17 #2
Siento cómo se me cae el estómago al suelo.
¿Se habrá deshecho de él?
Esa sería la conclusión más lógica. El diario (y, sobre todo, esa última página) son una prueba lícita de que Adrian es el culpable de la muerte de Mickey. Pero el hecho de que él lo haya tenido en su posesión todo este tiempo…
Quizá se deshizo de él justo después de que yo lo descubriera , pienso, pero otro pensamiento aparece al instante. Pero no tenía por qué deshacerse de él. No le hacía falta. No teme que la policía descubra que fue él el que mató a Mickey.
Recuerdo perfectamente cómo Adrian se cernió sobre mí en mi habitación, cómo lo confesó todo mientras la grabadora seguía encendida y cómo me contó también lo que sucedería a continuación si terminaba delatándole.
El departamento de policía de Cedarville jamás sería competencia para el poder que poseía la familia Ellis.
Así que quizá tan solo se quedó con el diario a modo de recuerdo macabro en lugar de deshacerse de él. Mi instinto me dice que estoy en lo cierto.
Me paso una mano temblorosa por el pelo.
Debería volver al escritorio.
Debería acabar el ensayo.
Pero algún tipo de necesidad retorcida y masoquista se abre paso en mí. Necesito verlo por última vez.
Necesito sentirlo entre las manos. Pasar las páginas. Leer los trazos aterrorizados de Mickey en la última página.
Si lo veo con mis propios ojos una última vez quizá así pueda recordar por qué es tan importante establecer límites con Adrian.
Me mantengo al loro en caso de que pueda oír sus pasos acercándose y, con el corazón latiéndome a toda pastilla, comienzo a abrirle los cajones del escritorio. En los primeros no hay nada interesante: unas cuantas hojas sueltas y unos cuantos bolígrafos caros (me guardo un par en el bolsillo).
En los siguientes dos cajones solo hay material escolar y deberes a papel, pero, según puedo comprobar por mi inspección de dos segundos, no veo el diario por ninguna parte.
Y el último cajón está completamente vacío.
Suspiro y lo cierro, aunque hago una pausa cuando escucho un fuerte sonido provenir de él.
Qué… extraño.
Inspecciono el cajón, cerrándolo y abriéndolo unas cuantas veces. No hay ningún tornillo ni ninguna tuerca suelta, pero sigue sonando cada vez que lo cierro.
Miro hacia el fondo de este.
Definitivamente, es muy extraño.
Cuando extiendo la mano y paso los nudillos por el cajón, no sé si estoy del todo segura, pero el sonido hueco que escucho parece que me lo confirma.
Siento cómo empieza a latirme el pulso.
Tiene un falso fondo.
Igual que tienen los armarios en la habitación principal donde duerme Rick.
Siempre guarda el dinero en efectivo ahí.
(«Los bancos te van a robar el dinero si tú se lo permites.
Así que yo no pienso dejar que toquen el mío»).
Pero tengo la sensación de que sea lo que sea que Adrian haya guardado ahí, no es dinero en efectivo.
Supongo que ya tengo otra cosa por la que darle las gracias a Rick.
Creo que ya he batido el récord.
Si encuentro dinero en efectivo ahí dentro, le compraré una de esas tarjetas pomposas por el Día del Padre que hacen soniditos cuando las abres. A mi madre le encantará.
Busco con cuidado una pequeña abertura en el cajón, al igual que aprendí a hacer con el armario de Rick, pero enseguida puedo darme cuenta de que ese fondo falso es mucho más sofisticado que el de mi padrastro.
No encuentro ninguna abertura, a no ser que sea…
Bingo.
El asa del cajón.
La giro y siento la emoción cuando escucho un crujido a modo de respuesta. Echo un vistazo por encima del escritorio una vez más, agudizando el oído para captar los pasos de Adrian acercándose, pero cuando no oigo nada, vuelvo a la tarea.
Aparto el fondo falso y siento cómo se me sube el estómago a la garganta.
Ahí está.
En el cajón solo se encuentra un diario de cuero oscuro.
No sé si es satisfacción o miedo lo que siento cuando lo agarro. Sea lo que sea, está haciendo que me ponga a temblar.
Este momento parece un déjà vu .
Respiro con profundidad y lo abro por la primera página, preparándome mentalmente para volver a sentir culpa y vergüenza cuando empiece a leerlo, sin embargo, lo único que siento es confusión.
¿Qué demonios es esto?
Por fuera parece casi idéntico al diario que encontré en la estantería de Adrian hace una semanas, pero por dentro no se parece en nada.
Para empezar, no aparece el nombre de Mickey en la primera página.
Y el tipo de papel de distinto.
El del diario de Mickey era un papel rayado, un papel que solo suele servir para tomar notas, escribir un diario y poco más.
Pero el papel de este cuaderno es más grueso. Sin líneas. De una calidad mucho mayor. Y está usado.
Cada página está escrita con una letra pulcra que no se parece en nada a los garabatos de Mickey.
Así que no tengo ni idea de qué será esto, pero, sin duda, no se trata del diario de Mickey.
¿Acaso ha matado a otra persona y se ha quedado también con su diario?
Ese pensamiento cae sobre mí como un jarro de agua fría.
Adrian nunca me ha dicho que Mickey haya sido su único asesinato.
Quizá esto es lo que le guste hacer. Robarle los diarios a sus víctimas y guardarlos como si fueran baratijas.
Un pensamiento aterrador, pero que podría ser cierto teniendo en cuenta que se trata de Adrian. No creo que nadie guarde la lista de la compra en un cajón secreto.
Noto la respiración entrecortada mientras vuelvo a comprobar si se acercan sus pasos una vez más y… me pongo a leer.