18 #2
—Lo que Mickey no tuvo en cuenta es que si iba a intentar crear un escándalo para amenazar a una familia que no tiene ninguno, debería haber pensado antes el porqué de esa falta de escándalos.
—Me cuesta mucho esfuerzo evitar echarme hacia atrás cuando da otro paso hacia mí—.
Yo jugué bien mis cartas. Le dije que iba a hacerlo.
Que le iba a conseguir el dinero para que él no terminara desvelando nada.
Le dije que se asegurara de que no había nada que pudiera vincularnos después de que le diera el dinero.
Él pensó que todo era para mantener la extorsión en silencio, pero yo solo quería asegurarme de no acabar siendo sospechoso tras su muerte.
Se me corta la respiración cuando veo cómo Adrian comienza a alzar una de las comisuras de los labios en una sonrisa aterradora.
—Quería que estuviera nervioso y que saltara a la primera de cambio cuando ocurriera, así que esperé toda la semana antes de decirle la hora y el lugar.
Él quería hacer el intercambio en público, pero Mickey no era muy buen negociador, así que terminó accediendo a que lo hiciéramos en su propia habitación.
Justo después de la práctica de natación.
Me quedo mirándole.
Me lo está contando todo.
¿Por qué me lo está contando todo?
—Fui cauteloso. Hablé un poco con él antes para asegurarme de que no se lo esperara y, bueno, en el momento en el que sí lo vio venir…
estaba muy asustado. No gritó, tampoco es que le hubiera dejado hacerlo, pero lo vi en sus ojos.
Los ojos de la gente nunca mienten. —Se le ensancha la sonrisa—.
Toda la planificación y todas las molestias…
merecieron la pena cuando vi el miedo en sus ojos mientras se precipitaba hacia su muerte.
Siento como si me hubiera tirado un cubo de agua fría por encima. Este… Este es el verdadero Adrian. No el chico encantador al que intenta imitar durante el horario lectivo. No el supuesto amigo que me llevó al cine.
Este es Adrian; al desnudo y sin ninguna máscara.
Una persona que ha matado a alguien y que lo ha disfrutado.
—Pero supongo que nada de esto te sorprenderá —continúa mientras se le endurece la voz—. Has leído mi diario. Has visto quién soy de verdad. Ahora lo sabes todo sobre mí, ¿no es así, Poppy?
Se me para el corazón cuando la tensión de la sala se multiplica por diez. Adrian da un paso hacia delante. Y después otro. Siento la adrenalina corriéndome por las venas y mis músculos gritándome: ¡Corre! ¡Lucha! ¡Sal de aquí!
Así que eso es lo que hago.
O al menos lo intento, porque, en el momento en el que hago amago de dirigirme hacia la puerta, Adrian me coloca la mano alrededor del cuello y me presiona la espalda contra la ventana de cristal.
No sé si es el miedo o el peso de su mano sobre mi garganta. Solo sé que termino pronunciando su nombre de forma ahogada e intentando estirarle de los dedos.
Pero él no reacciona mientras me mira desde arriba con unos ojos color carbón entrecerrados.
Y fríos.
Muy fríos.
Voy a morir.
Va a matarme de verdad.
Debería estar suplicándole por mi vida o tratando de darle algún tipo de explicación que le convenza para soltarme, pero mi cerebro parece una cinta de grabar que se ha quedado atascada en la misma sensación: pura incredulidad.
¿Cómo puede ser que haya acabado aquí… de nuevo?
Esto es absurdo.
Y yo he sido ridículamente estúpida por haber terminado en peligro de nuevo.
La curiosidad no solo mató al gato, sino que también mató a la adolescente idiota que no ha podido mantener la nariz metida en sus propios asuntos.
Mi muerte va a ser un cliché, Adrian conseguirá salir airado y mi madre seguramente se ponga un vestido rosa eléctrico para mi funeral.
Se me escapa una risa incontrolable y Adrian afloja el agarre lo suficiente para que pueda reírme por completo.
—Lo siento. —La risa se convierte en hipo—. Es que… —Se me aguan los ojos—. Esta posición se me hace muy familiar, ¿no crees?
¿Acaso también agarró a Mickey del cuello antes de matarlo? ¿O es que yo soy especial?
Veo cómo se le forman arrugas en la frente antes de que estas desaparezcan.
—Ya veo. Estás teniendo un ataque de risa nerviosa. Tu cuerpo la está utilizando como un mecanismo de defensa para evitar entrar en pánico.
La risa cesa.
El miedo regresa con más potencia esta vez. Seguramente me exuda por los poros.
Voy a morir.
Esta noche no voy a lograr sobrevivir.
Me obligo a mirarlo a los ojos.
—¿Vas a matarme, Adrian?
Unos segundos de silencio muy largos se extienden entre nosotros; mientras tanto, él permanece con la mano sobre mi garganta. No dice nada, incluso aunque no paro de temblar bajo su agarre.
Después de eso, mueve la mano.
No la aparta de mí, sino que la sube. Me pasa los dedos largos por la mejilla y me recorre la boca con el pulgar.
Se me cierra la garganta del miedo.
