Limerencia 18
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mamá está enfadada conmigo

papá también

no sé qué es lo que he hecho mal

me caí, me hice daño y lloré

no quiero estar aquí

está oscuro y da miedo

Me quedo mirando la primera página, más perpleja que nunca.

¿Qué clase de niño escribió esto? Al menos eso es lo que parece: escrito por un niño pequeño, aunque no encuentro ningún nombre en la página o en el cuaderno.

La entrada no parece nueva, sino que la tinta se ha ido emborronando con el tiempo.

Paso a la siguiente página.

No pretendía hacer nada malo. Papá me ha dicho que les he avergonzado durante la cena y me ha vuelto a encerrar aquí. Le he dicho que lo siento, pero me ha dicho que él decidirá cuándo aceptará las disculpas. Quiero volver arriba.

El vendaje de la pierna me duele. Creo que estoy sangrando. He gritado pidiéndole ayuda a mamá, pero no me ha respondido.

Lo siento mucho. No quiero estar aquí.

Lo siento.

Lo siento.

Prometo que lo siento de verdad.

No era mi intención mancharme la camisa nueva.

Abro mucho los ojos y leo la siguiente entrada.

Creo que mamá y papá no saben que existe este diario. Lo encontré en una de las cajas de cartón que había aquí abajo. Escribo aquí hasta que papá me deja salir. La última vez que lo hizo, salí corriendo a abrazar a mamá, pero ella no me dejó. Me dijo que dejara de llorar, o si no, volvería aquí.

Lo siento.

Quizá si escribo aquí que lo siento, mamá y papá se lo creerán.

Lo siento mucho. No voy a volver a quedarme despierto hasta tarde.

Así que sí se trata de un niño. Un niño que ha llevado un registro de sus… ¿castigos? Continúo leyendo.

Esta vez sí sé qué es lo que he hecho mal. He intentado ser bueno. Juro que es cierto. Mamá me llevó a tomar té con el señor y la señora Costa para que pudiera jugar con Miguel.

Tiene la misma edad que yo. Le pregunté si sus padres le encierran en el sótano cuando hace algo malo, pero él no sabía de qué estaba hablando.

Miguel se lo contó al señor y la señora Costa, quienes se lo contaron a mamá, quien se enfadó mucho cuando llegamos a casa.

Lo siento.

Me ha dicho que podré salir cuando aprenda a mantener la boca cerrada.

Lo siento mucho.

A partir de ahora me voy a portar bien.

Siento el horror por todo el cuerpo.

Hay muchas más entradas de ese tipo. Disculpas por escrito y promesas de que va a ser bueno y que se va a portar bien, todo por errores inocentes. Por llorar. Por expresar miedo. Por hablar cuando no debía hacerlo. Por tirar una botella de whisky caro. Por olvidar los modales delante de la gente.

Y cada error parece acabar de la misma forma: con el niño encerrado en el sótano. No hay fechas en las entradas, pero cuando llego a la última página, estoy segura de que ha pasado una cantidad bastante significante de tiempo. La persona que haya escrito esto ya había crecido bastante.

Mi padre no me había obligado a bajar al sótano durante mucho tiempo y esta noche será la última. Sé bien cuándo pretende hacerlo. Antes, cuando ha intentado empujarme por las escaleras, casi he podido con él.

Y, durante un instante, he visto el miedo en sus ojos. Un segundo en el que se ha dado cuenta de que ya no soy el niño pequeño que siempre buscaba complacer y ganarse el amor de sus padres. Casi soy un hombre ya, uno que es más alto que él.

No paro de recordar el pánico en su rostro. Si pudiera retroceder en el tiempo para disfrutar de su miedo un poco más, lo haría. Creo que es lo que más he disfrutado estando en su presencia en varios años.

Casi ha hecho que todo este calvario haya merecido la pena.

Hace años que ya no siento el tobillo, aunque a veces siento un poco de dolor cuando sacudo la pierna. Le dije a mi madre que la cadena no era necesaria, pero, después del incidente con mi padre, supongo que no puedo juzgarla por su inquietud.

Sin embargo, estuvo discutiendo con él durante al menos treinta minutos si un viaje al sótano era realmente necesario.

Incluso ahora le está contando que mi notable alto en el ensayo de Cumbres Borrascosas es porque últimamente me cuesta dormir y no una señal de que me esté volviendo un vago con los deberes.

Desearía poder decir que aprecio que haya salido en mi defensa, pero sé que no ha sido por su instinto maternal ni porque se sienta culpable.

Lo está haciendo porque también ha podido sentir el mismo cambio en mí que ha sentido mi padre. Sabe que me estoy haciendo mayor y que un día, más pronto que tarde, no será capaz de controlarme nunca más.

Nadie podrá.

Joder.

Tengo toda una lista de preguntas dándome vueltas por la cabeza. ¿Tenía razón la persona que escribió el diario? ¿Fue ese su último viaje al sótano o tan solo se quedó sin espacio para registrar más castigos?

Y, lo más importante, ¿por qué tiene Adrian esto?

