17
He decidido que ya es suficiente.
Creo que ya he disfrutado demasiado de la extraña amistad que parece que estoy desarrollando con Adrian. Ya va siendo hora de empezar a tener un poco de autocontrol, algo en lo que nunca he destacado mucho.
Siempre he sido la niña que solía comerse todos los dulces posibles hasta que terminaba teniendo dolor de barriga en vez de aprender a guardar unos cuantos para después. La niña que siempre se gastaba el dinero que le daban por su cumpleaños en lo primero que le llamaba la atención.
Pero ahora soy una adulta que necesita establecer ciertos límites.
El viernes, Adrian me manda un mensaje por si me apetece ir a desayunar al Caboose’s . Porque, sí, incluso hemos llegado a intercambiarnos el número de teléfono.
No puedo. No pienso salir de mi habitación hasta que no termine el ensayo.
Al menos no le estoy mintiendo. Ya he organizado mi escritorio para que esté en las mejores condiciones de trabajo posibles: tengo todos los materiales para llevar a cabo la investigación abiertos, el portátil que va lentísimo ya está encendido y listo para usarse, y también me he puesto música en los auriculares que me ayude a concentrarme.
Espero unos minutos para ver si responde y, como no recibo contestación, bloqueo el móvil y lo pongo lejos de mi alcance para ponerme manos a la obra.
No pasan ni veinte minutos cuando alguien me llama a la puerta.
Tienes que estar de coña.
Sopeso la opción de no ir a abrirla, pero descarto la idea al instante cuando vuelven a llamar por segunda vez, esta vez con más ímpetu.
—Ya voy —murmuro.
Como ya esperaba, el semblante sonriente de Adrian se encuentra justo detrás de la puerta cuando la abro.
Está sonriendo y también sudando.
A juzgar por cómo se le pegan los rizos a la frente, por los cascos que lleva alrededor del cuello y la camiseta gris de compresión y de manga larga que lleva pegada a los bíceps, estoy segura de que ha salido a correr.
Intento mantener la vista fija en su rostro.
—¿Puedo ayudarte en algo?
Saca dos vasos de cartón de detrás de la espalda.
—¿Acaso es esa la forma adecuada de saludar a alguien que se ha esforzado mucho para venir y traerte un café?
Agarro con cuidado el vaso que me ofrece y noto cómo el calor emana de la faja de cartón que lleva alrededor.
—No hacía falta que te molestaras, pero ya que lo has hecho… Gracias. —Doy un sorbo y me quedo un tanto sorprendida de que el café sea negro. Justo como a mí me gusta.
Adrian pone los ojos en blanco.
—Siempre dices eso. No lo entiendo.
Frunzo el ceño.
—¿El qué?
—«No hacía falta que te molestaras». —Alza la voz para intentar imitarme—. Como si pudieras obligarme a hacer algo que no quisiera hacer.
Supongo que eso es cierto.
—Así es como me han criado —le digo—. Serán los modales del sur.
—Cierto, Alabama —dice—. Aunque la verdad es que «modales» no es la primera palabra que se me pasa por la mente al pensar en Alabama.
Me encojo de hombros y él parece observarme con curiosidad.
—Tampoco tienes mucho acento sureño, qué sorprendente.
Porque me pasé varios meses antes de empezar el primer año tratando de deshacerme de él.
Y parece que funcionó… O eso creo.
Aun así, decido ignorar su observación.
—Supongo que no has venido hasta aquí solo para traerme un café y yo tengo que seguir con lo que estaba haciendo. Así que, ¿qué es lo que quieres?
Adrian me pasa de largo y se introduce en mi habitación.
—¿Qué clase de ordenador es ese?
Me aclaro la garganta.
—El mío.
—Parece del 2005.
—La verdad es que es del 2007 —le corrijo—. Y funciona a la perfección.
La verdad es que lo de «a la perfección» podría cogerse con pinzas, teniendo en cuenta que he tardado veinte minutos en pasar de la pantalla principal a una ventana de Internet Explorer, y que el sistema operativo sigue siendo Windows Vista.
¿Lo bueno? Que solo me costó unos sesenta dólares en eBay cuando lo compré en mi primer año y lo llevo usando desde entonces.
Normalmente suelo escribir los ensayos y hacer los deberes en línea en la sala de ordenadores de última generación de Lionswood, pero siempre la cierran con llave la sala durante las vacaciones.
—Si te soy sincero —empieza a decir Adrian—, había venido a convencerte de que dejaras a un lado tus deberes y pasaras el día conmigo, pero…
—Se pone a mi altura y me mira con una mirada que no consigo interpretar—.
Parece que ahora mismo estás muy desesperada.
Nunca suelo sentirme conmovido por ayudar a alguien que lo necesita, al menos, no de forma genuina, pero al ver el ordenador tan patético que tienes, creo que no puedo evitarlo.
Puedes hacer el ensayo en mi estudio. Allí tengo un ordenador de verdad que te podría prestar.
Comienzo a mosquearme. ¿Estoy desesperada?
Dudo mucho que volviera a usar ese adjetivo si supiera las cosas que he tenido que hacer para estar donde estoy hoy.
Siento el fastidio en el pecho.
Una cosa es darle pena a un profesor o al decano Robins porque yo misma les haya dado una razón para que me la tengan, y otra cosa muy distinta es darle pena a uno de mis compañeros. En concreto, a Adrian.
