Limerencia 20
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La discusión de esta mañana se repite constantemente en mi cerebro. Cuando más lo conozco, más fácil es de leer Adrian, pero ahora mismo estoy desconcertada. O Adrian se lleva mal con Freddy y no ha querido decírmelo, o, y esta opción es bastante ridícula, está celoso.

Como acabo de decir: es ridículo.

En ningún momento Adrian ha dado señales de que me vea de esa forma, pero, como alguien que lleva cuatro años lidiando todos los días con el sentimiento de envidia, podría decir que sé reconocerla a kilómetros de distancia.

«Quizá sean celos no románticos».

Teniendo en cuenta que ha sido un niño rico toda su vida, diría que Adrian no ha tenido que compartir nunca nada y, además, yo soy la primera persona que ha podido descubrir la oscuridad que se oculta tras una apariencia encantadora y que todavía sigue viva para contarlo.

Su primera amiga de verdad.

«Esa palabra sigue sonando muy extraña».

Una amistad que se puede derrumbar en cualquier momento, pero una amistad al fin y al cabo.

«¿Acaso está preocupado de perderme por culpa de Freddy?».

No es una posibilidad del todo absurda, y es una a la que se le puede poner remedio. En cuanto las cosas se enfríen un poco le diré que no tiene de qué preocuparse. Tan solo es un baile. No tengo ninguna intención de pasar más tiempo con Freddy después del sábado por la noche.

Esto es lo que me repito una y otra vez mientras me adentro en el aula para la clase que usamos para empezar a preparar las solicitudes de la universidad. Me coloco al fondo como suelo hacer normalmente. Freddy me sonríe, está sentado unas tres filas más abajo, pero no se acerca a mí.

Tengo que buscar un vestido para el sábado.

Si soy sincera, ese es mi mayor problema ahora mismo, y no Adrian.

El baile de San Benedicto es uno de los eventos más glamurosos del año.

Y, al igual que sucede en todos los eventos de Lionswood, todo el mundo competirá para ver quién va mejor vestido, sobre todo las chicas.

Seguramente la pista de baile esté repleta de atuendos de alta costura y, sin embargo, yo…

No pienso ponerme un vestido que me haya comprado en el centro comercial, eso está claro.

Todavía tengo ahorrados unos cuantos dólares para las solicitudes de la universidad y que, irónicamente, conseguí gracias a Freddy, pero quizá pueda utilizarlos para esto.

Doscientos dólares no me llevarán muy lejos, pero al menos sí harán que consiga algo que no esté en la sección de rebajas del centro comercial.

Coloco la mochila de Burberry sobre la silla y le echo un vistazo. Podría intentar venderla, pero…

No.

Aprieto los dedos de forma inconsciente sobre las asas.

Esto no.

No pienso desprenderme del primer y único objeto de lujo que he tenido en toda mi vida.

Adrian entra en el aula y encuentra un hueco libre al otro lado de donde yo me siento. No me ofrece ni una sola mirada en el proceso, así que supongo que seguirá cabreado.

Da igual. Ya me ocuparé de él más tarde.

Freddy echa la cabeza hacia atrás y se ríe de algo que le ha dicho un amigo suyo y, por un instante, la montaña rusa de emociones de esta mañana se detiene y siento la emoción.

Por primera vez en años podré asistir a un evento de la escuela.

Voy a ir al baile de San Benedicto.

¿Así se supone que debería ser mi último año?

¿Bailes, citas y experiencias positivas que hagan que me sienta una persona de carne y hueso, y no solo un fantasma merodeando por los pasillos?

Vuelvo a echar una mirada a mi alrededor. Hacia Adrian.

Me está mirando con esos ojos color ónix resplandeciendo bajo las luces, y, cuando me pilla mirándole, sus labios se curvan en una sonrisa torcida; no, más bien en una mueca burlona.

Siento la inquietud por todo el cuerpo, pero el profesor Kane pide atención para comenzar la clase, así que no le doy más vueltas.

Se pasa los siguiente treinta minutos aburriéndonos sobre cuál es el formato correcto y, cuando mis párpados comienzan a cerrarse, oigo cómo alguien llama a la puerta. El profesor Kane hace una pausa para acercarse a ella y abrirla.

Se me cae la boca al suelo.

Y no soy la única.

No sé muy bien qué esperar de esta visita inesperada, pero lo que no esperaba era ver a la dependienta de una floristería entrar al aula cargada con el ramo de rosas rojas más grande que jamás había visto en mi vida. Deben ser al menos dos o tres docenas.

Y eso no es todo.

Justo detrás de la primera aparece otra dependienta con otro ramo enorme de lo que parecen ser rosas con pétalos de color melocotón.

Y después aparece una tercera (por Dios) con unas flores híbridas. Los pétalos rojos se vuelven blancos en el centro.

Y la cuarta dependienta lleva unas rosas tan oscuras como los ojos de Adrian.

—Joder —silba alguien una fila por detrás de mí—. ¿Quién habrá decidido invitar a alguien al baile así?

Es la invitación más ostentosa que jamás había visto y está teniendo lugar delante de todos los alumnos de último año.

Toda el aula se llena de susurros maravillados e incluso el profesor Kane parece intrigado por el gran espectáculo que está interrumpiendo su clase.