No se parece en nada al diario de Mickey, donde solo escribía los deberes diarios tan pesados que tenía que hacer durante su último año.

Esto es una prueba de abuso. Un niño inocente encerrado en la oscuridad, con la pierna encadenada hasta el punto en el que empezaba incluso a sangrarle y donde probablemente le quedarían cicat…

Ay, madre.

—Parece que te encanta rebuscar entre mis cosas. —Una voz fría se abre paso por la sala y yo suelto el diario (el diario de Adrian) como si fuera ácido nítrico.

Con el cuerpo tenso y el corazón a mil por hora, me giro para enfrentarme a él.

—Adrian. —Suelto como si no estuviera aquí de pie como la viva representación de un ciervo al que han cegado con las luces de un coche, sin nada mejor que añadir—. Puedo…

Explicártelo.

La palabra muere en mis labios en el momento en el que le veo el rostro.

Porque no solo veo el enfado de Adrian, sino que lo siento.

Por la forma en la que tensa los hombros. Por cómo aprieta la mandíbula. Por cómo entorna los ojos. Está apoyado contra el marco de la puerta, con los brazos cruzados, pero su mirada es tan fría que juraría que la temperatura de la habitación acaba de bajar unos diez grados.

Estoy bien jodida.

—¿Te lo has pasado bien? —me pregunta de repente, cada palabra tan afilada como un cuchillo.

—¿Qué? —Noto el pulso en los oídos.

—La lectura —me dice y le hace un gesto al diario que ha caído abierto al suelo—. ¿Te ha gustado?

Sacudo la cabeza con fuerza.

—No lo sabía. Solo estaba… Quiero decir… Sí, estaba husmeando, pero jamás lo habría leído si hubiera sabido que era tuyo.

—Pero lo has hecho —dice con un tono suave, aunque suena igual de amenazador.

—Sí, y desearía poder…

—¿Sabes qué le hice a la última persona que leyó mi diario?

Parece que es consciente del terror que desprenden mis ojos porque continúa hablando con el mismo tono suave:

—Guardarlo en ese cajón es un añadido reciente.

Solía tenerlo en la estantería con el resto de los libros, pero, un día, Mickey Mabel se topó con él.

—Aprieta de nuevo la mandíbula—. Me pidió prestados algunos de mis libros para la clase de Ciencias y se supone que se llevó el diario a casa también por accidente.

Se creía que era su diario cuando lo abrió, o eso fue lo que me dijo.

Y la verdad es que puedo admitir que sí se parecen.

—Se me queda mirando, expectante—. ¿No lo crees tú también, Poppy?

—Sí. —Mi voz sale en voz baja. Muy pequeña.

—¿Pero sigue siendo un accidente si sigues leyendo algo que no te pertenece? —Vuelve a mirarme expectante.

—No. —Me tiemblan las manos, así que me las meto en los bolsillos.

—Vaya, parece que estamos de acuerdo en algo —me dice—. Tampoco es que importe. Tú no tienes ninguna coartada como la de Mickey porque tú no lo has sacado por accidente de la estantería. Tú has rebuscado en mi escritorio. Estabas buscando algo que valiera la pena esconder.

El pánico amenaza con congelarme porque sé (ambos sabemos) que esta situación se ha salido de control.

—Así que este fue el verdadero motivo por el que mataste a Mickey.

No estoy segura de qué es lo que me hace decir eso. Quizá si consigo apartar el foco de mi error consiga el tiempo suficiente para averiguar cómo salir de esta.

Algo le destellea en los ojos, algo oscuro y muy instalado en él, probablemente desde antes de que asistiera a Lionswood. Algo que seguramente nació en ese sótano.

—Ya que parece que tienes tanta curiosidad —me dice—, deja que te cuente lo que sucedió de verdad con Mickey. —Me tenso cuando entra en el estudio y camina en dirección al escritorio, en dirección a mí.

Pero no llega hasta mí, sino que recoge el diario y lo levanta del suelo.

—Si te soy sincero, no tenía ni idea de que se lo había llevado. Al menos, no al principio. No fue hasta que se plantó en mi puerta, amenazándome con que iba a subir todas las páginas en las redes sociales si no le daba un millón de dólares, que me di cuenta de lo que había sucedido.

Se me cae la mandíbula al suelo.

—¿Un millón de…?

—Eso es lo de menos —me corta poniendo los ojos en blanco—. Y, sobre todo, no es una cantidad por la que poner en peligro tu vida.

Claro, mira quién fue a hablar, quiero añadir, pero no lo hago.

—Todo terminó siendo un intento de chantaje bastante patético —continúa—. No paraba de temblar como una hoja de papel mientras me lo contaba. Me dijo que tenía una semana para conseguir el dinero o que si no, el escándalo arruinaría a mi familia.

Trago saliva.

—Eso es…

Horrible.

Cruel.

Despiadado.

Siento una oleada de lástima y no es por el chico que está muerto. Porque, si Adrian está diciendo la verdad, y creo que estoy en lo cierto, entonces Mickey se cavó su propia tumba.

Tenía razón con lo del chantaje.