20 #2
—¿Y qué se supone que es lo que tienes que ver? —le pregunto, totalmente escéptica. Sea lo que sea, no se trata de algo amistoso. Ni tampoco parece que vaya a querer meterse en sus propios asuntos a partir de ahora.
Me quedo de piedra cuando veo cómo acorta la distancia y se queda a centímetros de mí.
—He visto cómo debe ser —murmura, observándome como si fuera una ecuación que acaba de resolver—. Últimamente he sentido cosas extrañas. Tú me has hecho sentir cosas extrañas.
Arqueo una ceja.
—Creo que vas a tener que elaborar tu respuesta un poco más.
—Quería matarte —me dice—. La noche que te invité a mi fiesta y te pillé leyendo el diario de Mickey, pensé que iba a tener que matarte. Ya me has demostrado ser un gran dolor de cabeza y, cuando descubriste la prueba que me incriminaba, no quería dejar cabos sueltos.
Esa confesión no me asusta. No es nada que no sepa ya, aunque esa noche parece haber ocurrido hace siglos.
—Pero entonces empezaste a hablar. —Veo cómo alza la comisura del labio y su mirada se suaviza—.
Y fuiste sincera. Estabas aterrorizada, pero fuiste sincera.
—Me pasa el pulgar por las pecas que tengo debajo de un ojo—.
Me gusta esa combinación en ti. Mucho. Así que no pude evitarlo.
Me empezaste a interesar. Quería provocarte. Ver qué harías a continuación.
Estrecho la mirada.
—Lo recuerdo.
—Esperé para que ese interés desapareciera en algún momento.
Esperé cansarme de ti, pero el tiempo que pasamos juntos durante las vacaciones…
—Inhalo con dificultad mientras su mirada baja de las pecas que tengo en la nariz hacia mis labios.
La respuesta está clara: nuestra maldita amistad ha terminado intoxicándole a él tanto como me ha intoxicado a mí.
Lo que no puedo llegar a creerme es que lo esté admitiendo en voz alta.
—Pensaba que mi interés creciente era solo porque nunca antes había tenido una amiga —me confiesa—. Pero no ha sido hasta esta mañana que me he dado cuenta de que he malinterpretado la situación por completo.
Alzo mucho las cejas.
—¿A qué te refieres?
—Ha sido por culpa de esa escenita tan patética en tu taquilla. —Su rostro se ensombrece de pronto y toda la suavidad desaparece—. Cuando sacaste esa maldita rosa y vi la emoción en tu rostro. Por él. Por otra persona.
Se me corta la respiración.
—Adrian…
Veo cómo aprieta la mandíbula.
—Fue repugnante.
Noto cómo se me para el corazón al oír cómo suelta veneno por la voz, pero no digo nada. No sé qué decir.
—Y he de admitirlo —continúa—, seguía sin entenderlo.
No podía entender por qué estaba tan furioso, tan solo sabía que lo estaba.
Y que no podía soportar el hecho de pensar que fueras a estar cerca de Freddy Rook.
—Relaja la mandíbula—. Tras eso, hablamos después de la segunda clase y me di cuenta de que tenías razón.
No te había visto de verdad, pero ahora sí lo hago.
Te veo a ti, a nosotros, y lo que realmente somos.
Siento un hueco del tamaño de Texas instalado en la garganta, pero, aun así, consigo pronunciar algo.
—¿Y qué somos?
No va a decir lo que creo que va a decir.
No lo creo. No puede.
Su mirada me mantiene firme en mi sitio.
—Me gustas, cariño. Me gustas mucho. No somos amigos. Vamos a ser más que eso.
Mis ojos podrían ser perfectamente del tamaño de dos platos ahora mismo.
—Lo dices como si ya lo hubieras decidido tú solo.
No hay una sola pizca de incertidumbre en su voz o en su rostro.
—Porque ya lo he hecho. Me gustas. Me interesas y quiero explorar ese interés.
Se extiende un largo silencio entre nosotros.
Y, después, me río.
Me sale una risita de lo más profundo (¿cómo la llamó él una vez? Risa nerviosa).
—No, no, no. Creo que estás malinterpretando tus sentimientos hacia mí. Tú mismo lo has dicho. Nunca habías tenido una amiga y quizá lo que te preocupa es que… —Hago una pausa antes de pronunciar el nombre de Freddy—. Creo que no estás pensando con claridad.
No parece para nada sorprendido de mi pequeño ataque de risa mientras da un paso más hacia mí. Está lo suficientemente cerca para que tenga que echar el cuello hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.
—Creo que tienes razón en algo. No estoy pensando con claridad —dice con un tono cargado de frustración—.
Y ese es el problema. Que yo siempre pienso con claridad.
No me preocupo. No sucumbo a las emociones.
Siempre mantengo el control. Sobre todo.
Excepto contigo. Eres tú la que me está haciendo esto.
Trago saliva.
—Yo no te estoy haciendo nada.
—Hazme caso, sí que lo estás haciendo. —Parece burlarse de mí—. Hace mucho tiempo descubrí que no siento las cosas al igual que el resto de las personas. Mi mundo está en silencio y los pocos sentimientos que tengo son fáciles de ignorar. Pero cuando estoy a tu alrededor, todo… se amplifica.
