Limerencia 19
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A pesar de haber llegado a un acuerdo con Adrian para no desvelar mutuamente nuestros secretos, no le veo durante el resto de las vacaciones de otoño.

No me presento en su puerta ni él se presenta en la mía.

Parece que hemos llegado a otra especie de acuerdo silencioso para darnos algo de espacio personal. Un espacio más que necesario.

Porque no ha cambiado nada.

No sabría muy bien cómo explicarlo, pero, desde que he descubierto sus secretos y yo le he contado los míos, es como si se hubieran reventado las bisagras de una puerta que estaba ya muy agrietada.

Puede que no vayamos a volver a dirigirnos la palabra, pero, cuando me lo cruce en los pasillos o vea su rostro en la portada de una revista dentro de veinte años, sabré exactamente qué fue lo que lo llevó a convertirse en un asesino.

Al igual que él siempre sabrá que no soy la buena chica que finjo ser.

Cuando llega el lunes, estoy más que preparada para continuar siendo la chica invisible de Lionswood. La verdad es que estoy empezando a apreciar ese rol porque, si los eventos de este último año me han enseñado algo, es que la invisibilidad no es la maldición que creía que era.

Es un escudo.

—¡Ay, madre! ¡Ay, madre! ¡Ay, madre!

Estoy a medio camino de mi taquilla cuando escucho la primera oleada de chillidos.

Los ruiditos provienen de Tori Gonzalez, que sigue temblando mientras se lanza con los brazos abiertos hacia su novio, Emmett, con una rosa roja en la mano.

—¡Pues claro que iré a la fiesta de San Benedicto contigo! —Termina la frase dándole un beso.

Caigo en la cuenta al instante.

¿Cómo he podido olvidarme?

Bueno, sí sé por qué se me ha olvidado. Tengo cosas más importantes de las que ocuparme que un estúpido baile escolar al que no pienso asistir.

Unas cuantas taquillas más adelante, Jesse, un compañero con el que voy a algunas clases, abre su taquilla y descubre su propia rosa roja detrás de una pila de libros de texto.

Esta está cubierta en purpurina que sale disparada por todas partes cuando la saca.

Jesse le lanza un beso a su novio, un chico del equipo de lacrosse de cuyo nombre no me acuerdo.

Escucho más chillidos y aplausos emocionados mientras tiene lugar la tercera propuesta de la mañana: Millie Rogers y un chico del equipo de ajedrez al que casi no conozco.

La envidia me corroe por dentro.

Me gustaría poder pensar que después de todo lo que ha ocurrido últimamente estoy muy por encima de estas cosas, pero…

también soy humana. Una parte de mí llora por la Poppy que jamás tendrá una relación sentimental en el instituto.

O un vestido enorme y muy pomposo con el que hacerme muchas fotos y bailar hasta que termine en el fondo del armario durante los próximos diez años.

—Qué romántico, ¿no? —dice una voz familiar a mi lado.

Casi pego un brinco mientras mi buen humor desaparece cuando veo a Adrian apoyado contra la taquilla más cercana a la mía.

—¿Qué haces aquí? —Suelto esa pregunta con más brusquedad de la que pretendía, pero la última vez que estuvimos cara a cara de esta forma, Adrian me pasó las manos alrededor de la garganta con intención de matarme.

Y como se ha mantenido alejado de mí desde ese momento, no estoy del todo segura de cuáles son sus intenciones ahora mismo. Quizá haya cambiado de opinión desde el viernes y haya utilizado el resto de las vacaciones de otoño para planear mi asesinato.

Noto cómo se me hunde el estómago.

Es una posibilidad totalmente factible.

La sonrisa perezosa de su rostro no me indica lo contrario.

—Somos amigos, ¿no?

Estrecho la mirada y bajo la voz.

—¿En serio? Creo que los amigos no intentan matar nunca al otro.

Él alza una ceja.

—Para que quede claro, no intenté matarte. Tan solo lo pensé. Y, ya que parece que estás muy interesada en la semántica, yo tampoco creo que los amigos rebusquen entre los objetos personales de sus amigos.

Trago saliva. De acuerdo. Ahí lleva razón.

—No tienes de qué preocuparte. Ya lo he superado. —Se encoge de hombros—. Hemos llegado a un acuerdo que funciona para ambos, ¿no? Sabes mis secretos y yo sé los tuyos. Nadie tiene por qué salir herido en esta situación.

No estoy muy segura de si una «amistad con Adrian» y «nadie tiene por qué salir herido en esta situación» son dos cosas que vayan a funcionar juntas, pero no pienso desequilibrar esta paz que tanto me ha costado conseguir sin motivo alguno.

—Además —continúa, ampliando más la sonrisa—, como tu amigo, creo que vas a querer ver esto. —Adrian alza la barbilla hacia la pelirroja que se acerca a su taquilla.

Como siempre, Sophie camina flanqueada por sus amigas a ambos lados, con una sonrisa de autosuficiencia en el rostro. Parte de la multitud guarda silencio a su paso.

—Creía que habías dicho que no ibas a invitarla al baile.

—Y no lo he hecho —responde en voz baja—. Le dije que no iba a hacerlo. Muchas veces. Pero estoy muy seguro de que se piensa que estaba de broma solo para darle una sorpresa.

Me doy cuenta de que no lleva pendientes y eso solo confirma su teoría.

Sophie comienza a introducir la contraseña de su taquilla sin despegar la mirada de Adrian.

