Limerencia 18 #3
49%

18 #3

Opción uno: disolverme en un pozo de lágrimas y esperar a que Adrian tenga la misma alergia a ver a una mujer llorando que Rick. Suena tentador… pero no creo que Adrian vaya a decirme que vaya a buscar a mi madre y que de paso le lleve una cerveza.

Opción dos: enseñarle las tetas y esperar que eso sirva a modo de distracción para conseguir escapar. Aunque Adrian no ha mostrado sentirse mínimamente atraído hacia mí y no necesito que alguien se ría del tamaño de mis pechos justo antes de matarme.

Vuelvo a respirar con dificultad.

Ya he estado antes en esta situación. Misma sala, aunque con un diario diferente. Y Adrian me dejó marchar ese día.

Pero tan solo porque le interesé.

Y solo le interesé porque fui… sincera.

Me quedo muy quieta. La respuesta que necesito me impacta con la fuerza de un relámpago.

—No tienes que matarme —le suelto de repente.

—Ah, ¿no? —Puedo notar el sarcasmo en su voz.

Sacudo la cabeza y le miro directamente a los ojos.

—No. Ahora mismo puedo parecer un problema. Sé algo sobre ti que no voy a poder olvidar nunca. Algo que podría usar contra ti de la misma forma que intentó hacer Mickey.

—Vaya, parece que ambos hemos llegado a la misma conclusión.

—Pero… —Alzo un dedo en su dirección. Me tiembla la voz.

Estoy desesperada—. Ambos sabemos que matarme provocaría un desastre.

¿Dos muertes en el mismo semestre? Te puedo jurar que voy a mantener la boca cerrada, pero supongo que no me terminarías de creer y sé que no es la mejor opción para mí.

Así que estoy dispuesta a ofrecerte otra cosa que me parece que es la mejor opción en este momento para los dos.

—Te escucho.

Trago saliva. Nunca pensé que esta sería la forma en la que terminaría confesándole esto a alguien.

El mismo secreto que podría arruinarme la vida puede que ahora me la vaya a salvar.

Qué irónico.

Casi me duele el estómago. Lanzo la propuesta como si se tratara de una idea de negocio.

—Ahora mismo tengo algo que podría usar en tu contra, pero ¿y si pudiera ofrecerte lo mismo? Algo que podrías usar en mi contra para igualar la balanza. Una destrucción mutua asegurada.

Adrian alza una ceja, parece poco impresionado.

—Siento tener que decírtelo, cariño, pero no creo que tengas nada que valga la pena confesar. Tus traumas de la infancia solo servirían para una sesión de terapia barata. Los míos acabarían saliendo en las noticias y en todos los periódicos en cuanto se filtraran a la prensa.

—No se trata de mis traumas —le respondo—. Es otra cosa. He hecho algo… —No consigo encontrar las palabras para describirlo. ¿Malo? ¿Ilegal? ¿Inmoral según todas las religiones del mundo?—. Algo muy malo. Algo que podrías usar para arruinarme la vida.

Veo cómo el interés va apareciendo poco a poco en sus ojos oscuros.

—¿Sí? ¿Y qué clase de cosa mala podría arruinarle la vida a una chica de una ciudad perdida de Estados Unidos?

—Algo ilegal.

Él asiente y me insta a que siga hablando.

—Tenías razón —susurro—, sobre mí.

Me echa una mirada muy seca.

—Siempre suelo tener razón, así que voy a necesitar que me cuentes algo más que eso.

—Soy… —Vuelvo a tragar saliva. Allá vamos—. Se supone que no debería estar aquí. En Lionswood.

—Tienes una beca.

—Pero no debería tenerla.

Él estrecha la mirada.

—¿Mentiste sobre tu perfil académico para conseguir una beca aquí?

Asiento.

—Sí. Exacto. Mentí sobre mis habilidades académicas para poder obtener la beca.

—Hiciste trampa —dice como si nada.

—Hacer trampas, mentir… es lo mismo. —Me encojo de hombros—. La verdad es que los detalles no importan. Lo que importa es que tengo una beca que no debería tener. Y sé que no debería tenerla, pero nadie más lo sabe. Y si se lo dices a alguien, por ejemplo, al decano…

—Te obligará a devolver todo el dinero de la beca —termina de decir por mí. La sonrisa oscura que le aparece en el rostro no ayuda mucho a calmar mis nervios—. Puede que incluso termines con antecedentes penales.

—Son unos 846 000 dólares que actualmente no tengo, sin incluir el alojamiento y la manutención.

Sé cuál es la cantidad exacta.

A veces, cuando la ansiedad me mantiene despierta por las noches, me pongo a calcular cuántas vidas necesitaría vivir para devolver todo ese dinero.

Mentir para conseguir entrar en Lionswood es lo peor que he hecho nunca.

Y lo mejor que he podido hacer por mi futuro.

Porque, si no lo hubiera hecho, si hubiera escuchado a mi conciencia o a mis nervios ese día, sé exactamente dónde estaría ahora mismo: atrapada en Mobile sin ninguna esperanza de futuro y compartiendo turno de camarera en el restaurante con mi madre.

Ni se me pasaría por la cabeza intentar entrar en Pratt.

—¿Lo entiendes ahora? —le pregunto—. Podrías arruinarme la vida con esto y, si se lo cuentas a alguien, quizá acabe en el mismo lugar en el que acabaría tu diario: en la primera página del periódico con un título que diga algo como: «Una chica consigue engañar a una escuela de élite para conseguir una beca completa.

Todavía no se sabe cuánto tiempo pasará en la cárcel». Así que ambos tenemos las de perder.

Aparte del sonido de mi respiración pesada, la sala se queda en silencio.

Adrian se queda en silencio.

El cerebro me va a mil por hora. Siento pánico y anticipación a la misma vez.

Me late el corazón al mismo ritmo y noto la respiración agitada cuando me suelta el cuello, da un paso hacia atrás y…

Se ríe.

Adrian se está riendo.

No es una simple risita, sino que es una risa completa que le hace doblarse sobre el escritorio y apretarse el estómago.

Le observo con cautela, sin saber muy bien qué hacer ante su reacción. No esperaba ese tipo de respuesta.

Todavía riéndose, veo cómo agarra un pañuelo de la caja que tiene en el escritorio y se enjuga los ojos.

—Vaya, esto es… —Sacude la cabeza—. Esto explica muchas cosas sobre ti, cariño. Como, por ejemplo, que no sepas dónde hay que poner un punto y coma.

Pongo los ojos en blanco.

—Ya, lo pillo. No soy ninguna genio según los estándares de Lionswood.

—No, no eres ninguna genio. Pero sí eres…

Se me corta la respiración. Me está mirando, algo que no debería ser demasiado relevante. Pero no solo me está mirando, me está observando, de pies a cabeza, con los labios un tanto curvados, como si estuviera disfrutando de lo que está viendo.

Como si no fuera solo Poppy, una espina constantemente clavada en el costado, sino una nueva mujer que acaba de aparecer por la puerta.

Como si me estuviera viendo por primera vez.

—… algo —termina de decir en voz baja.

La situación es demasiado intensa. Me preocupa llegar a derretirme bajo el peso de su mirada si no la aparto yo primero.

—Así que… —me aclaro la garganta—, ya tienes algo que puedes usar en mi contra. Y yo contra ti. Es…

—Una destrucción mutua asegurada —me corta, con la mirada todavía destelleando con intensidad—. Supongo que sí.