Sacudo la cabeza.
—No puedes saber a ciencia cierta si se trata de…
—Por favor —me corta—. Esta mañana, cuando le miraste a él, tuve que reunir todo mi autocontrol para no salir corriendo hacia Freddy Rook y aplastarle el cráneo hasta que nadie pudiera volver a mirarle jamás. Sobre todo tú.
Esa confesión debería aterrorizarme, por eso no entiendo el destello de calor que siento en la parte baja del abdomen.
¿Qué demonios me pasa?
Siento un gran nudo en el estómago, así que intento cambiar de tema.
—Así que dices que estás interesado. En mí. ¿Te refieres a un interés… romántico? —Esa palabra suena muy extraña en mis labios.
—Sí —me responde simplemente—. Todavía no sé hasta qué punto. Esto es nuevo para mí. Nunca me he sentido así con nadie. —Extiende una mano para acariciarme la mejilla y, durante un instante, me deshago en su roce hasta que la realidad cae sobre mí como un jarrón de agua fría.
Esto es una locura.
Doy un paso atrás para alejarme de él y Adrian me lo permite.
—Entiendes que explorar un interés romántico es cosa de dos, ¿no?
Él alza una ceja.
—Claro que sí. Por eso te estoy diciendo cómo me siento.
—Ya, es que no me has preguntado en ningún momento cómo me siento yo. Quizá hayas decidido que yo te gusto… —Antes de terminar la frase me doy cuenta de lo loco que suena por mi parte—. Pero yo no puedo decir lo mismo.
La sombra de una sonrisa le oscurece el rostro.
—¿No?
Inhalo con brusquedad.
—No. A mí no me interesas de esa forma. —Me doy cuenta de lo absurdo de la situación: estoy rechazando a Adrian Ellis.
Un brillo depredador hace que le resplandezcan los ojos.
—¿En serio?
Me cruzo de brazos y me enderezo, aunque eso no evita que tenga que alzar la barbilla para mirarle.
—Lo digo en serio. No me gustas. No de esa forma.
Ensancha más la sonrisa y su voz se convierte en un susurro grave.
—No te creo. He visto cómo me miras.
Abro los ojos durante un instante.
¿Lo ha visto?
Noto cómo se me calientan las mejillas. ¿Cuántas veces me habrá pillado mirándole de reojo?
Resisto el impulso de ponerme nerviosa mientras utilizo la misma lógica que llevo aplicando durante semanas.
—Te miro de la misma forma que te mira todo el mundo. A ver, sí, me atraes. Soy humana. Tengo ojos. Pero tú y yo…
—Juntos podríamos ser perfectos —me corta.
—Hasta que decidas que no lo somos —le espeto—. Hay mucho en juego. Más por mí que por ti. Y no me creo que no vayas a pensar alguna vez que me veo mejor a seis metros bajo tierra que abrazada a ti en cuanto logre fastidiarte alguna vez.
Sueno más borde de lo que pretendía sonar, pero es cierto.
No se trata de atracción, química o de la diferencia de clases sociales lo que me impide explorar sea cual sea el interés de Adrian.
De hecho, una parte de mí, quizá mucho más grande de lo que debería, está emocionada de saber que le atraigo a Adrian.
Pero no quiero acabar muerta.
—No tengo ninguna intención de matarte —me dice poniendo los ojos en blanco.
—De momento.
Me lanza una mirada aburrida.
—Te he pillado rebuscando entre mis cosas y descubriendo mis secretos más oscuros dos veces ya. Si no te he matado todavía, no creo que tengas de qué preocuparte si me cabreo si no nos ponemos de acuerdo sobre qué cenar una noche. —Y, tras eso, con un tono más suave, añade—: No te pongas nerviosa.
Puedo sentir cómo mis defensas bajan, así que cambio rápidamente de tema,
—Lo que has hecho antes en clase… Prácticamente me has obligado a decirte que sí. Podrías haber esperado. Podrías haber hablado conmigo en algún lugar privado y explicarme lo que te ocurre, pero, en cambio, has decidido montar un espectáculo delante de todo el mundo.
Omito la parte en la que admito que, por unos instantes, he disfrutado del espectáculo, de la atención y de todas las miradas envidiosas, porque él no tiene por qué saber eso.
Vuelve a alzar las comisuras de los labios y no le veo avergonzando ni sentirse mínimamente culpable.
—En ningún momento he dicho que sea un santo. O que no vaya a utilizar el chantaje para conseguir lo que quiero. Ya te acostumbrarás.
—¿Lo haré?
—Sí. —Su tono no parece dar paso a discusión alguna—. Ahora eres mía.
—Vaya, justo lo que siempre he querido —le digo con sarcasmo—. Una relación basada en chantajes y secretos.
Él se encoge de hombros y su voz se convierte en un susurro.
—Estoy seguro de que pronto descubrirás que ser mía también tiene muchas otras ventajas.
No consigo descifrar si es afecto o posesión lo que brilla en sus ojos, o cuál de las dos hace que mi estómago dé vueltas como una tortita.
Lo único que sé es que esto puede llegar a acabar muy mal.