesora no hace ni un solo comentario cuando aparezco en clase veinte minutos tarde, pero sí me pregunta si ya he escogido un vestido para el baile.

Al parecer, las noticias han corrido como la pólvora y acabo de ascender a un nuevo escalón en la pirámide social de Lionswood: ahora soy popular. Cuando me pongo a rebuscar con desesperación en la mochila un lápiz en mitad de las clase de Biología, la chica que se sienta detrás de mí me sonríe.

—Toma, Poppy —me dice—. Puedes usar el mío.

—Gracias, Molly. Te lo devuelvo cuando termine la clase.

—No te preocupes por eso. —Hace un gesto despreocupado con la mano antes de inclinarse sobre su mesa con una sonrisa curiosa—. ¿Alguna vez te he dicho que me encanta tu pelo?

—Creo que no.

Al menos eso creo, teniendo en cuenta que es la primera vez que hablo con ella.

La conozco desde primer año. Es la hija del jefe de una empresa tecnológica y una bailarina de ballet muy famosa, y también estoy casi segura de que nunca me ha mirado el pelo durante demasiado tiempo como para tener una opinión sobre él. Ni siquiera para saber de qué color es.

—Tiene unos reflejos muy bonitos —me dice con un suspiro, toqueteándose uno de sus rizos castaños—. ¿Qué imagen le enseñas a tu estilista a modo de referencia?

—Ninguna. Es mi color natural.

Vuelve a sonreír y veo el hueco que tiene entre los dientes.

—¿Y tus pecas? ¿También son naturales?

Asiento.

Suelta un bufido y se señala la masa de puntos marrones que tiene sobre la nariz.

—Qué envidia. Yo me las pinto. En cuando cumpla dieciocho el mes que viene pienso tatuármelas. —Agarra el móvil que tiene colocado sobre la mesa—. ¿Te importa si uso las tuyas a modo de inspiración para mi tatuadora?

—Eh… claro.

Molly no es la única que me pregunta por mi pelo. O por mis pecas.

Mientras guardo los libros en la taquilla después de la última clase del día, escucho una voz chillona al final del pasillo.

—¡Poppy!

No reconozco a las dos chicas de último año que vienen corriendo hacia mí como buitres para preguntarme sobre cómo me cuido la piel, qué ejercicios hago en el gimnasio y cómo me maquillo.

Y cuando les digo que me compro el maquillaje en el supermercado y no de ninguna revista de lujo, no parecen reírse de mí.

Ni una sola vez.

—Eres tan minimalista —suspira Sadie, Saffie o Sally.

—A mí también me encantan las buenas imitaciones —asiente Adelita.

Parecen anotarse mentalmente todas mis respuestas a modo de oración, como si la marca de mi sombra de ojos o de mi crema hidratante pudiera revelarles cómo he conseguido atrapar al chico más codiciado de todo Lionswood.

Y cuando compruebo las notificaciones en el móvil de vuelta al dormitorio, se me cae la boca al suelo. Tengo más de trescientos seguidores nuevos en Instagram. Al menos cien seguidores en Facebook, a pesar de que ya no lo uso, y unas tres personas han conseguido encontrar mi Reddit.

Por Dios.

Me he pasado cuatro años manteniéndome al margen y recibiendo la misma atención que se le podría prestar a una planta y, ahora, la atención que recibe Adrian me está salpicando a mí también.

Debería odiar este cambio tan repentino.

Una persona más fuerte y con más principios que yo seguramente lo haría.

Pero mentiría si no admitiera que no me produce cierta satisfacción haberme convertido en alguien a quien consideren que vale la pena envidiar.

Sigo consultando todas las peticiones de mensajes directos cuando llego a mi dormitorio. Unas tres chicas me han detenido en el camino muy entusiasmadas por el modo en el que Adrian me ha propuesto ir al baile y preguntándome si podían ver fotos del vestido que me voy a poner.

No necesito que me recuerden que tengo que ir a comprarme uno.

Suspiro y abro la puerta para encontrarme con otro asalto de rosas que ocupan prácticamente toda la superficie disponible de la estrecha habitación, incluyendo la cama.

Se podría decir que no es la peor forma de darle la bienvenida a alguien. Me acerco al ramo que tengo más cerca. Unas rosas negras que descansan sobre mi armario. Puedo escuchar la voz de mi madre mentalmente.

Cielo, sabrás que van en serio cuando te compren flores. No flores artificiales ni de plástico, sino flores de verdad, cortadas a mano. Ahí lo sabrás de verdad.

Acerco la mano hacia los pétalos y me sorprendo al descubrir que son tan reales como parecen. Los pétalos tienen un tacto sedoso y alguien, seguramente las mismas dependientas que las hayan colocado aquí, ha recortado los tallos y los ha sumergido en agua.

Trago saliva y compruebo el resto de las flores. Todas son de verdad.

Mi madre seguramente sea la última persona de la que debería aceptar consejos sobre relaciones, pero no puedo evitar sentir cierta emoción. No tengo ni idea de a dónde pueden llegar las cosas con Adrian (o a dónde quiero que lleguen), pero no puedo negar que las flores son preciosas.