—Si has intentado ofrecerme tu ayuda de la forma más condescendiente posible, creo que lo has hecho de maravilla —le respondo, repleta de sarcasmo—. Creo que voy a pasar de la oferta. Tengo todo lo que necesito aquí.
Su sonrisa nunca desaparece.
—No se trataba de una oferta. Tan solo te estaba informando de lo que va a suceder.
—Ya te he dicho que estoy… ¡Oye! ¿Qué estás haciendo? —Adrian vuelve a pasar de mí y comienza a meter todos los materiales en mi mochila—. Esas son mis cosas. No puedes entrar aquí y llevártelas.
—Puedes pasarte el resto de la mañana debatiendo conmigo sobre leyes de posesión —me responde—. O puedes pasarla terminando tu ensayo.
Cierro la boca.
Parece que tengo que dejar para otro día lo de establecer límites.
Para ser sincera, mi productividad se multiplica en el estudio de Adrian. Por una parte porque su ordenador va a la velocidad de la luz y por la otra porque trabajar en un escritorio que no cojea y no chirria es mucho mejor.
Tampoco se podría decir que hoy estemos pasando tiempo juntos de verdad.
Después de darse una ducha y cambiarse de ropa, Adrian se ha apoltronado en uno de los sillones reclinables que hay al lado de la chimenea que tiene en el estudio con una pierna cruzada sobre la otra y un libro de texto sobre medicina abierto sobre el regazo.
Ambos trabajamos en silencio, a excepción del sonido del tecleo casi silencioso que emiten las teclas del ordenador y del que hacen los dedos de Adrian al pasar de página. A veces juraría sentir el peso de su mirada sobre mí, pero en ningún momento pronuncia palabra alguna, al igual que yo.
No me doy cuenta de cuánto tiempo ha pasado hasta que la luz natural comienza a desvanecerse por la ventana de cristal.
—Madre mía. —Parpadeo hacia la pantalla—. Son casi las seis de la tarde.
Adrian le echa un vistazo a su Rolex.
—Parece que sí. ¿Has terminado?
—Casi —le respondo—. Solo me queda citar los recursos.
—Casi no me puedo llegar a creer que me haya tirado allí sentada un montón de horas para finalizar el ensayo sin haber hecho ni un solo descanso y que haya terminado escribiendo más de 10 000 palabras.
Jamás había sido tan productiva. Bueno, tan solo cuando me meto cafeína en vena y me paso toda la noche en vela porque tengo una entrega al día siguiente.
—Dámelo y te lo corrijo —me dice, levantándose del sillón reclinable para acercarse.
No pronuncio ni una sola palabra mientras coloca las manos a ambos lados de mi cuerpo y se agacha para poder ver mejor la pantalla. Está tan cerca de mí que si alzara la cabeza tan solo un par de centímetros, acabaría topándome justo con su barbilla.
—Tienes tres faltas en la introducción —me dice—. Y la última frase de la segunda página es bastante incongruente. —Se inclina un poco más para seguir leyendo el resto de las páginas y, al respirar, noto cómo su colonia refrescante y con olor a madera me inunda las fosas nasales.
¿Acaso es consciente del efecto que tiene sobre mí?
—Tus argumentos también son incongruentes —añade y, mientras hace una crítica de mi ensayo página a página, solo puedo concentrarme en las venas que se le marcan en los antebrazos—.
Bueno —concluye con un suspiro—, parece que no se te da bien escribir, pero si corriges las faltas y refuerzas el argumento, quizá consigas aprobar.
—Se aleja de mi espacio personal y finalmente puedo volver a respirar.
—Vale —le digo—. Gracias por tu ayuda.
Adrian abre la boca para decirme algo, pero la vibración repentina de mi… ah, no, de su teléfono, le corta. Veo cómo saca el móvil del bolsillo.
A juzgar por cómo aprieta la mandíbula, no parece una llamada que le apetezca contestar.
—Enseguida vuelvo —me dice y señala con un dedo hacia el ordenador—. Corrige lo que te he dicho y le doy otro vistazo cuando vuelva. —Y, con eso, sale del estudio, cerrando la puerta detrás de él.
No especulo mucho sobre la llamada, sobre todo porque no consigo escuchar nada debido a que la puerta del estudio es de madera robusta, así que decido volver a concentrarme en el ensayo.
Diez minutos después, cuando termino de corregir las cosas que me ha dicho, sigue sin haber señal de él, así que me apoyo sobre la silla e intento evitar que el dolor de cabeza que tengo por la tensión vaya a más.
Paseo la mirada por la habitación, de un mueble lujoso a otro, hasta que termino fijándome de nuevo en la estantería. La misma estantería donde encontré el diario de Mickey y descubrí la verdad sobre Adrian.
Un escalofrío me invade.
Esa noche creí que iba morir.
Y mira dónde estoy ahora.
No sé qué es lo que me lleva a caminar hacia ella, tan solo siento el impulso de ver el diario de Mickey una vez más.
Paso los dedos por los lomos de Anatomía de Grey y Atlas de la anatomía cardíaca en búsqueda del cuaderno de cuero que ya me es familiar.
Pero unos instantes después me doy cuenta de que el diario ya no se encuentra ahí.