—Estaba empezando a disfrutar de tu presencia —murmura mientras le brillan los ojos oscuros—. Eras… ¿Cómo lo llamaste? ¿Una amiga de la sección de obligaciones? —Soy muy consciente de dónde se encuentra su pulgar y de cómo me estira del labio inferior para que se separe del superior.
—Podemos seguir siendo amigos —susurro—. No tiene por qué cambiar nada.
Su mirada se endurece.
—Has leído mi diario. Todo tiene que cambiar.
El pánico me invade de nuevo.
—Yo no soy Mickey. Jamás trataría de usar lo que he descubierto hoy sobre ti. No necesitas matarme para mantenerme en silencio.
—Tampoco tenía por qué matar a Mickey. Podría haberle dado el dinero.
O haber llamado a los abogados de mi familia para que le asustaran y así lograr que firmara un acuerdo de confidencialidad —me responde—.
Pero, como ya habrás podido descubrir, soy el monstruo en el que me han convertido mis padres.
¿Y cuál fue la primera lección que me enseñaron?
Cuando encuentras una mala hierba en el jardín, hay que arrancarla de raíz. Nunca hay que dejar cabos sueltos.
—Adrian. —Pronuncio su nombre a modo de ruego—. No te merecías lo que te hicieron tus padres. Ningún padre debería…
Suelto un grito ahogado cuando vuelve a colocarme la mano en la garganta y me la aprieta a modo de advertencia.
—¿Crees que necesito oír las palabras de lástima de alguien que ha nacido en una ciudad de mala muerte sin un solo centavo a su nombre? —sisea—. Puedes ahorrarte tu maldita lástima.
Sus palabras no me duelen. He oído cosas peores de parte de mis compañeros, pero sí necesito reunir todo el coraje del que dispongo para no temblar bajo el peso de su mirada.
—No es lástima —digo con la voz rasposa—. Tan solo quería decírtelo en caso de que todavía no lo sepas. No te merecías eso.
No consigo descifrar la expresión en su rostro o discernir qué significa la forma en la que aprieta la mandíbula.
—Es lo que me toca —dice en voz baja—. Por haber nacido siendo un Ellis.
No podemos dejar nada al azar. Hay que corregir las imperfecciones desde el principio.
Hay que moldear a los niños mucho antes de que ellos mismos tengan la oportunidad de moldearse a sí mismos.
En cierto modo, tengo mucha suerte. Aprendí con rapidez.
Nunca cometí el mismo error dos veces. Mis padres jamás tuvieron que acudir a otras medidas más allá del sótano.
—¿Cuánto tiempo te mantenían ahí abajo? —Sé que se trata de una pregunta estúpida teniendo en cuenta que estoy a punto de cagarla en algún momento y terminar con el cuello roto, pero si la curiosidad es lo que va a acabar conmigo esta noche…
Adrian me responde sin pensárselo mucho.
—Dependía de cuánto lo sintiera —me explica y, a pesar de que me acaba de decir que tuvo mucha suerte, puedo sentir el enfado en su tono—.
Al principio, tan solo eran unas horas, pero, si salía llorando, me tocaba volver a bajar.
Conforme me fui haciendo mayor, los castigos eran cada vez más largos.
El más largo… —Parece pensárselo un par de veces— fue la última vez que estuve en el sótano. La última entrada del diario.
—¿Cuánto tiempo? —le pregunto con suavidad.
—Dos días —me responde—. Fue la primera vez que empujé a mi padre, así que supongo que intentaba demostrarme quién mandaba en casa.
No me acuerdo de mucho. Nunca me bajaban comida ni agua al sótano y, el algún punto, me mareé y caí inconsciente.
Cuando volví a despertar, habían pasado más de cuarenta y ocho horas.
El médico familiar me estaba curando las heridas del tobillo y la infección renal que tenía por la deshidratación.
Puede que Adrian no quiera saber que me da pena, pero no puedo evitarlo. Siento cómo la lástima me revuelve el estómago.
—Nunca le he contado a nadie esto antes. Tú eres la primera persona. —Su tono de voz es bastante suave.
—¿Por qué lo has hecho? —La respuesta más obvia es porque se lo he preguntado, pero ha terminado contándome más de lo que esperaba.
Nuestros rostros están a centímetros de distancia y puedo sentir su aliento frío sobre la piel, aunque supone un esfuerzo mutuo: yo tengo el cuello estirado y él está encorvado sobre mí.
Su respuesta es igual de suave.
—Porque ya no importa.
Abro mucho los ojos.
Y, entonces, vuelve a apretar los dedos.
Reacciono por instinto, le coloco las manos sobre el pecho y empujo con todas mis fuerzas, pero él no se mueve. Ni un solo centímetro.
—¡Espera! —suelto en una especie de semigrito ahogado, semigemido y, para mi sorpresa, Adrian afloja el agarre de nuevo.
No ha durado ni un segundo tratando de ahogarme, pero respiro todo el oxígeno que me cabe en los pulmones como si no hubiera suficiente en la sala.
—Espera. —Vuelvo a respirar con dificultad—. Creo que vas a querer escuchar lo que te tengo que decir.
—¿Sí? —murmura y, a pesar de que ya no me está intentando asfixiar, la mano que sigue alrededor de mi cuello sirve a modo de advertencia.
Respiro varias veces con profundidad.
Piensa, Poppy.
¿Qué demonios podrías hacer para seguir con vida?