Limerencia 19 #2
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19 #2

—¿Por qué no iba a querer? —Inclina la cabeza hacia un lado y un rizo rebelde le cae sobre los ojos.

Siento la imperativa necesidad de estirar la mano y volver a colocárselo en su lugar—.

A mi madre le encanta el arte y suele ser mecenas de muchos artistas.

A la prensa le encantará que aparezca por allí y haga una donación al museo.

Y, además, supongo que nunca has visto un Dalí en persona.

Sacudo la cabeza.

De vez en cuándo conseguía escaparme al museo de Mobile, pero nunca he tenido la oportunidad de ver una obra de tal calibre en persona.

Él me ofrece una sonrisa triunfante.

—Genial.

Abro la boca para decirle que sí y… me detengo.

—Espera.

Adrian hace una pausa.

—¿Qué pasa?

Me rasco la nuca.

—Te refieres a este sábado, ¿no?

—Sí.

—Entonces…, no estoy del todo segura —admito—. El baile es este sábado también y…

De pronto parece como si hubiera encendido un cartucho de dinamita y lo hubiera lanzado hacia nuestra conversación, porque su expresión se ensombrece y veo cómo frunce el ceño.

—No lo dirás en serio, ¿no?

Parpadeo, sorprendida por el cambio tan repentino de humor.

—No sé. Freddy me ha dicho que me lo piense y eso estoy haciendo. Todavía tendría que encargarme de unas cuantas cosas, como, por ejemplo, del vestido, pero…

—¿Y estás dispuesta a perderte la oportunidad de apreciar en directo la obra de uno de los mayores artistas del mundo solo para asistir a un estúpido baile escolar? —me interrumpe.

Siento el fastidio en el pecho, pero consigo ocultarlo bastante bien.

—No entiendo por qué no puedo ir a un estúpido baile escolar y también a ver las obras de arte contigo. No creo que solo tengan la exposición este sábado, ¿no? Podríamos ir el fin de semana que viene.

Su mirada se entorna aún más.

—No quiero ir el fin de semana que viene. Quiero ir este.

Me quedo mirándole, esperando a que me ofrezca una explicación más elaborada.

Pero no lo hace.

¿Por qué siempre se empeña en complicarlo todo?

Atribuyo su insistencia al privilegio continuo del que dispone Adrian. Se trata de una persona que está acostumbrada a tener lo que quiera cuando quiera.

Pero ya que no parece estar dispuesto a dar su brazo a torcer, yo tampoco pienso hacerlo.

—Bueno, pues si solo te apetece ir este fin de semana, voy a tener que rechazar la oferta. Prefiero…

—Pasar la noche en mucha peor compañía —me vuelve a cortar. De nuevo—. Espero que te guste la sonrisa de Freddy. Puede que sea lo último que veas antes de que te aburra hasta la muerte.

A pesar de la poca interacción que he tenido con él, solo sé tres cosas sobre Freddy Rook (cortesía de los cotilleos que circulan por todo Lionswood): que juega bastante bien al lacrosse , que suele beber demasiado en las fiestas que hacen después de los partidos y que (supuestamente) su sonrisa no es lo único que tiene bonito.

Y, por lo poco que sé, nunca ha aburrido a nadie hasta la muerte, que es lo que intento explicarle a Adrian.

—¿Estás segura? —me replica—. Porque he tenido la poca fortuna de hablar con él en algunas fiestas.

Su único tema de conversación son las estrategias que usa cuando juega al lacrosse y, en cuanto se pase de la raya con la bebida, comenzará a hacerte un repaso de todos los goles que ha marcado en su vida.

Un ápice de duda se cuela en mi cerebro a pesar de que intento autoconvencerme de que no es tan mal tipo y dicha duda se convierte pronto en fastidio.

—A ver, ¿a ti qué demonios te pasa? ¿Por qué te empeñas en que deje plantado a Freddy?

Adrian se acerca más a mí y esboza una sonrisa burlona.

—Lo que me pasa es que no lo entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes? —Intento mantener el volumen bajo, porque en cuanto echo un vistazo al pasillo me doy cuenta de que estamos empezando a llamar la atención de todo el mundo.

—No entiendo por qué te interesa tanto. —Veo cómo le destellean los ojos—. Por qué te interesa él. Freddy Rook no tiene nada de especial y, sin embargo, prefieres pasar tiempo con él antes que conmigo. Pensaba que habíamos acordado ser amigos.