Las dependientas pasan de largo la primera fila.

Al igual que la segunda.

Y la tercera.

Suben hacia el final y se detienen casi al lado de mi asiento.

Subo las piernas al asiento para dejarles paso.

—Lo siento, ¿podéis pasar por aquí? —La primera dependienta no dice nada ni hace el amago de pasar por delante de mí. Tan solo se cambia el ramo de brazo y me mira expectante, como si fuera yo la que tuviera que saber lo que está pasando aquí.

—Poppy.

Me giro y siento que se me cae el alma a los pies cuando me encuentro cara a cara con un Adrian muy sonriente. Paseo la mirada entre él y la fila de dependientas que llevan todo un jardín de rosas en las manos. Toda la sala está completamente en silencio.

—¿Qué está pasando aquí?

Adrian solo amplía la sonrisa.

—Quiero que vayas conmigo al baile de San Benedicto. ¿Me concederías ese honor, Poppy?

¿Qué demonios?

Por segunda vez en el día me quedo esperando a que alguien suelte una carcajada que me indique que esto se trata de una broma de mal gusto.

Pero con solo echar una mirada a mi alrededor puedo comprobar que nadie se está riendo. La mayoría nos miran (me miran) con un sentimiento con el que ya estoy muy familiarizada en Lionswood: una envidia abrasadora.

Me tienen envidia a mí.

Me alegro , es lo primero que pienso mientras paseo la mirada de un rostro enfadado a otro. Me enderezo en el asiento. Ahora ya sabéis lo que se siente.

Hasta que mi mirada se posa sobre la de Freddy, quien parece devastado.

Me giro de nuevo hacia Adrian y murmuro:

—¿Qué demonios estás haciendo? —Las dependientas siguen allí de pie, con los brazos repletos de rosas, a la espera de mi respuesta.

Todo el mundo me está esperando.

Adrian da un paso hacia delante y me agarra de la mano. Su roce es cariñoso.

—Porque ahora te veo de verdad —suspira en voz baja para que solo yo pueda oírle—. Así que más te vale decir que sí o pienso crear una escena para que todas estas personas deseen que te expulsen antes de que acabe el día.

Le observo horrorizada.

Él solo sonríe, pero por su mirada puedo ver que lo dice en serio.

Así que termino aceptando.

En el mismo momento en el que termina la clase, empujo a Adrian al aula vacía más cercana.

—Vale. Ahora en serio. ¿Qué demonios ha sido eso?

Para alguien que acaba de coaccionarme en público para que vaya a una cita con él, parece totalmente despreocupado mientras se apoya contra uno de los escritorios de madera y se mete las manos en los bolsillos.

Más que despreocupado, parece engreído. Victorioso. Triunfante.

—Si necesitas que lo diga en voz alta… —Su sonrisa burlona solo se expande y yo creo seriamente que podría llegar a odiarle—. Te he invitado al baile de San Benedicto.

No suelo ser partidaria de la violencia física, pero me apetece mucho darle un buen puñetazo en esa mandíbula tan perfecta para ver si así logro quitarle esa sonrisa de la cara.

Agacho la mirada hacia el escritorio de madera y respiro con profundidad antes de que ese impulso termine de dominarme por completo.

—Sí, esa parte la he pillado. Pero ¿por qué?

Ni siquiera tengo que mirarle para saber que se está encogiendo de hombros.

—Porque quiero llevarte al baile.

—A modo de favor —le corrijo—. Algo que me has dejado muy claro esta mañana, al igual que yo te he dejado claro que no necesito que me hagas ningún favor. Así que no estoy del todo segura sobre cómo hemos pasado de eso a lo que ha sucedido en clase.

Él no me responde y, cuando vuelvo a mirarlo a los ojos, su expresión es irreconocible. Es desesperante.

Me masajeo el puente de la nariz y suelto otro largo suspiro.

—Dios, a veces eres muy frustrante.

—Qué gracioso. Yo podría decir lo mismo sobre ti. —Es el sonido de su risita, uno grave y parecido al chocolate derretido, lo que me hace apartar la mirada del suelo.

Y me quedo de piedra.

Porque me está mirando.

Bueno, no estoy del todo segura de si «mirar» es la palabra exacta para describir lo que está haciendo. Me está observando de la misma forma en la que la mitad del equipo de lacrosse observan las piernas desnudas y con tacones de Sophie: totalmente cautivados.

No oculta la forma en que me mira. Posa los ojos sobre mis muslos, mis caderas, en mis pechos y después en la rojez que está empezando a subirme por el cuello.

No tengo ni idea de qué he hecho para merecerme este tipo de escaneo, pero, de pronto, me siento muy desnuda.

—¿Adrian? —Pronuncio su nombre con la misma incertidumbre que siento en este momento.

Él parpadea como si se acabara de acordar de que se suponía que íbamos a tener una conversación y su expresión cambia.

—Tenías razón.

—¿Razón sobre qué? —Me aclaro la garganta, aunque me siguen quemando las mejillas. He comenzado la conversación muy sofocada y él ha conseguido desarmarme con tan solo una mirada.

Adrian aparta el escritorio y camina en mi dirección.

—Cuando dijiste que no te había visto de verdad.