Me dispongo a reorganizar algunos ramos para tener algo de espacio en la habitación para tumbarme, pero hago una pausa cuando veo una caja justo al lado de las rosas de color melocotón.

«Esto no es mío».

No reconozco el logo del diseñador francés que hay sobre la tapa, pero tengo mucho cuidado de no dañar el lazo de terciopelo rojo mientras la abro y…

Oh.

Oh.

Sé que el vestido color burdeos que se encuentra bien doblado sobre una cama de papel de seda es muy bonito antes de sacarlo de la caja.

La tela es muy suave al tacto y creo que es de mi talla, aunque no hay ninguna etiqueta que lo confirme.

Lo que sí hay es una nota dentro de la caja y me pongo casi igual de roja que el color del vestido cuando reconozco la caligrafía tan elegante con la que está escrita.

Una de las ventajas de ser mía.

Ya me dirás si te queda bien.

Debajo del papel de seda descubro también un par de zapatos de tacón de ante.

Ya me he quitado el uniforme escolar antes de que pueda cambiar de opinión. Tardo un par de intentos en descubrir cómo se colocan las tiras largas y gruesas que conforman la parte superior del vestido, pero, cuando lo consigo, me doy cuenta de que se ajusta a la perfección.

El vestido con escote en A se me ciñe a la cintura y, mientras que la parte inferior es elegante y se me ajusta a las caderas, las gruesas bandas de la parte superior me envuelven los pechos y terminan atadas detrás del cuello, creando así un escote pronunciado.

También tiene toda la espalda al aire.

Paso varios minutos moviéndome de un lado al otro del espejo, admirando cómo la seda brilla como si fueran rubíes bajo la luz.

Esto es, sin ninguna duda, lo más bonito que me he puesto nunca encima y también lo más caro. No necesito buscar ninguna etiqueta para saberlo a ciencia cierta.

A pesar de que parece muy delicado, no parece ser como el resto de los vestidos hechos con materiales reciclados que suelo encontrar en las tiendas de segunda mano de Mobile, los típicos que comienzan a deshilacharse casi de inmediato.

No, esto… Las costuras parecen ser muy resistentes, cada puntada ha sido dada a propósito para resaltar los lugares adecuados.

No consigo quitármelo en un buen rato.

—¿Te ha gustado el vestido? —Siento a Adrian incluso antes de oír su voz. Me coloca una mano sobre la cintura mientras yo coloco los libros en la taquilla. Ese movimiento me desconcierta, pero me recupero al instante y me giro para mirarle a los ojos con los nervios copándome el estómago.

Lo encuentro apoyado contra la taquilla que tengo al lado, sonriéndome como siempre. Una sonrisa que me indica que ya conoce la respuesta.

Además, no deja de tocarme.

Suspiro. Esta es la parte en la que debería decirle que no me gusta el vestido. Que no puede comprar mi cariño y que preferiría ir al baile con un vestido de segunda mano antes que ponerme el atuendo tan hermoso que tengo a buen recaudo en mi habitación.

Pero se me atascan las palabras en la garganta.

No puedo decirle eso.

No puedo obligarme a rechazar el vestido más hermoso que he visto jamás en la vida, a pesar de las intenciones de Adrian.

Después de crecer donde he crecido, no debería ansiar tanto un vestido bonito y un par de zapatos buenos, pero la pobreza parece no haber logrado hacerme inmune a no querer aspirar a tener objetos de lujo.

Así que, cuando abro la boca para decirle que lo odio, lo que sale por esta es lo contrario.

—El vestido es precioso.

Al final voy a tener que ceder a mis debilidades e ir impecablemente vestida al baile.

Veo un destello de victoria en sus ojos, como si entendiera que acabo de aceptar una derrota.

—Me alegro. En otras circunstancias lo habría mandado hacer a medida, pero dado que falta muy poco tiempo para el baile…

Sigue con la mano apoyada sobre mi espalda, puedo sentir el calor que irradia su mano a través del jersey, y no estoy muy segura de cómo debo interactuar con esta nueva versión de Adrian. ¿Debería inclinarme hacia su roce? ¿Debería apartarlo? ¿Me apoyo contra las taquillas y me enrollo con él?

Sea lo que sea que seamos, lo que sea que estemos construyendo, es territorio desconocido para ambos.

Ya era suficientemente extraño tener una amistad con él, pero, al menos, las amistades tienen unos límites muy claros.

Hay ciertas reglas que hay que seguir. Hay cosas que no hay que decir y lugares que nunca se deben tocar.

Pero ahora mismo no tengo ni la más remota idea de cuáles son las reglas.

Sigo tratando de descubrirlo cuando suena la alarma y Adrian se inclina, me deja un casto beso sobre la mandíbula y murmura:

—Nos vemos luego, cariño.

Sigo sintiendo el cosquilleo en la piel mucho después de que desaparezca por la esquina.

Molly me invita a su habitación para que nos arreglemos juntas para el baile.

No estoy muy segura de por qué acepto su invitación. Bueno, sí sé por qué. Es porque la oferta de Molly viene acompañada de los servicios de una peluquera y una maquilladora profesional, lo que me salva de tener que sacar mi plancha de pelo de más de diez años del armario.

La última vez que la usé casi termino electrocutada.