—Y lo somos, pero quiero ir al baile —siseo en voz baja—.

No se trata de ti. Ni de él. Sino de mí queriendo ir a un estúpido baile escolar con un chico guapo, hacerme muchas fotos y dar vergüenza ajena en la pista de baile.

Esto no tiene nada que ver contigo. —Ni siquiera me doy cuenta de que he dado un paso hacia adelante hasta que estoy cara a cara con su clavícula y tengo que alzar la cabeza para mirarle a los ojos.

Veo cómo la rabia le desaparece del rostro.

—Entonces, ve al baile conmigo.

El mundo parece detenerse.

—¿Qué?

—Ve conmigo —repite—. Yo te llevaré al baile.

Durante un instante mi cerebro cortocircuita y solo hay un único pensamiento repitiéndose una y otra vez en él: Adrian Ellis me acaba de pedir que vaya al baile con él.

Adrian Ellis, el chico más guapo que he visto en mi vida, me ha pedido que vaya al baile con él.

Adrian Ellis, el chico más popular de la escuela, me acaba de pedir que vaya al baile con él.

Entonces, la realidad vuelve a su cauce y me doy cuenta de que la persona que me lo está pidiendo es Adrian Ellis, un asesino, un amigo entre muchas comillas y que no me lo está pidiendo como lo haría cualquier otra persona.

Me lo está pidiendo de la misma forma en la que alguien le preguntaría a otra persona si quiere sopa o ensalada para comer: como si no le interesara la respuesta.

—¿Por qué? —Es lo primero que sale por mi boca.

Hay un breve pausa en la que Adrian parece estupefacto, como si ni siquiera él mismo se hubiera planteado el por qué, pero entonces veo cómo simplemente se encoge de hombros.

—Considéralo un favor por mi parte. Te estoy salvando de pasar una noche muy monótona.

—¿Un favor? —Se me encienden las mejillas de vergüenza—. Quieres invitarme al baile a modo de favor.

Él me ofrece una sonrisa.

—Eso es lo que hacen los amigos, ¿no?

¿Invitarte a una cita porque le das lástima? Claro que sí.

Sea como sea, tiene razón. Que Adrian Ellis me lleve al baile sería todo un favor para mí. Un acto de caridad que reforzaría su estatus social y que catapultaría el mío. Sería el buen samaritano que sacrificaría una buena cita para llevar a la triste y patética chica de la beca al baile.

Casi puedo imaginar la sonrisa de satisfacción de Sophie justo cuando suena el timbre y los últimos estudiantes se meten en las aulas.

—No —le digo—. Prefiero ir con Freddy.

Intento pasar por su lado, pero Adrian me coloca una mano en el brazo y me aprieta con fuerza.

—¿No? —Veo cómo frunce el ceño y cómo aprieta los labios—. ¿Qué quieres decir con que no?

—Voy a llegar tarde a clase.

Él me ignora y continúa frunciendo el ceño en mi dirección.

—¿Por qué no?

—Prefiero ir con Freddy.

—Sabes que no.

—Sí.

—Tienes que estar de coña.

—No. Creo que me lo pasaré mejor con él.

Se le escapa una risita ahogada.

—Me estás insultando. Estoy intentando hacerte un favor y, aun así, me dices que prefieres ir con él. Deberías sentirte agradecida de que te lo esté ofreciendo si quiera.

Siento la ira dentro de mí.

—Puede que esta mañana me haya levantado poco agradecida. —El sarcasmo se cuela en cada palabra—. Voy a llegar tarde. Suéltame. —Intento soltarme, pero él no se mueve.

—Dime por qué —me ordena—. Necesito saberlo. —Siento un retazo de desesperación en su voz que es casi inquietante.

—¿En serio necesitas que lo diga en voz alta?

Veo cómo entorna la mirada, pero no pronuncia ni una sola palabra.

Yo suelto un suspiro.

—Para alguien que alardea de ser tan perspicaz, tengo la impresión de que todavía no has terminado de calarme del todo. —Me paso un mechón de pelo por detrás de la oreja—. Prefiero ir con Freddy porque él no me lo ha pedido para hacerme ningún favor.

Veo cómo su agarre se debilita y aprovecho para liberarme de él.

—Tengo que irme a clase. Nos vemos a cuarta hora.

Lo dejo con sus propios pensamientos en mitad de un pasillo vacío y, a pesar de que no me giro para mirarle, noto cómo su mirada me hace cosquillas en la nuca hasta que me meto en clase.