Siento vergüenza ajena.

—No sé si estoy segura de querer ver esto.

Quizá un poco sí.

La taquilla de Sophie se abre y al menos una docena de rosas salen de esta y caen al suelo, pero ella no parece prestarles demasiado intención, sino que se dedica a rebuscar por dentro de la taquilla.

Veo cómo su rostro se contrae por la frustración y, cuando parece darse cuenta de que no hay ningún par de pendientes de miles de dólares en medio del revoltijo, se gira para observar las rosas que hay en el suelo.

No consigo ver los nombres que hay atados a los largos tallos desde aquí, pero está claro que el que ella espera encontrar no está entre ellos.

Durante un instante parece devastada y el rechazo hace que tuerza los labios.

Vaya, esto es muy doloroso de ver.

Pero, tras unos instantes se endereza, esboza una sonrisa tensa y saca una rosa de entre el resto.

—Tristan Bell —ronronea y le ofrece una sonrisa a dicho jugador del equipo de lacrosse —. Estaba esperando que me lo pidieras tú. Me encantaría ir contigo al baile.

Ava y Penelope, quienes seguramente se han pasado todas las vacaciones de otoño escuchando a Sophie contarles que esta mañana iba a tener unos pendientes muy caros en su taquilla, intercambian miradas de confusión.

Tristan Bell no parece darse cuenta de que se acaba de convertir en el premio de consolación mientras muchos de sus compañeros de equipo le ofrecen palmaditas en la espalda y Sophie se dirige hacia él para agradecérselo personalmente con la rosa en la mano.

No vuelve a mirar a Adrian en ningún momento.

—Vaya, parece que has hecho un buen trabajo en enfadarla.

—Me alegro —dice—. Una Sophie enfadada es mucho más fácil de tolerar que una feliz. Estoy seguro de que esta nueva versión al fin me dejará en paz.

No puedo discutir con esa lógica.

Una vez que todas las declaraciones románticas han terminado, al fin puedo abrir mi taquilla. El metal emite un crujido mientras la abro con intención de recoger un libro de texto, pero no es eso sobre lo que se cierran mis dedos.

Parpadeo.

¿Qué demonios?

Hay una rosa.

En mi taquilla.

Justo encima de mi libro de texto de Biología.

Saco la flor con cuidado para no dañar los pétalos. Enseguida pienso que podría tratarse de una broma cruel orquestada por Sophie, pero me detengo en seco cuando veo el nombre que se encuentra en la pegatina blanca.

—¿Qué es eso? —me pregunta Adrian, pero yo le ignoro y me giro para buscar entre la multitud a…

Vaya.

Me está mirando.

Al otro lado del pasillo unos ojos azul cobalto me miran mientras se ríe con el resto de sus compañeros del equipo de lacrosse .

Y no parece que se esté riendo de mí.

Freddy Rook me ofrece una amplia sonrisa que me deja sin aliento y con las mejillas sonrosadas. Por el rabillo del ojo puedo ver cómo Adrian sigue el curso de mi mirada, pero Freddy es el único que tiene mi atención en este momento. Veo cómo hace un gesto hacia la rosa y murmura: «Piénsatelo».

Yo asiento, todavía anonadada, mientras él me guiña el ojo y regresa junto a sus amigos.

Vaya, esto es…

Bajo la mirada para observar la rosa (mi rosa) con los ojos bien abiertos.

…un giro de guion totalmente inesperado.

A pesar de habérmelo cruzado unas cuantas veces en el pasillo, no he vuelto a tener ninguna interacción con Freddy desde nuestro intercambio con la invitación a la fiesta de Adrian y, por muy guapo que sea, no tenía ni idea de que yo podía llegar a interesarle de esta forma.

«Piénsatelo». Pues lo mismo sí que me lo pienso.

—¿Te puedes creer que…? —Me giro para comentar con Adrian lo que acaba de suceder, pero me doy cuenta de que ya se ha marchado. Veo cómo la multitud se aparta para dejarle paso.

Frunzo el ceño.

Supongo que tampoco tenemos que venirnos muy arriba con el tema de la amistad.

—¿Sabes qué deberíamos hacer el sábado por la noche?

No esperaba ver a Adrian hasta la clase que compartimos a cuarta hora para preparar las solicitudes para la universidad, pero aquí está, entreteniéndome en mi camino hacia la clase de Inglés. No comenta nada sobre la forma tan borde en la que se fue sin despedirse esta mañana.

—Creía que tenías Cálculo a segunda hora —le digo—. ¿No deberías de estar en otro pasillo? —Más de una mirada curiosa se posa sobre nosotros.

—Querrás decir Estadística. Ya hice Cálculo el año pasado —me dice, aunque sigue sin responder a mi pregunta—. Hay una exposición de arte el sábado por la noche. En Hartford. Uno de los museos tendrá unas cuantas obras de Dalí.

Alzo muchísimo las cejas.

—¿Dalí? ¿Te refieres a Salvador Dalí?

—Si se tratara de otro Dalí no te lo estaría proponiendo.

—En Hartford… —Mi cerebro comienza a hacer cálculos mentales—. Eso está…

—A dos horas en coche de aquí —termina de decir—. Mi chófer puede llevarnos.

Ignoro el comentario sobre su chófer porque por supuesto que Adrian tiene un chófer privado.

—¿Y tú quieres ir? ¿A una exposición de arte?